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Toros en Zaragoza
PLAZA DE TOROS DE LA MISERICORDIA
Temporada 1998 Temporada 1997
Ciclo ferial de abril a junio
Feria de El Pilar
Del 9 al 17 de octubre
Enrique Ponce,
triunfador del ciclo ferial
Crónicas de
la prensa
Sábado, 9 de octubre. Cinco toros de El Pilar (desiguales de juego y de presentación,
muy blandos y escasos de trapío y de casta. Primero y segundo, afeitados; el resto
cornicortos y cómodos de cabeza. Remiendo de Moisés Fraile, sexto, justo de trapío,
manso y descastado), para El Tato (oreja y
oreja protestada), Rivera Ordóñez
(oreja y ovación) y El Juli (oreja con
fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo, y pitos). Crónica de El
Mundo.
Domingo, 10 de octubre.Tres toros de Barcial y tres de Félix Hernández, para los
rejoneadores João Moura (vuelta), Fermín Bohórquez (aviso y
silencio), Andy Cartagena (oreja
y dos vueltas) y Paco Ojeda
(división). Por parerjas, Moura/Bohórquez, (silencio) y Ojeda/Cartagena (oreja).
Crónica de El
Mundo.
Lunes, 11 de octubre. Toros de Javier Pérez Tabernero (mansos y
astifinos, 3º y 4º con casta), para El Tato
(ovación, ovación, y oreja con protestas en el correspondiente a Vicente
Barrera), Vicente Barrera (resultó cogido al matar a su primero. Pasó a la enfermería) y Uceda Leal (ovación y
ovación). Casi lleno. Vicente Barrera sufre una «contusión en
borde inferior del pie izquierdo con posible fractura del escafoides. Pendiente de estudio
radiológico. Traumatismo en base del segundo metacarpiano de la mano derecha. Pronóstico
reservado». Crónica de
El
Mundo
Martes, 12 de octubre. Toros de El Torero (nobles primero, segundo y tercero;
mansos y complicados quinto y sexto. Apretaron en varas. Sobrero de Tornay -cuarto bis-,
bien presentado y manso), para Enrique
Ponce (ovación con aviso y oreja), El Juli
(oreja con petición de otra y división de opiniones) y Jesús Millán, que tomó la
alternativa (oreja y ovación). Crónica de
El
Mundo, Crónica
de El País.
Miercoles, 13 de
octubre. Toros de Torrestrella
(desiguales de presencia, 1º y 5º difíciles, 3º inválido, 4º y 6º flojos. 2º de
Rocío Tornay, manso en los primeros tercios, mejoró en la muleta), para Pepín Jiménez (silencio; división de
opiniones al saludar), Enrique Ponce
(dos orejas y ovación) y Manuel Caballero
(silencio y oreja). Crónica de
El País, Crónica de
El
Mundo.
Jueves, 14 de octubre. Toros de El Ventorrillo (bien presentados y globalmente
manejables. El 5º, al rematar en tablas de salida, se rompió el cuerno derecho por la
cepa; no fue devuelto y la empresa regaló el sobrero, lidiado en séptimo lugar, de Teófilo Segura, manso), para Juan Mora (puñalada baja -ovación-;
pinchazo y estocada desprendida -petición minoritaria de oreja-), Eugenio de Mora (estocada -vuelta-;
estocada baja -silencio-; pinchazo arriba, dos pinchazos, media estocada, tres descabellos
- aviso - y dobla el toro -aplausos al abandonar el ruedo-) y Miguel Abellán (pinchazo, media
estocada saliendo rebotado, dos descabellos -aviso- y dobla el toro -silencio-; estocada
-silencio-). Crónica
de El País, Crónica de
El Mundo.
Viernes, 15 de octubre. Toros de Celestino Cuadri (bien presentados y encastados,
tardos) para Vicente Bejarano
(pinchazo - aviso- y estocada desprendida -silencio-; estocada baja -división
cuando saluda-), Dávila Miura
(estocada -pitos-; pinchazo hondo y descabello -ovación y tambien algunos pitos cuando
saluda-) y Jesús Millán (estocada baja y descabello -oreja-; dos pinchazos, casi media
-aviso-
y descabello -ovación y saludos-). Crónica de
El
País, Crónica de
El
Mundo.
Sabado, 16 de octubre. Toros de Cebada Gago (con trapío, encastados y mansos;
más bravos primero y cuarto. Remiendo de La
Cardenilla, encastado y bien presentado. Todos ellos con dificultades), para Luis Francisco Esplá (muestras de desagrado
en ambos), Manolo Sánchez (silencio y ovación) y Ricardo Aguín "El Molinero"
(aplausos en ambos). Tres cuartos de entrada. Crónica de
El
País, Crónica de
El
Mundo.
Domingo, 17 de octubre. Toros de Victorino Martin (seis toros de juego y
presencia dispar; en general, con trapío; cómodos de cabeza y alguno pobre. Mansearon
todos y apenas cumplieron en varas; encastados. Fiero el tercero, duro el primero y
violento el sexto. Algunos blandearon), para Juan
Mora (ovación y oreja), Manuel
Caballero (silencio con aviso y bronca) y Pepín Liria (oreja y ovación).
Crónica de
El
Mundo, Crónica
de El País.
Crónicas de la prensa
El
Mundo.
Zaragoza.
Edición del 18 de octubre '99. JAVIER VILLAN Final
emotivo y sin brillo
Se acabó lo que se daba y no hay más cera que la que arde. Las fiestas del Pilar y
los victorinos cierran una temporada un poco esquizofrénica.
Corrida sin demasiados brillos, pese a las orejas. La gente se preguntaba, dadivosa,
quién tenía más merecimiento, si Juan Mora o Pepín Liria; si los muletazos que se
habían tragado sus toros tenían mayor o menor relevancia, si a Mora se le iba a ir la
mano en la estocada al cuarto, como se le había ido en el primero. Pero el presidente
consideró que no, que había suficientes pañuelos y allá fue la oreja muy aplaudida:
Mora, en los medios, solo con el victorino, que se tragaba el primer muletazo y enseguida
se orientaba en el segundo.
La gente se preguntaba si aquellos naturales que Caballero le había hecho tragar al
flojo y gazapón segundo eran de ley o pura técnica lidiadora. Fueron tres tandas, aunque
los golpes de verduguillo fueron más. Dolido el toro por los pinchazos, se echó. Mediada
la corrida, allá por el tercero, incluso pasado el cuarto, lo más destacado había sido
el derroche testicular de Pepín Liria que le había puesto sal, pimienta y otras especias
de gusto fuerte al fiero victorino.
Circo romano: el hombre contra la fiera. Los victorinos, salvo excepción, fueron duros
y complicados, fueron aplaudidos todos y eso revaloriza, sentimentalmente, lo que se haga
con ellos; verbigracia, las orejas para Juan Mora y para Pepín.
Extrañas gentes las de este país llamado España. Puede que la Fiesta no sea
exactamente la Fiesta Nacional, pero es una fiesta nacionalista. No conozco a ningún
torero expatriado, mientras hay a montones investigadores, científicos o pintores.
Los toreros, unos con más fatigas que otros, son los héroes de la tribu disfrazados
de lentejuelas. Extrañas gentes, y entrañables, estas que siguen a los toreros; todavía
ayer peregrinaban a Zaragoza para ver a los victorinos y sus matadores, puristas de
Madrid, heterodoxos de Valencia, fieles de Logroño, recios mozos de Pamplona o de Bilbao.
Aún les queda, a estas alturas del partido, un jirón de sus corazones apasionados para
entregárselo a sus preferidos.
Quedan fuerzas todavía para pegarle la bronca, y de qué manera, a Manuel Caballero
cuando abrevió por la vía sumarísima; y para ovacionar, tras buenos pares de
banderillas, a Carretero, a Gonzalo González y a Carlos Mora. Y en las postrimerías de
la tarde y de la feria, quedaban ánimos para jalear los regates de Pepín Liria al
taimado sexto, sus naturales con todo el alma en la muleta y con toda la rapidez en los
pies; el toro se revolvía violento y cada muletazo era un presagio de cornada. Se acabó
lo que se daba. Hasta el próximo año
El
País. Zaragoza, edición del 18 de octubre
'99. PAU NADAL Lentitud, fracaso y
coraje
Lentitud, fracaso y coraje son tres rasgos que definen la actuación de cada uno de los
tres diestros que formaban el último cartel de la feria zaragozana, enfrentados a seis
ejemplares de Victorino Martín. Y hay que decir que la corrida, a pesar de que cuatro
toros fueran aplaudidos en el arrastre, decepcionó un tanto. Veamos por qué:
Primero: cumple en varas, aunque con poca codicia; humilla, pero se vence al final del
muletazo. Segundo: dobla las manos y se cae; gazapea y se vence por el izquierdo. Tercero:
remiso en ir al caballo; bueno para la muleta, humillando y repitiendo, con más claridad
por el pitón derecho. Cuarto: se lo piensa mucho para ir al caballo, dobla las manos y
embiste con nobleza, pero muy lentamente, en la muleta. Quinto: dobla las manos de salida,
bueno, aunque algo corto de arrancada; no se pudo ver del todo por la inoperancia de su
matador. Sexto: con buen tranco de lejos y en la media distancia, sobre todo por el pitón
izquierdo; difícil por el derecho.
Juan Mora comenzó de forma excelente su faena al primero, embarcando perfectamente las
embestidas, pero la res fue acortando el viaje y el diestro abrevió. Al cuarto lo lanceó
vistosamente a pies juntos y, después de un tercio de varas con un caballo imposible,
brindó a su hermano Carlos, que acababa de colocar dos formidables pares de banderillas,
y toreó con empaque, mando y, sobre todo, una extraordinaria lentitud, a tenor de lo que
pedía el de Victorino. Faena de brillo algo intermitente, pero con momentos de una gran
belleza. Y la música sin enterarse. Claro que, acordándonos de Bergamín, podría
decirse que la música callada del toreo la había puesto Juan Mora.
La faena de Caballero al segundo fue muy larga, tardando mucho en acoplarse a la
embestida, lo que consiguió casi al final del trasteo, en una buena serie con la zurda.
Al quinto lo banderilleó formidablemente José Antonio Carretero, y no se sabe qué es lo
que le vio Caballero para que de los 30 muletazos que le dio, ninguno fuese lucido ni
confiado. El torero de Albacete pareció del todo incómodo y arriesgó muy poco ante este
victorino que no transmitió al respetable ningún peligro especial. La bronca fue
de las de hace 20 o 30 años en este mismo coso.
Pepín Liria, en cambio, fue un modelo de coraje y pundonor. Aguerrido, mandón y
fajándose con el tercero, en un auténtico toma y daca por el único pitón posible, el
derecho. Además, mató arriba, lo cual ya casi es noticia. La oreja fue justa y también
la compensación de la segunda, que en la anterior feria pilarista le negaron después de
un heroico trasteo ante un fiero ejemplar de Cebada Gago. Al sexto lo lanceó valeroso y
asentado. Con la muleta había que torear en la media distancia y no dormirse al final del
muletazo. Eso es lo que hizo Liria con mucho valor, en un corajudo trasteo, al final del
cual se le fue la mano en una estocada baja.
El
País. Zaragoza.
Edición del 17 de octubre '99. PAU
NADAL Brindis y toreo
Nada menos que cuatro brindis al público hubo en esta penúltima corrida de la feria
pilarista. Eso antes significaba una garantía prácticamente segura de que iba a haber
faena. Ahora ya no. Si los diestros, primero parecían verlo claro y luego no, se
equivocaron y si ya no lo veían claro desde el principio ¿para qué el brindis?
Podrá parecer mentira, pero a Esplá le desbordó la bravura del primer ejemplar de
Cebada Gago, al que le faltó un puyazo, pero que tenía un gran tranco. Esplá le hizo, a
distancia, un quite por navarras y lo banderilleó midiendo las fuertes arrancadas del
bovino. Con la muleta, sorprendentemente, dio la sensación de impotencia para dominar ese
gran caudal de bravura. Acabó de un feo sartenazo. El cuarto hubiese podido servir para
que el de Alicante se sacase la espina de su poco afortunada actuación anterior, pero
ahí la desgracia se cebó en Esplá, porque después del primer par de banderillas y al
saltar al callejón, cayó mal y se lesionó, cojeando visiblemente, por lo que no pudo
continuar el tercio. Con la muleta consiguió torear con cierta enjundia por ambos
pitones, pero pronto tuvo que desistir, finalizando su labor de pinchazo y estocada
desprendida, pasando a la enfermería.
Manolo Sánchez no hizo uso del mando y el temple debidos ante el cabeceo de su
primero, que también gazapeó y ante el que acabó mostrándose precavido. El quinto fue
un manso que huía de los capotes, pero que en la muleta, aunque con algún amago de
rajarse, no planteó especiales problemas. Sánchez le instrumentó algún muletazo de muy
buen corte, aunque al principio lo hiciera bastante despegado. No obstante, en tarde de
tanta sequía torera, esos pocos muletazos supieron a gloria.
El Molinero no le pudo, a pesar de mostrar gran voluntad, al repetidor y encastado
tercero, que se vencía al final de los muletazos. Con el soso ejemplar de La Cardenilla,
que acabó parándose, estuvo muy decidido e hizo un esfuerzo, pero no le fue posible
cuajar faena, exagerando en desplantes a destiempo y saliendo de las presuntas series con
una arrogancia que únicamente debe emplearse cuando, de verdad, ha habido una serie
lucida. Atravesó al toro en la estocada, que refrendó con un descabello.
El
Mundo.
Zaragoza. Edición del 17 de octubre
'99. JAVIER VILLAN. El oro, la plata, la
dureza
A lo peor nadie se dio cuenta; a lo mejor, sólo unos pocos aficionados. Ayer andaba,
de plata, por el ruedo de Zaragoza, un torerazo que rozó la gloria con la punta de los
dedos, que decayó, que no llegó a alcanzar las cumbres merecidas: Raúl Aranda;
pasándolas putas para poner un par de banderillas, aunque dejando en algún capotazo el
destello leve de un torero. Así está la Fiesta y puede que así haya estado siempre.
¡Va por usted, maestro, en este crepúsculo ácido e injusto de su otoño torero!
La plata del traje de luces de Raúl Aranda tiene, para todos aquellos que lo admiramos
en sus momentos inspirados, el valor del oro y de la verdad. Ayer tocó lidiar una corrida
nada fácil de Cebada Gago que puso a prueba varias cosas: la capacidad de los toreros y
la seriedad de los aficionados. Siempre habrá razones para cuestionar una cosa y la otra.
Hay cosas del Reglamento, o de los señores presidentes, que no entenderé nunca. El
toro primero de Cebada Gago, en plenitud de su poder y su bravura, estaba en suerte, se
iba al caballo por tercera vez, que es lo que los aficionados quieren ver: un toro bravo
en varas. Y el presidente, en ese preciso momento, cambió el tercio. Eso nos privó,
primero de una tercera entrada que hubiera ahormado al toro un poco más; y, segundo, de
ver la verdadera condición del animal.
Esplá hizo ostensibles signos durante el muleteo de que al cebadagago le faltaba un
puyazo. Seguro que sí, mas eso no es óbice para que la sabiduría de Esplá hubiera
podido reconducir la incompetencia del palco y el poderío del animal. He aquí uno de los
contrasentidos más evidentes de la actualidad: o se mata a los toros en un primer puyazo
asesino, o se les deja crudos. Casi toda la corrida quedó cruda ayer. Y los matadores no
pudieron con ella.
A mí no me preocupa tanto que un toro se quede crudo, como que no podamos verlo en el
caballo.
Y me preocupa mucho más las dificultades que toreros tan experimentados como Esplá, y
menos experimentados que Manolo Sánchez y El Molinero, encuentran en esta disfunción.
Esplá, Manolo Sánchez y, sobre todo, El Molinero, se la jugaron cabalmente en muchos
momentos de la lidia.
Y por ahí andan figuras y figurones hartándose a cortar orejas y firmar contratos por
mucho menos. Y luego dicen que si los críticos decimos o dejamos de decir. El taurinismo
militante carece de autoridad moral para decir nada. La Fiesta de los toros se asienta,
sin quitarle méritos a ninguno de los que se visten de luces, en una injusticia radical:
para unos la dureza, para otros las facilidades y el dinero.
Mal trago para Manolo Sánchez con el quinto, aunque mejor de lo que se podía suponer
a la vista de las dificultades del animal. Mal trago también para El Molinero en sus dos
toros, si bien mostró su sentido de la colocación y del temple. Y mal trago también
para Luis Francisco Esplá. ¿Que podían haberlo hecho mucho mejor? Por supuesto que sí.
Esplá ha levantado cabeza y roto vetos después de su machada en Las Ventas, pero eso
no es posible todas las tardes. Un galleo de Esplá, un gesto, un par de banderillas,
valen más que 100 faenas de algunos fenómenos; y Esplá ha toreado este año 15
corridas. Y, para colmo, ayer se lesionó, al saltar la barrera.
Mató su toro cojeando y todavía le protestaban. Naturalmente, la gente quería volver
a ver el gesto cumbre de Madrid. Para eso habría que torear más de 15 tardes al año.
Así está la Fiesta. Y el que no lo quiera ver, que vuelva la vista a Raúl Aranda, ayer
de subalternopor elruedo.
El
País.
Zaragoza, edición del 16 de octubre '99. PAU NADAL. Seria
corrida de Cuadri
Muy seria la corrida de Cuadri, en el inicio del tramo torista de la feria zaragozana.
Con cuajo y comportamiento de reses encastadas, aunque, en general, tardearan en los
engaños y se apagasen un tanto al final de sus respectivas lidias. Por ello se hacía
necesario aprovecharlas desde el primer muletazo, cuando las arrancadas eran más
continuas. No era fácil, desde luego, porque varios de los ejemplares se revolvían en un
palmo de terreno. Pero si no se hacía de este modo, luego era demasiado tarde.
Vicente Bejarano no acabó de justificar su contratación en la feria. Su primero ya
marcó un poco la tónica de la corrida: encastado y revolviéndose raudo, acabó parado y
Bejarano tragó al principio del muleteo, mostrando voluntad y poca cosa más. El cuarto,
aunque no acabase de humillar, mostró codicia hasta que fue a menos, siendo un buen toro,
que desbordó a su matador. Bejarano estuvo por debajo del astado, al que casi nunca bajó
la mano, dejándose ver demasiado por su enemigo, lo cual constituía un innecesario
riesgo.
El segundo, encastado y violento, también se revolvía en un palmo de terreno,
comiéndose la muleta. Desde luego, no era fácil estar ante él y Dávila Miura le
plantó cara con valor, aunque no acabase de domeñar las embestidas. Los pitos que
escuchó después del arrastre, no parecieron justificados. El quinto humillaba y se
desplazaba, aunque fue un poco tardo y acabó parado. Dávila lo había recibido con una
larga en el tercio y con la muleta estuvo aseado, destacando en los pases de pecho, pero
el trasteo fue disminuyendo en intensidad. Entró a matar en los mismos medios y cobró un
pinchazo hondo que surtió los efectos deseados.
El mejor librado de la terna fue el aragonés Jesús Millán, que recibió la
alternativa en el cuarto festejo de la feria. Su primero manseó de salida, haciendo caso
omiso de los engaños, pero despertó con la segunda vara, tomada a favor de querencia y
permitió, con un buen pitón izquierdo, una excelente faena de Millán, bien iniciada y
bien terminada, con el toreo fundamental ejecutado con temple, suavidad y ligazón. A
pesar de que emborronó lo realizado al matar de un feo espadazo, recibió el premio de
una oreja. El sexto fue el único ejemplar de la corrida que tuvo poca fuerza. También
fue tardo y acabó parándose, pero Millán, con recursos y la cabeza clara, le sacó lo
que tenía, dejándolo respirar y recurriendo, cuando era imposible otra cosa, al siempre
efectivo arrimón. Si no hubiese fallado con los aceros, sin duda que sus paisanos lo
hubiesen empujado hacia la puerta grande, porque es una auténtica esperanza taurina para
Aragón.
El
Mundo. Zaragoza, edición del 16 de octubre '99.
JAVIER VILLAN. Oreja para Millán y frialdad para Bejarano
Casi siempre que me encuentro por Zaragoza con David Luguillano, al día siguiente sale
una corrida dura y de no te menees. Cuando veo a Luguillano siempre pienso que ha venido a
pillar alguna sustitución; pero luego me alegro de que no sea así y compruebo que el
artista vallisoletano ha venido sólo a ver a la Pilarica. Tentado estoy de decirle
aquello que una devota aficionada, que vio comulgando a Antonio Bienvenida, le dijo una
tarde de plomo y escasamente torera del maestro: «Menos comulgar y más arrimarse al
toro».
Ayer había que arrimarse a los cuadri sobre todo, a los tres primeros; y en verdad
que, de una u otra manera, los jóvenes diestros se arrimaron. Yo no sé si Luguillano,
como Bienvenida, es de comunión o no; y, además, me da igual. Lo que sí sé es que
Luguillano es un torero de otoño al que me gustaría ver más veces ante la cara de los
toros. Y que ayer, con cualquiera de los tres últimos, no hubiera pasado ningún
atragantón. Los buenos aficionados le recuerdan las tardes de gloria de Rincón y Romero
en Las Ventas: Luguillano rozó también la gloria, pero pinchó.
Por otra parte, ayer hubo también algún cuadri que no se comió el mundo, que metió
la cabeza y propicio el éxito. Verbigracia, el cuarto. Con él, Vicente Bejarano, que
había andado ligeramente desconcentrado y sin sitio en el primero, nos recordó al buen
Vicente Bejarano de la Feria de Abril: sobrio y estilista; seco cuando convenía y
ligeramente verdecido a veces. La faena, en los medios; equilibrada su labor tanto por la
izquierda como por la derecha; templando el muletazo, bajando la mano y ajustándose sin
aspavientos. No fue una faena de relumbrón ni para la galería: fue una faena de
sinceridad y de torero que parecía más placeado de lo que en realidad está. Por eso,
quizá, y por la transmisión del toro, su toreo caló menos de lo que hubiera sido justo.
Se le fue la mano a los bajos en la estocada, aunque sin llegar al bajonazo que había
perpetrado en el primero.
Aperreado anduvo Dávila Miura por un cuadri perverso y manso; aperreado desde las
verónicas de recibo, en que fue perdiendo terreno y verticalidad hasta topar casi con las
tablas. Cuando en las verónicas el torero no gana terreno hacia los medios, el toro lo
gana hacia la madera. Y pasa lo que pasa: que se invierten los papeles. Dávila Miura se
las vio y se las deseó; y seguro que aún estará preguntándose el porqué de la
ovación a un toro que si le daba aire y sitio hacia afuera, se le revolvía a mitad del
muletazo; y si trataba de ceñirlo, se le iba al cuerpo. Lo mató a la primera. Peor fue
en el quinto que, siendo un toro de mejor son y más alta alcurnia, se lo dejó ir. Marcó
bien un pinchazo hondo.
Complicada papeleta tenía Jesús Millán con el duro, manso y somnoliento cuadri
tercero que derribó espectacularmente en varas. Y lo menos que puede decirse de este
torero, doctorado hace tres días, es que la resolvió con seguridad y solvencia.
Dominador y sin volver la cara, empezó doblándose con firmeza hacia los medios. Y allí,
por el único pitón medianamente presentable, el izquierdo, le robó dos tandas de
muletazos que le acreditan como torero. De haberse ido un pelín más al pitón contrario,
quizá el sometimiento hubiera sido mayor. Mas, como acabó con toreros ayudados por alto
y por bajo y mató con eficacia, conquistó la oreja.
Pareció encontrarse más incómodo, o menos claro de ideas, Jesús Millán con el que
cerró plaza. En su descargo podría decirse que el toro era un blando aparente: muy flojo
de remos, aunque agrio de carácter y áspero de intenciones. No receló Millán ni de la
mansedumbre incómoda del bicho ni de su flojera. Y, con ánimo encomiable de cortar su
segunda oreja y abrir la Puerta Grande, concluyó feria y tarde animosamente. Se metió
entre los pitones e hizo un desplante de rodillas que entusiasmó a la plaza. Pero mató
mal, sonó un aviso y con él volaron las esperanzas del muchacho y las ganas de sus
paisanos de sacarlo a hombros.
El
País.
Zaragoza, edición del 15 de octubre '99. PAU NADA
Zaragoza, edición del 15 de octubre '99. Caos reglamentista
Nada más salir al ruedo el quinto y al rematar en un burladero, se rompió el cuerno
derecho por la misma cepa. El presidente, escudándose en lo que dice el reglamento de que
no se devolverá una res lesionada durante la lidia (la lidia, prácticamente, no había
empezado), lo mantuvo en el ruedo, dando paso a un penoso simulacro, con un animal que,
por lo apuntado, podía haber sido el de mejor juego del encierro de El Ventorrillo.
Eugenio de Mora, lógicamente, abrevió y lo despachó, no tan lógicamente, de una
estocada baja. Pero ese exceso de reglamentismo hizo aguas cuando, a continuación, se
anunció por megafonía, en un auténtico caos reglamentista, que la empresa regalaba el
sobrero, lo cual no está autorizado por el tan traído y llevado reglamento, aunque la
decisión, en aquel momento, contase con la aprobación del público.
El sobrero, de Teófilo Segura, fue un auténtico mulo, que huyó continuamente de los
engaños que únicamente permitió ver a un Eugenio de Mora voluntarioso y esforzado, que
pasó sus fatigas a la hora de finiquitar al regalo, que en realidad fue un auténtico
regalito.
Entregado
En su primero, un noble y manejable ejemplar, De Mora vibró especialmente en unos
valerosos inicios de faena, con las dos rodillas en tierra. Luego, casi siempre en los
medios, estuvo entregado y asentado, más que inspirado, finalizando con una estocada
arriba.
Juan Mora pechó en primer lugar con el peor ejemplar del encierro titular, que, aunque
aplaudido en el arrastre, manseó, fue incierto, cabeceó, era distraído y hasta dio
algún que otro gañafón, tragándose no más de dos muletazos seguidos. Mora estuvo
valeroso y le plantó cara, pero ya mostró esa dualidad de planteamientos que también se
observó en su más lucida faena al cuarto. En este primero se le fue la mano con la
espada, que cayó muy baja.
El muleteo al cuarto tuvo luminosos destellos, casi siempre en los medios y toreando
con lentitud y ligazón, mucho mejor cuando embarcó la embestida que cuando hizo el
poste, aunque ello gustase al respetable. Pinchazo, estocada desprendida y petición no
mayoritaria de oreja, que la presidencia no concedió, lo que pareció sentar muy mal al
diestro placentino, que no disimuló su enfado.
Lo mejor que hizo Miguel Abellán fue un quite por chicuelinas en un astado que no era
el suyo, el segundo. Su primero, tardo y sin humillar, recibió muchos pases, pero no
pasó nada. El sexto punteó algo en los engaños, pero, en su distancia, era toreable.
Abellán lo recibió, a los compases de la jota, con dos largas cambiadas en el tercio,
pero después, aun cuando estuviese aseado y desahogado, también se mostró bastante
desangelado y no centrado con un ejemplar al que, con más ambición y entrega, podía
haber sacado más partido.
Lo mejor de su actuación en este astado que, en principio, debía cerrar la corrida,
fue una excelente estocada, entrando con limpieza y vaciando bien la embestida. Total, que
esta vez, la primera en la feria, el termómetro orejil se quedó en cero.
El
Mundo. Zaragoza, edición del 15 de octubre '99.
JAVIER VILLAN. Generosidad frente a reglamentarismo
La empresa enmendó la plana al reglamentarismo del señor presidente y, para compensar
la mala suerte de Eugenio de Mora, regaló el sobrero en sustitución del toro que se
había desgraciado en el redondel.
Bien hecho. El primer toro, voluminoso y playero, recio de pezuñas, bravucón y jaque,
no hizo más que estropicios desde que salió al ruedo. A cabezazos sacó al caballo a los
medios y desmontó al piquero; en una segunda oleada estrelló al penco contra las tablas
y lo levantó a pulso. En banderillas acosó a José Luis Benavente, atropelló a Carlos
Mora y la tomó con su hermano, el matador; gazapeó y se puso probón e incierto. Sólo
la firmeza de muleta de Juan Mora, su capacidad lidiadora y su resolución evitó males
mayores.
Y no sólo eso: el manso tuvo que tragarse un par de tandas de naturales poderosos y de
la mejor estirpe. Mora le dio muerte infame, de alevoso bajonazo a toro arrancado. Fue una
auténtica fechoría. Un excelente pitón derecho el del cuarto, y un excelente Juan Mora
que entendió muy bien ese son bonancible y claro, lo llevó largo en medidos derechazos y
en circulares eternos. Con el toro a su merced Mora toreó relajado y quieto al natural.
Otra vez se le fue la mano a los bajos en innoble sartenazo.
Sin alharacas, Eugenio de Mora ha cuajado una temporada seria. Ha cobrado mucho y en
los momentos más inoportunos, por más que las cornadas nunca sean oportunas. Eugenio de
Mora es un torero de poso y de reposo que va haciéndose por su ley natural, como los
vinos buenos. Va hallándole el sitio a la espada y tendrá que hallárselo al capote.
El serio quinto se rompió el cuerno por la cepa. La terquedad del presidente, el
reglamentarismo frente a la sensatez, lo mantuvo en el ruedo. La sensibilidad tuvo que
ponerla el empresario, que decidió regalarle a Eugenio de Mora el sobrero. De Mora había
emitido muy buenas vibraciones en su primero. De ser un fenómeno de masas, cosa que
evidentemente no es; o de ser un adolescente carismático y tal, ayer hubieran pedido la
oreja con más fuerza.
De rodillas y templando muy bien el redondo, se llevó Eugenio de Mora el toro a la
segunda raya; fue un arranque de faena caliente y visceral que continuó en los medios con
una excelente tanda de redondos.
Bajó el tono con la izquierda y mató a la primera con seguridad, tras haber
demostrado su bella y escultural teoría del pase de pecho. Pero está visto que la suerte
no está del lado de Eugenio de Mora; el sobrero, además de una donación, era un
auténtico regalito que manseó a mansalva y era un mulo descastado que buscaba las tablas
en desvergonzada huida. Y, pese a su voluntad, el toledano se estrelló.
Miguel Abellán es otro de los que también ha remontado el vuelo esta temporada.
Parece un contrasentido, pues ha andado por los suelos más de la cuenta; pero así es. Y
por los suelos andaba el tercero, muy flojo de remos, aunque empujó firme en varas y
derribó. O se cayó el caballo. Abellán es uno de los jóvenes que le pone variedad y
chispa al capote y clase a la muleta. Su apertura en los medios, embarcando con la panza
de la muleta a su primero y ligando el redondo en muy poco espacio, fue lo mejor;
después, se diluyó a medida que el toro del Ventorrillo se desinflaba. Y no alcanzó
especiales brillos en el quinto, que venía marcado por el escándalo anterior del toro
descornado. Con todo, Abellán firmó su tarde con dignidad.
El
País.
Zaragoza, edición del 14 de octubre '99. PAU NADAL,
Los
frutos de la buena lidia
Cada toro tiene su lidia. Conforme. Pero cuando la lidia cobra su gran y milagrosa
dimensión es cuando sirve para que una res que parecía imposible de torear pueda llegar
a serlo merced a los efectos de la susodicha lidia.
Eso es lo que hizo Enrique Ponce con el manso de Rocío Tornay que le correspondió en
primer lugar. De salida y en varas el animal manseó a sus anchas, muy suelto y prodigando
incontroladas oleadas. Fueron decisivos unos sabios capotazos de Ponce durante el tercio
de varas, no dejándole ver más que el engaño y encelándolo, para que el animal acabase
desengañado y entregado. Ya lo pudo comprobar Caballero en un excelente quite a la
verónica.
Y Ponce pudo entregarse y gustarse en una faena del mejor cuño, desde los ya muy
entregados inicios por bajo a los relajados muletazos a pies juntos, pasando por el
desmayo con la diestra o por la largura y ligazón de los naturales, dando mucho aire al
morlaco, que al final de la faena parecía muy distinto al que minutos antes había salido
de chiqueros. Los frutos de la buena lidia. Un fulminante volapié dio paso a las primeras
dos orejas que un diestro corta en esta feria en un solo toro.
El quinto de la tarde, muy bien banderilleado por Mariano de la Viña, era una
auténtica alimaña. De don Álvaro, pero alimaña. Alto y con dos buenas velas, se colaba
peligrosamente por ambos pitones.
Ponce brindó a su cuadrilla, porque era su última actuación de la temporada y lo
intentó con las dos manos infructuosamente. Ahí la buena lidia tuvo que reducirse a un
sólido macheteo. Y como esta vez Ponce no se conformó con su muy frecuente pinchazo
hondo, tumbó al torrestrella de una entera al primer intento.
Ni que decir tiene que salió a hombros por la puerta grande. Pero, ya se sabe, esto es
una cuestión puramente mecánica: dos orejas igual a salida a hombros por la puerta
grande.
Pepín Jiménez vino a sustituir a El Cordobés y estuvo digno y decidido, en primer
lugar, con la otra alimaña de Torrestrella, que llegó descompuesta y cabeceando al
último tercio. El cuarto toro, aunque flojo, era toreable y Pepín dio muchos muletazos,
alguno con su personalidad y su característico buen gusto, pero, en general, estuvo frío
y falto de acoplamiento con la embestida del astado.
El tercero, además de justo de presencia y con muy poca fuerza, presentaba un raro y
como descoordinado movimiento de la testa. El animalito era noble y quería embestir, pero
no podía con su alma. Manuel Caballero hizo sus pruebas, pero tuvo que abreviar,
liquidándolo con prontitud.
El sexto, inicialmente flojo y con un ligero cabeceo, se vino arriba en la muleta y
permitió una suave y templada faena al de Albacete, que le dio distancia y respiro,
encelando con temple las embestidas, aunque los muletazos no fuesen siempre ligados y
tuviese que rectificar la colocación en varios puntos del trasteo. Cuando consiguió
ligar los muletazos, siempre dados con temple y suavidad, el muleteo alcanzó sus mejores
momentos. Una estocada arriba cerró la tarde, recibiendo Caballero el trofeo orejil, que
paseó antes de la salida de Ponce por la puerta grande, aquí no discutida por nadie.
El
Mundo.
Zaragoza, edición del 14 de octubre '99. JAVIER VILLAN.
Zaragoza, edición del 14 de octubre '99.
Bella y seria corrida de Torrestrella
La seria estampa del remiendo de Rocío Tornay, y la seria estampa de toda la corrida
de Torrestrella, era digna de que la pintara Modesto Roldán; Roldán es un pintor
español al que van a meter en el museo parisién, y universal, del erotismo; no por los
toros, claro, sino por sus vírgenes desnudas, recamadas y llenas de encajes que parecen
rameras. El toro de Tornay, además, metió la cabeza, su hermosa cabeza engatillada y
arrogante, después de mansear en los primeros tercios. En ese toro, que pintaría Roldán
-y también el otro Roldán, Eduardo, que le pone expresionismo a mansalva a todas las
suertes-, nadie creía, salvo Ponce y alguno más.
Es lo mismo que pasa con Modesto Roldán en el que, salvo Camilo José Cela, Umbral,
Raúl del Pozo y yo, ningún español cree, aunque esté en los museos europeos. Un día
estará en el Museo Taurino Español, no por sus vírgenes de encaje y calentura, sino por
sus toros. Toros de astillas, cuerdas, arpillera y alquitrán, tan imponentes como algunos
de los que salieron ayer al coso de Pignatelli.
Para Enrique Ponce, el toro de Tornay no tuvo ni secretos ni dificultades, una vez que
lo fue tanteando con el capote. Fue un toro fácil y sin problemas; y fácil, por lo
tanto, fue la labor muleteril de Enrique Ponce. Detalles, destellos, fulguraciones
aisladas, asentado unas veces y menos asentado otras. Faena intermitente, gustándose en
algunos muletazos y aligerando la cuestión en otros: salvo el arranque con la muleta, que
fue esplendoroso y, según dicen algunos, de cartel; Ponce se dobló por bajo y hubo un
cambio de manos por delante clamoroso, rodilla en tierra, que fue un prodigio de
improvisación y de plasticidad natural y elegante. Después, lo dicho: salir al paso,
posar para fotógrafos y pintores y resolver con una letal estocada trasera.
Fuera porque ya había brindado a su cuadrilla, fuera porque tenía las dos orejas y la
foto de la Puerta Grande, Ponce arriesgó lo mínimo en el quinto. La verdad es que había
mucho que arriesgar y poco que ganar; por lo cual Enrique Ponce quebró el cuello al
insidioso y torvo torrestrella en cuatro muletazos de castigo, montó la espada y se lo
cargó con habilidad y con autoridad.
Desesperado por la inutilidad del tercero, Manuel Caballero abrevió. Lo cual es una
forma de decir que se lo quitó de encima sin pena ni gloria. Otra cosa fue el gesto y
más pudiera haber sido.
Pero Caballero tuvo esos momentos de montaña rusa, arriba y abajo, que desconciertan
incluso a sus más fervientes admiradores.
Dos tandas de redondos, sin poder sacar la muleta por la pala -cosa que Caballero hace
muy bien-, y un cambio de manos por delante pasmoso y sublime. Era el momento de la gloria
y del éxtasis. Sin saber por qué, sin saberlo yo, quiero decir, en vez de ligar la
siguiente tanda, Caballero salió corriendo buscándole la vertical distante al
torrestrella.
Altibajos, momentos excelsos bajando la mano, y otros menos excelsos sin hallarle al
toro la cosa y la cuestión que era bastante clara. En líneas generales, a pesar de la
estocada y de la oreja, Caballero anduvo por debajo del torrestrella.
No fue la mejor ocasión que vieron los siglos de Pepín Jiménez, aunque el leve
trasteo de tironcillo para llevarse a los medios al cuarto y el molinete con que lo fijó
en el platillo tuvieron enjundia y sabor. Luego, el picante del torrestrella lo descolocó
un poco y le faltó firmezaen la derecha y recorrido en los naturales. Y le sobró aire y
distancia en los pases de pecho.
Pepín Jiménez vino a Zaragoza relanzado por la última oreja que cortó en Madrid. Y
luego dicen que Las Ventas ni da ni quita. No lo sé. Pero a santo de qué iba a estar
aquí ayer sustituyendo a El Cordobés el de Murcia, de no haber sido por ese triunfo. Yo
lo celebro, porque el toreo de Pepín Jiménez me gusta aunque ayer anduviera más bien
tibio y distante. Está visto que Pepín Jiménez no es torero de ferias, sino de
acontecimientos.
El
Mundo.
Zaragoza, edición del 13 de octubre '99. JAVIER
VILLAN
Zaragoza, edición del 13 de octubre '99.
Lecciones para lidiar
mansos
Jesús Millán puede estar contento de su alternativa: feria de primera y padrinos de
tronío. El chaval estuvo a la altura de las circunstancias; anduvo con aplomo y
seguridad, con cabeza y sin barullos.
Se dejó ver sin estridencias en el capote y se trajo al toro de lejos y toreado en
tres estupendas tandas de redondos. Se le ve maduro y reposado, sobre todo en la idea y
expresión de la faena como un todo arquitectónico: desde la apertura por bajo arqueando
la pierna, hasta el remate con ayudados por alto y trincherillas.
Pero donde demostró su madurez Jesús Millán fue en el sexto, un toro astifino, manso
e incierto que buscaba descaradamente hacer carne. Millán no se arrugó ni perdió los
papeles ante el manso; antes bien, trazó redondos con fundamento y naturales con torería
para concluir con ayudados, un afarolado y un pase de pecho, todo ello muy conjuntado.
Pincho, y pinchó mal hasta el postrer bajonazo, lo cual le privó de una puerta grande
legítimamente ganada.
Entre la neblina del humo de los cigarros, los tres naturales de Enrique Ponce llegaron
nítidos e iluminaron el denso ambiente como fogonazos. Luego, el toro de Salvador Domecq
se le paró, le miró la pechera con intenciones homicidas y Ponce lo aguantó vaciándole
con firmeza la embestida. Después resolvió un arreón con un adorno florido y, cuando el
toro se le distraía en la raya, tuvo la lucidez de llevárselo a los medios para matarlo.
Pero no lo mató, y dio el mitin con el descabello. En realidad, la labor de ayer de Ponce
fue, sustancialmente, una labor de lidiador.
En tablas empezó y acabó el mansísimo sobrero de Tornay. Y Ponce le puso cerco en su
lugar natural, le empapó de muleta, aguantó miradas, fugas y parones. Y lo sometió,
tanto por la derecha como por la izquierda. Mató arriba y por derecho; lección magistral
para lidiar mansos.
Ponía los cuernos en la luna, se frenaba y salía pensando en las musarañas, el
quinto: muchas complicaciones. El Juli, un chaval, todavía no está para esas fatigas.
Tras el bajonazo infame surgieron en los tendidos algunas protestas. El Juli había
cortado una oreja en su primero y se le pidió la otra con fuerza. Julián López no
había estado mal; ni bien. Había estado opaco, reiterativo y trabajador. Se centró un
poco más, y con más finura, al final en dos tandas de medios naturales. Y mató de un
cañonazo. Y estalló el estruendo. Y cuando el presidente se encastilló y con razón
dijo que no a la segunda oreja, reventó la tempestad.
Total, que los tres dejaron ayer la Puerta Grande a medio abrir. Lo que el público,
pese a los pitos finales, más echó de menos fue la apoteosis de El Juli. Y tampoco es
para ponerse así. No sé qué pensarán ustedes, pero yo lo veo de esta manera. Para su
edad, aunque cobre millonadas, El Juli no está mal. Claro que, a su edad, Paco Camino, un
suponer, ya había dictado lecciones de maestro y se había ganado el sobrenombre de El
niño sabio de Camas; y ahí está Camino en la Historia. O sea, que esto de la infancia
puede decir mucho o puede no decir nada. El Juli no es un genio y, vistas así las cosas,
no hay por qué rasgarse las vestiduras ni por sus triunfos ni por sus fracasos. El Juli
es un chaval espabilado y con buenos fundamentos que, para mantenerse en esto, va a tener
que trabajar mucho. No basta que le hayan metido en la cabeza que es el rey del mambo. Lo
malo, desde un punto de vista puramente humanitario es que, cuando se acabe la juerga, El
Juli va a quedar hecho polvo. Y no por culpa de quienes lo critican, sino de quienes lo
ensalzan sin tino.
Los negocios menguan, el público es voluble y la crítica, hoy entregada
mayoritariamente, puede ser tornadiza. El Juli puede triunfar o no triunfar; tranquilos,
no pasa nada.
El
País. Zaragoza, edición del 13 de octubre '99. PAU NADAL
Orejas para
todos
En el día grande de las fiestas pilaristas, el público zaragozano pudo celebrarlo,
taurinamente hablando, porque hubo orejas para todos. Una para cada espada y, claro,
aunque no se pusiesen delante, los orejófilos también se salieron con la suya y hasta se
enfadaron con el presidente porque no concedió la segunda a El Juli en su primero.
Esas tres orejas, sin embargo, tuvieron distinto peso, y uno piensa que la más
meritoriamente conseguida fue la de Ponce en el sobrero, porque el animal no se lo puso
fácil, por su nula fijeza, su mansedumbre y su condición huidiza. Además, el regalito
fue mirón y con una arrancada más lenta que la de la cámara lenta. Sabido es que,
cuando quiere, Ponce luce especialmente ante las dificultades, y así lo hizo también
esta vez, sacando muletazos de mérito por ambos pitones y hasta ligando alguna serie. Al
final de temporada, rico y sin necesidades perentorias en su carrera, se jugó
gallardamente el físico y mostró su casta torera.
La primera oreja de la tarde fue para el aragonés Jesús Millán, que tomaba la
alternativa. Y hay que decir que ese trofeo quedó devaluado por la fea estocada que el
maño propinó después de un pinchazo. Antes, no obstante, había hecho un estupendo
quite al delantal y una torera faena, iniciada con excelentes dobladas y proseguida por el
derecho con temple, aunque en algún momento un punto despegado. Con la zurda también
mostró buenas maneras, pero el astado, el mejor del encierro de Salvador Domecq, fue
acortando el viaje y el diestro tuvo que abreviar.
La segunda oreja de la tarde, con fuerte petición de la segunda, fue para El Juli en
su primero, una res a la que mermó sus no excesivas facultades una espectacular vuelta de
campana. El joven diestro madrileño le hizo un quite muy clásico por chicuelinas y lo
banderilleó con lucimiento. Entendió al toro, le dio distancia y lo embebió en la
franela, aunque a algunos muletazos también les faltase ajuste. Sobresalió en una serie
con la diestra, ligada y de gran quietud, encandilando finalmente al público toreando a
pies juntos con la zurda. Mató con arrojo de un certero volapié y recibió una oreja de
las dos que, ¡era el día grande de las fiestas!, solicitaba el respetable.
En los tres toros en que no hubo concesión de trofeos ocurrió lo siguiente: Ponce,
con un ejemplar tardo y que no se empleaba en los engaños, mostró decisión y aguante,
pero los muletazos no siempre fueron templados, la faena fue muy larga, se conformó con
un pinchacito hondo y marró repetidamente con el descabello. El Juli, en el quinto,
decepcionó porque, aunque su enemigo no daba muchas facilidades, tampoco se comía a
nadie, y un diestro con vitola de figura y que torea tanto tiene obligación de mostrar
más decisión y más recursos (no hubo ni un quite, no banderilleó y con la muleta dio
muchos pases, pero prácticamente ninguno lucido). Finalmente, Millán, en el sexto, hasta
que el astado acortó el viaje, estuvo otra vez torero con la muleta y hubiese obtenido un
trofeo de no fallar con los aceros.
El
Mundo. Zaragoza, edición del 12 de octubre '99.
JAVIER VILLAN.
El hule y la controversia
Justo cuando Vicente Barrera entraba en el callejón tambaleándose, con la taleguilla
hecha jirones y el dolor en el rostro, sonó un aviso. Eso es lo que se llama avisar a
destiempo.
O sea, que el señor presidente la cagó. Porque ¿para quién era el clarinazo? Sacar
el pañuelo en el momento exacto en que a alguien lo llevan corneado a la enfermería es,
cuando menos, una falta de sensibilidad. Porque el tiempo, en esos momentos, para el
torero, se ha parado definitivamente; porque el tiempo, en esa circunstancia, no mide la
dimensión plomiza de una faena, sino el desbordamiento de la herida, el sabor a ceniza y
yodo de la sangre. El toro salió de la estocada, que fue al tercer intento, para el
desolladero. Vicente Barrera para el hule.
Uceda Leal destrozó con la espada lo que había construido con el capote y la muleta:
un auténtico trabajo de demolición contra una obra de artesanía fina. Ligero, finísimo
de trapo Uceda en las verónicas, aunque sin cargar la suerte ni forzar. Hasta los medios,
eso sí. Y rematando con media de sabor belmontino.
Luego, Javier Rodríguez calentó el ambiente entrando a por uvas en banderillas, lo
cual también ayuda. Y Uceda Leal se encontró con el horno recalentado y enrojado.
Uceda Leal toreó sobre la mano derecha como los propios ángeles; y agotó la
embestida, poco clara en principio, en tandas muy hondas de una música reposada como una
sinfonía. Mérito principal: someter a un toro encastado, aunque complicado, a base de
bajarle la mano y taparlo mucho; no insistió por la izquierda pese a un natural largo que
evidenció que, también por ahí, y con parecidos argumentos, el toro podía funcionar.
Demérito esencial: que se le fue la mano en un bajonazo infame perdiendo la muleta y en
muchos pinchazos.
Su momento había pasado cuando salió el quinto, ese momento de gloria y de
oportunidad que se les aparece algunas veces a los toreros; aunque utilizó parecida
disposición y estética, ya no era su hora. La tarde, las orejas y el triunfo habían
huido de sus manos.
El Tato brindó al público un toro incómodo, en un claro gesto de reconciliación por
los desencuentros del otro día. El Tato es un santo: el encontronazo del sábado no fue
de él contra el público, sino del público, cicatero y frío, contra él.
Y cuando el presidente, por su cuenta, le compensó con una oreja, se armó el cirio; y
El Tato renunció a salir en hombros. Tampoco ayer y, a pesar del brindis y de que el Tato
estuvo peleón toda la tarde, logró que las lanzas se le tornaran cañas. Música de
viento y vientos de fronda se alzaron contra Raúl Gracia justo cuando el serio y manso
cuarto más tarasca se le ponía y él más arriesgaba la femoral.
A la postre, el brindis no le valió de nada. Y se reprodujo la misma situación del
otro día, cuando el mismo presidente, Fernando García, le otorgó una oreja tras un
soberano estoconazo al toro de la jota. No humilló nunca este toro, pero El Tato estuvo
valiente, temerario, honrado. Y basto. El Tato entró en los carteles por la puerta de
atrás, vía sustituciones. Y sale entre división de opiniones, pero con todos los
horones.
El
Mundo. Zaragoza, edición del 11 de octubre '99.
JAVIER VILLAN. Destacaron más los caballos que los rejoneadores en
Zaragoza
No es por nada, pero en esto de los rejones a quien había que sacar a hombros es a los
caballos. Cada vez admiro más la belleza equina, cada vez me fascinan más sus crines al
viento, su cuello de cisne, sus finos cabos, su porte gentil. Los caballos son belleza
pura, sin contaminación, como la belleza de algunas mujeres.
Cada vez me seduce más la estética por la estética, la belleza por sí sola, lejana
e intocable. Hagan lo que hagan los caballos no lo harán peor que los caballeros. Puede
que Bohórquez le eche la culpa a las caballerías, pero hacía tiempo que no se veía en
una plaza de toros clavar de forma tan infame. El público de caballos es piadoso y
benéfico. Y no abroncó a Bohorquez más de lo que había aplaudido a Moura, que es lo
que se merecía.
Espectacular Paco Ojeda por el lado negativo y por el positivo. En aquél, casi todo,
incluido un bajonazo pescuecero que tuvo efecto de descabello; en éste, las banderillas
citando en corto y frontalmente con la grupa, girando rápido y clavando en terrenos
inverosímiles.
Andy Cartagena es como El Juli, sólo que subido a un caballo: ejercicio para
equilibristas, piruetas vertiginosas, galopes celéricos, pusieron al público al borde
del infarto. Por más apoyo mediático que se dice, y de los otros, este muchacho sería
otro fenómeno de masas.
Para las estadísticas que, a la postre, son las que reflejan la historia: Andy
Cartagena, una oreja en solitario y otra en yunta con Ojeda; Joao Moura, vuelta; Fermín
Bohórquez, un aviso, y Ojeda, además de esa media oreja a medias, ovación; y el señor
presidente de la corrida, don Ernesto Gascón, bronca monumental, que se repitió al
final, por no darle a Cartagena la segunda, tanto en solitario como en collera.
El
Mundo. Zaragoza, edición del 10 de octubre '99.
JAVIER VILLAN. La madre de todas la broncas
Las broncas al señor presidente de la corrida fueron de las que marcan una feria. Y,
si me apuran, una vida.
La bronca primera, al denegar la segunda oreja, se convirtió, por lógico rebote, en
un plebiscito favorable a El Juli, que salió del trance santificado y recrecido. La
bronca a don Fernando García fue de tal calibre que temblaba la carpa, y las madres, las
madrazas y las púberes canéforas, que casi siempre van juntas, clamaban al cielo como si
el presidente fuera un Herodes que hubiera perpetrado la matanza de los inocentes. A El
Juli ayer, se le consideró víctima, por muchos y por muchas, víctima de no sé qué
siniestros tejemanejes.
Recuerdo a Vinyes
Mas antes de seguir adelante en esta guerra de las broncas y de las orejas, quede
constancia de mi particular minuto de silencio por un amigo y un compañero en las labores
taurinas de este periódico: diez veces llanto por Fernando Vinyes, cronista en la
inhóspita Ciudad Condal de Barcelona. Va por ti, amigo, recordando tus caricaturas de
excelente dibujante, tu generosidad y tu libro sobre la tragedia en los ruedos mexicanos
México, diez veces llanto. Una voz menos, en una plaza amenazada de exterminio; una voz
menos entre los cabales.
Son tantas ya esta temporada, que me pongo el brazalete negro, luto perenne como el de
Rivera Ordóñez por su abuelo. Y luto por sí mismo estuvo a punto de vestir Rivera,
cuando el segundo, afeitado y blando, lo arrolló. Ya le había dado antes el queo, pero
Rivera no se apercibió. Da la impresión de que, últimamente, Rivera Ordóñez no se
apercibe de nada. Y de que anda con el reloj a deshora aunque con la voluntad muy
tesonera. No tiene sentido que le griten a Rivera ¡crúzate! o ¡deja de cruzarte!. Tiene
sentido que se exija el toro íntegro. Si no, basta con media docena de derechazos mal
enjaretados, como hizo Rivera, para tapar todas las cuestiones.
Hace unos años la editorial Akal publicó un anuario taurino que se llamaba El estado
de la cuestión. Pues bien, la cuestión sigue ahí: el toro. Así que vamos a llevarnos
bien y tengamos la fiesta en paz. Y no hay que buscarle tres pies al gato porque, para
gatos, algunos de los de ayer: el capotón inconmensurable de El Juli valía para
amortajar a dos o tres.
El toro primero de El Pilar, ¿tenía dos cuernos y cuatro patas o no? Los tenía,
aunque otra cosa es cómo los tuviera. Las patas las llevaba quebradizas y frágiles;
pero, a estas alturas del partido, ¿importa eso a alguien? A nadie.
Los toreros, las figuras mayormente, los exigen así; a los públicos les da igual, los
ganaderos siguen el juego y los empresarios -incluso los más independientes- tienen que
mirar para otro lado o poner el cartel de cerrado por liquidación. Los cuernos de este
mismo toro estaban mochos, pero no hay que atribuirlo a criminal mano sino a un error que
se aclarará cualquier día de éstos: era un toro de la corrida de rejones de hoy que se
traspapeló en el apartado. ¿Lo protestó alguien? Pues... muy pocos. El Tato templó y
ligó la embestida en algunas tandas de redondos, esculpió los pases de pecho y, como
mató de forma espectacular y contundente, rebañó una oreja. Trascendió menos una labor
de peso al incierto manso en el que tragó lo indecible, aguantó, tiró y se colocó con
aires de torero lidiador con un problemático animal.
El delirio
Con El Juli empezó el delirio; desde la larga cambiada de rodillas hasta el quite de
frente y por detrás con que respondió a las gaoneras, perfectas, de El Tato.
Entre tanto, verónicas vulgares, chicuelinas al paso y otras variedades verdaderamente
airosas. En banderillas, acelerado y a destajo. Con la muleta decayó el entusiasmo, que
volvió a la cumbre al matar de una estocada defectuosa. Gran bronca al presidente por no
conceder la segunda oreja; bronca imponente, cósmica, homérica: la madre de todas las
broncas.
Esa bronca era una condecoración. De haber mantenido ese tono don Fernando García, su
labor, a partir de las 17.30 de la tarde, hubiera sido correcta. Mas el tirón que
aguantó en el tercero no supo mantenerlo en el cuarto y eso que lo tenía más fácil:
oreja benévola de paisanaje que el paisanaje abroncó con ira. Total, que el señor
García se ganó dos broncas: una por no dar una oreja y otra por darla. Descargo de El
Juli: su primero era de media embestida y el segundo complicado y difícil. Y no es cosa
de pedirle al muchacho poderío de gran figura.
Primer ciclo
(11 de abril-27
de junio)
Carteles y resultados
Domingo, 27 de junio.
Corrida de la Prensa. Toros de Ana Romero (bien
armados, con poca caja, justos de fuerza y de juego desigual), para El Tato (ovación y plamas), Rivera Ordóñez (pitos tras dos avisos y
oreja) y Morante de la Puebla (oreja
y ovación).
Sábado, 26 de junio. Novillada picada mixta, con la
actuación del rejoneador Leonardo
Hernández, y los novilleros Antonio
Barrera y Mario Cohelo
Sábado, 12 de junio. Novillos de Flores Albarrán, para el rejoneador Javier Buendía, y para los
novilleros Tomás Luna y José Montes.
Domingo, 6 de junio. Novillos de Domingo Hernández, para
Francisco Javier Corpas,
Jesús Millán y Diego Luna
Domingo, 23 de mayo. Toros de Pereda (3), María José Pereda (2) y Javier
Pérez Tabernero (1), para Espartaco
(aplausos y oreja), Ponce (ovación y
dos orejas) y El Cordobés (ovación y
oreja). Dos tercios de entrada.
Domingo, 9 de mayo. Cartel abierto para los triunfadores
de las novilladas anteriores.
Sábado, 1º de mayo. Novillos de Adelaida Rodríguez,
para Diego Urdiales, José Manuel Monteliu y Miguel Angel
Domingo, 25 de abril. Novillos de Pérez Tabernero, para Paulita, Jesús Millán y Carlos Gallego
Sábado, 24 de abril. Novillos de Coquilla, para Juan
Bautista, Sergio Martínez y Rafael
Ronquillo
Viernes, 23 de abril. Toros de Domingo Hernández, para Manuel Caballero, Vicente Barrera y Miguel Abellán
Domingo, 11 de abril. Cuatro novilllos de Ponce, dos sobreros de Collado Ruiz (desiguales
de presentacion,mansearon, destacaron los lidiados en 4º y 5º lugar), para David Vilariño (silencio tras aviso y
ovación tras aviso), Samuel López (silencio y ovación) y José Luis Triviño (ovación
tras aviso, ovación tras dos avisos).
Temporada 1998
EFE, El País. (ENERO,98)
La temporada taurina en la plaza cubierta La Misericordia, de Zaragoza,
empezará el próximo 8 de febrero con el tradicional festival a beneficio de Atades, en
el que tendrá máximo protagonismo el diestro Enrique Ponce pues además de ser uno de
los espadas del cartel, las reses que se lidiarán pertenecen a la ganadería de su
propiedad.
El matador de toros retirado Fermín Murillo, que organiza el festival,
y el presidente de Atades, Plácido Hueso, han dado a conocer el cartel, que tiene la
siguiente composición: cinco toros y un novillo de Enrique Ponce, de Navas de San Juan
(Jaén), para los matadores de toros Rafi de la Viña, Enrique Ponce, Jesulín de Ubrique, Finito de Córdoba y El Molinero, y el novillero Víctor
Janeiro.
El coso zaragozano volverá a abrir el 5 de abril para celebrar una
novillada. El 23 del mismo mes, festividad de San Jorge, habrá una corrida de toros para
la que están contratados Jesulín de Ubrique y El Tato. Y los días 24, 25 y 26 tendrá lugar
una feria de novilladas en homenaje a los históricos diestros aragoneses Nicanor
Villalta, Gitanillo de Ricla y Nacional II, en cuya organización colabora la Diputación
de Zaragoza. La temporada continuará hasta el 7 de junio, se interrumpirá entonces por
celebrarse el campeonato mundial de fútbol y se reemprenderá el mes de septiembre.
La tradicional Feria del Pilar constará de 11 festejos: ocho corridas
de toros, dos novilladas y un espectáculo de rejoneo.
Según Justo Ojeda, empresario de la plaza de Zaragoza, en esta feria
habrá una corrida de los herederos de Eduardo
Miura y supondrá la reaparición del legendario hierro en Zaragoza, donde no lidiaba
desde hace 38 años. Otras ganaderías apalabradas son las de Cebada Gago, El Pilar,
Valdefresno, Joaquín Núñez, Los Bayones y Victorino Martín.
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