GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

TEMPORADA 1999

Toros en Zaragoza

PLAZA DE TOROS DE LA MISERICORDIA
Temporada 1998  Temporada 1997  

Ciclo ferial de abril a junio

Feria de El Pilar
Del 9 al 17 de octubre
Enrique Ponce, triunfador del ciclo ferial

Crónicas de la prensa

Sábado, 9 de octubre. Cinco toros de El Pilar (desiguales de juego y de presentación, muy blandos y escasos de trapío y de casta. Primero y segundo, afeitados; el resto cornicortos y cómodos de cabeza. Remiendo de Moisés Fraile, sexto, justo de trapío, manso y descastado), para El Tato (oreja y oreja protestada), Rivera Ordóñez (oreja y ovación) y El Juli (oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo, y pitos). Crónica de El Mundo.

Domingo, 10 de octubre.Tres toros de Barcial y tres de Félix Hernández, para los rejoneadores João Moura (vuelta), Fermín Bohórquez (aviso y silencio), Andy Cartagena (oreja y dos vueltas) y Paco Ojeda (división). Por parerjas, Moura/Bohórquez, (silencio) y Ojeda/Cartagena (oreja). Crónica de El Mundo.

Lunes, 11 de octubre. Toros de Javier Pérez Tabernero (mansos y astifinos, 3º y 4º con casta), para El Tato (ovación, ovación, y oreja con protestas en el correspondiente a Vicente Barrera), Vicente Barrera (resultó cogido al matar a su primero. Pasó a la enfermería) y Uceda Leal (ovación y ovación). Casi lleno. Vicente Barrera sufre una «contusión en borde inferior del pie izquierdo con posible fractura del escafoides. Pendiente de estudio radiológico. Traumatismo en base del segundo metacarpiano de la mano derecha. Pronóstico reservado». Crónica de El Mundo

Martes, 12 de octubre. Toros de El Torero (nobles primero, segundo y tercero; mansos y complicados quinto y sexto. Apretaron en varas. Sobrero de Tornay -cuarto bis-, bien presentado y manso), para Enrique Ponce (ovación con aviso y oreja), El Juli (oreja con petición de otra y división de opiniones) y Jesús Millán, que tomó la alternativa (oreja y ovación). Crónica de El Mundo, Crónica de El País.

Miercoles, 13 de octubre. Toros de Torrestrella (desiguales de presencia, 1º y 5º difíciles, 3º inválido, 4º y 6º flojos. 2º de Rocío Tornay, manso en los primeros tercios, mejoró en la muleta), para Pepín Jiménez (silencio; división de opiniones al saludar), Enrique Ponce (dos orejas y ovación) y Manuel Caballero (silencio y oreja). Crónica de El País, Crónica de El Mundo.

Jueves, 14 de octubre. Toros de El Ventorrillo (bien presentados y globalmente manejables. El 5º, al rematar en tablas de salida, se rompió el cuerno derecho por la cepa; no fue devuelto y la empresa regaló el sobrero, lidiado en séptimo lugar, de Teófilo Segura, manso), para Juan Mora (puñalada baja -ovación-; pinchazo y estocada desprendida -petición minoritaria de oreja-), Eugenio de Mora (estocada -vuelta-; estocada baja -silencio-; pinchazo arriba, dos pinchazos, media estocada, tres descabellos - aviso - y dobla el toro -aplausos al abandonar el ruedo-) y Miguel Abellán (pinchazo, media estocada saliendo rebotado, dos descabellos -aviso- y dobla el toro -silencio-; estocada -silencio-). Crónica de El País, Crónica de El Mundo.

Viernes, 15 de octubre. Toros de Celestino Cuadri (bien presentados y encastados, tardos) para Vicente Bejarano (pinchazo - aviso- y estocada desprendida -silencio-; estocada baja -división cuando saluda-), Dávila Miura (estocada -pitos-; pinchazo hondo y descabello -ovación y tambien algunos pitos cuando saluda-) y Jesús Millán (estocada baja y descabello -oreja-; dos pinchazos, casi media -aviso- y descabello -ovación y saludos-).  Crónica de El País, Crónica de El Mundo.

Sabado, 16 de octubre. Toros de Cebada Gago (con trapío, encastados y mansos; más bravos primero y cuarto. Remiendo de La Cardenilla, encastado y bien presentado. Todos ellos con dificultades), para Luis Francisco Esplá (muestras de desagrado en ambos), Manolo Sánchez (silencio y ovación) y Ricardo Aguín "El Molinero" (aplausos en ambos). Tres cuartos de entrada. Crónica de El País, Crónica de El Mundo.

Domingo, 17 de octubre. Toros de Victorino Martin (seis toros de juego y presencia dispar; en general, con trapío; cómodos de cabeza y alguno pobre. Mansearon todos y apenas cumplieron en varas; encastados. Fiero el tercero, duro el primero y violento el sexto. Algunos blandearon), para Juan Mora (ovación y oreja), Manuel Caballero (silencio con aviso y bronca) y Pepín Liria (oreja y ovación). Crónica de El Mundo, Crónica de El País.


Crónicas de la prensa

El Mundo. Zaragoza. Edición del 18 de octubre '99. JAVIER VILLAN Final emotivo y sin brillo

Se acabó lo que se daba y no hay más cera que la que arde. Las fiestas del Pilar y los victorinos cierran una temporada un poco esquizofrénica.

Corrida sin demasiados brillos, pese a las orejas. La gente se preguntaba, dadivosa, quién tenía más merecimiento, si Juan Mora o Pepín Liria; si los muletazos que se habían tragado sus toros tenían mayor o menor relevancia, si a Mora se le iba a ir la mano en la estocada al cuarto, como se le había ido en el primero. Pero el presidente consideró que no, que había suficientes pañuelos y allá fue la oreja muy aplaudida: Mora, en los medios, solo con el victorino, que se tragaba el primer muletazo y enseguida se orientaba en el segundo.

La gente se preguntaba si aquellos naturales que Caballero le había hecho tragar al flojo y gazapón segundo eran de ley o pura técnica lidiadora. Fueron tres tandas, aunque los golpes de verduguillo fueron más. Dolido el toro por los pinchazos, se echó. Mediada la corrida, allá por el tercero, incluso pasado el cuarto, lo más destacado había sido el derroche testicular de Pepín Liria que le había puesto sal, pimienta y otras especias de gusto fuerte al fiero victorino.

Circo romano: el hombre contra la fiera. Los victorinos, salvo excepción, fueron duros y complicados, fueron aplaudidos todos y eso revaloriza, sentimentalmente, lo que se haga con ellos; verbigracia, las orejas para Juan Mora y para Pepín.

Extrañas gentes las de este país llamado España. Puede que la Fiesta no sea exactamente la Fiesta Nacional, pero es una fiesta nacionalista. No conozco a ningún torero expatriado, mientras hay a montones investigadores, científicos o pintores.

Los toreros, unos con más fatigas que otros, son los héroes de la tribu disfrazados de lentejuelas. Extrañas gentes, y entrañables, estas que siguen a los toreros; todavía ayer peregrinaban a Zaragoza para ver a los victorinos y sus matadores, puristas de Madrid, heterodoxos de Valencia, fieles de Logroño, recios mozos de Pamplona o de Bilbao. Aún les queda, a estas alturas del partido, un jirón de sus corazones apasionados para entregárselo a sus preferidos.

Quedan fuerzas todavía para pegarle la bronca, y de qué manera, a Manuel Caballero cuando abrevió por la vía sumarísima; y para ovacionar, tras buenos pares de banderillas, a Carretero, a Gonzalo González y a Carlos Mora. Y en las postrimerías de la tarde y de la feria, quedaban ánimos para jalear los regates de Pepín Liria al taimado sexto, sus naturales con todo el alma en la muleta y con toda la rapidez en los pies; el toro se revolvía violento y cada muletazo era un presagio de cornada. Se acabó lo que se daba. Hasta el próximo año


El País. Zaragoza, edición del 18 de octubre '99. PAU NADAL  Lentitud, fracaso y coraje

Lentitud, fracaso y coraje son tres rasgos que definen la actuación de cada uno de los tres diestros que formaban el último cartel de la feria zaragozana, enfrentados a seis ejemplares de Victorino Martín. Y hay que decir que la corrida, a pesar de que cuatro toros fueran aplaudidos en el arrastre, decepcionó un tanto. Veamos por qué:

Primero: cumple en varas, aunque con poca codicia; humilla, pero se vence al final del muletazo. Segundo: dobla las manos y se cae; gazapea y se vence por el izquierdo. Tercero: remiso en ir al caballo; bueno para la muleta, humillando y repitiendo, con más claridad por el pitón derecho. Cuarto: se lo piensa mucho para ir al caballo, dobla las manos y embiste con nobleza, pero muy lentamente, en la muleta. Quinto: dobla las manos de salida, bueno, aunque algo corto de arrancada; no se pudo ver del todo por la inoperancia de su matador. Sexto: con buen tranco de lejos y en la media distancia, sobre todo por el pitón izquierdo; difícil por el derecho.

Juan Mora comenzó de forma excelente su faena al primero, embarcando perfectamente las embestidas, pero la res fue acortando el viaje y el diestro abrevió. Al cuarto lo lanceó vistosamente a pies juntos y, después de un tercio de varas con un caballo imposible, brindó a su hermano Carlos, que acababa de colocar dos formidables pares de banderillas, y toreó con empaque, mando y, sobre todo, una extraordinaria lentitud, a tenor de lo que pedía el de Victorino. Faena de brillo algo intermitente, pero con momentos de una gran belleza. Y la música sin enterarse. Claro que, acordándonos de Bergamín, podría decirse que la música callada del toreo la había puesto Juan Mora.

La faena de Caballero al segundo fue muy larga, tardando mucho en acoplarse a la embestida, lo que consiguió casi al final del trasteo, en una buena serie con la zurda. Al quinto lo banderilleó formidablemente José Antonio Carretero, y no se sabe qué es lo que le vio Caballero para que de los 30 muletazos que le dio, ninguno fuese lucido ni confiado. El torero de Albacete pareció del todo incómodo y arriesgó muy poco ante este victorino que no transmitió al respetable ningún peligro especial. La bronca fue de las de hace 20 o 30 años en este mismo coso.

Pepín Liria, en cambio, fue un modelo de coraje y pundonor. Aguerrido, mandón y fajándose con el tercero, en un auténtico toma y daca por el único pitón posible, el derecho. Además, mató arriba, lo cual ya casi es noticia. La oreja fue justa y también la compensación de la segunda, que en la anterior feria pilarista le negaron después de un heroico trasteo ante un fiero ejemplar de Cebada Gago. Al sexto lo lanceó valeroso y asentado. Con la muleta había que torear en la media distancia y no dormirse al final del muletazo. Eso es lo que hizo Liria con mucho valor, en un corajudo trasteo, al final del cual se le fue la mano en una estocada baja.


El País. Zaragoza. Edición del 17 de octubre '99.  PAU NADAL Brindis y toreo

Nada menos que cuatro brindis al público hubo en esta penúltima corrida de la feria pilarista. Eso antes significaba una garantía prácticamente segura de que iba a haber faena. Ahora ya no. Si los diestros, primero parecían verlo claro y luego no, se equivocaron y si ya no lo veían claro desde el principio ¿para qué el brindis?

Podrá parecer mentira, pero a Esplá le desbordó la bravura del primer ejemplar de Cebada Gago, al que le faltó un puyazo, pero que tenía un gran tranco. Esplá le hizo, a distancia, un quite por navarras y lo banderilleó midiendo las fuertes arrancadas del bovino. Con la muleta, sorprendentemente, dio la sensación de impotencia para dominar ese gran caudal de bravura. Acabó de un feo sartenazo. El cuarto hubiese podido servir para que el de Alicante se sacase la espina de su poco afortunada actuación anterior, pero ahí la desgracia se cebó en Esplá, porque después del primer par de banderillas y al saltar al callejón, cayó mal y se lesionó, cojeando visiblemente, por lo que no pudo continuar el tercio. Con la muleta consiguió torear con cierta enjundia por ambos pitones, pero pronto tuvo que desistir, finalizando su labor de pinchazo y estocada desprendida, pasando a la enfermería.

Manolo Sánchez no hizo uso del mando y el temple debidos ante el cabeceo de su primero, que también gazapeó y ante el que acabó mostrándose precavido. El quinto fue un manso que huía de los capotes, pero que en la muleta, aunque con algún amago de rajarse, no planteó especiales problemas. Sánchez le instrumentó algún muletazo de muy buen corte, aunque al principio lo hiciera bastante despegado. No obstante, en tarde de tanta sequía torera, esos pocos muletazos supieron a gloria.

El Molinero no le pudo, a pesar de mostrar gran voluntad, al repetidor y encastado tercero, que se vencía al final de los muletazos. Con el soso ejemplar de La Cardenilla, que acabó parándose, estuvo muy decidido e hizo un esfuerzo, pero no le fue posible cuajar faena, exagerando en desplantes a destiempo y saliendo de las presuntas series con una arrogancia que únicamente debe emplearse cuando, de verdad, ha habido una serie lucida. Atravesó al toro en la estocada, que refrendó con un descabello.


El Mundo. Zaragoza. Edición del 17 de octubre '99. JAVIER VILLAN. El oro, la plata, la dureza

A lo peor nadie se dio cuenta; a lo mejor, sólo unos pocos aficionados. Ayer andaba, de plata, por el ruedo de Zaragoza, un torerazo que rozó la gloria con la punta de los dedos, que decayó, que no llegó a alcanzar las cumbres merecidas: Raúl Aranda; pasándolas putas para poner un par de banderillas, aunque dejando en algún capotazo el destello leve de un torero. Así está la Fiesta y puede que así haya estado siempre. ¡Va por usted, maestro, en este crepúsculo ácido e injusto de su otoño torero!

La plata del traje de luces de Raúl Aranda tiene, para todos aquellos que lo admiramos en sus momentos inspirados, el valor del oro y de la verdad. Ayer tocó lidiar una corrida nada fácil de Cebada Gago que puso a prueba varias cosas: la capacidad de los toreros y la seriedad de los aficionados. Siempre habrá razones para cuestionar una cosa y la otra.

Hay cosas del Reglamento, o de los señores presidentes, que no entenderé nunca. El toro primero de Cebada Gago, en plenitud de su poder y su bravura, estaba en suerte, se iba al caballo por tercera vez, que es lo que los aficionados quieren ver: un toro bravo en varas. Y el presidente, en ese preciso momento, cambió el tercio. Eso nos privó, primero de una tercera entrada que hubiera ahormado al toro un poco más; y, segundo, de ver la verdadera condición del animal.

Esplá hizo ostensibles signos durante el muleteo de que al cebadagago le faltaba un puyazo. Seguro que sí, mas eso no es óbice para que la sabiduría de Esplá hubiera podido reconducir la incompetencia del palco y el poderío del animal. He aquí uno de los contrasentidos más evidentes de la actualidad: o se mata a los toros en un primer puyazo asesino, o se les deja crudos. Casi toda la corrida quedó cruda ayer. Y los matadores no pudieron con ella.

A mí no me preocupa tanto que un toro se quede crudo, como que no podamos verlo en el caballo.

Y me preocupa mucho más las dificultades que toreros tan experimentados como Esplá, y menos experimentados que Manolo Sánchez y El Molinero, encuentran en esta disfunción. Esplá, Manolo Sánchez y, sobre todo, El Molinero, se la jugaron cabalmente en muchos momentos de la lidia.

Y por ahí andan figuras y figurones hartándose a cortar orejas y firmar contratos por mucho menos. Y luego dicen que si los críticos decimos o dejamos de decir. El taurinismo militante carece de autoridad moral para decir nada. La Fiesta de los toros se asienta, sin quitarle méritos a ninguno de los que se visten de luces, en una injusticia radical: para unos la dureza, para otros las facilidades y el dinero.

Mal trago para Manolo Sánchez con el quinto, aunque mejor de lo que se podía suponer a la vista de las dificultades del animal. Mal trago también para El Molinero en sus dos toros, si bien mostró su sentido de la colocación y del temple. Y mal trago también para Luis Francisco Esplá. ¿Que podían haberlo hecho mucho mejor? Por supuesto que sí.

Esplá ha levantado cabeza y roto vetos después de su machada en Las Ventas, pero eso no es posible todas las tardes. Un galleo de Esplá, un gesto, un par de banderillas, valen más que 100 faenas de algunos fenómenos; y Esplá ha toreado este año 15 corridas. Y, para colmo, ayer se lesionó, al saltar la barrera.

Mató su toro cojeando y todavía le protestaban. Naturalmente, la gente quería volver a ver el gesto cumbre de Madrid. Para eso habría que torear más de 15 tardes al año. Así está la Fiesta. Y el que no lo quiera ver, que vuelva la vista a Raúl Aranda, ayer de subalternopor elruedo.


El País.  Zaragoza, edición del 16 de octubre '99. PAU NADAL.  Seria corrida de Cuadri

Muy seria la corrida de Cuadri, en el inicio del tramo torista de la feria zaragozana. Con cuajo y comportamiento de reses encastadas, aunque, en general, tardearan en los engaños y se apagasen un tanto al final de sus respectivas lidias. Por ello se hacía necesario aprovecharlas desde el primer muletazo, cuando las arrancadas eran más continuas. No era fácil, desde luego, porque varios de los ejemplares se revolvían en un palmo de terreno. Pero si no se hacía de este modo, luego era demasiado tarde.

Vicente Bejarano no acabó de justificar su contratación en la feria. Su primero ya marcó un poco la tónica de la corrida: encastado y revolviéndose raudo, acabó parado y Bejarano tragó al principio del muleteo, mostrando voluntad y poca cosa más. El cuarto, aunque no acabase de humillar, mostró codicia hasta que fue a menos, siendo un buen toro, que desbordó a su matador. Bejarano estuvo por debajo del astado, al que casi nunca bajó la mano, dejándose ver demasiado por su enemigo, lo cual constituía un innecesario riesgo.

El segundo, encastado y violento, también se revolvía en un palmo de terreno, comiéndose la muleta. Desde luego, no era fácil estar ante él y Dávila Miura le plantó cara con valor, aunque no acabase de domeñar las embestidas. Los pitos que escuchó después del arrastre, no parecieron justificados. El quinto humillaba y se desplazaba, aunque fue un poco tardo y acabó parado. Dávila lo había recibido con una larga en el tercio y con la muleta estuvo aseado, destacando en los pases de pecho, pero el trasteo fue disminuyendo en intensidad. Entró a matar en los mismos medios y cobró un pinchazo hondo que surtió los efectos deseados.

El mejor librado de la terna fue el aragonés Jesús Millán, que recibió la alternativa en el cuarto festejo de la feria. Su primero manseó de salida, haciendo caso omiso de los engaños, pero despertó con la segunda vara, tomada a favor de querencia y permitió, con un buen pitón izquierdo, una excelente faena de Millán, bien iniciada y bien terminada, con el toreo fundamental ejecutado con temple, suavidad y ligazón. A pesar de que emborronó lo realizado al matar de un feo espadazo, recibió el premio de una oreja. El sexto fue el único ejemplar de la corrida que tuvo poca fuerza. También fue tardo y acabó parándose, pero Millán, con recursos y la cabeza clara, le sacó lo que tenía, dejándolo respirar y recurriendo, cuando era imposible otra cosa, al siempre efectivo arrimón. Si no hubiese fallado con los aceros, sin duda que sus paisanos lo hubiesen empujado hacia la puerta grande, porque es una auténtica esperanza taurina para Aragón.


El Mundo. Zaragoza, edición del 16 de octubre '99. JAVIER VILLAN. Oreja para Millán y frialdad para Bejarano

Casi siempre que me encuentro por Zaragoza con David Luguillano, al día siguiente sale una corrida dura y de no te menees. Cuando veo a Luguillano siempre pienso que ha venido a pillar alguna sustitución; pero luego me alegro de que no sea así y compruebo que el artista vallisoletano ha venido sólo a ver a la Pilarica. Tentado estoy de decirle aquello que una devota aficionada, que vio comulgando a Antonio Bienvenida, le dijo una tarde de plomo y escasamente torera del maestro: «Menos comulgar y más arrimarse al toro».

Ayer había que arrimarse a los cuadri sobre todo, a los tres primeros; y en verdad que, de una u otra manera, los jóvenes diestros se arrimaron. Yo no sé si Luguillano, como Bienvenida, es de comunión o no; y, además, me da igual. Lo que sí sé es que Luguillano es un torero de otoño al que me gustaría ver más veces ante la cara de los toros. Y que ayer, con cualquiera de los tres últimos, no hubiera pasado ningún atragantón. Los buenos aficionados le recuerdan las tardes de gloria de Rincón y Romero en Las Ventas: Luguillano rozó también la gloria, pero pinchó.

Por otra parte, ayer hubo también algún cuadri que no se comió el mundo, que metió la cabeza y propicio el éxito. Verbigracia, el cuarto. Con él, Vicente Bejarano, que había andado ligeramente desconcentrado y sin sitio en el primero, nos recordó al buen Vicente Bejarano de la Feria de Abril: sobrio y estilista; seco cuando convenía y ligeramente verdecido a veces. La faena, en los medios; equilibrada su labor tanto por la izquierda como por la derecha; templando el muletazo, bajando la mano y ajustándose sin aspavientos. No fue una faena de relumbrón ni para la galería: fue una faena de sinceridad y de torero que parecía más placeado de lo que en realidad está. Por eso, quizá, y por la transmisión del toro, su toreo caló menos de lo que hubiera sido justo. Se le fue la mano a los bajos en la estocada, aunque sin llegar al bajonazo que había perpetrado en el primero.

Aperreado anduvo Dávila Miura por un cuadri perverso y manso; aperreado desde las verónicas de recibo, en que fue perdiendo terreno y verticalidad hasta topar casi con las tablas. Cuando en las verónicas el torero no gana terreno hacia los medios, el toro lo gana hacia la madera. Y pasa lo que pasa: que se invierten los papeles. Dávila Miura se las vio y se las deseó; y seguro que aún estará preguntándose el porqué de la ovación a un toro que si le daba aire y sitio hacia afuera, se le revolvía a mitad del muletazo; y si trataba de ceñirlo, se le iba al cuerpo. Lo mató a la primera. Peor fue en el quinto que, siendo un toro de mejor son y más alta alcurnia, se lo dejó ir. Marcó bien un pinchazo hondo.

Complicada papeleta tenía Jesús Millán con el duro, manso y somnoliento cuadri tercero que derribó espectacularmente en varas. Y lo menos que puede decirse de este torero, doctorado hace tres días, es que la resolvió con seguridad y solvencia. Dominador y sin volver la cara, empezó doblándose con firmeza hacia los medios. Y allí, por el único pitón medianamente presentable, el izquierdo, le robó dos tandas de muletazos que le acreditan como torero. De haberse ido un pelín más al pitón contrario, quizá el sometimiento hubiera sido mayor. Mas, como acabó con toreros ayudados por alto y por bajo y mató con eficacia, conquistó la oreja.

Pareció encontrarse más incómodo, o menos claro de ideas, Jesús Millán con el que cerró plaza. En su descargo podría decirse que el toro era un blando aparente: muy flojo de remos, aunque agrio de carácter y áspero de intenciones. No receló Millán ni de la mansedumbre incómoda del bicho ni de su flojera. Y, con ánimo encomiable de cortar su segunda oreja y abrir la Puerta Grande, concluyó feria y tarde animosamente. Se metió entre los pitones e hizo un desplante de rodillas que entusiasmó a la plaza. Pero mató mal, sonó un aviso y con él volaron las esperanzas del muchacho y las ganas de sus paisanos de sacarlo a hombros.


El País.  Zaragoza, edición del 15 de octubre '99. PAU NADA Zaragoza, edición del 15 de octubre '99. Caos reglamentista

Nada más salir al ruedo el quinto y al rematar en un burladero, se rompió el cuerno derecho por la misma cepa. El presidente, escudándose en lo que dice el reglamento de que no se devolverá una res lesionada durante la lidia (la lidia, prácticamente, no había empezado), lo mantuvo en el ruedo, dando paso a un penoso simulacro, con un animal que, por lo apuntado, podía haber sido el de mejor juego del encierro de El Ventorrillo.

Eugenio de Mora, lógicamente, abrevió y lo despachó, no tan lógicamente, de una estocada baja. Pero ese exceso de reglamentismo hizo aguas cuando, a continuación, se anunció por megafonía, en un auténtico caos reglamentista, que la empresa regalaba el sobrero, lo cual no está autorizado por el tan traído y llevado reglamento, aunque la decisión, en aquel momento, contase con la aprobación del público.

El sobrero, de Teófilo Segura, fue un auténtico mulo, que huyó continuamente de los engaños que únicamente permitió ver a un Eugenio de Mora voluntarioso y esforzado, que pasó sus fatigas a la hora de finiquitar al regalo, que en realidad fue un auténtico regalito.

Entregado

En su primero, un noble y manejable ejemplar, De Mora vibró especialmente en unos valerosos inicios de faena, con las dos rodillas en tierra. Luego, casi siempre en los medios, estuvo entregado y asentado, más que inspirado, finalizando con una estocada arriba.

Juan Mora pechó en primer lugar con el peor ejemplar del encierro titular, que, aunque aplaudido en el arrastre, manseó, fue incierto, cabeceó, era distraído y hasta dio algún que otro gañafón, tragándose no más de dos muletazos seguidos. Mora estuvo valeroso y le plantó cara, pero ya mostró esa dualidad de planteamientos que también se observó en su más lucida faena al cuarto. En este primero se le fue la mano con la espada, que cayó muy baja.

El muleteo al cuarto tuvo luminosos destellos, casi siempre en los medios y toreando con lentitud y ligazón, mucho mejor cuando embarcó la embestida que cuando hizo el poste, aunque ello gustase al respetable. Pinchazo, estocada desprendida y petición no mayoritaria de oreja, que la presidencia no concedió, lo que pareció sentar muy mal al diestro placentino, que no disimuló su enfado.

Lo mejor que hizo Miguel Abellán fue un quite por chicuelinas en un astado que no era el suyo, el segundo. Su primero, tardo y sin humillar, recibió muchos pases, pero no pasó nada. El sexto punteó algo en los engaños, pero, en su distancia, era toreable. Abellán lo recibió, a los compases de la jota, con dos largas cambiadas en el tercio, pero después, aun cuando estuviese aseado y desahogado, también se mostró bastante desangelado y no centrado con un ejemplar al que, con más ambición y entrega, podía haber sacado más partido.

Lo mejor de su actuación en este astado que, en principio, debía cerrar la corrida, fue una excelente estocada, entrando con limpieza y vaciando bien la embestida. Total, que esta vez, la primera en la feria, el termómetro orejil se quedó en cero.


El Mundo. Zaragoza, edición del 15 de octubre '99. JAVIER VILLAN. Generosidad frente a reglamentarismo

La empresa enmendó la plana al reglamentarismo del señor presidente y, para compensar la mala suerte de Eugenio de Mora, regaló el sobrero en sustitución del toro que se había desgraciado en el redondel.

Bien hecho. El primer toro, voluminoso y playero, recio de pezuñas, bravucón y jaque, no hizo más que estropicios desde que salió al ruedo. A cabezazos sacó al caballo a los medios y desmontó al piquero; en una segunda oleada estrelló al penco contra las tablas y lo levantó a pulso. En banderillas acosó a José Luis Benavente, atropelló a Carlos Mora y la tomó con su hermano, el matador; gazapeó y se puso probón e incierto. Sólo la firmeza de muleta de Juan Mora, su capacidad lidiadora y su resolución evitó males mayores.

Y no sólo eso: el manso tuvo que tragarse un par de tandas de naturales poderosos y de la mejor estirpe. Mora le dio muerte infame, de alevoso bajonazo a toro arrancado. Fue una auténtica fechoría. Un excelente pitón derecho el del cuarto, y un excelente Juan Mora que entendió muy bien ese son bonancible y claro, lo llevó largo en medidos derechazos y en circulares eternos. Con el toro a su merced Mora toreó relajado y quieto al natural. Otra vez se le fue la mano a los bajos en innoble sartenazo.

Sin alharacas, Eugenio de Mora ha cuajado una temporada seria. Ha cobrado mucho y en los momentos más inoportunos, por más que las cornadas nunca sean oportunas. Eugenio de Mora es un torero de poso y de reposo que va haciéndose por su ley natural, como los vinos buenos. Va hallándole el sitio a la espada y tendrá que hallárselo al capote.

El serio quinto se rompió el cuerno por la cepa. La terquedad del presidente, el reglamentarismo frente a la sensatez, lo mantuvo en el ruedo. La sensibilidad tuvo que ponerla el empresario, que decidió regalarle a Eugenio de Mora el sobrero. De Mora había emitido muy buenas vibraciones en su primero. De ser un fenómeno de masas, cosa que evidentemente no es; o de ser un adolescente carismático y tal, ayer hubieran pedido la oreja con más fuerza.

De rodillas y templando muy bien el redondo, se llevó Eugenio de Mora el toro a la segunda raya; fue un arranque de faena caliente y visceral que continuó en los medios con una excelente tanda de redondos.

Bajó el tono con la izquierda y mató a la primera con seguridad, tras haber demostrado su bella y escultural teoría del pase de pecho. Pero está visto que la suerte no está del lado de Eugenio de Mora; el sobrero, además de una donación, era un auténtico regalito que manseó a mansalva y era un mulo descastado que buscaba las tablas en desvergonzada huida. Y, pese a su voluntad, el toledano se estrelló.

Miguel Abellán es otro de los que también ha remontado el vuelo esta temporada. Parece un contrasentido, pues ha andado por los suelos más de la cuenta; pero así es. Y por los suelos andaba el tercero, muy flojo de remos, aunque empujó firme en varas y derribó. O se cayó el caballo. Abellán es uno de los jóvenes que le pone variedad y chispa al capote y clase a la muleta. Su apertura en los medios, embarcando con la panza de la muleta a su primero y ligando el redondo en muy poco espacio, fue lo mejor; después, se diluyó a medida que el toro del Ventorrillo se desinflaba. Y no alcanzó especiales brillos en el quinto, que venía marcado por el escándalo anterior del toro descornado. Con todo, Abellán firmó su tarde con dignidad.


El País.  Zaragoza, edición del 14 de octubre '99. PAU NADAL,  Los frutos de la buena lidia

Cada toro tiene su lidia. Conforme. Pero cuando la lidia cobra su gran y milagrosa dimensión es cuando sirve para que una res que parecía imposible de torear pueda llegar a serlo merced a los efectos de la susodicha lidia.

Eso es lo que hizo Enrique Ponce con el manso de Rocío Tornay que le correspondió en primer lugar. De salida y en varas el animal manseó a sus anchas, muy suelto y prodigando incontroladas oleadas. Fueron decisivos unos sabios capotazos de Ponce durante el tercio de varas, no dejándole ver más que el engaño y encelándolo, para que el animal acabase desengañado y entregado. Ya lo pudo comprobar Caballero en un excelente quite a la verónica.

Y Ponce pudo entregarse y gustarse en una faena del mejor cuño, desde los ya muy entregados inicios por bajo a los relajados muletazos a pies juntos, pasando por el desmayo con la diestra o por la largura y ligazón de los naturales, dando mucho aire al morlaco, que al final de la faena parecía muy distinto al que minutos antes había salido de chiqueros. Los frutos de la buena lidia. Un fulminante volapié dio paso a las primeras dos orejas que un diestro corta en esta feria en un solo toro.

El quinto de la tarde, muy bien banderilleado por Mariano de la Viña, era una auténtica alimaña. De don Álvaro, pero alimaña. Alto y con dos buenas velas, se colaba peligrosamente por ambos pitones.

Ponce brindó a su cuadrilla, porque era su última actuación de la temporada y lo intentó con las dos manos infructuosamente. Ahí la buena lidia tuvo que reducirse a un sólido macheteo. Y como esta vez Ponce no se conformó con su muy frecuente pinchazo hondo, tumbó al torrestrella de una entera al primer intento.

Ni que decir tiene que salió a hombros por la puerta grande. Pero, ya se sabe, esto es una cuestión puramente mecánica: dos orejas igual a salida a hombros por la puerta grande.

Pepín Jiménez vino a sustituir a El Cordobés y estuvo digno y decidido, en primer lugar, con la otra alimaña de Torrestrella, que llegó descompuesta y cabeceando al último tercio. El cuarto toro, aunque flojo, era toreable y Pepín dio muchos muletazos, alguno con su personalidad y su característico buen gusto, pero, en general, estuvo frío y falto de acoplamiento con la embestida del astado.

El tercero, además de justo de presencia y con muy poca fuerza, presentaba un raro y como descoordinado movimiento de la testa. El animalito era noble y quería embestir, pero no podía con su alma. Manuel Caballero hizo sus pruebas, pero tuvo que abreviar, liquidándolo con prontitud.

El sexto, inicialmente flojo y con un ligero cabeceo, se vino arriba en la muleta y permitió una suave y templada faena al de Albacete, que le dio distancia y respiro, encelando con temple las embestidas, aunque los muletazos no fuesen siempre ligados y tuviese que rectificar la colocación en varios puntos del trasteo. Cuando consiguió ligar los muletazos, siempre dados con temple y suavidad, el muleteo alcanzó sus mejores momentos. Una estocada arriba cerró la tarde, recibiendo Caballero el trofeo orejil, que paseó antes de la salida de Ponce por la puerta grande, aquí no discutida por nadie.


El Mundo.  Zaragoza, edición del 14 de octubre '99. JAVIER VILLAN. Zaragoza, edición del 14 de octubre '99. Bella y seria corrida de Torrestrella

La seria estampa del remiendo de Rocío Tornay, y la seria estampa de toda la corrida de Torrestrella, era digna de que la pintara Modesto Roldán; Roldán es un pintor español al que van a meter en el museo parisién, y universal, del erotismo; no por los toros, claro, sino por sus vírgenes desnudas, recamadas y llenas de encajes que parecen rameras. El toro de Tornay, además, metió la cabeza, su hermosa cabeza engatillada y arrogante, después de mansear en los primeros tercios. En ese toro, que pintaría Roldán -y también el otro Roldán, Eduardo, que le pone expresionismo a mansalva a todas las suertes-, nadie creía, salvo Ponce y alguno más.

Es lo mismo que pasa con Modesto Roldán en el que, salvo Camilo José Cela, Umbral, Raúl del Pozo y yo, ningún español cree, aunque esté en los museos europeos. Un día estará en el Museo Taurino Español, no por sus vírgenes de encaje y calentura, sino por sus toros. Toros de astillas, cuerdas, arpillera y alquitrán, tan imponentes como algunos de los que salieron ayer al coso de Pignatelli.

Para Enrique Ponce, el toro de Tornay no tuvo ni secretos ni dificultades, una vez que lo fue tanteando con el capote. Fue un toro fácil y sin problemas; y fácil, por lo tanto, fue la labor muleteril de Enrique Ponce. Detalles, destellos, fulguraciones aisladas, asentado unas veces y menos asentado otras. Faena intermitente, gustándose en algunos muletazos y aligerando la cuestión en otros: salvo el arranque con la muleta, que fue esplendoroso y, según dicen algunos, de cartel; Ponce se dobló por bajo y hubo un cambio de manos por delante clamoroso, rodilla en tierra, que fue un prodigio de improvisación y de plasticidad natural y elegante. Después, lo dicho: salir al paso, posar para fotógrafos y pintores y resolver con una letal estocada trasera.

Fuera porque ya había brindado a su cuadrilla, fuera porque tenía las dos orejas y la foto de la Puerta Grande, Ponce arriesgó lo mínimo en el quinto. La verdad es que había mucho que arriesgar y poco que ganar; por lo cual Enrique Ponce quebró el cuello al insidioso y torvo torrestrella en cuatro muletazos de castigo, montó la espada y se lo cargó con habilidad y con autoridad.

Desesperado por la inutilidad del tercero, Manuel Caballero abrevió. Lo cual es una forma de decir que se lo quitó de encima sin pena ni gloria. Otra cosa fue el gesto y más pudiera haber sido.

Pero Caballero tuvo esos momentos de montaña rusa, arriba y abajo, que desconciertan incluso a sus más fervientes admiradores.

Dos tandas de redondos, sin poder sacar la muleta por la pala -cosa que Caballero hace muy bien-, y un cambio de manos por delante pasmoso y sublime. Era el momento de la gloria y del éxtasis. Sin saber por qué, sin saberlo yo, quiero decir, en vez de ligar la siguiente tanda, Caballero salió corriendo buscándole la vertical distante al torrestrella.

Altibajos, momentos excelsos bajando la mano, y otros menos excelsos sin hallarle al toro la cosa y la cuestión que era bastante clara. En líneas generales, a pesar de la estocada y de la oreja, Caballero anduvo por debajo del torrestrella.

No fue la mejor ocasión que vieron los siglos de Pepín Jiménez, aunque el leve trasteo de tironcillo para llevarse a los medios al cuarto y el molinete con que lo fijó en el platillo tuvieron enjundia y sabor. Luego, el picante del torrestrella lo descolocó un poco y le faltó firmezaen la derecha y recorrido en los naturales. Y le sobró aire y distancia en los pases de pecho.

Pepín Jiménez vino a Zaragoza relanzado por la última oreja que cortó en Madrid. Y luego dicen que Las Ventas ni da ni quita. No lo sé. Pero a santo de qué iba a estar aquí ayer sustituyendo a El Cordobés el de Murcia, de no haber sido por ese triunfo. Yo lo celebro, porque el toreo de Pepín Jiménez me gusta aunque ayer anduviera más bien tibio y distante. Está visto que Pepín Jiménez no es torero de ferias, sino de acontecimientos.


El Mundo.  Zaragoza, edición del 13 de octubre '99.  JAVIER VILLAN Zaragoza, edición del 13 de octubre '99.  Lecciones para lidiar mansos

Jesús Millán puede estar contento de su alternativa: feria de primera y padrinos de tronío. El chaval estuvo a la altura de las circunstancias; anduvo con aplomo y seguridad, con cabeza y sin barullos.

Se dejó ver sin estridencias en el capote y se trajo al toro de lejos y toreado en tres estupendas tandas de redondos. Se le ve maduro y reposado, sobre todo en la idea y expresión de la faena como un todo arquitectónico: desde la apertura por bajo arqueando la pierna, hasta el remate con ayudados por alto y trincherillas.

Pero donde demostró su madurez Jesús Millán fue en el sexto, un toro astifino, manso e incierto que buscaba descaradamente hacer carne. Millán no se arrugó ni perdió los papeles ante el manso; antes bien, trazó redondos con fundamento y naturales con torería para concluir con ayudados, un afarolado y un pase de pecho, todo ello muy conjuntado. Pincho, y pinchó mal hasta el postrer bajonazo, lo cual le privó de una puerta grande legítimamente ganada.

Entre la neblina del humo de los cigarros, los tres naturales de Enrique Ponce llegaron nítidos e iluminaron el denso ambiente como fogonazos. Luego, el toro de Salvador Domecq se le paró, le miró la pechera con intenciones homicidas y Ponce lo aguantó vaciándole con firmeza la embestida. Después resolvió un arreón con un adorno florido y, cuando el toro se le distraía en la raya, tuvo la lucidez de llevárselo a los medios para matarlo. Pero no lo mató, y dio el mitin con el descabello. En realidad, la labor de ayer de Ponce fue, sustancialmente, una labor de lidiador.

En tablas empezó y acabó el mansísimo sobrero de Tornay. Y Ponce le puso cerco en su lugar natural, le empapó de muleta, aguantó miradas, fugas y parones. Y lo sometió, tanto por la derecha como por la izquierda. Mató arriba y por derecho; lección magistral para lidiar mansos.

Ponía los cuernos en la luna, se frenaba y salía pensando en las musarañas, el quinto: muchas complicaciones. El Juli, un chaval, todavía no está para esas fatigas. Tras el bajonazo infame surgieron en los tendidos algunas protestas. El Juli había cortado una oreja en su primero y se le pidió la otra con fuerza. Julián López no había estado mal; ni bien. Había estado opaco, reiterativo y trabajador. Se centró un poco más, y con más finura, al final en dos tandas de medios naturales. Y mató de un cañonazo. Y estalló el estruendo. Y cuando el presidente se encastilló y con razón dijo que no a la segunda oreja, reventó la tempestad.

Total, que los tres dejaron ayer la Puerta Grande a medio abrir. Lo que el público, pese a los pitos finales, más echó de menos fue la apoteosis de El Juli. Y tampoco es para ponerse así. No sé qué pensarán ustedes, pero yo lo veo de esta manera. Para su edad, aunque cobre millonadas, El Juli no está mal. Claro que, a su edad, Paco Camino, un suponer, ya había dictado lecciones de maestro y se había ganado el sobrenombre de El niño sabio de Camas; y ahí está Camino en la Historia. O sea, que esto de la infancia puede decir mucho o puede no decir nada. El Juli no es un genio y, vistas así las cosas, no hay por qué rasgarse las vestiduras ni por sus triunfos ni por sus fracasos. El Juli es un chaval espabilado y con buenos fundamentos que, para mantenerse en esto, va a tener que trabajar mucho. No basta que le hayan metido en la cabeza que es el rey del mambo. Lo malo, desde un punto de vista puramente humanitario es que, cuando se acabe la juerga, El Juli va a quedar hecho polvo. Y no por culpa de quienes lo critican, sino de quienes lo ensalzan sin tino.

Los negocios menguan, el público es voluble y la crítica, hoy entregada mayoritariamente, puede ser tornadiza. El Juli puede triunfar o no triunfar; tranquilos, no pasa nada.


El País. Zaragoza, edición del 13 de octubre '99. PAU NADAL Orejas para todos

En el día grande de las fiestas pilaristas, el público zaragozano pudo celebrarlo, taurinamente hablando, porque hubo orejas para todos. Una para cada espada y, claro, aunque no se pusiesen delante, los orejófilos también se salieron con la suya y hasta se enfadaron con el presidente porque no concedió la segunda a El Juli en su primero.

Esas tres orejas, sin embargo, tuvieron distinto peso, y uno piensa que la más meritoriamente conseguida fue la de Ponce en el sobrero, porque el animal no se lo puso fácil, por su nula fijeza, su mansedumbre y su condición huidiza. Además, el regalito fue mirón y con una arrancada más lenta que la de la cámara lenta. Sabido es que, cuando quiere, Ponce luce especialmente ante las dificultades, y así lo hizo también esta vez, sacando muletazos de mérito por ambos pitones y hasta ligando alguna serie. Al final de temporada, rico y sin necesidades perentorias en su carrera, se jugó gallardamente el físico y mostró su casta torera.

La primera oreja de la tarde fue para el aragonés Jesús Millán, que tomaba la alternativa. Y hay que decir que ese trofeo quedó devaluado por la fea estocada que el maño propinó después de un pinchazo. Antes, no obstante, había hecho un estupendo quite al delantal y una torera faena, iniciada con excelentes dobladas y proseguida por el derecho con temple, aunque en algún momento un punto despegado. Con la zurda también mostró buenas maneras, pero el astado, el mejor del encierro de Salvador Domecq, fue acortando el viaje y el diestro tuvo que abreviar.

La segunda oreja de la tarde, con fuerte petición de la segunda, fue para El Juli en su primero, una res a la que mermó sus no excesivas facultades una espectacular vuelta de campana. El joven diestro madrileño le hizo un quite muy clásico por chicuelinas y lo banderilleó con lucimiento. Entendió al toro, le dio distancia y lo embebió en la franela, aunque a algunos muletazos también les faltase ajuste. Sobresalió en una serie con la diestra, ligada y de gran quietud, encandilando finalmente al público toreando a pies juntos con la zurda. Mató con arrojo de un certero volapié y recibió una oreja de las dos que, ¡era el día grande de las fiestas!, solicitaba el respetable.

En los tres toros en que no hubo concesión de trofeos ocurrió lo siguiente: Ponce, con un ejemplar tardo y que no se empleaba en los engaños, mostró decisión y aguante, pero los muletazos no siempre fueron templados, la faena fue muy larga, se conformó con un pinchacito hondo y marró repetidamente con el descabello. El Juli, en el quinto, decepcionó porque, aunque su enemigo no daba muchas facilidades, tampoco se comía a nadie, y un diestro con vitola de figura y que torea tanto tiene obligación de mostrar más decisión y más recursos (no hubo ni un quite, no banderilleó y con la muleta dio muchos pases, pero prácticamente ninguno lucido). Finalmente, Millán, en el sexto, hasta que el astado acortó el viaje, estuvo otra vez torero con la muleta y hubiese obtenido un trofeo de no fallar con los aceros.


El Mundo. Zaragoza, edición del 12 de octubre '99. JAVIER VILLAN. El hule y la controversia

Justo cuando Vicente Barrera entraba en el callejón tambaleándose, con la taleguilla hecha jirones y el dolor en el rostro, sonó un aviso. Eso es lo que se llama avisar a destiempo.

O sea, que el señor presidente la cagó. Porque ¿para quién era el clarinazo? Sacar el pañuelo en el momento exacto en que a alguien lo llevan corneado a la enfermería es, cuando menos, una falta de sensibilidad. Porque el tiempo, en esos momentos, para el torero, se ha parado definitivamente; porque el tiempo, en esa circunstancia, no mide la dimensión plomiza de una faena, sino el desbordamiento de la herida, el sabor a ceniza y yodo de la sangre. El toro salió de la estocada, que fue al tercer intento, para el desolladero. Vicente Barrera para el hule.

Uceda Leal destrozó con la espada lo que había construido con el capote y la muleta: un auténtico trabajo de demolición contra una obra de artesanía fina. Ligero, finísimo de trapo Uceda en las verónicas, aunque sin cargar la suerte ni forzar. Hasta los medios, eso sí. Y rematando con media de sabor belmontino.

Luego, Javier Rodríguez calentó el ambiente entrando a por uvas en banderillas, lo cual también ayuda. Y Uceda Leal se encontró con el horno recalentado y enrojado.

Uceda Leal toreó sobre la mano derecha como los propios ángeles; y agotó la embestida, poco clara en principio, en tandas muy hondas de una música reposada como una sinfonía. Mérito principal: someter a un toro encastado, aunque complicado, a base de bajarle la mano y taparlo mucho; no insistió por la izquierda pese a un natural largo que evidenció que, también por ahí, y con parecidos argumentos, el toro podía funcionar. Demérito esencial: que se le fue la mano en un bajonazo infame perdiendo la muleta y en muchos pinchazos.

Su momento había pasado cuando salió el quinto, ese momento de gloria y de oportunidad que se les aparece algunas veces a los toreros; aunque utilizó parecida disposición y estética, ya no era su hora. La tarde, las orejas y el triunfo habían huido de sus manos.

El Tato brindó al público un toro incómodo, en un claro gesto de reconciliación por los desencuentros del otro día. El Tato es un santo: el encontronazo del sábado no fue de él contra el público, sino del público, cicatero y frío, contra él.

Y cuando el presidente, por su cuenta, le compensó con una oreja, se armó el cirio; y El Tato renunció a salir en hombros. Tampoco ayer y, a pesar del brindis y de que el Tato estuvo peleón toda la tarde, logró que las lanzas se le tornaran cañas. Música de viento y vientos de fronda se alzaron contra Raúl Gracia justo cuando el serio y manso cuarto más tarasca se le ponía y él más arriesgaba la femoral.

A la postre, el brindis no le valió de nada. Y se reprodujo la misma situación del otro día, cuando el mismo presidente, Fernando García, le otorgó una oreja tras un soberano estoconazo al toro de la jota. No humilló nunca este toro, pero El Tato estuvo valiente, temerario, honrado. Y basto. El Tato entró en los carteles por la puerta de atrás, vía sustituciones. Y sale entre división de opiniones, pero con todos los horones.


El Mundo. Zaragoza, edición del 11 de octubre '99. JAVIER VILLAN. Destacaron más los caballos que los rejoneadores en Zaragoza

No es por nada, pero en esto de los rejones a quien había que sacar a hombros es a los caballos. Cada vez admiro más la belleza equina, cada vez me fascinan más sus crines al viento, su cuello de cisne, sus finos cabos, su porte gentil. Los caballos son belleza pura, sin contaminación, como la belleza de algunas mujeres.

Cada vez me seduce más la estética por la estética, la belleza por sí sola, lejana e intocable. Hagan lo que hagan los caballos no lo harán peor que los caballeros. Puede que Bohórquez le eche la culpa a las caballerías, pero hacía tiempo que no se veía en una plaza de toros clavar de forma tan infame. El público de caballos es piadoso y benéfico. Y no abroncó a Bohorquez más de lo que había aplaudido a Moura, que es lo que se merecía.

Espectacular Paco Ojeda por el lado negativo y por el positivo. En aquél, casi todo, incluido un bajonazo pescuecero que tuvo efecto de descabello; en éste, las banderillas citando en corto y frontalmente con la grupa, girando rápido y clavando en terrenos inverosímiles.

Andy Cartagena es como El Juli, sólo que subido a un caballo: ejercicio para equilibristas, piruetas vertiginosas, galopes celéricos, pusieron al público al borde del infarto. Por más apoyo mediático que se dice, y de los otros, este muchacho sería otro fenómeno de masas.

Para las estadísticas que, a la postre, son las que reflejan la historia: Andy Cartagena, una oreja en solitario y otra en yunta con Ojeda; Joao Moura, vuelta; Fermín Bohórquez, un aviso, y Ojeda, además de esa media oreja a medias, ovación; y el señor presidente de la corrida, don Ernesto Gascón, bronca monumental, que se repitió al final, por no darle a Cartagena la segunda, tanto en solitario como en collera.


El Mundo. Zaragoza, edición del 10 de octubre '99. JAVIER VILLAN. La madre de todas la broncas

Las broncas al señor presidente de la corrida fueron de las que marcan una feria. Y, si me apuran, una vida.

La bronca primera, al denegar la segunda oreja, se convirtió, por lógico rebote, en un plebiscito favorable a El Juli, que salió del trance santificado y recrecido. La bronca a don Fernando García fue de tal calibre que temblaba la carpa, y las madres, las madrazas y las púberes canéforas, que casi siempre van juntas, clamaban al cielo como si el presidente fuera un Herodes que hubiera perpetrado la matanza de los inocentes. A El Juli ayer, se le consideró víctima, por muchos y por muchas, víctima de no sé qué siniestros tejemanejes.

Recuerdo a Vinyes

Mas antes de seguir adelante en esta guerra de las broncas y de las orejas, quede constancia de mi particular minuto de silencio por un amigo y un compañero en las labores taurinas de este periódico: diez veces llanto por Fernando Vinyes, cronista en la inhóspita Ciudad Condal de Barcelona. Va por ti, amigo, recordando tus caricaturas de excelente dibujante, tu generosidad y tu libro sobre la tragedia en los ruedos mexicanos México, diez veces llanto. Una voz menos, en una plaza amenazada de exterminio; una voz menos entre los cabales.

Son tantas ya esta temporada, que me pongo el brazalete negro, luto perenne como el de Rivera Ordóñez por su abuelo. Y luto por sí mismo estuvo a punto de vestir Rivera, cuando el segundo, afeitado y blando, lo arrolló. Ya le había dado antes el queo, pero Rivera no se apercibió. Da la impresión de que, últimamente, Rivera Ordóñez no se apercibe de nada. Y de que anda con el reloj a deshora aunque con la voluntad muy tesonera. No tiene sentido que le griten a Rivera ¡crúzate! o ¡deja de cruzarte!. Tiene sentido que se exija el toro íntegro. Si no, basta con media docena de derechazos mal enjaretados, como hizo Rivera, para tapar todas las cuestiones.

Hace unos años la editorial Akal publicó un anuario taurino que se llamaba El estado de la cuestión. Pues bien, la cuestión sigue ahí: el toro. Así que vamos a llevarnos bien y tengamos la fiesta en paz. Y no hay que buscarle tres pies al gato porque, para gatos, algunos de los de ayer: el capotón inconmensurable de El Juli valía para amortajar a dos o tres.

El toro primero de El Pilar, ¿tenía dos cuernos y cuatro patas o no? Los tenía, aunque otra cosa es cómo los tuviera. Las patas las llevaba quebradizas y frágiles; pero, a estas alturas del partido, ¿importa eso a alguien? A nadie.

Los toreros, las figuras mayormente, los exigen así; a los públicos les da igual, los ganaderos siguen el juego y los empresarios -incluso los más independientes- tienen que mirar para otro lado o poner el cartel de cerrado por liquidación. Los cuernos de este mismo toro estaban mochos, pero no hay que atribuirlo a criminal mano sino a un error que se aclarará cualquier día de éstos: era un toro de la corrida de rejones de hoy que se traspapeló en el apartado. ¿Lo protestó alguien? Pues... muy pocos. El Tato templó y ligó la embestida en algunas tandas de redondos, esculpió los pases de pecho y, como mató de forma espectacular y contundente, rebañó una oreja. Trascendió menos una labor de peso al incierto manso en el que tragó lo indecible, aguantó, tiró y se colocó con aires de torero lidiador con un problemático animal.

El delirio

Con El Juli empezó el delirio; desde la larga cambiada de rodillas hasta el quite de frente y por detrás con que respondió a las gaoneras, perfectas, de El Tato.

Entre tanto, verónicas vulgares, chicuelinas al paso y otras variedades verdaderamente airosas. En banderillas, acelerado y a destajo. Con la muleta decayó el entusiasmo, que volvió a la cumbre al matar de una estocada defectuosa. Gran bronca al presidente por no conceder la segunda oreja; bronca imponente, cósmica, homérica: la madre de todas las broncas.

Esa bronca era una condecoración. De haber mantenido ese tono don Fernando García, su labor, a partir de las 17.30 de la tarde, hubiera sido correcta. Mas el tirón que aguantó en el tercero no supo mantenerlo en el cuarto y eso que lo tenía más fácil: oreja benévola de paisanaje que el paisanaje abroncó con ira. Total, que el señor García se ganó dos broncas: una por no dar una oreja y otra por darla. Descargo de El Juli: su primero era de media embestida y el segundo complicado y difícil. Y no es cosa de pedirle al muchacho poderío de gran figura.


Primer ciclo 
(11 de abril-27 de junio)
Carteles y resultados

Domingo, 27 de junio. Corrida de la Prensa. Toros de Ana Romero (bien armados, con poca caja, justos de fuerza y de juego desigual), para El Tato (ovación y plamas), Rivera Ordóñez (pitos tras dos avisos y oreja) y Morante de la Puebla (oreja y ovación).

Sábado, 26 de junio. Novillada picada mixta, con la actuación del rejoneador Leonardo Hernández, y los novilleros Antonio Barrera y Mario Cohelo

Sábado, 12 de junio. Novillos de Flores Albarrán, para el rejoneador Javier Buendía, y para los novilleros Tomás Luna y José Montes.

Domingo, 6 de junio. Novillos de Domingo Hernández, para Francisco Javier Corpas, Jesús Millán y Diego Luna

Domingo, 23 de mayo. Toros de Pereda (3), María José Pereda (2) y Javier Pérez Tabernero (1), para Espartaco (aplausos y oreja), Ponce (ovación y dos orejas) y El Cordobés (ovación y oreja). Dos tercios de entrada.

Domingo, 9 de mayo. Cartel abierto para los triunfadores de las novilladas anteriores.

Sábado, 1º de mayo. Novillos de Adelaida Rodríguez, para Diego Urdiales, José Manuel Monteliu y Miguel Angel

Domingo, 25 de abril. Novillos de Pérez Tabernero, para Paulita, Jesús Millán y Carlos Gallego

Sábado, 24 de abril. Novillos de Coquilla, para Juan Bautista, Sergio Martínez y Rafael Ronquillo

Viernes, 23 de abril. Toros de Domingo Hernández, para Manuel Caballero, Vicente Barrera y Miguel Abellán

Domingo, 11 de abril. Cuatro novilllos de Ponce, dos sobreros de Collado Ruiz (desiguales de presentacion,mansearon, destacaron los lidiados en 4º y 5º lugar), para David Vilariño (silencio tras aviso y ovación tras aviso), Samuel López (silencio y ovación) y José Luis Triviño (ovación tras aviso, ovación tras dos avisos).


Temporada 1998

EFE, El País. (ENERO,98)

La temporada taurina en la plaza cubierta La Misericordia, de Zaragoza, empezará el próximo 8 de febrero con el tradicional festival a beneficio de Atades, en el que tendrá máximo protagonismo el diestro Enrique Ponce pues además de ser uno de los espadas del cartel, las reses que se lidiarán pertenecen a la ganadería de su propiedad.

El matador de toros retirado Fermín Murillo, que organiza el festival, y el presidente de Atades, Plácido Hueso, han dado a conocer el cartel, que tiene la siguiente composición: cinco toros y un novillo de Enrique Ponce, de Navas de San Juan (Jaén), para los matadores de toros Rafi de la Viña, Enrique Ponce, Jesulín de Ubrique, Finito de Córdoba y El Molinero, y el novillero Víctor Janeiro.

El coso zaragozano volverá a abrir el 5 de abril para celebrar una novillada. El 23 del mismo mes, festividad de San Jorge, habrá una corrida de toros para la que están contratados Jesulín de Ubrique y El Tato. Y los días 24, 25 y 26 tendrá lugar una feria de novilladas en homenaje a los históricos diestros aragoneses Nicanor Villalta, Gitanillo de Ricla y Nacional II, en cuya organización colabora la Diputación de Zaragoza. La temporada continuará hasta el 7 de junio, se interrumpirá entonces por celebrarse el campeonato mundial de fútbol y se reemprenderá el mes de septiembre.

La tradicional Feria del Pilar constará de 11 festejos: ocho corridas de toros, dos novilladas y un espectáculo de rejoneo.

Según Justo Ojeda, empresario de la plaza de Zaragoza, en esta feria habrá una corrida de los herederos de Eduardo Miura y supondrá la reaparición del legendario hierro en Zaragoza, donde no lidiaba desde hace 38 años. Otras ganaderías apalabradas son las de Cebada Gago, El Pilar, Valdefresno, Joaquín Núñez, Los Bayones y Victorino Martín.

 

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