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Feria del Pilar
ZARAGOZA
Tarde del domingo, 7 de octubre de 2001
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Cebada
Gago, que han desarrollado mucho sentido.
Diestros:
Entrada: casi lleno.
Crónica de la prensa:
ABC, El Mundo
ABC. ANGEL G. ABAD. La
mansada de Cebada, la impotencia de Padilla y la voluntad de Ferrera
Nadie, ni empresarios ni ganadero ni toreros pueden
sentirse satisfechos del espectáculo en que se convirtió la tercera de la
Feria del Pilar. Si acaso habría que salvar la voluntad demostrada por Antonio
Ferrera ante sus dos toros y premiada con la vuelta al ruedo en el sexto. Por lo
demás, una corrida impropia de una plaza de primera categoría - incluso de
cuarta-, que a tenor de lo que fue saliendo por chiqueros ya estaba sentenciada
de antemano.
Anunciar una corrida de Cebada Gago es, o hasta ahora era, un sinónimo de
garantía torista. Pues ni en la presentación fueron los cebadagagos ni aval ni
garantía de nada. Compusieron un lote muy desigual. Astifinos, sí, pero nada
de perfección en las hechuras, pues hubo alguno como el sexto de destartalada
cabeza. Para colmo mansearon más de la cuenta, desarrollando peligro.
El francés Fernandez Meca naufragó. Con el primero, que se tragaba los
muletazos y con el cuarto, el remiendo de Fuente Ymbro, enrazado y con genio, se
empeñó en citar siempre con la muleta retrasada y perfilero en la colocación.
El segundo tuvo peligro. Con la cara arriba hacía casi imposible entrar a
matar. Padilla pasó las de Caín y se vio impotente. Sonaron los tres avisos y
el torero, en vez de asumir con torería el peso del fracaso reaccionó con
soberbia, como si la culpa de dejarse un toro vivo fuera del mundo. El público
no se ensañó y hasta lo trató con cariño en el quinto, al que dejó matar en
varas.
Antonio Ferrera fue el único que se justificó. Impresionante de valor con
las banderillas, toreó muy firme a sus dos enemigos. Con el sexto cuajó
muletazos de buen trazo tragando las tarascadas y hasta hubiera cortado una
oreja si no se le llega a ir la mano con la espada.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Padilla se dejó un toro vivo
Fue la guerra, con perdón; porque la verdadera guerra, la guerra santa
y de infinita justicia e infinita libertad, que dicen, estallaba en esos
precisos momentos lejos y en otras latitudes. Fue la guerra de los
cebadagagos y hasta el remiendo de Fuente Ymbro, Jandilla puro, se tiró
al monte. De esa guerra, Fernández Meca salió ileso y ya es bastante;
Antonio Ferrera salió lleno de medallas y Padilla, el guerrillero, se
quedó sin munición y perdió banderas y pendones; y no digo que perdiera
el honor porque el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de
Dios: allá Padilla. Tranqui, tío: más se va a perder en Afganistán.
Otros toreros, llamados de época, también se han dejado un toro vivo
y ahí están comiéndose el mundo. Lo cual no quita para que ayer Juan
José Padilla estuviese desastroso e incluso maleducado. De que Padilla no
hubiera sido capaz de matar un toro no tenía la culpa Antonio Ferrera,
que le ofreció banderillas de buena fe y el jerezano desdeñó. La
sensación que queda ahora en Zaragoza es la de que Ferrera fue un jabato
y Padilla se pegó el batacazo. Lecciones de valor y arrojo nadie puede dárselas
a estas alturas a Juan José Padilla; pero lecciones de urbanidad y de
torería, sí. Ayer Padilla perdió los papeles en uno y en otro sentido.
Por lo accidentado e impredecible, esta Feria está empezando a ser la
Feria de los Milagros. O de las pesadillas. Una pesadilla, por ejemplo,
fue el segundo de Cebada Gago. La incompetencia del picador, la pasividad
tonta del toro amuermado bajo el peto, escondía un Barrabás. Hubo que
apuntillarlo por no ser capaz, después del mitin de Padilla con las
espadas, de seguir a los cabestros.
Antonio Ferrera pudo organizar, por pelotas y a favor de corriente, el
taco. Toda la tarde dio la cara con el capote, siguió dándola en
banderillas y con la muleta, aunque ésta no sea su fuerte. Donde más
brilló fue en banderillas; un tercer par temerario y exacto, en el
tercero, quebrando primorosamente; y, tras el arreón del toro, regateando
a cuerpo limpio la furia del cebadagago. No sé si fue de poder a poder o,
simplemente, como pudo... Pero el segundo par de Ferrera al sexto puso en
la plaza el grado de emoción que justifica esta abrupta Fiesta y da a los
toreros machos categoría de héroes.
Muleteó luego a toma y daca, fragorosa lidia sobre los pies, y lo tumbó
de una estocada. Petición de oreja más de voz que de pañuelos. Algo
habrá que hacer para que la gente que va a los toros se percate, aprenda
y tenga consciencia plena de que un presidente tiene que orientarse por
los pañuelos y no por los gritos.
Por lo dicho, y por mucho más que pudiera decirse de contar con menos
racanería en el espacio, la tarde fue una tarde bronca, emocionante y al
albur de la ruda fiereza de los toros de Cebada Gago. De la actuación de
Juan José Padilla y Antonio Ferrera algo está apuntado. Fernández Meca,
en cambio, no estuvo bien ni mal, sino todo lo contrario. Los toros de
Cebada Gago y el remiendo de Fuente Ymbro fueron duros, no dieron
facilidades, tan pocas dieron que a uno no pudieron matarlo como mandan
los cánones. Pero la culpa de tan aciaga tarde no fue sólo de los toros:
fue también de la indigencia técnica, aunque no falta de valor, de los
tres toreros. |
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