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Feria del Pilar
ZARAGOZA
Tarde del viernes, 5 de octubre de 2001
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de Bucaré,
bien
presentados aunque sosos y blandos en general.
Diestros:
-
Antón Cortés,
ovación
con saludos y vuelta tras aviso.
-
Salvador
Vega, silencio
en ambos.
-
Paúl Abadía “Serranito”, silencio y
silencio tras aviso.
Entrada: un cuarto de entrada.
Crónica de la prensa:
ABC, El Mundo
ABC. ANGEL G. ABAD. Una
estocada de Antón Cortés valió por toda la tarde
Antón Cortés se perfiló para entrar a matar al primero con el que
fue imposible cualquier lucimiento. Se tiró con fe sobre el morrillo y
clavó la espada en el mismísimo hoyo de las agujas. Estocada de ley, de
las que se ven muy pocas por su perfección, por el arrojo y la torería
del matador en la ejecución de la suerte suprema.
Todo lo que ocurrió antes y lo de los cinco novillos siguientes queda
para el olvido. La novillada de Bucaré, grandona, careció de casta y de
fuerzas. Todos a la defensiva y desarrollando complicaciones. El remiendo
de Fuente Ymbro, muy feo de hechuras, se movió y embistió con codicia
por el pitón derecho.
Con este material, los novilleros naufragaron. El referido Antón Cortés
nada pudo hacer con el primero y no acabó de acoplarse con el de Fuente
Ymbro. Faena animosa a la que faltó quietud. La voluntad que derrochó no
fue suficiente para acoplarse con las buenas embestidas de su oponente.
Dio muchos muletazos que calaron en los hasta entonces aburridos tendidos.
Esta vez la espada no entró a la primera. (Ovación y vuelta al ruedo
tras aviso).
Salvador Vega vio frenadas sus ganas con un ganado imposible. Algún
muletazo de buen corte al cuarto y el afán de intervenir en quites fue lo
mejor. (Silencio en ambos).
El
aragonés Paúl Abadía «Serranito» estuvo igualmente voluntarioso y
hasta trazó con la derecha muletazos de mérito al sexto. (Palmas y
silencio tras aviso).
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Novillería a la intemperie
Dicen que la vejez no aguanta el exceso de kilos. Y, por lo visto, a
los novillos de ayer de Bucaré parece que la juventud tampoco. Con los
kilos se resienten los huesos y se encasquillan las articulaciones; todo
son achaques y alifafes, llega la melancolía y no quedan ganas de salir
de los toriles ni de moverse por el ruedo. A los novillos de ayer les
sobraba romana o les faltaban fuerzas. O ambas cosas a la vez. Mala cosa
es ésta de la vejez prematura y peor aún morir jóvenes y sin haber
conocido vaca, como estos pobres novillejos con mucha facha y con nada
dentro; la pobreza de su cornamenta era un indicio de otras carencias.
Seres jóvenes y resabiados, como el segundo que hacía hilo y perseguía
a Salvador Vega con las pocas fuerzas que tenía. O como el sexto reservón
y camastrón, atento a casi todo menos a embestir con rectitud.
Mala cosa ésta de tener una juventud avejentada y ruinosa, perdida la
inocencia aunque conservada la virginidad; perdidas las fuerzas no por los
excesos ni por el castigo de los picadores, sino por la decrepitud
anticipada. Los novillos de Bucaré, regordíos, blandos de patas, sin
pitones y sin alma, eran la viva imagen de una decadencia que no conoció
las glorias ni la procelosa incertidumbre de una juventud salvaje como la
de Mette-Marit: que le quiten a la reina pindonga lo bailao, cosa que no
podrán decir los novillos de ayer, que no bailaron nada. Su destino ya
está resuelto: el crematorio. Cenizas sin que la pira sea, como en los
viejos guerreros, la llama de la inmortalidad. De ese ligero desastre se
salvó, en parte, el remiendo de Fuente Ymbro.
El destino de los novilleros de ayer no sé cuál puede ser. La
fenomenal estocada que dio Antón Cortés a su primero tenía que haberla
recetado al cuarto; de esa forma habría cortado una oreja que, sin
embargo, empezó a diluirse mediada la faena de ritmo descendente.
Buenos habían sido los estatuarios, el pase del desprecio y el de
pecho con que se llevó al de Fuente Ymbro a la raya; buenos los
derechazos, aunque periféricos; e igualmente notable una tanda de
naturales. Después, bajó la tensión, se desdibujó la caligrafía y lo
que iba para triunfo fuerte se quedó en vuelta al ruedo. Salvador Vega se
contagió del son esaborío y malaje de sus bucarés. Y allí naufragaron
sus apuntes de torero estilista. Paúl Abadía se mostró firme en el
sexto y se llevó un susto; era su tercera novillada con picadores y eso
se acusa.
Tarde, pues, sin luces y sin brillos. No está el escalafón para
epifanías. A veces aparece una luminaria, una estrella fugaz; y se apaga
enseguida o toma la alternativa a destiempo. Está el escalafón
novilleril como si por él hubiera pasado una apisonadora. Algo tendrán
que decir los taurinos sobre la cuestión; algo podrían hacer los
gerifaltes y mandamases de esta historia para que los novilleros sufran
menos, no tengan que pagar por torear y vean un horizonte más despejado.
De momento, y pese a los cantos de gloria y celebración, ser novillero es
jugársela a un destino incierto y problemático. |