GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria del Pilar
ZARAGOZA
Tarde del viernes, 13 de octubre de 2000
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Cebada Gago, desiguales de presentación. Mansos en distinto grado. Encastado el primero; manejables tercero y cuarto; quinto, devuelto; manso violento el segundo y manso pregonao el sexto; sobrero de Occitania, manso, peligroso y con trapío.

Diestros

Entrada: algo más de tres cuartos de entrada.

Crónica de la prensa: ABC, El Mundo


ABC. ANGEL G. ABAD. Un error presidencial y un manso a la antigua provocaron el terror 

Se equivocó el presidente como la paloma de Alberti, pero en lugar de confundir el norte con el sur cambió con precipitación el tercio de varas durante la lidia (¿?) del sexto, un manso a la antigua, un marrajo de libro. Abundó el usía en mantenella y no enmendalla, porque, comprendida la ligereza de pañuelo, al menos debió ordenar el castigo de banderillas negras, que para algo existe.

Semejantes errores no eximen ni al matador de turno ni a la cuadrilla de una actuación profesional. A Juan José Padilla se le entiende el cabreo —como para no hacerlo —, mas los recursos, el intentar hacerse con el toro para meterlo debajo del caballo y mandar la carioca, que se pasan media vida tapando la salida a los toros y cuando hay que hacerlo no lo hacen, poner orden y concierto en vez de esa sensación de inhibición y de pavor incontenido luego, son deberes de un lidiador.

A partir del patinazo del palco, Padilla se dedicó a echar a la gente encima de la Autoridad. Cogió el capote en banderillas. Todo el mundo intuyó la brega del matador, que se dirigió a hablar con el delegado gubernativo mientras los peones pasaban las de Caín con las banderillas.

La faena de muleta fue un papelón para el jerezano ante aquella fiera que se le arrancaba directa al pecho con un instinto terrorífico. Quizá tuvo que haber sacado los muletazos de las dobladas iniciales por bajo, para quebranto del bruto, y no aliviar los pases por arriba, cosa que proporcionaba más aire y veneno a las embestidas.

Aquello era Vietnam, y Padilla, la fuerza aérea norteamericana sin napalm. Y el caos se hizo presente y habitó entre nosotros. Sólo que la gente, comprensiva y sensible, apoyó y alentó en todo momento al matador sureño, que, entre muchos nervios, ora perdía pie o la muleta ora se precipitaba al callejón tratando de evadirse de las oleadas sanguinarias. Para recompensar en algo a Juan José Padilla, la presidencia se demoró en enviarle el aviso, tras el cual atinó con el verduguillo para hacer efectivos los dos espadazos anteriores. Una estruendosa ovación invadió el ambiente cuando murió el mal, encarnado en toro y no en cabra con tres seises.

Ya había peleado Padilla con el manso y avisado tercero (toda la corrida de Cebada Gago, desigual presentada, pobre a veces, sacó serias complicaciones con una mansedumbre cantada). Tiesas se las trajo de nuevo la presidencia con el respetable, en guerra desde la negativa de un trofeo a Pepín Liria, tremendo con la navajeras intenciones del segundo de la tarde.

El valiente murciano volvió de nuevo a la carga con un sobrero de Occitania; ahora sí consiguió la oreja de su enemigo, después de soportar cortos viajes.

Toda la comprensión que evidenció el público con Padilla pareció perderla con El Tato, a quien da la sensación de que no le permiten que se le vaya un pie. Superó las inclemencias del cuarto con oficio y enarboló una oreja del que abrió plaza, muerto de estupendo volapié. Dentro de un orden, fue el más manejable.

Tarde de ¡ayes! y largas cambiadas. Tarde de miedo


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Mansos, guerras e incompetencias

El sexto era un manso que salía de estampida nada más sentir el hierro. Y después de un par de picotazos, antes de sentirlo. Olía al caballo y presentía la puya, y salía de naja, y dando coces. Fue la guerra y se organizó la mundial. En parte, sin duda, por las dificultades del avisado animal y en parte por múltiples incompetencias que se reforzaban recíprocamente: incompetencia de los picadores que no lograron cerrar a un manso, ellos tan acostumbrados a cerrar y masacrar inválidos; incompetencia del peonaje que no dio una a derechas ni bregando ni banderilleando; e incompetencia del palco presidencial que dejó el toro crudo, cuando lo lógico hubiera sido condenarlo a banderillas negras. Y, por último, la incompetencia del otras veces aguerrido Juan José Padilla. El jerezano se contagió de todas las incapacidades anteriores y se las vio y se las deseó para quitarse de encima a un pregonao, con una desoladora falta de recursos. Juan José Padilla tampoco había estado muy inspirado en el tercero. Padilla, tan áspero e inquieto como el toro, no se colocó una sola vez y, con frecuencia, se quedó, inerme, al descubierto; pero le enganchó en un circular con giro vertiginoso al final y al público le pareció que acababa de inventar el toreo. A partir de aquí, todo lo que hizo fue de cara a la galería: pases altos mirando al tendido como expresión suprema del sentimiento torero; ¡ay la fascinación de las miradas en trance! Pocos pañuelos y muchas voces pidieron la oreja. Y otra bronca monumental al palco presidencial, que ya se había ganado una con Pepín Liria.

Una lidia horrenda la que se dio al segundo cebadagago. Como puede deducirse de lo contado anteriormente, hubo más de un desbarajuste desastroso en la tarde. Iba el toro de caballo a caballo sin que nadie pusiera orden o concierto. Llegó violento a la muleta y a Pepín Liria le salió el corazón de león que lleva dentro y surge, a caraperro, en circunstancias bélicas como ésta. No fue el mejor Pepín posible, sino un toma y daca violentísimo. Pepín Liria resolvió sobre los pies una lidia dificultosa y mató con eficacia. Se le pidió ruidosamente la oreja y se abroncó al palco por no otorgarla: las vueltas al ruedo, clamorosas. Otro regalito para este legionario de Murcia, el sobrero de Occitania. Si en el anterior, Liria había planteado una guerra de posiciones, que el cebadagago le rompía continuamente, lo del sobrero fue una guerra de guerrillas. Quienes saben algo de estrategia militar comprenderán las dificultades de ambas modalidades en una plaza de toros; Pepín Liria, también. Oreja ganada fundamentalmente por el estoconazo.

El Tato salió ayer a por todas. No redondeó la tarde aunque logró romper la gelidez de hielo con que sus paisanos le habían tratado el día anterior; larga cambiada de rodillas, verónicas a pies juntos, larga cordobesa para abrir plaza. Tras una colada por la derecha empezó a perder confianza y colocación, pero en algunos momentos se templó muy bien por la derecha. Tras la estocada fulminante, unos pidieron la oreja y otros, los menos, protestaron. De momento, se había apaciguado la hostilidad del día anterior y al Tato se le veía feliz en el patio de su casa. En el cuarto se fue a la puerta de chiqueros y, tras las verónicas vibrantes de recibo, la tarde parecía embalada. Fue un espejismo y volvió a frenarse. Lo mejor, en este segundo, la excelente estocada corta.

El coso de La Misericordia estaba todavía ayer bajo el síndrome triunfal del díaanterior. Tras el rabo cortado por El Juli, había hambre de orejas. El ser humano es insaciable y tiende, por naturaleza, a la insatisfacción. Por eso busca, desesperadamente, la felicidad. Bajo esta perspectiva de recobrar triunfos, esplendores, rabos y fantasías, se explica la continua demanda de trofeos que inundó ayer La Misericordia

 

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