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Corrida de abono
Feria de la Virgen Blanca
PLAZA DE TOROS DE VITORIA
Tarde del miércoles, 8 de agosto del 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de Lamamié
de Clairac, bien presentados.Corrida honda, voluminosa, cuajada y
justa de fuerzas. Excelente e imponente el remate del quinto.
Diestros:
Entrada: menos de media.
Crónicas de la prensa:
El País, Diario de Sevilla.
Diario
de Sevilla. Varquerito.
Aceptable reaparición
de Juan José Padilla
Los dos toros mejores de la imponente corrida de
Clairac fueron primero y quinto. Cinqueños los dos. Habrían cumplido
en octubre la edad límite. El primero, colorado, alto de agujas, muy
enmorrillado y ensillado, largo, engatillado y algo chato, fue un
bello toro a pesar de sus dispares proporciones. Y, además, un buen
toro. Con las fuerzas justas de partida y sin haberse empleado apenas
en el caballo, humilló y quiso con mucha nobleza. La falta de fuerzas
le hizo claudicar más de una vez, y una de ella estuvo incluso a
punto de sentarse, pero la rara calidad pastueña de su embestida y su
también rara presencia del toro no dejaron de ser a su manera espectáculo
de interés.
El quinto, retinto y chorreado en verdugo, corto de manos, abierto
de cara y tocado arriba, fino de cabos, enmorrillado, de poderoso
cuello y carnes bien puestas, fue un muy hermoso ejemplar. El toro más
serio de la toda la feria. Y, en conjunto, el de más calidad. Con más
potencia, habría sido una fiesta. Tuvo tranco de gran compás desde
la salida, cumplió en una sola vara apenas señalada, galopó en
banderillas con franqueza y, arriba en la muleta, se empleó por
abajo, repitió con son y fue de una llamativa fijeza.
El resto de la corrida fue de otra manera y el último de los seis
toros, inválido y con la cabeza torcida, como si estuviera reparado
de la vista, vino a echar un borrón. Se dejaron bien segundo y
cuarto. Creó problemas un hondo tercero que tardó en despabilarse
bastante, se emplazó, empezó topando, se escupió aparatosamente del
caballo, derribó de un solo cabezazo, esperó en banderillas con
molesta guasa y, suelto y a su aire, distraído y desparramando la
vista, pegó arreones y frenazos con incierto estilo.
Este postre torista de la Blanca habría resultado despampanante si
la corrida hubiera sacado más fuerzas. O si hubiera tenido en varas
alguna entrega. O una mínima regularidad o, simplemente, mejor
fortuna. Con todo, pesó la corrida, que respiró por sus dos toros
mayores y mejores.
Al primero de ellos Higares le hizo una faena de notables propósitos
y algo aparatosa, sobrada de prosopopeya. A pesar de las rachas de
viento, planteada en los medios, que era el terreno exigido. Hubo
muletazos buenos por las dos manos y airosas salidas. Los deméritos
estuvieron en la falta de continuidad -pausas y cortes innecesarios- y
en algunos tirones de más a los que el toro respondió claudicando.
Aceptable el conjunto y menos que discreto el remate: una primera
estocada, muy atravesada, asomó por los costillares y una segunda y
definitiva entró directamente por los bajos.
Padilla, que bulló endemoniadamente con el noble segundo de la
tarde, se acopló relativamente bien con la calidad y el tranco del
quinto después de banderillearlo con verdad y espectacularidad.
Cuando se puso en serio, Padilla se trajo al toro por delante y aguantó
las repeticiones con soltura. Como fue toro muy a más, hubo promesa
de faena de peso. A la hora de poner los ases sobre la mesa, Padilla
acusó un poco que ésta era la corrida de su reaparición y optó por
la vía popular. En parte, por lo mucho que empezó a pesar de repente
tanto toro. Y en parte, porque las delicias de su primera faena -mucho
toreo de rodillas o mirando al tendido, molinetes, abanicos y
desplantes- se habían celebrado y premiado con una oreja. Esta
segunda faena tomó esa derrota y Padilla encadenó pases cambiados de
espaldas, abanicos y desplantes desenfadadamente. Enterró media
ladeada, el toro se resistió a doblar mucho tiempo, sonó un aviso,
hubo que descabellar dos veces y voló el premio.
Con su sello de manso y con el pitón izquierdo en vilo, el cuarto
tomó la muleta por abajo y con recorrido cada vez que Higares lo
enganchó por delante. Esta faena tuvo momentos de interés.
Millán sorteó el lote más difícil y deslucido. Con el sexto,
zancudo y serio, no pudo sino abreviar. Con el tercero no pudo estar
tranquilo.
El País.
JOSÉ
LUIS MERINO.
Ocasión
perdida para Padilla
Después
de la incertidumbre que se creó en torno a si Padilla podía lidiar
la corrida de ayer, al final, el torero gaditano acudió a la plaza de
Vitoria. Si bien en el primer toro llegó a cortar una oreja, a su
segundo lo dejó ir sin darle la faena que el toro estuvo pidiendo
desde que pisó el albero. La ocasión era inmejorable para subsanar
el petardo que pegó en Azpeitia hace ocho días.
Si en la plaza guipuzcoana se inhibió totalmente, argumentado que
no estaba curado del todo. Ayer, que parecía que su cuerpo ya estaba
en buenas condiciones, no aprovechó la embestida bonancible de ese
quinto toro de la tarde. Un toro que era para haberle cortado las
orejas y salir a hombros con un buen espaldarazo.
Sin embargo, su faena estuvo fraguada a base de pases rápidos,
sumamente movidos. En una serie de cinco naturales, uno sólo de ellos
tuvo calidad. El resto fue un torear sin torear. El ejemplar que le
tocó ayer fue uno de esos toros con el que sueñan los toreros. Un
animal que embiste con nobleza, que acude presto al toque, sin
malicia, con lo que tiene un toro de bandera.
No puede engañarse Padilla por el hecho de haber cortado una oreja
a su primer toro, segundo de la tarde. A sus muletazos, tanto por la
derecha como por la izquierda, les faltó mando. Sólo sirvieron
algunos naturales ligados. Los tres molinetes de rodillas, más el
abaniqueo, más el desplante, tirando la muleta y dándole la cara al
toro, eso fue lo que le hizo conseguir la oreja. Eso, y el añadido de
los bulliciosos pares de banderillas. Estuvo acertado con media
estocada.
El primer espada de la tarde, Óscar Higares, tuvo una actuación
bastante gris. Le tocaron en suerte dos toros a los que tenía que
haber cortado orejas. En su primero alternó los muletazos ligados con
otros ejecutados de uno en uno, siempre con una falta de decisión
notable o, si se quiere, con excesivas precauciones. A su segundo
toro, que brindó a Padilla, siguió con la misma falta de decisión
que en su primero. El toro le estaba enseñando que, si le ponía la
muleta delante al dar un pase y se la ponía después, repetía con
entusiasmo. Fue al final de la faena cuando se dio cuenta de que el
toro embestía con nobleza y con calidad.Pero, por lo visto, no era la
tarde de Óscar Higares. La ocasión era buena para el éxito, que
siempre les hace falta a los toreros como él, que tienen que pechar
con las corridas duras. Si tuvo dos toros que no eran duros, ¿por
qué no se estiró hasta alcanzar el triunfo con el que todo torero
sueña durante el mes de agosto?
El torero maño Jesús Millán tuvo la suerte de espaldas. Su
primer toro era bastante complicado y no servía. Trató de torearlo
por derechazos y naturales, sin ligar un pase, porque el toro no lo
tenía. Ya parece que ningún torero de la era moderna sabe que a los
toros hay que lidiarlos, incluso sin pegar ningún derechazo ni
ningún natural. Suficiente es con que se les domine. Y, después,
matarlos por arriba, porque para eso se dicen toreros.
En el último toro de la tarde, segundo de Millán, no hay que
atribuirle ninguna culpa al torero. La culpa la tuvo el presidente por
no devolverlo a los corrales, ya que era un toro inválido.
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