El
Califa, en el sexto toro, trató de repetir el arrimón que Víctor
Puerto hizo al quinto de la tarde. Y lo repitió casi punto por punto,
incluso tirando la muleta y dándole el pecho al toro en un alarde
temerario. Sin embargo, el arrimón de Víctor Puerto tenía su parte
de justificación, puesto que el toro no servía, porque no estaba
para embestir, ni quería hacerlo. El toro de El Califa era el único
de la corrida que sirvió. Por tanto, lo normal es que le hubiera
sacado el jugo de la embestida que el toro poseía.
Puestos a
calibrar las dos interpretaciones del arrimón, digamos que el de
Puerto estaba abonado a la relajación, al saber que dominaba la
situación. Por otro lado, el arrimón de El Califa transmitía a los
espectadores inseguridad y como que no venía a cuento, salvo la búsqueda
del susto por el susto. Desde luego, la tarde discurrió en un
aburrimiento tan supino que ese arrimón de Víctor Puerto fue como un
lenitivo para el público.
Los toros de
Cayetano Muñoz fueron los fabricantes del mayor de los aburrimientos.
Salían con muchos bríos, pero una vez entraban a los caballos,
aquello no parecían toros, eran edredones para dormir. Lo que pasa es
que quienes se duelen son los espectadores, a quienes se ha hecho
pasar por la taquilla con los ojos y los bolsillos pero que muy bien
abiertos
¿De qué vale
la apariencia si cuando tienen que demostrar la bravura y la fuerza
todo ello se diluye como el agua en el agua?
De lo poco que
se vio de calidad en la primera de feria vitoriana lo hizo Víctor
Puerto en su primer toro, segundo de la tarde. Toreó a base de
derechazos y naturales, algunos de esos muletazos ejecutados con suma
limpieza, con mando y con un gran gusto. Sin duda, el torero sacó
petróleo de donde no lo había.De El Califa poco hay que anotar en su
favor, exceptuando algunos naturales al último de la tarde.
El torero de
Murcia Pepín Liria no anotará la tarde de ayer como un hito en su
vida. Claro que si se tratara de coleccionar una serie de espadazos y
descabellos, entonces será una fecha para recordar. Nada menos que 16
descabellos utilizó para transportar a ese toro. Sus dos faenas, que
no fueron de ningún relieve, se pueden determinar del siguiente modo:
a su primero, las cuatro tandas de muletazos que tejió todas
estuvieron realizadas en pases de uno en uno. Y en su segundo toro,
que fue el de los ingentes descabellos, la cosa fue de muletazos
tropezados la mayoría de ellos. Por lo visto, ahora el toreo moderno
se reparte entre dar pases, de uno en uno, y en atesorar la nómina de
tropezón tras tropezón.