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Canal 4TV
Programa taurino Sol y sombra
Emisión: Jueves a las 00.30 horas. Redifusión: sábados a las 17
horas y domingos a las11.30 horas
Programación
de esta semana
Dirige: Carlos Martín Santoyo
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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VALLADOLID
Tarde del viernes, 13 de septiembre del 2002
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El
Torreón (desiguales de presencia).
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Un auténtico
recital de toreo
Había en el fondo de la cuestión un duelo como el
que describe Rodríguez Marchante entre Harrison Ford y Liam Neeson en el
«K-19»; palpitaba en el aire un sentimiento de confrontación entre
Enrique Ponce y José Tomás. Y la verdad es que ambos respondieron a la
expectación y a sus huestes con un auténtico recital de toreo, del que
no se quedó descolgado Leandro Marcos. Orejas al margen, seis en total, a
dos por coleta, alguna de manga ancha, en el ruedo sucedieron episodios de
una belleza infinita.
Sublime Ponce
Ponce se sublimó con el cuarto, aunque ya había abierto
fuego con el toro que rompió plaza. Pero fue su segunda faena una cumbre
inolvidable y creciente que se inició bajo la batuta de un quite por
delantales, cerrado por una media de auténtico lujo. Con esa inteligencia
única que ha marcado la carrera del maestro de Valencia, ayudó en los
derechazos preliminares con un trazo suave y a media altura, para después
torear con la mano más baja. Tanteó al natural, concediendo sitio al
animal. Y desde entonces, con un tres en uno, la obra estalló. Imposible
torear más relajado; los redondos bordeaban la taleguilla y la perfección
y los naturales a pies juntos o abierto el compás transcurrían como un río
tras el deshielo de la primavera. En la desembocadura de una serie parte
del público se erizó en los tendidos. Había como una armonía zen que
evitaba cualquier brusquedad o enganchón, hasta en las dobladas finales.
Un pinchazo le privó del doble trofeo, pero no de escuchar el rumor de la
satisfacción colectiva cuando paseaba el anillo oreja en mano.
Ya puedo decir que yo también he visto en este verano a José Tomás
en la medida en que contaba mi querido Luis Abril. Después de varias
desilusiones estivales, ayer admiramos a un torero de espíritu combativo
en lugar de a un ser espiritual, que no es lo mismo. Para no olvidar será
el quite a la verónica que cinceló ante el grandón quinto; lances de
suerte cargada y pata «p´alante». Como espoleado por la brillantez de
Ponce, brindó al público, y allí mismo, en los medios, los estatuarios
se repitieron en un palmo de terreno.
J. T. como figura de bronce
Ligó los derechazos con los riñones hendidos, hundido sobre
los talones como una figura de peso broncíneo. Cuando tomó la izquierda
el toro anunciaba que se acababa, lo cual apagó algo el último tramo,
aunque permaneció encendido sobre la llama de la zurda que alargaba los
viajes. Juntos los pies remató sobre el perfil diestro, y bordó ayudados
luego. Dos orejas que compensaban la que perdió con la espada ante el
chorreado, astifino y manso segundo, que no rompió con continuidad y que
puso además a prueba el valor de Tomás con algún que otro aviso.
Leandro Marcos no sólo representó el papel de convidado de piedra o
mero testigo en semejante duelo de titanes, y en el bravo sexto dejó su
sello, un tanto acelerado a veces por la lógica y juvenil ambición de no
perder el tren ni la oportunidad de la fotografía. Cuajó momentos espléndidos,
como una tanda a derechas, sufrió una voltereta a izquierdas, por donde
regresó con éxito, y dibujó un sentido epílogo por bajo, auténticas
esculturas del toreo a dos manos. Estropeó la cosa al querer hacer la
suerte de recibir, y la espada, en la duda, cayó en los blandos. Los
paisanos le recompensaron para que no perdiera la foto y para endulzar la
oreja que se le había escapado entre el acero y el buen pitón zurdo que
no explotó del mansote tercero.
El País.
TOMAS CANO. Tomás y el aplausómetro
No pareció importar ayer para nada la presencia, la casta ni las
fuerzas de los anunciados como toros.
Lo que realmente interesaba a los asistentes que llenaban el recinto
taurino, el cual estaba dividido en dos bandos, los poncistas y los
tomasistas, era el aplausómetro. El concepto que del arte de torear tiene
José Tomás reventó el medidor popular. Aunque la expresión de arte y
la maquetación fueron iguales en sus dos faenas, sería en la segunda
cuando alcanzaría el triunfo.
Belleza, cadencia y poder lució el capote del de Galapagar en este
enemigo. Con la muleta planchada y colocado frente al eje del toro.
Concediendo distancia de acuerdo a las fuerzas del animal, desgranó
series por ambas manos llenas de templanza, quietud y hondura, que calaron
rápidamente en los tendidos. A destacar el toreo al natural, trayéndose
toreado al toro, ajustándosele a la nalga y vaciándole atrás. Súmese a
esto el valor sereno que posee el diestro madrileño. Sólo un pero, que
no es pequeño, los del Torreón, amén de descastados, sin presencia y
con las fuerzas justas eran tontos del bote. Los aficionados se
preguntaban qué hubiera sido de aquella faena si realmente la materia
prima hubiera existido.
La primera faena de Enrique Ponce fue todo un monumento al pico de la
muleta. Un ramillete de series y adornos con la etiqueta de engañabobos.
En el otro no cambió de argumento, aunque disimuló mejor en algunos de
sus pasajes. Cabe destacar que la máxima ovación la consiguió tras
abanicar por la cara al ya cascado animalito.
Leando Marco echó todo lo que llevaba dentro en el que cerró festejo.
Arreado por lo presenciado a sus compañeros, desgranó todo lo mejor que
lleva dentro.
Por fin, y aunque faltó la materia prima, el personal salió hablando
de toros. Otros optaron por observar la salida de los tres toreros a
hombros.
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