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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VALLADOLID
Tarde del domingo, 9 de septiembre del 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Castillejo
de Huebra (aplaudidos en el arrastre).
Diestros:
Incidencias:
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País, El
Mundo
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Juan Mora, de la
puerta chica a la puerta grande
Juan Mora entró de puntillas por la puerta
chica de una sustitución y salió por la puerta grande en olor a triunfo. A
Mora le llamaron para reemplazar al lesionado Rivera Ordóñez, y gracias a tan
oportuna gestión vimos cosas importantes.
La tarde transcurrió entre picudos dientes de sierra, paralelamente a la
escalera de toros de distintos hierros que aparecieron en el ruedo, desde el feo
e inválido primero pasando por el agradable cuarto o el zambombo quinto. Aunque
en honor a la verdad habrá que decir que la nobleza fue la tónica que los
hermanaba.
La quinta pieza se tornó en la más amarga. El morlaco de Castillejo de
Huebra sacó complicaciones y cabeceaba con aspereza. No era fácil estar
delante, pero Juan Mora se creció en una faena marcada por el valor. No se
arredró en momento alguno y obtuvo pases de enorme mérito allá en los medios.
Acortó distancias y acabó metido entre los pitones. Cobró una fulminante
estocada en el segundo envite y el público valoró su esfuerzo, realmente
notorio, con una bien ganada oreja, llave de la puerta grande.
De distinto corte fue su obra anterior ante un enemigo noble y castaño de
Puerta. Prologó con unas toreras dobladas y corrió la mano diestra con temple
y el compás abierto; al natural cambió de patrón y relajó la figura sin
despatarrarse tanto. Una vez más, las dos versiones de un Juan Mora, muy
dispuesto ayer, en una misma moneda. Agarró media estocada que refrendó con un
descabello. Conquistó el primer peldaño hacia la salida a hombros.
Jesulín se encontró con un toro tardo que ya se paró en el capote.
Careció de emoción el trasteo muleteril, cuando el torero de Ubrique se forzó
por tirar de los viajes, tan largo y tan separado como le daba el brazo de sí.
El sexto, en hechuras y bien armado, iba provisto de casta brava en sus
entrañas. La faena tuvo intensidad y firmeza y fue «in crescendo», hasta
alcanzar su punto culminante en una muy poderosa serie sobre la derecha. Sobró
el último tramo y, por supuesto, el mal uso de la espada.
A Ortega le correspondió el lote más completo, especialmente el bonito
cuarto, un dulce. Pero el maestro de Cartagena, atacado de inspiración, se
preocupaba más de buscar las palmas con miradas cómplices a los tendidos que
de hacer el toreo. Al enésimo gesto, a la gente ya le daba la risa tonta.
Falló con el verduguillo. Durante la lidia del sobrero, primero bis, ya se
señaló su lesionada rodilla para justificar la tardanza en pararlo con el
capote. Después, nada. Se fue por la enfermería antes de que finalizara la
tarde.
El Mundo.
CESAR MATA. La elegancia de la
voluntad de Juan Mora
Un esperpéntico y jadeante Ortega Cano paseó ayer su anatomía por el
ruedo pucelano. En su primer toro mostró sin pudor su falta de compromiso
profesional, despegado hasta la máxima longitud de sus extremidades
superiores, mientras en el cuarto de la tarde creó una ilusoria imagen de
torero entregado y enrazado. Su toreo ad cautelam fue una falta de respeto
hacia los aficionados, la empresa y, si se me permite, los propios toros.
En Juan Mora se suma la elegancia y el valor sereno. Mando y trazo
cadencioso tuvieron sus dos faenas. A su primero le bajó la mano y lo
llevó embebido en los vuelos de la muleta. Con la zurda no se dejó tocar
la muleta, aunque los pases tuvieron la rapidez que imponía el burel. Al
bisonte que se lidió en quinto lugar, de 620 kilos, le realizó un
garboso quite. Exprimió Mora lo que daba de sí el astado, al que obligó
en lo posible.
El de Castillejo de Huebra que salió al ruedo en tercer lugar demostró
poder en el caballo al que derribó tras una dura pugna. Tras la segunda
vara, Ortega Cano quiso redimir su desgana ante su primero, pero entre las
indicaciones de su peón Curro Cruz y sus propias dudas acabó todo en una
tentativa de quite. Otro fiasco más, que provocó las protestas airadas
del público que llenó la mitad de los tendidos. Jesulín de Ubrique se
mostró técnico y dominador, aunque sus pases carecieran de una
trayectoria centrípeta. El perfecto manejo de la ecuación que combina la
distancia y la colocación hizo que el gaditano a punto estuviera de tocar
pelo, pero la espada lo alejó del triunfo.
El País.
TOMÁS BLANCO. El sustituto salió a hombros
Preparó la empresa para aficionados,
abonados y domingueros un festejo de color rosa a tenor de los espadas
anunciados en el cartel inicial. Los aficionados, tras enterarse de que
los toros del hierro anunciado habían sido rechazados en el
reconocimiento se temieron lo peor. El cambio, obligado por lesión, de
Rivera Ordóñez iba a enderezar la tarde. El sustituto Juan Mora, a base
de entrega y exposición, logró salir a hombros.
Juan Mora, recibido con una fuerte ovación
por méritos contraídos en otras tardes de triunfo en esta plaza, entró
en la feria por la puerta de la sustitución. No le importó en absoluto.
Desde el principio se le vio con ganas de agradar al personal. Muy
aplaudido su inicio de faena, con ayudados por bajo. Entregado y con
detalles en las series por redondos. Al natural bajó el tono. Regresó a
la mano de nunca para subir el tono del ambiente. En el que hizo quinto,
faena de entrega, con pinceladas de calidad por ambas manos. Expuso en
exceso para llevar a los tendidos la emoción que el toro no tenía. Una
gran estocada rubricaba el triunfo del tesón y las ganas de agradar.
Ortega Cano, ante las protestas del público,
significó a los tendidos que el torete estaba acalambrado. A medida que
el animal se desentumecía el torero se agarrotaba. Ortega fue desgranando
pases, entre trapazos, desconfianza, miedos y un carácter muy sensible a
las críticas que le llegaban de los tendidos. La bronca era justa.
Intentó el quite del perdón en el
tercero de la tarde para granjearse la confianza del público. Lo intentó,
pero fue incapaz de realizarlo. Rozó el ridículo.
Ortega Cano quiso enmendar la plana con su
segundo toro. Agradó con el capote, brindó al público en señal de
respeto. Inicio de faena en plan tremendista. Despegado y gazapón en
exceso por redondos. Desbordado al natural. Terminó envuelto en gestos y
desplantes que nada tienen que ver con el hecho de torear. Se le fue a
Ortega Cano un toro ideal para un torero de sus características. Con la
espada, un drama. No existió como director de lidia.
Jesulín de Ubrique poco pudo hacer ante
su primero, que llegó mermado de facultades por la ruin venganza del
varilarguero de turno. En el que cerró plaza hizo una faena técnica,
llena de valor, exposición, buenas maneras y templanza. Consiguió,
siempre con la mano derecha, destellos de hondura y calidad. La espada le
privó del triunfo. |