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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del sábado, 19 de marzo de 2005
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Juan
Pedro Domecq (desiguales de presentación, de juego
complicado).
Diestros:
Entrada: lleno en los tendidos.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC
  
Más imágenes del festejo
ABC. Zavala
de la Serna. Enrique Ponce o la maestría con o sin toro
La maestría de Enrique Ponce se hace patente con o sin toro. El invento del quinto -había que inventarse la faena y al
juampedro, que ni por presencia ni por esencia valía nada- sólo puede corresponder a un torero de su sabiduría para entender tan parcas y mansurronas embestidas, para comprender los terrenos y las alturas. Y así se obró el milagro de la trigésima segunda puerta grande de Ponce en su Valencia del alma, cuando cambió diametralmente la brújula y desde los medios se metió hacia las rayas de picar y luego hacia adentro, cerca de la bocana de toriles. Allí, a pies juntos, muy de frente, con suma estética, sobre ambas manos, aprovechó las querencias y los escasos viajes a media altura, para recrearse en la traca final de circulares redondos y completos. La contundencia de la estocada lo izó a hombros con todas las de la ley, después de apurar los tiempos del aviso para conseguir meterlo en la muleta.
Con esta misma franqueza, hay que exigirle a Enrique Ponce que en el día grande de Fallas no cabe otra que presentarse con una corrida de mucho mayor trapío, máxime cuando el nivel medio de la feria ha sido destacado y subrayado por todos. No valen excusas para traer tan terciados y chicos enemigos. A mí, por lo menos, no me valen. Ponce puede ser maestro sin toro, pero cuando cobra su verdadera dimensión es con el toro íntegro, el que corresponde a esta plaza. Suele ocurrir que por ser San José se admitan corriditas como la de ayer, como si la fecha contase con bula administrativa. Y a buen entendedor, pocas palabras.
El insignificante segundo, el primero de su lote, embestía suave, cogido por alfileres, sin apenas fuerza para mantener un recorrido más largo que el anteriormente narrado. Hubo más calidad por el pitón derecho que por el izquierdo, y
E.P. desarrolló su faena sobre la poderosa mano que lo ha elevado al estrellato y que ayer repartía cuidados, mimos y temple. Dos molinetes consecutivos prendieron la mecha que corrió como la pólvora en los circulares y en los albores toreros, con un par de cambios de mano para el recuerdo. La certeza de su acero descerrajó medio portón, que hubiese sido entero si el presidente no se mantiene firme en una postura cuerda ante la algarabía festivalera y josefina.
A veces convendría investigar el bautismo de los toros. Ponerle al tercero de nombre «Nefasto» es iniciar con mal pie su vida, porque a fe que lo fue. Sin ritmo, con la cabeza alta, sin emplearse, basto en sus desplazamientos, impidió que José María Manzanares hijo trazase un planteamiento lucido, si es que en las faenas del hijo del maestro existen los planteamientos. Lo mejor, la estocada, sin duda. El quinto fue un toro medio, noblote, sin excelencias pero sin maldad ninguna. Lo de Manzanares se resumió en un constante volver a empezar. Cada pase era como si principiase una nueva serie. Surgía uno muy largo y enseguida le perdía pasos y le retiraba la muleta de la cara. A lo sumo hilvanaría dos, y así es imposible conectar con los públicos, sin un mínimo de exposición, sin ni siquiera un me voy a quedar en el sitio una vez a ver qué pasa.
No pasó nada con Juan Ávila. El toro de la alternativa, por dulce, meloso y semiinválido, resultó facilón. A Ávila tal vez le vaya más la potencia de la casta para agarrarse al piso con su valor sin exquisiteces. No lo mató y se olvidaron derechazos entusiastas y ligados. Perdió cualquier opción de triunfo, porque el sexto, que embestía a topetazos, no le dio oportunidad más que para demostrar su tesón en una larga cambiada y verónicas vibrantes y la evidente precipitación de su doctorado.
El País. La corrida que nunca existió
Un espectáculo deprimente. O mejor, indignante. A la plaza de Valencia le pegaron ayer una puñalada trapera en pleno corazón. Con alevosía. Los taurinos están acostumbrados a que el día de San José todo cuele en esta plaza. Y hasta ahora colaba casi todo. Desde ayer, todo. A esta plaza los taurinos le han perdido el respeto. Los de fuera y los de dentro. Tamaña desfachatez la permitieron veterinarios y autoridad, en este caso más incompetente que nunca, que se dejaron meter un gol con la mano y en fuera de juego.
La corrida que trajo a Valencia el ganadero llamado Juan Pedro Domecq nunca existió. Era una pantomima. Anovillados de tipo, sin cara. Alguno, como el tercero, saltó al ruedo con los pitones destrozados. Y cada uno que piense lo que quiera. Y en cuanto a su juego, más que toros artistas, como dice el ganadero de sus productos, toros ridículos. Ya lo eran de presencia y lo acabaron de arreglar por juego. Justos de fuerzas, sin emoción, descastados, abobados, agilipollados. El tercio de varas, un simulacro. La corrida, en fin, una vergüenza. Pero como el día de San José todo cuela y todo vale, ahí va eso. ¡Toma del frasco!
Semejante ruina la aprovechó Enrique Ponce para llevar a cabo un entrenamiento cara al público y vestido de luces. Los dos torillos que mató fueron pura broma para el de Chiva. Su primera babosa resultó un tullido animalucho, con el que jugó a placer. Su segundo, que además de ser una desdicha también era manso, se refugió en terrenos de toriles. De nuevo, un juego para Ponce. Dos paseos. Y las dos orejas de menos importancia que ha cortado en esta plaza.
Manzanares hijo se esforzó en su lote. Esfuerzo vano. Inútil. El tercero apareció en la plaza con las puntas de los pitones hechas añicos. Destrozados. Sin presencia, sin fuerza, sin nada. ¿Ante qué se esforzó Manzanares en ese toro? El nombre del toro ya era una premonición: se llamaba Nefasto. ¡Cómo lo sabía el ganadero! En el quinto, más de lo mismo. Un trasteo sin sentido al son de la música. Esforzado y rectificado. Y consentido por el bendito e ignorante público. Lo siento.
Al novel Juan Ávila lo arrastró la vorágine. El que menos culpa tenía del desaguisado y el que más lo va a pagar. En tarde tan señalada, la de su alternativa, lo estrellaron de muy mala manera. De entrada, se hizo matador de toros con un novillote inválido, al que el presidente mantuvo en el ruedo a pesar de la bronca. Por allí anduvo el joven espada. Buscando una salida que la tenía atascada. El sexto, por si fuera poco, sacó guasa. Y como la naturaleza no da saltos, como dijo en su día el seleccionador brasileño Carlos Alberto Parreira, a Ávila le faltaron oficio y recursos a pesar de su voluntad.
Tras lo de ayer, tome nota la Diputación de cara al próximo pliego. No estaría mal una lista con una serie de ganaderías de paso prohibido por esta plaza.
En festejo matinal y con la plaza llena, se lidiaron toros para rejones de Sánchez Cobaleda, que resultaron desiguales de juego. La soleada mañana se saldó con el corte de una solitaria oreja, que fue a parar a las manos de Sergio Galán. Leonardo Hernández y Diego Ventura dieron la vuelta al ruedo, João Moura fue ovacionado y se guardó silencio tras las actuaciones de Fermín Bohórquez y Moura Caetano.
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