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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del miércoles, 16 de marzo de 2005
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Cinco
toros de Pedro
y Verónica Gutiérrez Lorenzo y uno de Carmen
Lorenzo (flojos, descastados).
Diestros:
Entrada: lleno en los tendidos.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC, Diario de
Sevilla
 
Más imágenes del
festejo
El País. El
Fandi divierte con las banderillas
El Fandi explotó lo que mejor hace: las banderillas. Todo un espectáculo.
Toda una garantía de diversión. El Fandi es un espada de los llamados
atléticos. Con unas facultades físicas imponentes. Exprime y consume los
segundos tercios y, en ocasiones, también consume, con tanta carrera y
castigo, a los toros.
Su primero de ayer quedó visto para sentencia una vez pareado. Fue uno
de los menos toros de la grandona y gorda corrida que envió Capea a
Valencia. Soportó, como toro de buen fondo, las carreras a las que le
obligó El Fandi en banderillas. Tres pares bien ejecutados. Reunidos. Un
tercio de lo más vistoso. También de lo más celebrado en el tendido.
Muleta en mano, la historia fue otra cosa. Con el toro al paso, noble pero
más moribundo que vivo, El Fandi le buscó las vueltas sin encontrar
solución.
De esa corrida pasada de kilos, siempre con buen fondo pero blanda, el
quinto fue el de mejor nota. Con sus 635 kilos sobre los lomos, también
muy cornicorto, su estampa no prometía gran cosa. Mas de salida, permitió
a Fandi estar vistoso con la capa, aunque pasó por varas con más pena
que gloria. Incluso dobló las rodillas en el primer encuentro. Pero el
buen fondo de esa mole de toro descubrió todas sus virtudes en el segundo
tercio. A un primer par fallido, le siguieron otros tres en medio de la
locura desatada en los tendidos. Cuatro pares en total. Sin contar el
frustrado, uno al violín y dos en carrera hacia atrás. Eso, la locura.
Después de tanta carrera, al toro le sobró gasolina y buen son para
soportar una faena de mucho revuelo. De ruido. Sonora. Bregadora. De
cantidad más que de calidad. De colores. De fuegos artificiales, que para
eso son las Fallas. Y muy paseada por el ruedo. Tanto, que toro y torero
acabaron en terrenos de toriles. El recuerdo de las banderillas en la
gente, fue determinante para que le dieran la oreja a El Fandi.
Enrique Ponce también sorteó una mole, que le salió en cuarto lugar.
A diferencia del quinto, fue de tipo más basto. Más acochinado, de
pitones acucharados.Ponce le arrancó los muletazos por unidades. Sueltos.
La proverbial habilidad de Ponce para este tipo de toros no falló. Pero
sin apoteosis.
Con el que abrió la corrida, muy abanto de salida y complicado de
fijar en el capote, Ponce manejó bien los tiempos del toro. Al aire que
le marcaba el astado, sin molestarle, con la muleta a media altura, Ponce
desgranó una faena cómoda. Fácil en apariencia. De mucha pantalla. De
llegada. Bien coloreada en los remates y en los pases finales. También
demasiado larga.
Los dos toros de Salvador Vega pedían manos más expertas que las del
torero malagueño. El tercero fue de los más blandos de la corrida,
aunque por contra fue de los que más se dejaron en varas. Con intenciones
defensivas llegó a la muleta de Vega. Intento tras intento, no hubo
logros a pesar de la insistencia del torero. Muy pendiente de componer,
también algo encimista, Vega no remató ni series ni muletazos completos.
El otro toro que pasó de los 600 fue el sexto. De la desigual corrida
de Capea, este último pareció el más corto. No desentonó del discreto
comportamiento que los otros cinco tuvieron en el caballo. No humilló en
la muleta y tuvo poca entrega. Le costó, en fin, embestir. La faena, un
querer. Pero muy poco poder. Todo se quedaba a mitad. Quiso tercamente
imponerse en la distancia corta y sufrió más de un enganchón. Ni pena
ni gloria.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Cien años de Enrique Ponce
Cumplía Enrique Ponce quince años
de alternativa, como pudieran ser cien. La sabiduría que se agolpa en su
cabeza, en su ser, minotauro que descubre la sicología del toro, carece
de fin. El vestido blanco y plata le rejuvenecía pero no le sentaba bien
al ídolo, que necesita un bronce, un oro viejo, color vetusto, y una
armadura de estatua perpetua y guerrero inmortal. ¿No les parece a
ustedes que Ponce lleva cien años? Toda una vida. El final está cerca,
le ha confesado a Rosario Pérez. Pero podría seguir una eternidad. No
existe magisterio ni facilidad mayor que la suya para interpretar las
querencias, las patologías mentales del toro. Las querencias era lo que
había que comprenderle a la corrida de Capea, una bueyada de fondo y
forma, de tomo y lomo.
Sólo el quinto
El quinto, y sólo el quinto, tal vez por lo de que no hay quinto malo,
puto lugar común, le salvó la cara al maestro de Salamanca, si es que un
único toro puede redimir toda una seria corrida sobredimensionada de
kilos, con caja para aguantarlos, pero sin casta para sostenerlos. Ese
toro le correspondió a El Fandi, atleta curtido en banderillas, «showman»
de la moviola y el violín, arrojado banderillero que entusiasma a los públicos
porque da un espectáculo que nadie da. En banderillas, claro. En la
muleta es otro cantar, por mucho afán que ponga en un arranque de
rodillas, en derechazos y derechazos ligados, en naturales en los que el
morlaco de 636 kilos se metía más por dentro, en los circulares últimos
de galería y artificio. Describo la cosa como la sentí, contabilizando
pases y alardes. Fue la única oreja de la tarde, sin trascendencia tras
un pinchazo chungo, media estocada tendida y un descabello. Su anterior
enemigo, al margen de la falsa tablilla -no aparentaba ni por asomo los
565 kilos que marcaba-, se fundió en su agónica ausencia de bravura.
Ponce supo mover al primero en la muleta, a su aire, sin entrega el toro,
mirón por el izquierdo, sin apasionado compromiso el torero, que obtuvo más
de lo que había por la educación que imprime: en Ponce es todo como muy
educado, muy «polite». No atacó, como no atacó en toda la faena -no lo
hubiese permitido el inmenso murube-, con la espada. Se fue la oreja y
vino el aviso clásico que forma parte de su tauromaquia. A mí me pasa lo
mismo con el vino, siempre me paso.
El cuarto, gacho de cuerna, amplio de cuerpo, no valió un carajo, y Ponce
lo hizo parecer hasta bueno, o medianamente bueno, cuando el buey traspasó
la frontera entre el animal de carreta y el verdadero toro bravo. No se
empleó en la estocada y sobrevino el recado presidencial.
Salvador Vega contó con el peor lote. Orondo uno, colocado de pitones,
que quería saltar a pechazos contra la barrera, se desplomó en el tercio
de muerte; el sexto, el más bajo de agujas, con un teórico peso de 610
kilos, no aportó nada nuevo a la tarde que ya se iba con la anochecida.
Vega quedó prácticamente inédito con una corrida a contraestilo.
En los últimos tres días, mi amigo Javier Villán ha puesto en su críticas
mundanas un potente ventilador en un cubo de basura imaginario contra el
gremio de la crítica taurina. Que si trinque, que si sobres y
mamandurrias, que si no pongo la mano por nadie o la quito, pero la mierda
ahí queda, sin nombres ni pruebas, todo gratuito. Es injusto,
terriblemente injusto, Javier. La gente no sabe aunque lee, y como tú
escribes como Dios te leen y se lo creen. Recientemente, había un
periodista, un personaje encantador, que representaba una antigua y caduca
escuela. Se llamaba Curro Fetén. Pero Curro, en su bohemia, sus sueños
etílicos y en sus tertulias trasnochadas, sabía cuándo ampliaba un
adjetivo o cuándo rebajaba de grados una mala tarde, pero sabía de
verdad muy bien lo que veía y se sabía el toreo de pe a pa. Entre el pícaro
resabiado y el ignorante, me quedo con el pícaro, querido Javier, amigo
Villán.
Diario
de Sevilla.
El Fandi corta una oreja
La celebración del XV aniversario de la alternativa de Enrique Ponce, en Valencia, se vio arruinada por el poco juego de los toros, aunque con la excepción de uno que le tocó a El Fandi y al que éste le cortó una oreja por una faena entre los dos estilos. La plaza saludó con una cariñosa ovación a Enrique Ponce, que cumplía quince años de alternativa. Una trayectoria ejemplar preñada de muy bonitos recuerdos profesionales y humanos. Pero la celebración no pudo ir más allá de esos recuerdos, porque los toros elegidos para la ocasión no dieron de sí lo suficiente. Se le jaleó mucho igualmente a lo largo de sus dos faenas. Poquita cosa por la escasez de toro. Aunque precisamente visto así Ponce se obligó mucho a sí mismo. El hombre buscó con afán el triunfo.
En el que abrió plaza desde luego, ni el que inventó el toreo es capaz de interesar. Había que andarle al toro sin molestarle a media altura y en los medios pases. Fue un trasteo elegante, compuestito, que se decía antiguamente, y algo más emotivo y puro en la segunda parte. El esfuerzo de Ponce fue tremendo. El mastodóntico cuarto necesitó también de muchos cuidados para afianzarse. Ponce le provocó metiéndole la muleta prácticamente en los ojos. Muy encima otra vez, muy sincero. En realidad faltaba medio toro. Pero a Ponce no le importó buscar la faena imposible, y para ello se comprometió por los dos pitones, incluso permitiéndose un pausado tres en uno que en contexto más favorable hubiera sido definitivo para amarrar el triunfo. Al final tampoco tuvo suerte con la espada.
El Fandi llegó de invitado a la fiesta y se comió el único trozo bueno de la tarta. Fue el segundo de su lote, el único que sirvió de verdad. El granadino salió a cien por hora con el capote, intercalando verónicas y chicuelinas, con remate de media de rodillas en el saludo. Galleo de frente y por detrás para poner en suerte. Y quite por chicuelinas y por talaveranas antes de tomar los palos. Cuatro pares, entre los que desentonó el primero, aliviándose mucho, a toro pasado y muy caído. Mas en los otros tres (un violín y dos moviolas) aquello fue el acabose. Abrió faena de rodillas por arriba y la cerró por circulares agarrándose a los lomos del animal. Meras concesiones. Pero entre medias El Fandi toreó muy requetebién por el lado derecho: los cites con el medio pecho por delante, la muleta al pitón contrario y muy cruzado, y los movimientos rítmicos y pausados, el trazo limpio, incluso muy sentido. El Fandi, proclive a buscar el triunfo a través de la heterodoxia, demostró que también sabe hacer el toreo de categoría. Fueron tres tandas por la derecha y dos al natural, que posiblemente no enardecieron tanto como lo otro. Aunque ahí quedó eso. Luego, a pesar de lo mal que mató, hubo pañuelos suficientes para la oreja. El único trofeo de la tarde. En su toro anterior, que se vino abajo enseguida, El Fandi sólo pudo hacer alardes de sus extraordinarias facultades, naturalmente en las banderillas. Lo demás fue un intento inútil de sacar agua de un pozo completamente seco.
Salvador Vega sólo pudo estar en los detalles con un lote que no dio nada de sí. Su primero, que intentó saltar y todo como prueba de su irrefrenable mansedumbre, se acabó en la muleta prácticamente en las probaturas. Y en el sexto, en el que se hizo presente con un quite de chicuelinas tan ajustadas que salieron trompicadas, Vega volvió a ensayar una faena a todas luces imposible.
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