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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del martes, 15 de marzo de 2005
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Fuente
Ymbro (bien presentados todos y de buen juego)
Diestros:
Entrada: Media plaza.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC, Diario de
Sevilla
  
Más imágenes del festejo
El País. El Cid se cierra la puerta grande
La tenía en sus manos. Y bien asegurada. Pero hasta el final todo es toro. O lo que es lo mismo, hasta el final nadie es feliz. Y El Cid, que pudo serlo más que nadie, se quedó compuesto y sin puerta grande. Todo por ser timorato a la hora de matar al quinto de la tarde. Gran toro ese quinto. Con 600 kilos cumplidos, una verdadera mole, pero con fijeza, prontitud y nobleza. Tampoco sobrado de fuerzas, pero las suficientes para soportar una faena densa y de buen metraje. Algo pegajosillo al principio, templó su embestida una vez El Cid se centró. La faena tuvo dos partes. Una primera más pellizcada. Y una segunda, siempre sin obligar demasiado, en la que ya con el toro descolgado se acompasó sobre la mano izquierda. Labor creciente. Tanto del toro como del torero. Y final grande con un Cid tan descarado como pletórico. Lástima la falta de decisión al matar. Se esfumó el premio.
Sí hubo recompensa para El Cid con el segundo, un impresentable toro que se coló de rondón en corrida de tan buen corte y remate. Toro encastado y venido a más, tras derrumbarse una vez y perder las manos otra. Abierto de compás, El Cid lo aprovechó por su cálido pitón izquierdo. Bien dibujada la faena por ese lado, mantuvo el tono en la postrera serie con la derecha.
Perera sorteó dos toros de distinto corte pero con muchas posibilidades. El tercero, que soportó un primer puyazo muy duro, tuvo son por los dos pitones. Y dejó estar. La faena de Perera, con mejor control cuando toreó con la derecha. No cuajó al natural, por donde esa labor pareció partirse algo. Los efectos finales la recompusieron.
El toro que cerró la corrida fue rico en matices. Derribó en varas, se enceló bajo el peto, escarbó en banderillas, empezó rebrincado y fue pronto en la muleta. También exigió. Tuvo actitud Perera con él, aunque no terminó de ordenar una faena valerosa. Pero algo amontonada.
El primero de la tarde anunció lo que sería el conjunto de la corrida de Fuente Ymbro. Superada la fase de flojedad, se convirtió en toro notable. Finito aportó llamativa arquitectura a una faena de buen concepto, pero sin mayor compromiso. Con el cuarto mantuvo una pelea frenética. Y eléctrica. Con el toro algo defensivo, también impetuoso, un Finito acelerado impuso su autoridad con vistosa picardía.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. El mayor y más bello espectáculo
del mundo
Tarde para no olvidar en muchos años. Cuajadas las horas sobre la
base de un corridón de Fuente Ymbro, no hubo lugar a un respiro. La
Fiesta es, pero se convirtió ayer, en el mayor y más bello espectáculo
del mundo, un circo sin red, donde la autenticidad y la fragilidad de
los artistas se hacen realidad en el alambre incierto de las
embestidas encastadas del toro. Ésa es la clave, el toro. Y los toros
de Ricardo Gallardo se movieron en son, con disparejas hechuras, todas
serias, más propicias para el arte que las que ofrecieron sus
hermanos muertos de Castellón.
El Cid es mucho Cid, y el año debe ser suyo sin resquicios. Salvo que
empiece a pinchar como en el quinto. Vaya segunda mitad de faena,
sobre la mano izquierda, cumbres las series, aquilatadas en manojos de
cuatro y cinco naturales de oro y seda y en un broche por bajo para la
posteridad; la primera parte, con esa mole de 605 kilos moviéndose más
brusca y con cierta retranca, arrollando a veces, contuvo sobriedad,
sin la estética o el acompañamiento que no propiciaban las
embestidas arrojadas al por mayor, sin la categoría del pitón
izquierdo. La fe le falló con la tizona, a todos nos falla muchas
veces, salvo que jugaba la razón también, y el toro estaba encogido
para la suerte o la muerte. Lo que debió ser puerta grande se redujo
a vuelta al ruedo de ley, como la oreja al segundo, más escurrido, más
liviano, más fino en todo. El quite por delantales, las chicuelinas
atomasadas de Perera, la brega del Alcalareño a una mano. ¡Cuántas
cosas! Y de repente la izquierda de El Cid, pronto. Temple para un
punto endeble del buen toro. Cuatro naturales en el sitio, luego seis,
ligados, con un empaque y un aroma del Chenel de los ochenta. Había
interrupciones en las tandas que pedía el toro, para recuperarse,
para recolocarse el torero. Los redondos últimos llamaron a las
puertas del cielo, y la estocada, que luego faltaría en la mejor
faena posterior.
Pero, hablando de pureza, llega Miguel Ángel Perera, a continuación,
con un fuenteymbro más enmorrillado o aleonado en la línea Jandilla,
y le pone la panza de la muleta tras un pase inverosímil del péndulo.
Y lo revienta en tres series para las que hace falta ser mucho toro
para no reventarse, bajando tanto la mano, enganchados los viajes tan
adelante, guiados atrás, las zapatillas hundidas. Cuando presentó la
izquierda, una serie tarde, el cuatreño se había apagado. Las
bernadinas de empaque subieron la emoción a las gradas y el
estoconazo en los medios le izaron con un trofeo. Trofeo que perdió
con el sexto, el garbanzo negro del sexteto, por cabezonería
presidencial y suya: las faenas tienen un punto en las que el torero
ha de medir la temperatura del público y el depósito del toro.
Bastante había tragado con las embestidas sin fijeza y descompuestas
que lamieron las espinillas.
¿Y Finito? Pues Finito cuenta con un cliché que a la gente le cuesta
romper. Pero Juan Serrano dibujó muletazos -al que rompió plaza
dignos de una antología-, con un enemigo alegre y divino de formas,
quebrantado por un volatín, fino como el matador de Córdoba, que se
debió emplear más a fondo (¿por qué tan cortas las series?) como
hizo con el más bastote cuarto, cuando su ánimo rompió clichés,
toreando con cierta velocidad pero con la mano diestra muy baja. Punto
y aparte para Curro Molina con los palos. Punto final a la crónica.
Diario
de Sevilla.
El Cid toca la gloria, pero vuelve a bajar por su mala espada
Una tarde que pudo ser histórica para Manuel Jesús El Cid, por la intensidad de sus faenas, al final se saldó para él con una única oreja por el mal uso de la espada, en una corrida en la que también cortó un trofeo Miguel Ángel Perera, y en la que destacaron asimismo los toros de Fuente Ymbro, en Valencia. Fuente Ymbro sigue que se sale. La corrida de ayer en Valencia, como la de hace unos días en Castellón, fue todo un espectáculo. Corrida buena para todos, fundamentalmente para los toreros, que si no acertaron a cortar más orejas fue por circunstancias ajenas a los toros. Y de paso el público la disfrutó una barbaridad. La movilidad y la clase de los seis toros, en grado distinto, aportó mucho interés en el tendido. Fue corrida para un capazo de orejas, pues los seis toros aportaron mucho para el triunfo.
Finito enseguida cambió la actitud, ya que quiso hacer el toreo fundamental siempre al hilo, fuera de la hipotética vía por donde tendría que llegarle el toro, al que de paso escupió siempre hacia afuera. Y a todo esto el animal repetía y repetía, en todo momento por encima del torero. En el cuarto, más de lo mismo, otra vez desplazando al animal hacia afuera, sin rebozarse con él y, por si faltaba, haciendo las cosas con mucha prisa. Faena aparente, pero en la que no se quedó quieto ni una sola vez.
El Cid cortó una oreja en su primero pero se dejó dos muy claras en el otro, al que incomprensiblemente mató mal. Maldita espada la del Cid, que por enésima vez echa por tierra una tarde que pudo ser histórica para él. Porque, en verdad, al margen de los importantes toros de Fuente Ymbro, el gran nombre de la función fue el de El Cid. Ya tuvo usía su primera faena, redonda de principio a fin, por los buenos lances en el recibo y por un quite a pies juntos. En la muleta, desde la apertura por el lado izquierdo, con pases largos y ajustados, el temple dio paso al mando, y el asiento y la quietud al poderío y la pasión por lo artístico. Gran toreo, llevando al toro muy largo y pasándoselo muy cerca. El toreo de verdad. Entró a matar muy despacio, dejándose ver en la suerte, y cayó el astado sin puntilla. Y si no es porque se hizo el remolón el presidente para conceder el trofeo le hubieran pedido también la segunda oreja. Fue desde luego triunfo grande.
Lo sorprendente es que llegara a superar frente al quinto esa primera faena. Un toro altón, hondo y de mucha caja, que visto así parecería fuera de tipo, pero que terminó también echándose para adelante, en bueno, muy bueno. El Cid se dobló en los comienzos, saliéndose hacia afuera. Y en lo fundamental, enganchándole por delante. Esa fue la clave para que el trasteo tomara vuelo enseguida: el principio de cada muletazo. El torero adelantaba la muleta, y el toro respondía queriéndosela comer. Y a partir de ahí, los dos al unísono, seguidos, tres, cuatro y cinco veces, hasta el de pecho para abrochar las series en plena efervescencia de contento por parte del público. Se dio lo mismo por la derecha que al natural. Ambiente de frenesí. Abundó en su estado de gracia con unos remates finales, auténticos carteles de toros: trincherillas y de la firma, de verdadera locura. Y cuando más feliz se prometía el resultado final, vino el traspiés de la espada. El Cid, incomprensiblemente, se echó fuera en el primer envite con la espada. Volvió a pinchar. Y para remate, el mayor despropósito, una estocada en los bajos. No hubo trofeos, naturalmente. Pero la vuelta al ruedo fue más que clamorosa, aunque el semblante del Cid reflejaba la decepción de haber bajado tan rápido de la gloria.
Perera fue el otro afortunado de la tarde. La faena al tercero, siempre en los medios, tuvo mucho fondo y forma. Para el recuerdo, la apertura, con un ajustadísimo pase cambiado de extraordinario aguante. Luego toreó con mucha limpieza y cadencia, encadenando los pases con exquisita naturalidad, y sin cansarse de estar en la cara del toro. Puso la guinda final con unas bernadinas muy a modo y cortó una muy merecida oreja. Fue una pena que no redondeara en el sexto, con el que se amontonó en muchos pasajes, equivocando las distancias.
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