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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del viernes, 25 de julio de 2003
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Corrida de toros del hierro de
Zalduendo (desiguales de
juego).
Diestros:

  
Fotografías de Francisco
José Ferrís
Entrada: Tres cuartos de
entrada.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC, El
Mundo
El País. VICENTE
SOBRINO. Un vendaval llamado César Jiménez
César Jiménez se encuentra en estado de gracia. La suerte y él están
aliadas. Y Valencia, además, se ha convertido en su plaza talismán.
Variado, imaginativo, original, lo suyo de ayer fue un recital sin solución
de continuidad. Al tercero lo recibió en la boca de riego, para
recetarle, así de entrada, una buena dosis de chicuelinas. En quites
combinó delantales y tafalleras; y ya en la muleta echó de repertorio de
principio a fin. Primero de pie, por estatuarios, luego con las dos
rodillas en tierra, por redondos. Y, de nuevo en pie, utilizando el temple
como principal arma, derechazos a pies juntos y naturales sosegados. Ante
él, un buen toro, o santo toro, para ser más claros. Noble, suave, al
que Jiménez lo dejó respirar entre serie y serie para no venirse abajo.
Aun así, el dulce zalduendo acabó al paso y sin transmisión. El
colorado que cerró plaza, sin clase pero con aire, permitió que Jiménez
se recreara. Olvidada, para bien, su afectación de otras veces, relajado
y muy centrado, la faena fue un derroche de frescura e inteligencia a la
vez.
Berreón y de fuerzas justas, fue el segundo. Toro al que toreó muy
bien Ponce con el capote. Porfíó, ayudando mucho al toro a seguir la
muleta. Impuso su técnica, pero en este caso no sirvió de mucho. El
quinto, espectacular de cara, con una guadaña por pitón derecho, sólo
acumuló defectos: sin clase y embistiendo a cabezazos. La infalible técnica
de Ponce volvió a imponerse de nuevo, añadiendo esta vez una buena dosis
de amor propio. Ponce le robó las intenciones al marrajo y sacó lo que
parecía no tener el toro. Poco fue, desde luego, pero de mérito.
Dámaso González echó un borrón en su brillante trayectoria
valenciana. Sus intentos con el manso primero nunca se consolidaron, a
pesar de que hubo un momento en que pareció que iba a meter al toro en la
muleta. Todo resultó un espejismo. Al apagado cuarto, lo macheteó por la
cara. Desmoralizado, Dámaso casi ni lo intentó mientras que el público,
olvidando antiguas hazañas del manchego, no le perdonó
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
César Jiménez arrolla y
luego convence
César Jiménez se plantó arrollador con
el tercero y luego conveció con el sexto. C.J. se alzó como rotundo
triunfador de la tarde desde que desplegó el capote en los mismos medios
para recibir al zalduendo de notable motor por chicuelinas apuradas y
movidas que precedieron a otras más pausadas de un quite mixto por
tafalleras.
En esa intención de ir a por todas se dejó crudo al enemigo, el de
mejores hechuras de una corrida desigual, en ocasiones fuera de tipo por
alta, grande y destartalada. En la boca de riego brindó para depositar a
continuación la montera sobre las zapatillas en tres pases cambiados por
la espalda sin rectificar un ápice; la plaza hervía ya como una caldera
que mantuvo la ebullición cuando Jiménez se hincó de rodillas y toreó
en redondo, con el toro planeando tras la muleta. Recuperada la vertical,
la derecha continuó en un ritmo trepidante, mas tersa, en el mismo son de
la siguiente tanda, con la figura compuesta y un deseo irrefrenable por
triunfar. Bajados un tanto los ímpetus del zalduendo bajó un tono, o
varios, la faena al natural, que no enganchaba las embestidas por delante
con igual fortuna. Pero los tendidos no desconectaron nunca y volvieron a
rugir en la fase de adornos, circular invertido y así. La estocada
ladeada ató las dos orejas que descerrajaban un puerta grande ya familiar
para César Jiménez.
Ofreció la obra postrera a Ponce, y fue como si con ese abrazo le
absorbiera al maestro ciencia, temple y estética, porque la faena al
grandón último, pobre de fuerzas, se desarrolló con la medida justa,
los tiempos perfectos de recuperación entre las series, las media altura
de la muleta, con más naturalidad y menos afectación que otras veces,
asentado y sereno, convencido y convenciendo de sus posibilidades de
futuro. Incluso en un molinete empalmado a un derechazo, tan poncista la
conjunción de ambos como el cierre genuflexo por bajo. Bien de verdad, y
también con la zurda, ofrecidos los vuelos de la franela. No redondeó el
triunfo por la espada.
A Ponce se le agotó la pila del noble segundo a mitad de faena por
mucho que lo cuidó en el caballo. Destellaron las verónicas y un quite
por delantales, con el broche de poner a una mano con magisterio al toro
en suerte. Pero no merece la pena quemar más espacio para poder destacar
cómo el valenciano estuvo valentísimo con el burraco y desagradable
quinto, con una daga por pitón derecho, incierto y sin humillar. Esfuerzo
importante envuelto en la facilidad de siempre, en la muleta donde todo
cabe. Merítisimo hacer, por encima de las aviesas intenciones y de las
circunstancias, con los puñales lamiendo alamares de malas formas. La
mano se le fue a los bajos con el acero, pero la ovación fue agradecida
con su doble esfuerzo, primero por estar, con la mano lesionada, y luego
por su amor propio por no defraudar en su tierra.
Parecida resultó la bestia que rompió plaza, con dos leños de pavor,
alta de agujas, fea, con la mirada a la altura de las esclavinas, quizá
con menos guasa. Dámaso no se encontró aunque lo intentó. En su rostro
y en su figura parece como si no hubiese pasado el tiempo, que sin embargo
pasa y no perdona. Mal con la espada, se estrelló después con un
descastado animal y no mejoró su imagen.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Sueños
de gloria en una pesadilla
Que a Dámaso, muchos lo llamen Damaso, no es cosa de prosodia, sino
de estética. Cada palabra sugiere una tauromaquia; se entiende menos la
tauromaquia de Dámaso González si no se elimina el González, y se le
cambia a Damaso. Este apodo familiar y agrario da idea de un estilo
macizo, como Ponce aporta cierta idea de redondez ligera; y César Jiménez,
algo parecido a Ponce, sólo que de rodillas y más chisporroteante.
Cierto duende revoltoso.
Me acosté la siesta, sagrado rito intocable de Iberia que nadie debe
osar contradecir, pensando en estas cosas y aún estoy despavorido por
pesadillas contradictorias, sueños que perturbaron mi siesta.Ya se sabe
que desde don Francisco el de los toros, el sueño de la razón produce
monstruos. Y fiera y revirada debía de estar mi sinrazón, pues los
monstruos que poblaban mi pesadilla eran revoltijo de nombres y de
letras que todo lo equivocaban y me impedían hacer la crónica.
Mayorales enfurecidos entraban en las bibliotecas y me tiraban los
diccionarios a la cabeza, manadas de toros me perseguían a mí antes
que a los toreros.
Los subalternos, y yo mismo, se salvaban de los apuros, no por la
misericordia de los toros, sino porque éstos se caían a mitad de
carrera. En el reino de las sombras, un letrero luminoso relucía entre
vapores Zal-du-en-do. Hasta que una ráfaga de viento purificador, una
columna de verticalidad purísima se plantó, en medio de un desierto
rubio de albero y tiza. En mi pesadilla los toreros no tenían cara ni
manos, por lo que deduje que aquella columna era César Jiménez;
estoques, banderillas, capotes y muletas flotaban en el aire, como
efectos de un extraño teatro negro. Y si es cierto que a los toreros se
les conoce por la espalda y por los andares, saqué en conclusión que
aquel que pinchaba y pinchaba debía de ser el apodado Damaso. En un
momento, éste perdió también espaldas y piernas y era una sombra más
de aquel reino de oscuridades.
Después venía una muñeca rota, tumefacto muñón. Mas aquella
hinchazón se alivió y salieron de ella unos lances a la verónica
bastante apañados, por lo que adiviné que el lesionado era Enrique
Ponce.Hubo un momento en que la pesadilla parecía sueño bueno, aunque
la invisible mano herida empezaba a hincharse y el toro a desfallecer.Y
otro momento, consumado por horrendo bajonazo, en que ocurría lo
contrario: manso y duro el toro y firme la muñeca y el corazón de
Ponce.
Un toro moribundo
Cuando entre sombras recuperé la visión de esa columna blanquísima
que burlaba las acometidas de un torillo que quería derribarla, ya no
tuve dudas; era César Jiménez que manejaba, por capote y por muleta,
enjambres a millares de mariposas, millones de pájaros cantores. Después,
la columna se puso de rodillas y otra vez de pie y el toro no quitaba el
hocico ni la vista de la muleta y César Jiménez, con desparpajo y
naturalidad, ora por la derecha ora por la izquierda, jugaba con el toro
cada vez más apagado y feble.
Y por último, apareció un toro moribundo, un cadáver que se
derrumbaba y crecía y crecía; y aparecía un médico sin mascarilla,
ni guantes, ni bata de operar; un enfermero vestido de luces, César Jiménez,
seguro, que se abrazaba a Enrique Ponce y le decía no sé qué cosas al
oído, un brindis me parece. La columna blanquísima toreaba por faroles
y después, con un hermoso trapo rojo, que figuraba la muleta, por
naturales y por redondos, ayudándose casi siempre de un palo que
supongo era la espada. Y estalló luego, un estruendo horrísono de olés,
de música. Y ese enfermero, vestido en mi pesadilla unas veces de luces
y otras de hospital, giraba en una danza reposada y medida en torno al
toro calavérico.
Y ya entre el sopor y la lucidez, lo que llaman duermevela, una
gresca de espadazos, de turbulencias de clarines y timbales.Aún tiemblo
y estoy perplejo; y más cuando compruebo que no ha sido pesadilla sino
realidad. Y que lo que acabo de narrar es la corrida verdadera y mis
aflicciones para contarlas. Aun no sé si estoy despierto o dormido.
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