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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del jueves, 24 de julio de 2003
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Corrida de toros de la ganadería de Samuel
Flores, y Manuel Agustina López Flores, desiguales de presentación
 
Diestros:
- Jesulín de
Ubrique, media trasera y tendida, y ocho descabellos (pitos); media
estocada (oreja).
- Francisco Rivera Ordóñez,
tres pinchazos y dos descabellos -aviso- (silencio); casi entera y
descabello (silencio).
-
El Califa, pinchazo y
estocada (oreja); dos pinchazos, media y cinco descabellos (palmas).
  
Fotografías de Francisco
José Ferrís
Entrada: media entrada.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC, El
Mundo
El País. VICENTE
SOBRINO. El Califa, a favor de la corriente
Los dos toros menos atacados de la corrida fueron, precisamente, los
dos buenos toros de la familia Flores. Los otros cuatros, sobrados de
kilos, lo pagaron en el último tercio al que llegaron o bien parados o
bien defendiéndose.
La faena de El Califa al buen tercero fue brava. De esas que llegan a
la gente de la forma más directa. El Califa jugaba a favor de corriente,
con un público muy cariñoso, pero el valenciano respondió como lo hacen
los bien nacidos. Sincero, bravo, arrojado, su primer muletazo fue un
cambio por la espalda. A partír de ahí, una lucha de poder a poder con
el enrazado toro, que tuvo movilidad aunque cierta tendencia a llevar la
cara a media altura. Con el torero cada vez más crecido, la faena se
rubricó con un desplante soltando muleta y espada. La del sexto fue una
faena valiente, así de simple. No encontró otra alternativa El Califa
ante toro tan parado. Atacó con valor y se descaró cuanto pudo. El
cuarto, muy parejo al tercero, fue otro buen toro y de notable nobleza. La
faena de Jesulín, siempre entre las rayas, tuvo son y hasta buen gusto.
Reunido y templado con tan excelente ejemplar, y tan bien siempre sobre el
pitón derecho, embebió muy centrado con la muleta planchada. Labor de
muy buen concepto, aunque quedara inédito con la izquierda.
Los dos primeros toros de la corrida, excesivamente atacados, no
contaron. Al violento que abrió plaza, Jesulín se lo pasó a la
defensiva. El sobrero que hizo segundo, manso de libro en el caballo, se
defendió y tampoco dejó que Rivera se tomara confianzas. De similares
hechuras a esos dos toros fue el quinto. Y tampocó engañó. Muy
castigado y sangrado en el primer y duro puyazo, se paró en la muleta.
Rivera se contagió, y aburrido, abrevió.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
El temple de Jesulín y la
valentía deEl Califa con dos buenos samueles
Despertó la corrida El Califa con su
decisión, hasta entonces dormida. Y a continuación se sumó a la fiesta
Jesulín de Ubrique con el mejor toro del hermoso y armado conjunto de
Samuel Flores, con más fachada que fondo, pero manejable al fin y al
cabo, un tanto boyacón y deslucido.
Cuando José Pacheco se presentó en la arena se aburría el personal.
Rivera Ordóñez acababa de matar con más pena que gloria el sobrero que
reemplazó a un hermano que se descordó y se descoordinó en su salida,
tal vez por una dañina colocación de la divisa. Y el caso es que el
astado de Manuela Agustina López Flores, mansurrón y suelto de caballos,
aun sin emplearse, se dejaba a derechas de manera tonta y cansina. Claro
que con los cites fueracacho y retorcidos de R.O. es difícil embellecer
una embestida tan sosa; el quinto fue un mulo sin opciones.
Pues, decía, que El Califa con sólo desplegar el capote encendió la
ilusión, que Jesulín con el que rompió plaza, topón y con guasa por
los dos pitones, como uno que yo me sé, se escondió tras la mata y acortó
un trasteo desconfiado. Después se sacaría la espina.
Firmeza de planta
Y repito, a ver si arranco, que la valentía de El Califa nos
sacó del bostezo con el tercero. El valor y las ganas, las verónicas eléctricas
y las navarras del quite. Cumplió el samuel en el caballo y alcanzó la
muleta con transmisión y cierto peligro por el pitón izquierdo; Pacheco
se clavó en el centro del ruedo y le cambió de entrada el viaje por la
espalda. Y atornilló las zapatillas de nuevo para correr la mano derecha
con firmeza de planta. El toro no acababa de humillar todo lo que el
torero de Játiva le exigía; en uno de los remates de pecho se comprobó
el peligro del lado zurdo, que se constató definitivamente en los vanos
intentos de toreo al natural: no tragaba por ahí el bruto, y punto. Sus
ímpetus de las tres primeras tandas diestras se volvieron calma chicha en
la última, así que El Califa se descaró en un desplante a cuerpo limpio
tras haber reducido las distancias. Un pinchazo no fue muro para la
obtención de una oreja vibrante.
Pero la espada y un sexto parado (se rompió mucho en un primer
encuentro con el caballo) sí que se interpusieron en el camino de la
puerta grande, pese a los alardes de rodillas y en ese plan.
Jesulín templó mucho y bien al cuarto, un toro notable, de una fijeza
extraordinaria y no menor capacidad para descolgar tras los engaños.
Largo toreó el de Ubrique, asentado y sintiéndose muy cómodo en la cara
del enemigo. Recordó a sus viejos tiempos, y a los más remotos en un
final de obra de quietud, con aquella influencia del parón de Ojeda que
le hizo destellar en sus años novilleriles. No abundó en los naturales,
una sola serie, que el samuel se resistía algo más aunque respondía con
nobleza. Quizá sobraron, por innecesarios, los cites con la muleta en
uve. Pero con todo y con eso Jesús Janeiro ofreció su mejor rostro con
la templanza, que ya está dicho, por bandera. Gustó en general y me gustó
esta vez en particular. El trofeo, indiscutible, tanto como la ovación en
el arrastre.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. El
Califa, corazón de León
Vino El Califa, de blanco y oro, que es el color beatífico de la
inocencia, y acaso por eso el torero de Xátiva no es carne de las
revistas y los programas de la entrepierna. Vino El Califa, de primera
comunión, y a punto estuvo de acabar con el cuadro.Su primer toro acabó
medio rajado y El Califa, en algunas fases de la faena, no logró
superar el medio muletazo; pero se arrimó como un león desde las
vigorosas verónicas de recibo hasta la estocada con la que se tiró a
morir.
En otros momentos, El Califa volvió a dibujar, aunque fuera
fugazmente, el natural puro y ardiente que le ha hecho famoso: tan
ardiente y tan puro que el vestido blanco parecía tornarse rojo por la
intensidad. Yo creo que El Califa atacó demasiado a un samuel receloso
y reservón, que le exigió demasiado; que lo acojonó, en suma, con sus
desplantes y su «mirada del tigre». Esto de la mirada del tigre no es
cosa mía, se lo escribía alguien hace poco en algún sitio, me parece
que en Avance. Mas El Califa ni acabó con el cuadro ni nada. Le sacó
al manso sexto los muletazos con sacacorchos; y otra vez la «mirada del
tigre» (copyright Avance) y el corazón de León; y los desplantes de
rodillas y los innumerables descabellos.
Se demoraba Jesulín de Ubrique en salir a parar el toro y enseguida
se comprendió por qué: el samuel era feo; me explico a sabiendas de
que esto de la belleza de los toros es subjetiva y no está sujeta a
canon específico. Jesulín, desde hace mucho tiempo, está acostumbrado
al glamour de las revistas del corazón, a sus mujeres de rompe y rasga
y a sus amoríos de taberna; y aquel toro no era precisamente un sex-symbol.
Lo llevas a la tele tombolera y marciana, y no cuela. Aunque nunca se
sabe. Ahí, en los estercoleros, cabe todo; y cuanto más chabacano y
feo, mejor.
El samuel no tenía un pase, pero de eso no hay que echarle la culpa
a Jesulín. Que este hombre hiciera chacota del arte de torear cuando
estuvo en la cumbre, no es sólo culpa suya, sino de públicos zafios y
escribidores alquilones. Trata de regenerarse Jesulín, tras su regreso
a los ruedos y su travesía del desierto y los públicos desagradecidos,
no acaban de entenderlo. Y es una pena porque Jesulín de Ubrique trata
de ser serio en esta nueva etapa de su incierta vida; trata de hacerse
perdonar con la muleta sus peripecias y aventuras de braga y de
bragueta, el olor a sobaco y flujo de que impregnó sus lances
taurinos.Y a eso no hay derecho: una cosa son los trapos sucios y otra
cosa la muleta tersa y grande y cada cual, si quiere, tiene perfecto
derecho a cambiar de vida y lavar su imagen.
Por ejemplo, hubo redondos en el cuarto muy sentidos y muy templados
que, si nos olvidamos del tarambana que fue Jesulín, lo acreditan como
buen torero. Y una tanda de naturales, también. A Jesulín no sé si
van a dejarle cambiar de estilo, o sea, recuperar el que tuvo de
novillero. Pero dos series con la derecha, aunque no tuvieran un eco
estruendoso, merecen una confianza y un respeto.Tuvo que recurrir Jesulín
al parón espectacular, sin mover las zapatillas de la arena, y
encadenando media docena de pases por alto, para que el gentío se
calentara y le pidiera, moderadamente, la oreja.
Algo parecido, aunque de distinto signo, le ocurre a Rivera Ordóñez,
pasto también de las revistas de la víscera cardiaca y de la casquería
vaginal y testicular. Pero de eso, yo creo que él no tiene la culpa.
Entroncó con la nobleza pija y eso no es un baldón.Por encima del
pijerío y del cuché, y de las comadres bífidas y viscosas, Rivera Ordóñez
nunca ha olvidado el blasón glorioso de sus apellidos: Ordóñez, de la
estirpe del Niño de la Palma, y Rivera, de la sangre y la tragedia. No
lo olvidó en ninguno de sus dos toros ayer, quizá los más deslucidos
de la tarde, aunque no brillara ni por la derecha ni por la izquierda.
Rivera Ordóñez hace tiempo que lleva un crespón en el brazo en señal
de duelo. Parece que en recuerdo perenne de su abuelo, mas yo creo que
es luto por sí mismo.
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