GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del miércoles, 19 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Niño de la Capea, cinco toros bien presentados y serios. Muy flojos. Aunque mansearon, resultaron nobles y buenos para el torero. Sexto, más poderoso y complicado. Sobrero de La Dehesilla, primero bis, muy serio y armado.

Diestros: 

Entrada: Lleno.

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Vicente Barrera prendió la puerta grande para calentar una fría corrida

Vicente Barrera prendió la puerta grande para que ardiera como una de las fallas de anoche y atravesarla sobre sus cenizas; la llama de su toreo calentó la temperatura gélida, pero no redime una fría tarde de casi tres horas de toros blandos, mansitos, santurrones, sin emoción alguna. Barrera estuvo muy centrado y además se llevó el lote de la corrida de Capea. Aunque flojeó el bajo segundo, justo de todo a pesar de sus 556 kilos, que los kilos en estos murubes de tan amplia caja se pierden, se recuperó en banderillas. Por cierto, Roberto Bermejo lo bordó con los palos. La muleta mimosa y suave del matador arrancó a media altura, sobre la derecha después y luego por loables naturales. Todo muy en torero y reposado, sin forzar la figura, sin un tirón. Mejor, mucho mejor, que en su comparecencia anterior. La faena tuvo temple, y las únicas notas discordantes sonaron con los circulares, a los que declaro abiertamente la guerra esta temporada. Otros derechazos posteriores recompensaron el bajón estético. La estocada necesitó de dos descabellos por su trayectoria tendida. Esta vez ganó la oreja que la fortuna y la espada le negaron días atrás.

No se sabe si por agitar el cuerpo un poco ante el helador ambiente o por la cosa de encender la traca final en tan señalada fecha, la gente solicitó las dos orejas para Vicente Barrera en el quinto. Una bastaba para premiar una obra de tono desigual, cuya mejor virtud residió en adelantar algo más la franela de lo que su estilo habitúa. En el último tramo el valenciano optó por aferrar la salida a hombros con rodillazos y un desplante. Atrás quedó un mejor juego de muñeca otra vez a izquierdas. Unas manoletinas precedieron a un espadazo pelín desprendido.

La gente se congració con Enrique Ponce en el cuarto, y pasó de un trato indiferente e incluso hostil al principio de la tarde a despepitarse en la siguiente faena con la petición del doble trofeo. Ponce dio la impresión de que no se metió en la corrida a lo largo de su actuación. Ni se sintió a gusto con sus toros, y no le faltaba razón, ni consigo mismo. El sobrero de La Dehesilla que sustituyó al renqueante primero le cortó el café. La cara alta, astifina la cornamenta, reservón el comportamiento. Había a la par un gallinero en los tendidos, un ambiente para descentrar a cualquiera. No rompió el engallado bruto, a pesar de que Ponce lo quiso hacer poco a poco. Planteamiento técnico y cerebral, valiente pero sin excederse en la exposición. Bastante sacó. La faena a su segundo, premiada con oreja, contuvo algo inusual en Ponce: repetidos enganchones. No convencieron ni toro ni torero.

José Calvo se dejó casi sin picar -como sucedió con todos sus febles hermanos- al manso tercero, que embestía trotón y noblote y que había saltado al callejón. Calvo cuajó muletazos de nota, estupendos los pases de pecho, por ambos pitones, embarcando a su descolgado enemigo, hasta que se rajó. Habría que verle más, porque sabe torear. Falló con el acero. Fue compensado con el voluminoso sexto por una faena fundamentalmente valentona.


El Mundo. JAVIER VILLÁN.  Barrera al fin por la Puerta Grande

Vicente Barrera superó ayer el infortunio, o la mala puntería del otro día con la espada, y abrió la Puerta Grande.La dejó entreabierta en el primero, con algunas incertidumbres, y la abrió de par en par al concluir la lidia del quinto. En éste, creo yo, la oreja tuvo muchos más fundamentos; aunque, dado el sentido complementario y acumulativo que, para salir a hombros, tienen los trofeos, tanto da una como la otra. La Puerta Grande, la del cielo, con clarines y trompetas, debió ser el otro día; pero a veces el destino hace estos trueques compensatorios, que es una forma de interpretar la justicia cabalmente.

Parecidas dificultades, con la espada, tuvo ayer José Calvo, lo cual no impidió que le agasajaran con una oreja en el último toro fallero. José Calvo se la había jugado sin trampa ni cartón en el toro más difícil de la tarde. Esos naturales, con sacacorchos, y aguantando impertérrito, tienen el sello de valiente a carta cabal. En conjunto, a mí me parece que sobró alguna oreja que algunos, tratándose de un cartel de valencianos, podrían considerar patriótica.

La verdad es que el serio y astifino sobrero de La Dehesilla, astiblanco y rematado en dos pitones pedernales y azabache, imponía respeto. Derribó con empuje y fijeza. Y creo que hasta el mismo Enrique Ponce cuando fue desarmado -cosa que habría que hacer con todos los centuriones y los ejércitos del mundo, incluidos los usacos-, experimentó ciertos recelos. Pero venía arrancado Ponce y se cruzó por la derecha; luego, el toro no fue tan fiero y perdió fuerza. Ponce dudó por la izquierda, sorteó alguna que otra tarascada y ganó en desconfianza lo que el de Pereda fue perdiendo en fuerzas. Tenía menos problemas el cuarto y, consecuentemente, Enrique Ponce se confió más. Empuñó la batuta desde el primer momento y redondeó una meritoria faena que fue premiada con una oreja. El triunfo empezó a cimentarlo desde los primeros capotazos: una tanda de verónicas contundentes y firmes.

La primera parte de la faena se basó casi exclusivamente sobre la derecha; y cuando parecía que Ponce no iba a tocar el izquierdo, por comodidad, trazó dos tandas de naturales que descubrieron la bondad del toro por uno y otro pitón. Remató la labor con un toreo por bajo, rodilla en tierra, largo y armonioso para, una vez de pie, rematar con dos excelentes pases de pecho.

Tras dos tandas de naturales despaciosos y ligados, Vicente Barrera inició un circular de espaldas que todos hemos dado en llamar circular invertido. Invertido, ¿por qué y respecto a qué? Toda inversión se define en relación a algo; no es solamente una cuestión del derecho o del revés. Convendría matizar las palabras porque todo lenguaje supone siempre una visión de la vida y, por lo tanto, cierta forma de ideología. Así que Vicente Barrera, a mitad de una feria que se le ha dado muy bien, trazó, limpio y sin rebarba de trompicones, un circular de espaldas que no remató del todo con el redondo final. Se pidió con insistencia, aunque sin excesivo entusiasmo, la oreja y la presidencia la concedió. Acaso fue una compensación a las orejas que se le volaron el otro día por fallar con la espada. El Barrera genuino volvió a renacer en el cuarto, templando y ligando primorosamente el redondo y los pases de pecho.

A José Calvo la empresa de Valencia tuvo la deferencia de recompensarle su gesta del pasado julio, incluyéndolo en el cartel estelar del día de San José; algunos quieren ver en esto un gesto de compasión mientras otros lo vemos como un gesto de justicia.Parecía que José Calvo iba a corresponder a ello entregándose a fondo y, de hecho, lo hizo, tanto en su primero como en su segundo: naturales y redondos; más redondos y buenos pases de pecho; pero el descabello le privó, en el primero, posiblemente de un trofeo. Su valor en el segundo ya está contado. Espero que, por valiente, no lo lleven a la guerra. Lo suyo es torear.


El País. VICENTE SOBRINO. Toros santos para despedir la Fiesta

Primero, casi tres horas de festejo. Después, noble, noble y noble, tres veces noble, o más, los toros de Capea. Posiblemente más que nobles, santos. De una bondad casi exagerada y con las fuerzas en el límite. Corrida, pues, para andar cómodo, sin agobios, para no sentirse apremiados. Corrida, en fin, para disfrute del torero, pero también para echar mano del temple. Una virtud, el temple, que de no utilizarla hubiera desmejorado bastante la condición del toro. Toros, desde luego, que pasaron por el tercio de varas como de puntillas.

A esa bondadosa corrida le añaden un público de la misma condición, muy amable, y se obtiene un resultado como el de esta última de Fallas. Orejas para todos, unas más justificadas que otras, y que nadie ose decir que la tarde no fue divertida. Divertida lo sería, posiblemente lo fue, pero emocionante ya es palabra que no cabía ayer tarde.

La virtud del temple es cualidad innata en Vicente Barrera, lo cual supone que en casos como el de ayer se tiene mucho terreno ganado. Barrera impuso temple en sus dos toros, mucho mimo, mucho cuidado en que los santos toros de Capea no se le vinieran abajo. Y lo consiguió. En sus dos toros no había que imponer gobierno alguno, sólo cabía un trato de suavidad, de dar distancia, de dejarlos respirar entre serie y serie. Cómodo Barrera y cómodos los toros, no existía problema alguno. Así en los dos. En el quinto tuvo la virtud añadida de reparar la renqueante embestida que el toro no había podido disimular con el capote. A placer toreó Barrera a sus dos toros.

En corrida tan dócil, tan al límite de fuerzas y con público tan a favor, José Calvo se vio ante la oportunidad de su vida. En el tercero, se aclaró más por el pitón derecho, hasta que el toro fue definiéndose cuesta abajo. Con el sexto, que se puso punto defensivo por tan poquita chicha, recurrió a las cercanías. Aguantó impávido y, en un despiste del toro, aún tuvo tiempo para dibujar unos naturales que apuntaban formas muy clásicas.

El sobrero de La Dehesilla fue bajo de casta y también con poca fuerza. La técnica de Ponce fue tan superior que la faena acabó por no tener nada más que el color del torero. El cuarto, bondadoso y todo, no humilló. En éste también la técnica fue arma decisiva para imponerse. El toro acabó por rendirse y sin dejar de mantener su tendencia a llevar la cara a media altura dejó que el valenciano se recreara por uno y otro pitón. La faena, un monólogo. Sólo había torero. El toro, rendido. El público, feliz.

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