GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del lunes, 17 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Torrestrella, bien presentados y de buen juego.

Diestros: 

Entrada: Lleno.

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Sólo una oreja de seis posibles

Sólo una oreja, de seis posibles o asequibles a ojo de mal cubero, dibuja un muy corto balance. Manuel Caballero fue quien impidió que el marcador acabara en tablas y que la notable corrida de Torrestrella se fuera al desolladero completamente sin desorejar; Vicente Barrera perdonó su cuota con la espada.

En esta feria parece que los toreros juegan al cero cerismo o al conservacionismo de su propia especie. Y eso que Barrera se aferró al valor más que a la técnica para solventar los problemas del sexto, que era guerrillero y polvorilla. Éste y el bravucón y áspero cuarto se descolgaron del buen tono de sus hermanos, entre los que destacaron el alegre tercero y el serio quinto, sin que desmereciesen los nobles que hicieron primero y segundo. Los torrestrellas pecaron, si se quiere, de esa característica propia de la casa para no siempre humillar, pero se movieron mucho y bien.

Nadie quiere un toro descomunal

El quinto portaba una seriedad que se transmitía también a sus embestidas. Quinientos treinta y dos kilos embuchados en una armadura baja de agujas bastan, que nadie quiere un toro descomunal para Valencia. Manuel Caballero toreó sobre la mano derecha, templado y correcto. A veces dan ganas de zarandear al torero albaceteño a ver si se aprieta o le sale un poquito de sentimiento de la muleta, como sucedió en una posterior serie de reposados naturales. Los circulares finales, invertidos algunos, uno prolongado con un cambio de mano, pusieron más calor en las gradas. Una estocada en su sitio, un punto tendida, y un descabello amarraron la única oreja. ¿Podía haber exprimido más la boyante condición del toro? Él sabrá, como cabal profesional que es.

No había humillado el burraco y vareado segundo, defecto al que Caballero respondía también vaciando los muletazos por arriba, como para no molestar, como un pase usted que yo le abro la puerta. Se ayudó con la espada para torear sobre la zurda y mató de un espadazo y un golpe de verduguillo.

A Vicente Barrera se le escapó el triunfo con el estoque, primero por intentar la suerte de recibir, que se quedó entre ser al volapié y al encuentro, y luego por perfilarse demasiado largo. La faena hubiese merecido premio seguro; el toro, algo rebrincado y obediente, se arrancaba con motor, tranco y fijeza desde el prólogo de obra. Sin necesidad de guiarlo, ya en los compases previos por alto, se desplazaba con recorrido. Sobre la mano derecha, Barrera se plantó y aprovechó los viajes, con mayor mando en una rueda de redondos sin solución de continuidad. Los naturales perdieron ritmo, que se elevó de nuevo en esos circulares bautizados como roblesinas.

La violencia del sexto, ligero de kilos y cornidelantero, se encontró con la firmeza como principal recurso del matador, que esperaba con la muleta retrasada las oleadas. Por el pitón derecho chorreaba guasa; por el izquierdo se mostró más dúctil, y Barrera sacó unos meritorios naturales. Sobrevolaba el palpito de que la cornada surgiría en cualquier momento. Afortunadamente no fue así, y la ovación compensó el esfuerzo de un torero que nunca ha dominado la muleta como látigo.

Bravucón y pendenciero

Finito tampoco. La bravuconería pendenciera y áspera del cuarto le condujo por el camino de la brevedad de obra. La desconfianza motivó un uso lejano de la espada. Quiso descabellar con sólo un par de pinchazos y se encontró con un enemigo todavía entero que se defendía. «Resolvió» con trece golpes de cruceta aproximadamente. Al que estrenó plaza debió apurarlo más. Algunas verónicas, tras una larga cambiada de rodillas -sí, han leído bien-, y unos cuantos derechazos notables supieron a poco, pese a que a Finito a estas alturas todavía se le veía animoso y con afán de agradar.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Gozo y penar de Vicente Barrera

Por la plaza de Valencia se quedaron ayer revoloteando algunas orejas de toro indecisas y ateridas. Congeladas, diría yo, como esa foto fija que aparece de pronto en las películas. Asustadas, quizá, como aquella paloma que al romperse el paseíllo, huía del ruedo y de los capotes y se posó triste, con un pálpito de terror en su corazón, sobre los hierros afiligranados que coronan la arquitectura del coso de la calle Xátiva.

Dicen que esa paloma temerosa de la guerra inminente e infame, tan inminente y tan infame que está en todas partes y a estas horas, acaso ha puesto en marcha ya su infernal máquina de estruendos y de horrores. Pero yo creo que se posó allí en esa delicada artesanía de la forja, porque sabía que, al poco, las orejas de los torrestrella volarían también hacia las nubes. Eran las orejas de Venteño, un torrestrella noble y bondadoso y, una por lo menos, de Inteligente, un torrestrella con genio y problemas.

Vicente Barrera se hizo el dueño natural de esas orejas que se le escaparon sin remedio por la punta de la espada. Vicente Barrera exhibió ayer un doble magisterio: el de la belleza trasparente y limpia y el de la lidia poderosa.

Al segundo torrestrella le fue ligando los muletazos con la continuidad de un discurso hermoso y preciso: ligazón, temple, armonía. Vertical el torero, y el toro girando entorno a ese eje arborescente y celeste como el ciprés de Silos que cantó Gerardo Diego.

Dos largas cambiadas de rodillas abrieron lo que pudiera ser, hasta el momento y con permiso de Enrique Ponce, la faena más redonda y completa de estas Fallas. Ya tenemos dos toreros en la corrida final de mañana, orfebres de dos espléndidas faenas y sin trofeos. A ver quién se lleva el gato al agua.

Vicente Barrera esculpió estatuarios ceremoniales, derechazos al toque adelantando levemente la muleta, pases de pecho echándose todo el toro por delante. Y el pase de las flores, ese sutil molinete invertido, transición florida y suave hacia unos circulares impecables.

Citó a recibir y, tras el primer pinchazo, por esa hemorragia de belleza y de sangre se le marcharon las dos orejas.

No creo que sea herejía afirmar que la faena al sexto, sin esa perfección vaporosa y sin esa frágil armonía, fue más meritoria.Tragó el torero valenciano todo lo que hubo que tragar y mucho más; suavizó el genio del animal a base de sobarlo y de insistir.Lo sometió. Faena de absoluta confianza en sí mismo, faena de riesgo, faena sorda basada fundamentalmente sobre la izquierda.Y otra vez, por la punta de la espada, se le marchó un trofeo.

Acaso no quiso matar sus toros, acaso le pareció una grosería desorejarlos. Acaso quiso hacer un gesto explícito de repudio a la muerte. O vio la paloma aquélla en la cumbre de la plaza y dejó que las orejas volaran para que no se sintiera tan sola.

Caliente salió Finito de Córdoba al ruedo, aunque acabó hecho un témpano. Tan caliente y dispuesto que hasta los más suspicaces y recelosos le aplaudieron los buenos derechazos. Amarró bien la muerte del primero, mas en el cuarto fue un desastre absoluto.Esta docena y media, aproximadamente, de descabellos, no es una demostración de incapacidad, sino un gesto de piedad; Juan Serrano, El Piadoso.

Juan Serrano no quería ejecutar al torrestrella. Y cada golpe de berruguillo era un himno a la paz. Como contrapeso a ese pacifismo, en los tendidos se organizó la gresca y los cuerpos rodaban a empujones y tarascadas por las escaleras, y el coñac de las botellas se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas (Lorca). Es lo que pasa cuando los benéficos efectos del coñac, o del vino, la guerra los convierte en perversos.

Entre unas cosas y otras, entre peripecias toreras y clarines de guerra, lo verdaderamente tangible y contabilizable de la tarde, la oreja que cortó Caballero, pasó casi inadvertida. No es que fuera una oreja a sangre y fuego, pero tampoco fue la oreja del horror. No le negaré el trofeo al albaceteño, por muy despegado que anduviera a veces. No fue una oreja de inspiración, fogonazo y belleza. Fue una oreja producto del trabajo, del temple y del oficio bien aprendido.

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