Asustadas, quizá, como aquella paloma que al romperse el paseíllo, huía
del ruedo y de los capotes y se posó triste, con un pálpito de terror en
su corazón, sobre los hierros afiligranados que coronan la arquitectura
del coso de la calle Xátiva.
Dicen que esa paloma temerosa de la guerra inminente e infame, tan
inminente y tan infame que está en todas partes y a estas horas, acaso ha
puesto en marcha ya su infernal máquina de estruendos y de horrores. Pero
yo creo que se posó allí en esa delicada artesanía de la forja, porque
sabía que, al poco, las orejas de los torrestrella volarían también
hacia las nubes. Eran las orejas de Venteño, un torrestrella noble y
bondadoso y, una por lo menos, de Inteligente, un torrestrella con genio y
problemas.
Vicente Barrera se hizo el dueño natural de esas orejas que se le
escaparon sin remedio por la punta de la espada. Vicente Barrera exhibió
ayer un doble magisterio: el de la belleza trasparente y limpia y el de la
lidia poderosa.
Al segundo torrestrella le fue ligando los muletazos con la continuidad
de un discurso hermoso y preciso: ligazón, temple, armonía. Vertical el
torero, y el toro girando entorno a ese eje arborescente y celeste como el
ciprés de Silos que cantó Gerardo Diego.
Dos largas cambiadas de rodillas abrieron lo que pudiera ser, hasta el
momento y con permiso de Enrique Ponce, la faena más redonda y completa
de estas Fallas. Ya tenemos dos toreros en la corrida final de mañana,
orfebres de dos espléndidas faenas y sin trofeos. A ver quién se lleva
el gato al agua.
Vicente Barrera esculpió estatuarios ceremoniales, derechazos al toque
adelantando levemente la muleta, pases de pecho echándose todo el toro
por delante. Y el pase de las flores, ese sutil molinete invertido,
transición florida y suave hacia unos circulares impecables.
Citó a recibir y, tras el primer pinchazo, por esa hemorragia de
belleza y de sangre se le marcharon las dos orejas.
No creo que sea herejía afirmar que la faena al sexto, sin esa
perfección vaporosa y sin esa frágil armonía, fue más meritoria.Tragó
el torero valenciano todo lo que hubo que tragar y mucho más; suavizó el
genio del animal a base de sobarlo y de insistir.Lo sometió. Faena de
absoluta confianza en sí mismo, faena de riesgo, faena sorda basada
fundamentalmente sobre la izquierda.Y otra vez, por la punta de la espada,
se le marchó un trofeo.
Acaso no quiso matar sus toros, acaso le pareció una grosería
desorejarlos. Acaso quiso hacer un gesto explícito de repudio a la
muerte. O vio la paloma aquélla en la cumbre de la plaza y dejó que las
orejas volaran para que no se sintiera tan sola.
Caliente salió Finito de Córdoba al ruedo, aunque acabó hecho un témpano.
Tan caliente y dispuesto que hasta los más suspicaces y recelosos le
aplaudieron los buenos derechazos. Amarró bien la muerte del primero, mas
en el cuarto fue un desastre absoluto.Esta docena y media,
aproximadamente, de descabellos, no es una demostración de incapacidad,
sino un gesto de piedad; Juan Serrano, El Piadoso.
Juan Serrano no quería ejecutar al torrestrella. Y cada golpe de
berruguillo era un himno a la paz. Como contrapeso a ese pacifismo, en los
tendidos se organizó la gresca y los cuerpos rodaban a empujones y
tarascadas por las escaleras, y el coñac de las botellas se disfrazó de
noviembre para no infundir sospechas (Lorca). Es lo que pasa cuando los
benéficos efectos del coñac, o del vino, la guerra los convierte en
perversos.
Entre unas cosas y otras, entre peripecias toreras y clarines de
guerra, lo verdaderamente tangible y contabilizable de la tarde, la oreja
que cortó Caballero, pasó casi inadvertida. No es que fuera una oreja a
sangre y fuego, pero tampoco fue la oreja del horror. No le negaré el
trofeo al albaceteño, por muy despegado que anduviera a veces. No fue una
oreja de inspiración, fogonazo y belleza. Fue una oreja producto del
trabajo, del temple y del oficio bien aprendido.