Más despacio también se torea, querido César Jiménez. Y no sólo
eso, sino que probablemente se torea mejor. Al menos así lo aprendió
uno. Claro que a Jiménez se le perdonan las revoluciones tal vez por su
novilleril afán de triunfo, que al lado de la abulia de Joselito y El
Juli era de agradecer. Porque José Miguel Arroyo y Julián López, que
ayer ejercieron de vulgares civiles más que de toreros -se salvaba el
distinguido terno negro cuajado en plata del primero-, se contagiaron
mutuamente de divismo, y además se enfadaron cuando el público les
recriminó su actitud. Faltaba «plus», como si les pagasen para que
les exigieran.
Mediocridad trallera
En el veterano matador madrileño no extrañan semejantes
reacciones, nada nuevo; pero en la joven figura de la torería andante sí
resulta chocante, cuando muchas tardes se salvaron en su favor por su
inconformismo. O sea que preocupa la resignación ante su propia
mediocridad «fuera cacho» y trallera. ¿Dónde está ese El Juli de la
despedida otoñal de Curro Vázquez que dibujó el toreo en la dimensión
clásica y artística del rubio maestro de Linares? Nadie debería
esperar de Juli la misma inspiración todos los días, mas sí una
aproximación o una aspiración personal hacia el buen gusto de aquella
tarde. O al menos la frescura de antaño. Mal, mal de veras, sobre todo
con la muleta en el sucio jabonero quinto, cuando abundó en tirones y
pases hacia afuera, desacoplado en general y barato en banderillas. Y
todavía se mosqueó con los amables y pacientes asistentes, en el más
puro estilo joselitista. Como suele, circundó la cara y saltó a capón
sobre el morrillo, astas pasadas. La plaza creó un silencio castigador
aderezado con algunos pitos.
Una oreja había cortado del sobrero, segundo bis, que sustituyó a
su renqueante hermano. Sostuvo las también titubeantes embestidas, que
eran más largas a derechas. Mató de una y se adjudicó un insípido
trofeo.
César Jiménez, que a la postre triunfó con una puerta grande
alegre y bullanguera, sin nada o con poco para el paladar, estuvo en
novillero como correspondía estar ante el anovillado segundo, blandito
para más inri. Compuso mucho la figura, pero no profundizó en el
toreo, superficial y fácil desde el principio de rodillas en los
medios, mejor en redondo que con los cortos viajes izquierdos luego.
Pinchazo, estocada y oreja. Si algo no se puede recriminar a Jiménez
fue su actividad: intervino en múltiples quites, por navarras,
chicuelinas, más navarras y tafalleras. Cerró su tarde a una velocidad
infernal, toreando con precipitación a un buen toro como el sexto.
El conjunto de Santiago Domecq ofreció bondad y no tiró un mal
derrote aunque no sacase fuelle, apetecido o no, que ya no se sabe qué
conviene o qué prefieren los coletudos. Claro que tal y como se coloca
Joselito se deduce que así está bien, que de otra manera igual surgirían
agobios y apreturas. La corrida, tan en hechuras que algunos como el
tercero o el primero se pasaban por abajo, no sacó dificultad alguna,
que ya se ha reseñado. Arroyo no embarcó por delante al que estrenó
su lote ni una sola vez. La faena fue breve, y como casi siempre
prevaleció la impresión de que si el toro no aporta un noventa y
tantos por ciento no hay nada que hacer.
Ante el flojito cuarto, más de lo mismo. Y así ya llevamos un
tiempecito largo. Desconcierta y preocupa más el momento de El Juli,
que el año pasado arrancó bajo y espeso, pero no tanto; César Jiménez
por su parte aportó futuro y un desparpajo quizá estudiado. No debe
olvidarse que más despacio también se torea. Incluso mejor, se lo
juro, torero.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Triunfo de Jiménez y paso atrás de
El Juli
Pues así, de bote pronto, como exige la ley de urgencias del
periodismo a pie de obra, la corrida de Santiago Domecq tuvo de todo como
las boticas. De entrada, fue infinitamente más seria que las anteriores.
Respecto a los toreros, también hubo de todo. Incluso el triunfador de
la fría tarde -a mí esto del frío me trae a mal traer como la guerra
contra Irak-, César Jiménez, tuvo cosas buenas, malas y regulares.
Joselito estaba con la melancolía, esa pájara del alma que te pone el
corazón en el suelo y no hay nada que hacer. Cuando mi espíritu está así,
a mí me da por hacer versos y me salen tristísimos.Juzguen ustedes cómo,
en parecidas circunstancias, le saldrán las faenas a un torero.
El Juli cortó una oreja un poco cutre y eso, para la bronca que tiene
montada con Victorino Martín, es muy poco. La gresca con Victorino y la
resolución del pleito de Las Ventas puede encabronarse, y acaso no sea el
patriarca de Galapagar quien lleve las de perder.Y conste que yo no he
dicho nada.
Vayamos primero con el triunfo de César Jiménez y luego les explico
algo más de El Juli; cada cosa a su tiempo. César Jiménez, como viene
siendo habitual en él, tuvo detalles de fino estilista y brochazos rudos
y tremendistas; porte de columna altiva y clásica y moderneces
superficiales que no conducen a nada. Las dos faenas de muleta las abrió
César Jiménez de rodillas, una en el platillo y otra en las rayas, y
luego se irguió, templó la embestida y algunos muletazos le salieron
sublimes. Otros, despegados y holgadamente periféricos.
Salió a hombros y está bien que así sea; pero, acaso, lo mismo el
pastueño tercero, pobrísimo de cabeza, como el encastado y astifino
sexto, merecieran algo más de ligazón y algo más de coherencia en un
torero joven que va hacia arriba, aunque no acaba de definirse.
Pese a todo, hizo lo mejor de la tarde con diferencia; en especial, los
limpios y templados derechazos al tercero y las verónicas al sexto.
Julián López cortó una oreja y eso siempre merece parabienes.No le
reprocho que siga banderilleando tan mal como siempre, eso es cosa suya.
Pero lamento que, por su culpa, no podamos ver esta temporada a Carretero,
que se ha enrolado en su cuadrilla.
Entre Julián López, El Juli, como banderillero, y Antonio Carretero
no hay color. Ayer le devolvieron a El Juli, precipitadamente, un toro
serio, hermoso y astifino de naturaleza. Sin ánimo de incordiar, el señor
presidente metió la pata con la devolución de este toro. Y el público,
este público de Valencia que se lo traga todo y que pide orejas a granel,
ayer le dio por ponerse estupendo y magnífico y también metió la pata
protestando este toro.
Para que luego hablemos de plebiscitos y manifestaciones
multitudinarias.Soy un demócrata convencido, palabra, -demos, igual a
pueblo; y crateo, igual a gobierno- pero hay decisiones que hacen
tambalear esa soberanía popular. El domecq devuelto había dado en el
caballo indicios de sobrada bravura. El Juli ha estado en este primer
compromiso serio de la temporada, abstracto, opaco, espeso, obtuso y
desdibujado.
No sé qué pensará Baura de este maldito embrollo ni si Martín Ferrán
conoce su hermético pensamiento sobre la cuestión. Pero, a salvo la
omnisciencia de Baura, yo creo que Julián López lo tiene crudo en el
pleito de los vitorinos y de San Isidro.
Si va en serio, debe saber que la cólera del aldeano de Galapagar es
como la de Jehová, el dios de los hebreos: implacable e inextinguible.Y
si el clan juliano no va en serio, es que juega de farol, a sabiendas y
con ánimo de echarse atrás. Para ir de farol hay que ser consumado
jugador de mus y yo ignoro si Julián López es maestro del órdago.
Victorino, en cambio, sospecho que juega al estilo pueblo: amarrado y
tanto a tanto. Estos jugadores, cautos y zorrunos, suelen ser temibles.