Frío, viento, lluvia, la antítesis de una tarde de toros, y para
colmo sin toros. Los tullidos se hermanaron bajo los hierros de
Martelilla, Hermanos García Jiménez, Casa de los Toreros y Montalvo
para aguarle la fiesta del regreso a Dámaso González y la alternativa
a Matías Tejela. Dámaso volvía a los ruedos a sus cincuenta y cinco años,
y era como si el tiempo no hubiese transcurrido: está en línea, los
rasgos y los surcos de su rostro se mantienen intactos, su concepto
sigue idéntico y hasta el nudo del corbatín se le rebela y descuelga
como siempre. La gente le acogió con un cariño inmenso, en medio de
una atronadora ovación que le obligó a pisar el tercio una vez roto el
paseíllo. Luego, el toro de Casa de los Toreros que estrenó su lote
-hay nombres que no se entienden para una ganadería- se encargó con su
inmóvil juego de fastidiarle la faena, de todas imposible.
Ante el cuarto, de Hermanos García Jiménez, volvió el Dámaso del
temple y las distancias cortas, el péndulo y la muleta de seda. Había
que sostener al blando enemigo, así que a media altura aplicó
vaselina, para alargar las embestidas santas, sobre todo por el pitón
derecho. El temple se imponía a la figura damasiana, que no brilla por
su estética precisamente. Acortó metros y se metió entre los pitones,
bamboleando la muleta por detrás como un reloj de pared, pendular, ya
saben. Agarró media estocada que le significó la oreja.
Matías Tejela salió atacado a parar al toro del doctorado. Tres
faroles de rodillas y verónicas atropelladas, aceleradas las
chicuelinas, y la obra muleteril que se troncó con el marmolillo aquel.
El toricantano se arrimó, incluso exponiendo el físico a una voltereta
que no pasó de amago. Perdió la muleta en el embroque mortal y escuchó
una ovación.
El sexto fue un inválido y volvió por donde había aparecido; el
segundo sobrero de la tarde, de Montalvo, terciado por no decir chico,
tampoco valió para mucho, anclado y enclenque. Matías Tejela se arrimó
hasta acabar con un desplante de rodillas. Por hache o por be, no se va
bien parado de sus dos comparecencias en Fallas.
Joselito no estuvo, simplemente. La presidencia devolvió al ejemplar
de García Jiménez al que había lanceado a pies juntos con alegría.
El suplente, del mismo hierro, se convirtió en un globo pinchado, a
pesar de que el castigo en el caballo se midió con sumo cuidado. Menos
excusas encontramos para justificar la monótona y vacía faena al
mansote y noblón quinto, que cobró un puyazo descomunal mientras le
tapaban la posible huida. A la muleta llegó sin humillar pero con
recorrido. El matador madrileño no se puso en el sitio ni una vez y
trazó todos los pases hacia afuera. Respondió con enfado a los
reproches del público.
El País. VICENTE
SOBRINO. Los toros de la basura
Dos toros devueltos, por inválidos, cuatro ganaderías diferentes,
seis toros sin raza ni casta, sin fuerzas, en fin, de basurero: un cúmulo
de despropósitos y un festejo sin pulso. Un castigo la corrida de ayer,
un divorcio con el auténtico espíritu del espectáculo taurino.
De ese carrusel de toros, a cuál de ellos más lamentable, por lo
menos hubo uno que requería atención: el primero, el toro de la
alternativa de Tejela. Marcado con el hierro de Martelilla, fue toro de
cinco sentidos. Aprendió pronto y desarrolló un sentido de peligro
palpable. En banderillas esperó y en la muleta quiso complicarle la vida
al nuevo matador. Buscó presa por el pitón izquierdo, derribó a Tejela
en una ocasión y en otra le levantó los pies de la arena. Y por el
derecho probaba, con intenciones avisas. En estos casos el valor cotiza
bien en bolsa y Tejela arriesgó su inversión. Se puso valiente, sin
escenografía, serio. Tuvo mérito no descomponerse.
El resto de ese conjunto de toros en estado terminal presenta unas
estadísticas de caos, de bancarrota. Por ejemplo, el otro toro de Tejela,
segundo sobrero y con el hierro de Montalvo, provocó gritos en el tendido
de ¡toro! ¡toro!, que procedente de público tan generoso como el
valenciano es como para ponerse a pensar. Ese sexto se derrumbó con el
capote de salida, volvió a medir la arena en varas y en banderillas y en
la muleta se arrastró. Tejela se dejó querer. Volvió a ponerse valiente
y se agarró a un clavo ardiendo cuando se descaró de rodillas en un
desplante desesperado.
Dámaso González reapareció y contó con la complicidad del público,
que le obligó a saludar tras el paseíllo. Pero Dámaso tampoco encontró
la horma a su zapato, toros con los que poder medir su dimensión actual.
La condición de su primero, de Casa de los Toreros, quedó patente cuando
al tercer muletazo se sentó en la arena, como si la cosa no fuera con él.
Luego, un desespero ver como Dámaso trataba de hacer arrancar a un toro
que parecía tener plomo en los pies. Su segundo, de García Jiménez, se
movió al paso, embistió cogido entre alfileres. Mucho cuidado en Dámaso
para que el residuo de toro se mantuviera en pie. Muleta a media altura,
guantes de seda y muletazos con fecha de caducidad. La gente, que no
olvida las tardes épicas de este torero en Valencia, premió más el
pasado que el presente. Agradecidos que son.
Los dos toros de Joselito, uno de García Jiménez y otro de Martelilla,
se dieron la mano con su matador. Hubo acuerdo entre ellos para mantener
una conversación con diálogo para besugos. Joselito sin alma, los toros
sin raza, ni fuerza. Tal para cual. La indiferencia fue testigo más mudo
que nunca de su primer aborto de faena. En el quinto fue espectador desde
la arena cuando el de turno machacó sin misericordia al manso de
Martelilla. En este, el público le pasó factura. No aguantó escena tan
aburrida entre torero y toro. Le pitaron.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Una oreja y muchas miserias
Si los aficionados, ante la inclemencia del tiempo y la inclemencia
cruel de la corrida, no se marcharon de compras a El Corte Inglés, no fue
por falta de ganas sino por respeto a Dámaso González, que volvía tras
un largo retiro. O porque, para rebajas y saldos, ya tenían bastante con
lo que salía de chiqueros.
A ver, pues, qué cuento yo de esta corrida para que no se me note la
desesperación y el derrotismo; y para no repetir, una vez más,
propuestas pacifistas, que algunos se lo toman al pie de la letra y se
cabrean. Prometo, pues, no repetir más No a la guerra de Irak.
A ver qué digo yo en una crónica que, a lo peor, pudiera saldarse con
un parte meteorológico de invierno. Con todos mis respetos a Dámaso González,
más conocido por Damaso, pues sabido es que al pueblo llano se le dan mal
las palabras esdrújulas y tiende a convertirlas en llanas. De ahí le
viene al pueblo -¿a que sí?- la adjetivación de llano. Entonaré cantos
de alabanza a Dámaso González, a su juventud de 50 años, a su ánimo
torero y a la proeza de volver a los ruedos cuando muchos estamos pensando
en la jubilación definitiva. Desde la cumbre de esos años, camperos y
albaceteños, un torero nos contempla.
Entonaré himnos de gloria a esa oreja de la fraternidad y escribiré
una elegía por esos animalejos llamados impropiamente toros que salieron
ayer al ruedo de Valencia. Contra esos simulacros de toros, sin casta,
escasísimos de pitones y de fuerzas, se estrellaron Joselito y Tejela,
que tomaba la alternativa. Cuatro ganaderías y todas coincidentes en la
decrepitud, la decadencia, la milagrería de colar por toros unos mulos
aborregados, algunos de los cuales, además, tenían intenciones
perversas; mismamente el lote de Tejela.
Contaré esto y el frío que hacía, y la alegría de Dámaso González,
y la desolación de Joselito, y la perplejidad de Matías Tejela.Lo demás,
como diría Zabala de la Serna, que lo cuente El Tato.¡Ahí te quiero
ver! La llovizna inverniza pone en fuga a los aficionados, y no se sabe si
la gente huye del frío y del agua o de esta peste de toros que no tardarán
en acabar con la grandeza de la Fiesta.
La gente escapa a la carrera, mientras se oye la ovación de los pocos
que quedan dentro, supongo que albaceteños incondicionales de Dámaso.
Parte de esa ovación acaso le correspondiera a Matías Tejela que hizo,
al final, un desplante temerario, ofreciendo el pecho a una miseria de
toro avieso y torvo. La Martelilla, Casa Toreros (encantado de conocerlo),
Hermanos Jiménez (más o menos), Montalvo. Aquello parecía una limpieza
de corrales y estamos a principios de temporada.
Así, cantada la oreja de la fraternidad y la solidaridad con Dámaso
González, que trazó unos cuantos muletazos macizos y consistentes, hecho
el elogio del valor de Tejela y de algunas florituras de Joselito, y
resaltada como se merece la miseria de todos los toros que salieron al
ruedo, lo demás, como diría Zabala de la Serna, que lo cuente El Tato.
Aunque lo que debe contar el clan juliano es qué ha hecho verdaderamente
para excitar la cólera de Victorino Martín. No vaya a ocurrir que al
patriarca de Galapagar, un aldeano sabio y con carácter, le dé por tirar
de la manta.