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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del viernes, 14 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq,
bien presentados, aunque desiguales de hechuras.
Diestros:
- Enrique Ponce,
oreja tras aviso; saludos tras dos avisos; silencio;
- El Juli, saludos desde
el tercio, con fuerte petición, tras aviso; silencio y ovación;
Incidencias: El Juli tiene una rotura de fibras y dos fuertes
varetazos. Uno en la parte posterior del cuello que llega hasta el
omoplato izquierdo, y otro en el pecho.
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País,
El Mundo
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
La clase de Enrique Ponce
borra del mapa a El Juli en un duelo sin pistolas
La cosa se planteaba como un duelo en la
cumbre, como el Madrid-Barça del toreo, entre las dos máximas figuras
del momento, indispensables en todas las ferias que se precien: Enrique
Ponce y El Juli. Al desafío, como se presagiaba, le faltaron las
pistolas, las balas, la «cortamargaritas» de papá Bush, o sea los toros
de Juan Pedro Domecq. Pero aun sin armas, o con las armas que hubo, que
bien serían pasteles, la clase de Ponce borró, desdibujó, a un Julián
López vulgarote y pegapases. Y si Bourret, que ejercía de puntillero, no
levanta al moribundo burraco tercero, el marcador hubiera reflejado de
veras las diferencias que se percibieron.
Y es que Ponce, así que pasen los años, cómo se nos va la vida,
entre puñaladas y jodiendas, domina la estética, el temple, el
escenario. Con Ponce se te olvida que no hay toro, o que el toro es así,
sin cara como el jabonero y rematado primero o como el salpicado y vareado
tercero. Dos dulces que el joven maestro de Chiva templó y disfrutó,
disfrutamos todos, claro.
Principió elegante la faena a aquel toro apenas castigado en varas,
con un cambio de mano soberano, que rima. El aire se movía como molesto
viento, pero Enrique Ponce lucía al juampredro sobre la derecha,
desmayado, fácil para hilvanar más que ligar, para no atosigar al noble
animal, que era una maravilla. Un ayudado, la izquierda natural, un cambio
de mano por la espalda, un molinete invertido, el pase de las flores que
inmortalizó Ruano y pintó La Serna, no sé, me lío, derechazos en los
medios, un circular invertido, bien. Una oreja y un aviso como casi
siempre.
Mas ante el siguiente, Enrique Ponce asentó los cimientos primero para
hacer el edificio después. Se caía el bruto en varas y luego no volvió
a besar el ruedo, o casi, porque la templanza acariciaba los viajes, los
prolongaba desde las dobladas iniciales, de una belleza infinita. Y si el
toro no acabó de romper en principio por el pitón derecho, se deshizo
como mermelada por el izquierdo. ¡Qué manera de torear! Plegó la muleta
luego, en cada pase, relajado. De veras que la plaza se tornó en un
hervidero. Olvidada de la presencia del enemigo, sólo prevalecía la
esencia. Empalmó una cadena de molinetes, otra vez un pase de pecho
soberbio, uno más. Pinchó el valenciano y agarró media estocada arriba
en el segundo embroque, mortal de necesidad. No quería morir el toro,
como nadie quiere. ¿O quién quería morir ayer? Y además la mala suerte
de que la puntilla por dos veces levantase el cuerpo y el alma, que ya
estaban con un pie en el más allá. Al final todo se redujo a un saludo
desde el tercio, con dos recados presidenciales.
El último cartucho de Ponce, es decir, el castaño quinto, llevaba la
pólvora mojada, y se echaba desde que pisó la arena, truncando una
salida a hombros que parecía cantada.
Absurdo volteretón
Aunque sólo fuese por contraste, El Juli encarnó la vulgaridad
absoluta. Nada más lancear, un volatín lastimó el cuerpo del juampedro,
que se recuperó ya con los pitones como dos brochas, rasgo que se
reprodujo en casi todos sus hermanos. Corto se quedaba en la muleta
-obviemos el tercio de banderillas-, y en un absurdo lance surgió un
volteretón. El ruedo se convirtió enseguida en un revuelo de capotes al
quite, hombres de plata y hombres de negro o azul, que ahora El Tato y
Sevillita se visten por el mismo sastre. Pinchazo, aviso, estocada corta,
y el personal, conmocionado, que se despepitó en una gratuita petición
de oreja.
No banderilleó en el cuarto, que fue un bluf, y puso toda la carne en
el asador con el sexto, desde las verónicas del saludo. Quitó por
caleserinas y se colocó incorrectamente a la derecha del caballo en el
segundo minipuyazo. Todo lo que había conseguido en los tercios iniciales
se precipitó por el desagüe, aunque en una tanda diestra corrió la mano
con buen son. Hubiera sido injusto que en el último minuto de partido le
diese la vuelta al marcador.
El País. VICENTE
SOBRINO. Ni toros ni rivales
Mano a mano de guante blanco; sin pasión, ni en el ruedo ni en los
tendidos. Sin rivalidad, ni real ni ficticia. Y sin toros. En fin, mano a
mano para la galería. Nunca un enfrentamiento entre dos toreros,
supuestamente antagonistas, tuvo tanta falsedad. Ni un quite, ni un amago
de competencia. Cada cual a lo suyo, y la gente, con los dos, cosa que
siempre resultó incompatible en lances como el anunciado ayer en
Valencia. El resultado, una mueca de mano a mano.
Ponce y Juli, ayer se demostró, no son rivales. Cada uno juega su
papel, sin molestar al contrario. Visto lo visto, se diría que firmaron
un pacto de no agresión. Se alinearon con el clamor de estos días y
proclamaron un rotundo "No a la guerra", en este caso se
entiende que a la taurina. Y se repartieron, como buenos hermanos, seis
tullidos ejemplares, supuestamente artistas, de Juan Pedro Domecq.
La tarde estelar de las Fallas, así calificada por todo el mundo,
perdió luces y se cubrió de sombras gracias a esa corrida de Domecq.
Primero, porque fue lote sin imagen ni contenido; segundo, porque, además
de una endeblez manifiesta, dieron una verdadera exhibición de falta de
raza, casta y otras prendas que definen al verdadero toro de lidia.
Con todo, si no llega a ser por el banderillero Bourret, que manejó la
puntilla sin acierto, Ponce sale a hombros. Porque puso en orden todas sus
virtudes y le cuajó al tercero una faena que, de tener enfrente un toro
con presencia, hubiera alcanzado la nota de histórica. Su toreo con la
izquierda, recreada, una delicia. Con el dócil primero, Ponce se placeó.
Ante la bazofia que hizo quinto, lo dejó para mejor ocasión.
El Juli le faltó al respeto al distraído segundo y se llevó una
voltereta impresionante. Vulgar antes, esa cogida sirvió para que el público
pidiera una oreja bien desatendida desde el palco. De puntillas en el
cuarto, se puso esforzado con el impresentable sexto. Banderilleó animoso
y la faena, muy burocrática ella, tampoco arregló lo que no tenía
arreglo. Su mérito, mantenerse en el ruedo tras la paliza recibida.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Los 'juampedros', afeitados y sin resuello
El mano a mano, o lo que fuera, porque yo no sé
qué se dilucidaba allí, tuvo varios aspectos dignos de atención.
Primero y principal, que los toros eran un cerro de escombros afeitados y
asfixiados. Segundo, el temple, la suavidad de seda de la muleta de Ponce.
Cualquier brusquedad, cualquier pequeño tirón podía haber destrozado
a sus toros más de lo que estaban. A los juampedros, y más a ese saldo
que salió ayer, hay que tratarlos con mucha consideración y elegancia.
Así, hasta el regordío jabonero que abrió plaza pareció menos malo. Y
el tercero, encastadito y flojo, en manos de Ponce pareció gloria
bendita. Quizá por la falta de consideración de El Juli, por sus
trallazos con los exquisitos e inválidos juampedros, uno de ellos le cazó
y pudo darle un disgusto. Esta es otra de las cosas dignas de consideración.
Julián López, entre opaco y espeso, se metió entre los cuernos
-pitones no había- de un toro, el segundo, deshuesado y moribundo.Esa
forma encimista, a toro muerto, de rematar una labor sin relieve le ha
dado a Julián López muchas orejas. Pero esta vez lo que le dio fue un
palizón descomunal.
Menos mal que, además de cadáver, el juampedro estaba afeitado hasta
las cepas. De no ser por esta nimiedad, hubiera ocurrido una desgracia. La
plaza reaccionó como reaccionan todas las plazas ante un suceso
semejante: pidiendo la oreja e impresionada por la espectacularidad del
lance.
El presidente, frío y sin sentimientos aunque con la mente clara,
denegó el trofeo y se armó el cirio. Lo cierto es que, pasado este
momento emocional, El Juli anduvo abstracto, desdibujado, como ausente y
fantasmal en el cuarto. Y tozudo y populista en el novillo deslucido y
flojo que cerraba plaza.
Los naturales, los circulares templadísimos de Ponce en el tercero, su
piedad samaritana de enfermero en éste y en el primero, y la
clarividencia toda la tarde para no malgastar ni un gramo de la escasez de
fuerzas de los juampedros, son el argumento principal y la historia
verdadera de esta corrida.
Ponce llevó a sus toros entre algodones y mimos. Y sólo abusó de un
toreo majestuoso por bajo, largo y armonioso, como preparación para la
muerte inevitable; muerte que, dicho sea de paso, Enrique Ponce tarda en
encontrar.
Quizá por ese miedo a la muerte de los toros, le dan los avisos antes
de entrar a matar. Yo no creo que Ponce sea un manazas con la espada en la
mano. Lo que creo es que se trata de un ser demasiado compasivo que está
contra la muerte y, por lo tanto, contra la guerra. Por eso yo le pediría
que se manifieste, que se una al coro universal de los famosos que claman
contra el horror y la matanza.
Aunque la más clara demostración de piedad antibelicista y antimuerte
la dio ayer Jean Marie Burruet, el tercero de Ponce. Yo te saludo,
emperador de la piedad. Porque tampoco creo que tantos fallos con la
puntilla sean ineficacia, sino compasión y rechazo a la muerte.
Yo te saludo, Jean Marie Burruet, tras levantar tantas veces al toro,
porque creo que, acorde con la racionalidad pacifista de tu Gobierno francés,
lo tuyo de ayer fue una gloriosa manifestación contra la guerra. Salud,
Burruet inmortal. Pido para ti la Legión de Honor y que tu jefe, Ponce,
no te castigue por haberle birlado una oreja.
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