A los tres artistas les falló la inspiración casi en la misma
medida en que no respondieron los serios toros de Montalvo. Bueno, no
todos. El negro segundo, coronado como sus hermanos por una importante
cornamenta, embistió con encastada codicia y humillado, sobre todo por
el pitón izquierdo. Descubrió la joya Eugenio de Mora en un quite a la
verónica, de lo poquito que le salió en toda su actuación. Creo que
El Califa, después de abrir faena con un pase cambiado por la espalda y
una tanda diestra, también comprendió el lado bueno del animal. Mas a
esa velocidad es imposible. Los naturales se sucedían en un visto y no
visto, como rayos. Ni con los rodillazos postreros elevó la
temperatura, y menos, con la espada. Lástima de ocasión perdida. Las
alegres galopadas de la aparición del quinto en el ruedo pronosticaban
una esperanzadora condición, que se quebró en un volatín. Desde
entonces moribundeó como alma en pena. Atrás quedaron las impertérritas
chicuelinas con que José Pacheco lo recibió, clavado en el mismo
platillo.
Víctor Puerto tampoco vino a animar el cotarro con una seriedad
recalcitrante. Puerto sigue fallando en el manejo del tempo. Pausas
enormes preceden a cada serie. Ante el noblote y voluminoso primero
muleteó concentrado, como ensimismado. Dado el exceso de kilos (597),
al bruto también le faltaba alegría para desplazarse. Las pocas
chispas que saltaron a los tendidos fueron varias espaldinas en las
distancias cortas y algunos circulares invertidos, efectos pirotécnicos
muy del gusto de Valencia. Una eficaz estocada, levemente atravesada,
fulminó a la mole. Lo del asunto del reloj se convirtió ya en algo
obsesivo en la faena al desfondado y colorado cuarto, desde un quite por
chicuelinas una vez que la acorazada de picar había despejado el ruedo
hasta la eterna faena, resuelta para colmo con un sinfín de pinchazos.
El aviso sonó incluso antes de que se perfilase por vez primera.
Nada o poco le salió a Eugenio de Mora, que ya está dicho, salvo el
mencionado quite a la verónica al toro de El Califa y una serie de
derechazos al tercero. Concluida la tanda no volvió a trazar limpio un
solo pase. Bien que el pupilo de Montalvo embestía como un coche con el
freno de mano puesto, pero no sé si justifica tantísimos enganchones.
Cerró la jornada un inválido que rodaba cual balón. Así que titule
El Tato mejor.
El País. VICENTE
SOBRINO. Una corrida infumable
Les juro que se hace difícil encontrar un matiz positivo de la corrida
de ayer, por pequeño que sea. No se encuentra. Ni con lupa. Ni poniendo
especial empeño. Una de esas corridas que se hacen históricas en sentido
contrario al tradicional: un tostón, vamos. Y en este caso la culpa no es
sólo de los toros, que tuvieron algo que ver, mas también los toreros
deben cargar con las suyas.
Se anunció una corrida de Montalvo, hierro salmantino de pasado
glorioso. De entrada, un notable por la imagen. Seis toros de hermosa
fachada, serios, unos con más armonía que otros, y armados de defensas
considerables. El primer paso, pues, era positivo. Faltaba saber lo que
traían por dentro los seis toros de hierrro salmantino de pasado
glorioso.
Bravos no fueron, desde luego. Como mucho, cumplidores con los
caballos, aunque primero y segundo derribaron más por flojedad de los
equinos que por brava condición. Salían del peto implorando temple,
condición necesaria para negociar un acuerdo con el matador de turno.
Pero los tres espadas, Puerto, Califa y De Mora, parecieron reservarse el
derecho de admisión. Eso, o quizás emplearon un lenguaje distinto al que
los de Montalvo hablaban.
Así, por ejemplo, el segundo de la tarde y El Califa no encontraron
manera de entenderse. Firmaron un pacto de colaboración que al principio
les fue bien, pues ninguno de los dos osó romper. El torero le dio la
bienvenida al toro por lances a pies juntos, muy ajustados. Luego, el
primer saludo con la muleta fue un pase cambiado. El de Montalvo respondía
a la provocación de El Califa, que no tardó en coger la izquierda para
bajar la mano e imponer su jefatura. Al principio, bien. Pero dos veces
que perdió el mando y el toro que también le falto al respeto. Había
buscado El Califa el argumento ideal a toro encastado y con fijeza, pero
se divorció de lo que dictaba la razón y perdió el norte. Cuando quiso
recuperar el sentido común a esa faena, no había remedio. Al final echó
por lo barato, que en este caso tampoco vendió demasiado.
De ese segundo toro, de indudable interés, mucha tierra por medio con
los demás. Los toreros, a lo suyo; los toros, también. Lo de los toreros
era, en el caso de Víctor Puerto, plantear en una misma faena normas tan
diferentes que acabaron por desquiciar a sus toros. A su noble primero
comenzó ofreciéndole distancia por un pitón bueno como era el
izquierdo. Sin pedir permiso a nadie, ni siquiera al toro, Puerto cogió
la derecha, rompió el guión anterior, se puso de cerca y acabó por
dejar sin aire al de Montalvo. Con el cuarto, Puerto pecó sobre pecado.
Esta vez se volvió egoísta, y aunque el toro no tenía entrega, ni
apenas recorrido, quiso ser el único en acaparar atención. Se encimó
machacón, insistente, reiterativo. Y perdió la noción del tiempo. La
gente, harta ya de estar harta, le silbó por pesado y antes de montar la
espada le enviaron un aviso. Se lo merecía.
Peor lo de Eugenio de Mora, que pareció más principiante que espada
de alternativa con el tercero de la tarde. Ese toro, que buscaba una mano
firme que la facilitara definirse, incomodó exageradamente a su matador.
Incómodo el toro, e incómodo el torero, fue en lo único que se pusieron
de acuerdo. Pero tal unión resultó ser una sociedad mal avenida, que
estuvo a punto de provocar una pérdida de documentación por parte del
diestro.
Ya con la tarde caída en el abismo, saltó el sexto montalvo. Y
la hundió más si cabía. Un polvorón de astado que se deshizo a las
primeras de cambio. Llega a ser otra tarde y la gente monta un pollo, pero
el personal a esas horas no estaba para tomarse un postre que temía también
saliera rana. Por eso, más que protestar la invalidez del toro lo que
hizo fue protestar la terquedad de De Mora, empeñado en crear no se sabe
qué. No le dejaron, claro. Le pidieron que acabara con el suplicio y fue
lo mejor que hizo el torero: abreviar.
Antes de final tan penoso, el penúltimo capítulo de esta pasión y
muerte del espectáculo fue otro toro desmadejado por el tremendo
costalazo que se pegó el pobrecito. Ese toro era el quinto, al que El
Califa recibió con unas chicuelinas en el centro del ruedo, lo único
imaginativo de la tarde. Inmolado el de Montalvo por porrazo tan tremendo,
al torero valenciano no le quedó otra ilusión que implorar clemencia de
un público que comprendió, con su conocida generosidad, que allí no había
nada que rascar. El Califa rascó un boleto falso, que no tenía ni premio
ni castigo. Y se marchó cabizbajo.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Entre la nada y la completa miseria
Una tarde infumable; tranquis, las habrá peores. Nada es tan malo que
no pueda empeorar. Por mi parte, me rindo. Los problemas dejan de serlo
cuando se despeñan en los abismos insondables, cuando llegas a la
conclusión de que, hagas lo que hagas, nada va a cambiar.
Puedes pasarte la vida denunciando la degeneración del toro de lidia o
la falacia de una guerra preventiva contra el moro; puedes pensar que la
razón y la piedad son pilares básicos del ser humano.Y nada. Los
heraldos negros vienen anunciando que el hombre no es bueno ni justo ni
piadoso. Y los toros tampoco.
Esta fatalidad irreversible la expresó genialmente Groucho Marx: de la
miseria a la nada, o algo así. Lo malo es que a ese grado cero de la
insensibilidad neutra nadie quiere llegar. Y siempre piensas que las
corridas pueden tener arreglo, que la guerra puede ser desterrada, que la
vida puede presentar tintes menos sombríos.
La tarde estaba gris, oscura y fría. Los focos encendidos apenas ponían
algunos resplandores adicionales en los trajes de luces: Víctor Puerto de
rosa palo y oro; El Califa de azul cielo y oro; y Eugenio de Mora de
catafalco y oro.
Los toros también salían apagados y somnolientos. Los toros de
Montalvo tenían una melancolía infinita. Puerto se puso pesadísimo y
toreó de salón que es como jugar a la guerra con soldaditos de plomo. Sólo
que en las batallas que se avecinan los soldados son de verdad y no hay
espadas de madera como las que usan los matadores.
Matadores, lo que se dice matadores, hay más en cualquier ejército de
reserva que en todo el escalafón de España, Portugal, Francia y Suramérica.
El eje taurino de Europa y América está unido, mas el eje político-bélico,
no. Ahí está el detalle. Perdonen la insistencia, es que a mí este
fantasma que recorre el mundo como los jinetes del Apocalipsis, me trae a
maltraer. Malos jinetes los picadores de ayer y algunos fueron
descabalgados. No eran feroces bóvidos los de Montalvo, pese a lo cual y
pese a su indolencia, los dos primeros derribaron.
El Califa, desde su triunfo en Madrid, viene pasando años de
tribulaciones. Los toros le han pegado con saña. Parece que su izquierda
puede volver a ser aquella izquierda de oro y que está mejorando con el
capote. Lo que no acaba de encontrar es el sitio de la muerte. Acaso es
que no le encuentra sentido a la muerte.Eso debieron hacer los
centuriones: no hallarle sentido a la matanza. El acochinado tercero
desarmó a un peón; eso tenían que hacer todos los centuriones moros y
no moros: desarmarse.Eugenio de Mora no estuvo ni bien ni mal. El toledano
se estrelló contra un lote imposible de toda imposibilidad.
Así las cosas, proclamo mi rendición incondicional: en los toros, en
la guerra, en todo. La tragedia sólo existe cuando hay
esperanza.Desterrada ésta, desterrado el sufrimiento. Me rindo. Porque,
como decía el otro, lo que no puede ser, no puede ser y, además, es
imposible.