GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del jueves, 13 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Montalvo, muy bien presentados, de juego desigual.

Diestros: 

Entrada: Más de media entrada.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Que titule El Tato

Que titule El Tato, porque a esta tristeza de tarde no hay quien le encuentre el argumento. Además ahora Raúl Gracia se dedica a impartir clases de periodismo desde la tribuna de la soberbia, a la sombra del cargo de coapoderado de El Juli o lo que sea. Menudas se las gasta don Raúl, capaz de ilustrar el tío con altivez y mal estilo a una profesional como Rosario Pérez sobre el oficio de encabezar una noticia. Me apostaría una mano a que El Tato no le saca titular a la corrida de ayer ni harto de vino. Ni a ninguna. Pero en concreto ésta se me antoja especialmente difícil.

A los tres artistas les falló la inspiración casi en la misma medida en que no respondieron los serios toros de Montalvo. Bueno, no todos. El negro segundo, coronado como sus hermanos por una importante cornamenta, embistió con encastada codicia y humillado, sobre todo por el pitón izquierdo. Descubrió la joya Eugenio de Mora en un quite a la verónica, de lo poquito que le salió en toda su actuación. Creo que El Califa, después de abrir faena con un pase cambiado por la espalda y una tanda diestra, también comprendió el lado bueno del animal. Mas a esa velocidad es imposible. Los naturales se sucedían en un visto y no visto, como rayos. Ni con los rodillazos postreros elevó la temperatura, y menos, con la espada. Lástima de ocasión perdida. Las alegres galopadas de la aparición del quinto en el ruedo pronosticaban una esperanzadora condición, que se quebró en un volatín. Desde entonces moribundeó como alma en pena. Atrás quedaron las impertérritas chicuelinas con que José Pacheco lo recibió, clavado en el mismo platillo.

Víctor Puerto tampoco vino a animar el cotarro con una seriedad recalcitrante. Puerto sigue fallando en el manejo del tempo. Pausas enormes preceden a cada serie. Ante el noblote y voluminoso primero muleteó concentrado, como ensimismado. Dado el exceso de kilos (597), al bruto también le faltaba alegría para desplazarse. Las pocas chispas que saltaron a los tendidos fueron varias espaldinas en las distancias cortas y algunos circulares invertidos, efectos pirotécnicos muy del gusto de Valencia. Una eficaz estocada, levemente atravesada, fulminó a la mole. Lo del asunto del reloj se convirtió ya en algo obsesivo en la faena al desfondado y colorado cuarto, desde un quite por chicuelinas una vez que la acorazada de picar había despejado el ruedo hasta la eterna faena, resuelta para colmo con un sinfín de pinchazos. El aviso sonó incluso antes de que se perfilase por vez primera.

Nada o poco le salió a Eugenio de Mora, que ya está dicho, salvo el mencionado quite a la verónica al toro de El Califa y una serie de derechazos al tercero. Concluida la tanda no volvió a trazar limpio un solo pase. Bien que el pupilo de Montalvo embestía como un coche con el freno de mano puesto, pero no sé si justifica tantísimos enganchones. Cerró la jornada un inválido que rodaba cual balón. Así que titule El Tato mejor.


El País.  VICENTE SOBRINO. Una corrida infumable

Les juro que se hace difícil encontrar un matiz positivo de la corrida de ayer, por pequeño que sea. No se encuentra. Ni con lupa. Ni poniendo especial empeño. Una de esas corridas que se hacen históricas en sentido contrario al tradicional: un tostón, vamos. Y en este caso la culpa no es sólo de los toros, que tuvieron algo que ver, mas también los toreros deben cargar con las suyas.

Se anunció una corrida de Montalvo, hierro salmantino de pasado glorioso. De entrada, un notable por la imagen. Seis toros de hermosa fachada, serios, unos con más armonía que otros, y armados de defensas considerables. El primer paso, pues, era positivo. Faltaba saber lo que traían por dentro los seis toros de hierrro salmantino de pasado glorioso.

Bravos no fueron, desde luego. Como mucho, cumplidores con los caballos, aunque primero y segundo derribaron más por flojedad de los equinos que por brava condición. Salían del peto implorando temple, condición necesaria para negociar un acuerdo con el matador de turno. Pero los tres espadas, Puerto, Califa y De Mora, parecieron reservarse el derecho de admisión. Eso, o quizás emplearon un lenguaje distinto al que los de Montalvo hablaban.

Así, por ejemplo, el segundo de la tarde y El Califa no encontraron manera de entenderse. Firmaron un pacto de colaboración que al principio les fue bien, pues ninguno de los dos osó romper. El torero le dio la bienvenida al toro por lances a pies juntos, muy ajustados. Luego, el primer saludo con la muleta fue un pase cambiado. El de Montalvo respondía a la provocación de El Califa, que no tardó en coger la izquierda para bajar la mano e imponer su jefatura. Al principio, bien. Pero dos veces que perdió el mando y el toro que también le falto al respeto. Había buscado El Califa el argumento ideal a toro encastado y con fijeza, pero se divorció de lo que dictaba la razón y perdió el norte. Cuando quiso recuperar el sentido común a esa faena, no había remedio. Al final echó por lo barato, que en este caso tampoco vendió demasiado.

De ese segundo toro, de indudable interés, mucha tierra por medio con los demás. Los toreros, a lo suyo; los toros, también. Lo de los toreros era, en el caso de Víctor Puerto, plantear en una misma faena normas tan diferentes que acabaron por desquiciar a sus toros. A su noble primero comenzó ofreciéndole distancia por un pitón bueno como era el izquierdo. Sin pedir permiso a nadie, ni siquiera al toro, Puerto cogió la derecha, rompió el guión anterior, se puso de cerca y acabó por dejar sin aire al de Montalvo. Con el cuarto, Puerto pecó sobre pecado. Esta vez se volvió egoísta, y aunque el toro no tenía entrega, ni apenas recorrido, quiso ser el único en acaparar atención. Se encimó machacón, insistente, reiterativo. Y perdió la noción del tiempo. La gente, harta ya de estar harta, le silbó por pesado y antes de montar la espada le enviaron un aviso. Se lo merecía.

Peor lo de Eugenio de Mora, que pareció más principiante que espada de alternativa con el tercero de la tarde. Ese toro, que buscaba una mano firme que la facilitara definirse, incomodó exageradamente a su matador. Incómodo el toro, e incómodo el torero, fue en lo único que se pusieron de acuerdo. Pero tal unión resultó ser una sociedad mal avenida, que estuvo a punto de provocar una pérdida de documentación por parte del diestro.

Ya con la tarde caída en el abismo, saltó el sexto montalvo. Y la hundió más si cabía. Un polvorón de astado que se deshizo a las primeras de cambio. Llega a ser otra tarde y la gente monta un pollo, pero el personal a esas horas no estaba para tomarse un postre que temía también saliera rana. Por eso, más que protestar la invalidez del toro lo que hizo fue protestar la terquedad de De Mora, empeñado en crear no se sabe qué. No le dejaron, claro. Le pidieron que acabara con el suplicio y fue lo mejor que hizo el torero: abreviar.

Antes de final tan penoso, el penúltimo capítulo de esta pasión y muerte del espectáculo fue otro toro desmadejado por el tremendo costalazo que se pegó el pobrecito. Ese toro era el quinto, al que El Califa recibió con unas chicuelinas en el centro del ruedo, lo único imaginativo de la tarde. Inmolado el de Montalvo por porrazo tan tremendo, al torero valenciano no le quedó otra ilusión que implorar clemencia de un público que comprendió, con su conocida generosidad, que allí no había nada que rascar. El Califa rascó un boleto falso, que no tenía ni premio ni castigo. Y se marchó cabizbajo.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Entre la nada y la completa miseria

Una tarde infumable; tranquis, las habrá peores. Nada es tan malo que no pueda empeorar. Por mi parte, me rindo. Los problemas dejan de serlo cuando se despeñan en los abismos insondables, cuando llegas a la conclusión de que, hagas lo que hagas, nada va a cambiar.

Puedes pasarte la vida denunciando la degeneración del toro de lidia o la falacia de una guerra preventiva contra el moro; puedes pensar que la razón y la piedad son pilares básicos del ser humano.Y nada. Los heraldos negros vienen anunciando que el hombre no es bueno ni justo ni piadoso. Y los toros tampoco.

Esta fatalidad irreversible la expresó genialmente Groucho Marx: de la miseria a la nada, o algo así. Lo malo es que a ese grado cero de la insensibilidad neutra nadie quiere llegar. Y siempre piensas que las corridas pueden tener arreglo, que la guerra puede ser desterrada, que la vida puede presentar tintes menos sombríos.

La tarde estaba gris, oscura y fría. Los focos encendidos apenas ponían algunos resplandores adicionales en los trajes de luces: Víctor Puerto de rosa palo y oro; El Califa de azul cielo y oro; y Eugenio de Mora de catafalco y oro.

Los toros también salían apagados y somnolientos. Los toros de Montalvo tenían una melancolía infinita. Puerto se puso pesadísimo y toreó de salón que es como jugar a la guerra con soldaditos de plomo. Sólo que en las batallas que se avecinan los soldados son de verdad y no hay espadas de madera como las que usan los matadores.

Matadores, lo que se dice matadores, hay más en cualquier ejército de reserva que en todo el escalafón de España, Portugal, Francia y Suramérica. El eje taurino de Europa y América está unido, mas el eje político-bélico, no. Ahí está el detalle. Perdonen la insistencia, es que a mí este fantasma que recorre el mundo como los jinetes del Apocalipsis, me trae a maltraer. Malos jinetes los picadores de ayer y algunos fueron descabalgados. No eran feroces bóvidos los de Montalvo, pese a lo cual y pese a su indolencia, los dos primeros derribaron.

El Califa, desde su triunfo en Madrid, viene pasando años de tribulaciones. Los toros le han pegado con saña. Parece que su izquierda puede volver a ser aquella izquierda de oro y que está mejorando con el capote. Lo que no acaba de encontrar es el sitio de la muerte. Acaso es que no le encuentra sentido a la muerte.Eso debieron hacer los centuriones: no hallarle sentido a la matanza. El acochinado tercero desarmó a un peón; eso tenían que hacer todos los centuriones moros y no moros: desarmarse.Eugenio de Mora no estuvo ni bien ni mal. El toledano se estrelló contra un lote imposible de toda imposibilidad.

Así las cosas, proclamo mi rendición incondicional: en los toros, en la guerra, en todo. La tragedia sólo existe cuando hay esperanza.Desterrada ésta, desterrado el sufrimiento. Me rindo. Porque, como decía el otro, lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible.

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