Si Robleño se conectó a la vida, Antonio Barrera lo hizo de nuevo al
circuito con una actuación destacada. Después de que cortase la
temporada pasada por las cornadas, la noticia adquiere especial
relevancia. Disfrutó el sevillano de uno de los dos ejemplares de María
Luisa Domínguez -el otro abrió plaza- que embistieron con nobleza pese a
que sus fuerzas apenas superaban los mínimos. Principió de rodillas; en
pie y sobre la derecha, la faena fue a más, superando las caídas. A la
tercera tanda Barrera se había hecho dueño de la templanza y del sitio.
Sobresalió por naturales, a cámara lenta, y en los pases de pecho. Los
redondos últimos no les fueron a la zaga en calidad. La oreja cayó con
justicia. Los incómodos cabezazos del renqueante quinto no hicieron
perder la perspectiva de un torero aparentemente recuperado, aunque a
veces un pelín torpón.
Apenas hay espacio para escribir de Javier Rodríguez. Ese disgusto que
nos ahorramos ambos.
Parte facultativo: Robleño fue atendido de «una herida en el muslo
derecho con dos trayectorias, una ascendente de 6 centímetros que diseca
el músculo sartorio y abductores, y otra descendente de 10 centímetros a
través del sartorio y vasto interno. Pronóstico menos grave».
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Robleño, herido al entrar a matar
Fue en el último segundo. Las cornadas, como las guerras, suceden
siempre en el último segundo; aunque se las vea venir.Entró a matar
Robleño y salió trompicado y a la deriva. Volvió a entrar, equivocando
acaso los terrenos, y esta vez salió a la deriva y herido. No midió el
sitio el torero madrileño, ni el vaciado ni el embroque.
El guardiola lo recogió del suelo, lo empujó contra las tablas y
Robleño perdió pie por la fuerza de una herida que no pareció, en
principio, grave. El último segundo, pues, de Robleño fue el punto más
negro de una corrida sin luminarias ni esplendores: la clase del segundo
guardiola, flojo, y los naturales de Antonio Barrera. Y pare usted de
contar.
No hay grandes corridas en Las Fallas por el momento. La gran corrida,
con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, está a punto
de empezar contra el moro de Irak. Ciertos son los toros. En los tendidos
de la conciencia pública habrá mucho cemento vacío, mucho más que ayer
en la semillena plaza de Valencia.
La afición universal ya ha manifestado su repulsa a este mano a mano
entre los dos ases de la torería: George Bush, el Cowboy de los
Desiertos, y Aznar, el Maletilla de la Moncloa. La afición no traga con
este mano a mano y no quiere pasar por taquilla; mas, aunque sea a plaza
vacía, la Gran Corrida contra el moro se va a dar. Y no es, precisamente,
una corrida de la Beneficencia, o una mascletá de Las Fallas valencianas.
Me inquietan los antitaurinos que se la cogen con papel de fumar ante
la sangre de los toros y, como escribe Raúl del Pozo, se hacen «pajas
mentales» tratando de legitimar la matanza venidera: «Contad los muertos»,
dice Raúl, y dice bien. Me alarman menos los taurófilos belicosos contra
el moro, pues sabido es que en la naturaleza del aficionado a los toros
están la violencia y la tortura.
Con todo, los aficionados repudian las cogidas y es lamentable que lo
único que puede recordarse ayer de Robleño es su infortunio en el último
momento. Robleño no fue el aguerrido y firme gladiador del final de la
temporada pasada; Robleño acabó ahogando al noble tercero y se quedó a
la intemperie con el áspero sexto.
Le sacudió un sartenazo de juzgado de guardia Rodríguez al primero y
se adornaba eufórico como si hubiera consumado la estocada del siglo. Su
tarde no sólo fue la tarde del sartenazo, sino la de los gestos broncos y
desesperados. Es lo malo de verse obligado a fiarlo todo a una corrida.
Se metió luego entre los pitones del desconsiderado astolfi, como un
suicida que necesita ganarlo o perderlo todo. Lo más destacado, los
naturales de Antonio Barrera al mejor toro de la tarde. Barrera conmovió
hace dos años en La Maestranza, venía del destierro mexicano y se iba a
comer el mundo. Le pegaron una cornada que lo retiró. A tenor de lo hecho
en su primero, puede reencontrarse.