|
|
|
Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del lunes, 10 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de Fuente Ymbro
(bien presentados y de juego desigual). Media plaza.Diestros:
- César
Girón (silencio y silencio).
- Juan
Alberto (ovación con saludos en ambos).
- Iván García
(saludos tras aviso en los dos).
Entrada: media plaza.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País.
ABC. ZABALA DE LA SERNA. Feria
de Fallas: Muy bueno todo, no sabía a nada
A
Barguitas, hombre de confianza de la casa
Chopera, le adjudican la autoría de una anécdota de origen gastronómico.
En un restaurante de amplia fama y escasa y lujosa comida, el «maître»
se acercó a la mesa a que le regalasen los oídos. «¿Qué tal todo, señores?»
«Muy bueno -respondió con rapidez y agudeza-, no sabía a nada». Pues más
o menos es lo que sucedió en el ruedo valenciano ayer: una clase práctica
de la tauromaquia moderna. Los novilleros se ponían a pegar pases, y
cuando acababan las series, por no decir la faena, el personal se miraba
indiferente o aplaudía como autómatas con frío en las manos.
La novillada de Fuente Ymbro permitió -con sus desigualdades y lo que
ustedes quieran- mayores posibilidades de la obtenidas por César Girón,
Juan Alberto e Iván García. Este último protagonizó los pasajes de más
hondo calado con el mejor novillo de la tarde, tercero bis, que hubo que
correr turno porque al animal titular le reventó la cuadrilla un pitón
contra un burladero. Esos capotes...
Clavadas las zapatillas
El reemplazo era más alto y salió abanto. Iván lo saludó
con un cóctel de verónicas y chicuelinas para quitar luego por navarras.
En banderillas se le vio sobrado y fuerte, al cuarteo, al sesgo y en el
par de la moviola. Calentó el ambiente, que siguió «in crescendo» en
los compases iniciales de la faena. Tras unas dobladas de tanteo, clavadas
las zapatillas y hundidos los riñones, corrió la mano derecha con la
muleta tersa, que contenía en su panza las humilladas embestidas. Así
siguió, pero en la tercera tanda la cosa principió a desinflarse hacia
unas formas más superficiales. Los naturales, algunos ayudados por la
espada, anduvieron por debajo de los excelentes redondos; las ideas
derivaron hacia el circular invertido y el circular, es decir, que no había
ideas. Rodilla en tierra conectó con los tendidos con encadenados pases
de pecho, que recibieron un cubo de agua helada con un pinchazo, una inútil
estocada contraria y atravesada y tres descabellos. El final apagó
definitivamente las luces de esperanza de que se hiciese con un trofeo,
que algo hubiera paliado la sensación de ocasión perdida a escasos días
de la alternativa.
El sobrero que hizo sexto, de Fuente Ymbro también, manseó todo y más.
El rubio torero madrileño volvió a parear con solvencia y a muletear con
resolución técnica. Alargó mucho la obra para acabar escuchando un
aviso y otra ovación, como en el anterior.
Juan Alberto fue la voluntad personificada. Voluntad y más voluntad de
agradar. A su figura de corte tosco le acompañan unas maneras similares y
valentonas. El utrero que abrió su lote manseó tras derribar en un
choquetón al relance en el caballo. Pero luego se dejó hacer con bondad
durante una faena abundante, denominador común en los tres artistas. Ante
el alto quinto -la segunda parte de la novillada lucía hechuras más
desgarbadas-, noblote y sin clase, se juntaron el hambre y las ganas de
comer.
César Girón, tras apuntar ciertas cosas buenas con el capote, se
perdió en un mar de muletazos sin aliñar. En ambos enemigos pecó de
cargar demasiado la suerte de varas en el primer puyazo: el novillo que
estrenó plaza, de menos fondo, no rompió nunca hacia adelante; el feo
cuarto todavía se movió tras la muleta con sanas intenciones.
O sea, que los novillos embistieron, los novilleros torearon (?) y
aquello no supo a nada.
El País.
VICENTE SOBRINO. Un largometraje de poco interés
Dos horas y treinta y cinco minutos de escasa emoción, casi de tedio
general. Porque esta vez no remató la novillada de Fuente Ymbro. No
tuvo peligro, ni fue problemática, más bien fue noble, y algunos, como
segundo, quinto y sexto, declararon una mansedumbre evidente en varas.
De clase anduvo también corta, sosa, con poca transmisión.
Mas no habría que culpar del tedio general sólo a los novillos.
Gran parte de pecado tuvo, por ejemplo, César Girón, que dejó
masacrar en varas a sus dos nobles y bondadosos novillos. No se sabe lo
que vio de extraño en ellos el espada, pero les hizo tratar por los
picadores de turno como si de alimañas se tratara. Y en ese pecado
cargó con la penitencia, pues ante tan moribundos astados sólo supo
estar terco y reiterativo.
De los seis, el tercero salvó el honor ganadero. Con cuajo, como
todo el lote, y bien hecho, fue bien sangrado en varas tras una pelea de
trámite. En banderillas se comportó alegre y a la muleta llegó con
ritmo y transmisión. Fue la excepción a una novillada de poca raza. A
ese novillo respondió Iván García con una faena fibrosa, entre lo clásico
y lo popular. Una mezcla que llegó pronto al tendido. Corrió bien la
mano y, sobre todo, una serie con la izquierda tuvo temple y le dio la
pincelada de calidad a esa labor. Al inquieto sexto nunca le encontró
la distancia. Se perdió en faena larga y plana.
Buenas sensaciones de Juan Alberto con el segundo, pero malogró una
faena de interés por la espada. En el desclasado quinto, que nunca
humilló, mostró oficio, recursos, pero abusó de muletazos. Y otra vez
la espada acabó por enfriar el ambiente. |
|