GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE
SAN JAIME
Tarde del sábado, 27 de julio de 2002

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Las Ramblas, de buen juego.

Diestros: 

Entrada: media plaza.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. VICENTE SOBRINO. Toros tráilers de Las Ramblas

Salió un quinto toro con 678 kilos, todo un tráiler, aunque no menos que el cuarto, que con 603 kilos tenía aspecto de más gordinflón. Ese segundo toro del lote de El Califa, falto de raza, tomó la muleta a regañadientes, siempre muy provocado con su matador. La faena de El Califa fue un conjunto de bulla popular, tan ligera como honesta. Todo eso, más una voluntad de hierro, hasta que el tráiler de Las Ramblas cantó la gallina y se fue a las tablas. El Juli salió a vaciarse en el sexto desde principio a fin. Estuvo muy variado con el capote, arriesgó en banderillas y montó la muleta para irse al toro sin condiciones. Aunque el de Las Ramblas había gastado casi toda su energía, la faena fue un quiero sobre todas las cosas, con actitud admirable aunque con el toro cada vez más apagado. Un arrimón el de El Juli.

De esa grande y gorda corrida de Las Ramblas, el segundo de la tarde, aunque manso en varas, fue el único que tuvo transmisión en la muleta. Con él apareció un Califa con las ideas claras, firme y seguro. Una buena serie con la izquierda y los circulares finales firmaron una labor de signo valiente.

El toro de Gabriel Rojas, que abrió la corrida, no tuvo entrega, y Barrera robó los muletazos dentro de una faena sobre todo autoritaria. El cuarto acabó por no soportar los kilos y apenas entró en la muleta. El tercero, inofensivo de pitones, incomodó a un Juli que nunca acabó de ponerse a gusto en medio de una labor borrosa y de poca lucidez.


ABC. ZABALA DE LA SERNAGanado de carne para El Juli

Un día se nos escapará la vida entre tanta prisa, corriendo desde una plaza cualquiera hasta la redacción, que nos cierran, que nos cierran, para en el fondo contar penurias, corridas imaginarias, vacías de fondo y formas. En menos de diez minutos alcanzamos la céntrica delegación abecedaria, y ya apenas nos acordábamos de algo que no fuera la presentación de los toros escogidos para El Juli y para alegrarle la tarde al carnicero. No sólo en el tonelaje se asemejaron a sus primos lejanos destinados a los mataderos sino también en la nulidad de su bravura. ¿Y esos pitones tan toscos y bastos, tan florecientes algunos, escobillados hasta la sospecha como los del sexto? ¿En esto consiste la seriedad de una corrida, en atiborrarla de pienso para intentar la engañifa, el timo y la tomadura de pelo? También un toro de lidia deformado es un toro mal presentado.

La única noticia positiva de la cosa a enjuiciar fue que la plaza registró la mejor entrada de la feria y se rozó el lleno, impensable a lo largo de todo este ciclo de medios aforos. Aquellos que acudieron en masa querían diversión y lo poco que les dieron lo gozaron con entusiasmo.

Juli había pasado de puntillas con el zambombo tercero (620 kilos). O peor. Ni siquiera la opción de no castigarlo sirvió para que tirara su esqueleto de semejante desproporción de arrobas. En resumen: una vulgaridad todo. Para colmo, tres pinchazos.

Arreado salió con el sexto, algo más normal en la báscula, que se le escapaba la fecha en blanco. Tiró de largas cambiadas de rodillas, lances a pies juntos, del virtuoso quite de las zapopinas, que encandiló al personal. Ordenó de nuevo que ni las cuerdas le metieran, que apenas sangrase el bicho. En esta ocasión banderilleó con enorme mérito en un par por los adentros, arriesgado de veras. El resto, morralla. Pues ni con mimos en el peto le aguantó el enemigo, que se acabó enseguida. Juli buscó el arrimón, las cercanías, el péndulo, alegrar al muerto a base de echar la casta y la vibración que no había. Creó tal estado de convulsión con su valeroso tesón que si el presidente no se planta abre la puerta grande. La media estocada y el golpe de verduguillo rodilla en tierra habían prendido una generosa pañolada que no se frenó en la concesión de la oreja.

El Califa contó con el mejor toro del conjunto, el bizco y terciado segundo. En un principio pareció reparado de la vista, pero luego, tras un mitin importante de la cuadrilla con los palos, rompió en la muleta, con claridad en cuanto el diestro evitó los tirones y los enganchones. En un natural de nota se vio cómo se desplazaba y cómo hacía el avión. Hasta bien avanzada su labor no se acopló. Entonces, dos tandas de redondos se erigieron con la virtud del escondido temple. Buscó el efectismo final y marró repetidamente con los aceros. Paseó el anillo por su cuenta y riesgo.

La oreja que obtuvo del descomunal quinto (678 kilos) forma ya parte del surrealismo. El Califa, eléctrico en el saludo de largas, chicuelinas y delantales, configuró una faena populachera. El toro escarbaba, no podía, no quería o se caía. Se arrimó, eso sí, y mató breve.

Barrera estuvo correcto con el recogido y flojo primero, que era parche de Gabriel Rojas y que fue a menos. Mas si lo mata de una, puntúa, aunque fuera en recuerdo de algunos derechazos verticales. Poco más sacó del grandón cuarto (603 kilos), otro animal feble y desbravado ante el cual tampoco discurrieron ni las ideas ni la alegría.

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