Aquí no hay tregua desde hoy. Basta de paños calientes o esto se nos
escapa de las manos y seguimos ovacionando novillos como toros,
enganchones por muletazos, figuras que con dos avisos y cuatro feos
pinchazos acuden montera en mano a recoger los aplausos de los
partidarios.
Salpicada quedó la tarde de la torería y la improvisación de Morante
de la Puebla, que es de un cuarto de hora. Porque el trazo mágico de sus
pases, pintureros, fieles a la escuela de Sevilla, gráficamente, para que
se entienda, duran el recorrido de la aguja larga del reloj desde menos
cuarto hasta en punto, de en punto a y cuarto o desde el minuto quince
hasta y media, o desde este diámetro de la esfera al minuto cuarenta y
cinco. Y fueron lo mejor de la tarde.
Un molinete zurdo en el principio de faena, tres derechazos, una
trinchera, toreras salidas de la cara del toro, que eso Morante lo borda,
recortes y cambios de mano. Otra historia fue el toreo al natural, por
donde el nuñezdelcuvillo no respondía con idéntica limpieza. A todo lo
contado le faltó la continuidad de la ligazón, que hilvanado quedaba por
pequeñas carreritas. La gracia del torero de la Puebla se elevaba como
los cohetes verdes que iluminan el Turia en los castillos nocturnos. El
espadazo atravesado que asomó por el costillar emborronó las pinceladas,
los bocetos, apuntes o casi cuadros. Nunca debió perder el trofeo, que,
sin Sevilla, le hace más falta que nunca. Ante el sexto, más chico y se
desintegra, no remontó, pese a momentos de esperanza. De nuevo la manera
de usar el estoque, abriéndose con descaro de la rectitud, le traicionó.
A José Tomás le esperaba el tomismo o el tardotomismo con los brazos
abiertos. Día «D», hora «H». Aunque todavía la temporada viene
larga, el matador de Galapagar necesitaba un campanazo que llamara la
atención. Castellón y Valencia se han escapado sin una vuelta al ruedo,
y no será por las terribles exigencias de ambas aficiones.
El máximo exponente con el capote se resumió en un quite por gaoneras
preñado de enganchones, como ambas faenas. Si el terciado segundo del
festejo careció de clase y se coló repetidamente, el buen quinto le
tropezó el engaño infinidad de veces durante una faena extensísima. Y
el caso es que cuando le cogió el temple brotaron los muletazos con
limpieza y largura, con ese nosequé que posee Tomás. Pero el conjunto
tenue, deshilachado, atropellado como el pasodoble de «El Gato Montés»
de la banda, que o le marcaban los tiempos precipitados o seguían de
marcha y pirulas. Cuando desafiaba el natural, sufrió una voltereta sin
consecuencias. José Tomás escuchó un aviso ya antes de entrar matar, y
el siguiente en mitad del mitin con la espada. Nada, ni un mínimo sentido
del honor, le impidió asomarse al tercio a recoger una ovación
desproporcionada.
Claro, que menos rubor le produjo a Barrera torear en su tierra con un
vestido viejo, pasado de tres temporadas, desgastado el oro, de pobre.
Competirá con El Juli por el trofeo a los toreros peor ataviados de la
Feria de Fallas. Al menos, José Tomás y Morante iban impecables, como
casi siempre.
A Vicente Barrera le tocó en suerte un torito pequeño y ensabanado,
muy mono. Y le pegó muletazos entre un viento molesto, que no tuvo que
ver con el caído espadazo. El «presi» echó a los corrales al cuarto
con escasos argumentos -por esa regla de tres más de la mitad de los
toros lidiados hasta ayer hubieran sido devueltos-; el rebrincado sobrero
blandeaba aún más.
El País. VICENTE
SOBRINO. Dos faenas de gran valor
Estuvo valiente José Tomás. Lo que se dice muy valiente. Plantó las zapatillas en la arena, mejor sería decir que las atornilló. No le importó que su primero desarrollara sentido, ni que el quinto le avisara varias veces hasta que lo volteó. Dos faenas de valor, sobre todo. De aguante. En una palabra, se jugó el tipo. Siendo dos faenas de similar planteamiento, la primera quizá tuvo mayor mérito que la segunda, aunque ésta tuviera momentos más lucidos.
Aquella primera fue de más agonía por las condiciones del toro. Ese toro desarrolló genio primero y sentido después. La faena tuvo cierta angustia por la quietud del torero, que no se descompuso a pesar de las coladas del toro. Siempre en el centro, sin tomarse concesiones, José Tomás tragó.
La del quinto fue otra historia. Y dos partes bien diferenciadas. Fue el toro que mayor nota de mansedumbre dio en el primer tercio, pero tuvo raza e interés en la muleta. Y fue bueno, excelente, por el pitón derecho. La primera parte de esa faena tuvo valor, pero menos toreo. Avisado por el pitón izquierdo y terco en no mejorar la posición y la distancia por ese lado, José Tomás acabó siendo volteado sin consecuencias. A partir de ese instante la faena tomó otro color. Y mayor vuelo. Dos derechazos muy templados en la primera serie tras la cogida dieron paso a los momentos más brillantes. La faena subió de tono y cogió nivel por el lado bueno del toro. Pero se estrelló finalmente cuando mató mal y peor a ese interesante toro.
Es posible que el toro más completo de lo que va de feria fuera el tercero de la tarde. Ya en varas dejó sentada su condición al tomar dos puyazos con clase. Avisó en banderillas, con buen galope, prontitud y fijeza, lo que podía ser para la muleta. No engañó ese toro. Morante se dejó ver en un comienzo de faena prometedor y las dos primeras series con la derecha, cortas pero intensas, dejaron sello de toreo caro. Pero ¡ay!, no tragó con la mano en la izquierda. Por ese pitón no se atrevió Morante a reventar una plaza que estaba con él. La faena, en fin, quedó firmada sólo por chispazos. Faltó algo; sí, pero no. Al sexto dejó que lo masacraran en varas. Otro toro bueno. Aquí Morante tampoco cogió el camino de la decisión. Compuesto con la derecha, pero sin romper, se puso por el izquierdo muy fuera de cacho, de forma que el toro no se le arrancara.
Barrera luchó más contra el viento que toreó a su dulce primero. En el inválido cuarto no le dejaron ni intentarlo
El
Mundo. JAVIER VILLAN.
El vértigo de José Tomás
La espada y el descabello se le están convirtiendo a José Tomás en
un calvario: una fuerza oscura, un viento sombrío que amenaza la
arquitectura de su toreo. Volvieron a sonar los clarines del miedo y sólo
a falta de unos cuantos segundos para el tercer aviso acertó con el
descabello. Vientos sombríos zarandearon toda la tarde la actuación de
José Tomás: entre el vértigo y el olor a cloroformo. Un ventarrón áspero,
la constante amenaza de cornada; como el viento que sopló al principio de
la tarde.
El viento, mucho más encastado que el toro ensabanao de Núñez del
Cuvillo, quería quitarle la muleta de las manos a Barrera.Y por allí
quedaron, como hojas muertas, naturales desbaratados, redondos de los que
sólo una tanda llegó a materializarse cabalmente.Se adivinaba la
caligrafía del artista valenciano, mas la obra no cuajó.
Se apaciguó el viento y la violencia la ponía el toro, el segundo.Se
adivinaba el derrote inminente, la tarascada asesina; todos lo adivinaban
menos José Tomás, que no lo vio o prefirió afrontarla.Entró a matar y
se tiró en marcha; después, un sablazo bajo.No fue el viento, sino el
infame sartenazo que atravesó al animal lo que quebró la hermosa
construcción de una faena ligera y alada: Morante de la Puebla. Algunas
tandas de redondos sintiéndose y a fondo; la casta del animal le violaba
la muleta y allí estaba Morante improvisando el molinete, el quiquiriquí
o la trinchera.Sin apreturas y adornándose con leves vuelos de su muleta.
El sablazo fue un feo huracán de efectos devastadores. Y devastado traía
su esqueleto el cuarto y tanto o más, el sobrero. Viejos vendavales habían
convertido en escombros sus huesos. Toda la plaza era una voz unánime e
iracunda. Vicente Barrera pretendía apuntalar aquella ruina sin que la
suavidad de su muleta consiguiera otra cosa que encrespar al personal.
Como un golpe de mar que abatiera una vela, el nuñezdelcuvillo le quitó
el capote a Luciano Núñez y allí se quedó, toro de piedra, guardándolo
como un trofeo. Atemperada su débil aspereza por la muleta de José Tomás,
el toro nunca se entregó del todo; una tanda de redondos largos y
templados fue un espejismo; mas la espeluznante voltereta no fue cosa de
espejos ni de imaginación.
Se levantó José Tomás y volvió al sitio que el toro le estaba
pidiendo desde siempre; dejó la izquierda y volvió a ponerse por la
derecha. Y por allí brotaron los mejores muletazos de la tarde y, por el
momento, los mejores de la feria. No es bastante; no se puede estar en el
vértigo y cerca del abismo tan continuamente.A partir de aquí, el viento
de la tragedia y el viento real se calmaron. Se diluyó también Morante y
la tarde quedó, una vez más, en ese punto de incertidumbre que, cada vez
más, produce la presencia de José Tomás en los ruedos.