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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del domingo, 17 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Daniel
Ruiz Yagüe, malos en general.Diestros:
Entrada: hasta la bandera.
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo, ABC
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Qué bien estuvo Curro!
¡Qué bien estuvo Curro! Bien de verdad. Romero
templa hasta la palabra, habla de toros sin ningún malaje para sus compañeros
en activo. A veces, dice con silencios, como su Maestranza. Levanta una
ceja y calla. Está feliz, no hay duda. La sonrisa le delata, una sonrisa
que sostiene Carmen Tello: cuadro de mujer española pronunciada en boca
de Umbral, maestro.
A Curro le han cantado ya todo: el temple, la gracia, la verónica,
hasta la grácil huida. Todo menos el valor. Los más lenguaraces, que
suelen ser los últimos en llegar, osados por naturaleza, desconocedores
de la historia, mercaderes del tópico y vendedores de humo, hacen a veces
sorna del gesto cuando se mienta el nombre del broncíneo Faraón, que ni
la neumonía le cambiado la color. Guardan sus muslos cornadas de caballo,
fuertes tabacos que regaron arenas secas de sangre. Aranjuez o Almería,
por ejemplos de un desmemoriado. Pero al margen de las carnes rotas,
desgajada la musculatura, uno, que por edad sólo alcanzó a ver la última
etapa con verdadera consciencia -el toro de Garzón en 1981, aun impúber,
es un recuerdo tan lluvioso como borroso, de andanada, bocadillo y olor a
colegio-, recuerda tardes sevillanas de caminar hacia el platillo,
meciendo un capote leve. Paso a paso y los sesenta y tantos cumplidos. Y
allá en los medios, tan alejado de los burladeros como el País Vasco de
la paz, se quebraba el paseo en una media verónica, que entera tiene
nombre de niña de ojos verdes. Aquello era valor. Ni más ni menos.
A riesgo de equivocarme, diría que Curro Romero se empapó de más
decisión y voluntad en el otoño de su vida. Tan así era, que el otoño
parecía primavera.
De cualquier forma, no cambiaría un lance de los sesenta por otro de
los noventa. Quizá no por la parada inicial, sino por el remate.
Entonces, cuando los Beatles se colocaron el mundo por montera para pisar
Barajas y las Ventas, Curro vaciaba el viaje por abajo, más Cagancho.
Pero en una y otra etapa nadie le quita ese primer tiempo de la verónica
parada, estatua de sal como la mujer de Lot, inflado el pecho por un
empaque natural que enganchaba a los toros por delante, en los vuelos que
los relojes paraban en Granada, año 72 o 73, o en Málaga, año 89, mili
en Plasencia, agosto imborrable.
Siete Puertas Grandes, dos de ellas interrumpidas; cinco del Príncipe;
Madrid y Sevilla, plazas curristas, tanto monta, monta tanto, no se
equivoquen. Siempre habrá quienes recuerden petardos; yo prefiero
rememorar los coitos a los gatillazos. Y que levante la mano quien se
inspire todos los días a las cinco de la tarde.
Ayer, por ejemplo, las musas le volvieron la espalda a Joselito, Manuel
Caballero y El Juli; los toros de Daniel Ruiz, vacíos por dentro y
algunos tan terciados por fuera, tan chicos a pesar de los pitones que los
tapaban en parte, que molieron de aburrimiento al personal.
Joselito, sentado en el estribo, se encerró del tercio hacia tablas
con el noblón primero, morralla pura, para evitar el viento. Y allí se
retaron a vulgaridad. Muerto uno, el superviviente desafió también al
engatillado cuarto. Pasitos, pasitos, pasitos...
Caballero se midió con un cornalón perritoro de 477 kilos. A los que
han recogido la antorcha de la lucha contra el exceso de kilos, a la que
uno también se suma, hay que advertirles que ojo, que uno da la mano con
la mejor voluntad y te cogen el brazo, que estos taurinos... El caballero
de Albacete hasta improvisó un circular invertido. ¡Toma! El quinto,
berreón, parecía enfermo; hubiera muerto igual si no lo mata.
Juli: o banderillea usted como corresponde a una figura que coge los
palos u olvídese. No encontró el temple con el tercero -¡venga
enganchones!-; el sexto, un novillote, fue devuelto. Daba lo mismo.
Lo bueno de Romero es que no dejaba nunca indiferente al personal.
Hasta para comerse una paella. ¡Qué bien estuvo!
El País. VICENTE
SOBRINO. Seis toros de pura mantequilla
Fallaron los toros, la corrida se fue al
garete y la tarde acabó en bronca. Así de claro. Se mire por donde se
mire, no hubo un resquicio de brillantez en las dos horas casi justas que
duró el espectáculo. Si acaso, sólo las verónicas de Joselito al
cuarto, ganando terreno en cada lance y rematando toreramente en los
medios. Fue una luz entre tinieblas. Aunque más que luz, apenas un rayo
luminoso.
Toro a toro la corrida se desgranaba. Y se
desangraba. Salían los toros con pies, desafiantes, pero al poco abrían
sus carencias. Ofensivos de cara, la corrida fue cornalona, maquillaban
otros aspectos. Pero, en general, tuvo cierta presencia.
De los seis toros de Daniel Ruiz, el
primero tuvo sus posibilidades. No las aprovechó Joselito. Faena
descentrada. Pespunteada, indefinida. Los cinco toros restantes se
desmorronaron apenas perdieron el gas de salida. Joselito tampoco se centró
con el cuarto y acabó por perder las pocas opciones que ofrecía el toro
por el pitón derecho antes de venirse abajo.
Del lote de Caballero, el segundo llegó a
la muleta sin picar. Embestir, lo que se dice embestir, sólo lo hizo el
torero. Echó mano de lo popular para robarle muletazos a un toro casi agónico.
El quinto coronó corrida tan lamentable y la gente obligó a Caballero a
rematar tan inválido animal.
El Juli se mostró provocativo con el
tercero y porfiando en la distancia corta. La faena fue tan sólo un
proyecto. Una lucha desigual. Un querer del torero y un no poder del toro.
Con el sobrero no tuvo ni opción. En este
no hubo ni planes de faena. A poco de iniciarla la gente le pidió la
muerte del toro. La brevedad se agradeció.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Oscuro
está el reino de Witiza
Oscuro se presentaba el reinado de Witiza, que decíamos en la escuela.
Witiza era un rey godo pero no sé quién es el Witiza actual cuyo reinado
se presenta tan oscuro; hay muchos witizas taurinos. Los peores presagios,
con frecuencia, se cumplen.La noche anterior me había calado hasta los
huesos, por la mañana estuvo a punto de atropellarme un landó del que
tiraba un caballo loco, me caí por las escaleras de la plaza en el
emocionante concurso de recortadores. Intenté una gracia diciendo que los
únicos muletazos que muchas tardes se ven en una plaza de toros son los
de mi muleta ortopédica: un taurino me llamó terrorista de la crítica.
En el restaurante, sin avisarme, me habían anulado la reserva de mesa
y todavía, a la hora de dictar esta crónica no he comido.O sea que ¿tenía
o no tenía razón para presentir lo peor en esta tarde de Joselito,
Caballero, El Juli y Daniel Ruiz? Según se mire. Cuando los desastres se
amontonan parece que nada pudiera ir peor, pero eso es mentira: nada hay
tan malo que no pueda empeorar.
Para colmo, Andrés Amorós, extrañamente más apocalíptico que yo
siendo él persona tan ponderada me había dicho en el vestíbulo del
hotel: esto se acaba, están matando la gallina de los huevos de oro.
Después, peripatéticos y falsamente conspiradores, reflexionábamos
sobre cómo ser crítico taurino sin caer en la locura y el cabreo perenne
y feroz. Por último, camino de la plaza, un petardo me estalló al lado y
me dejó sordo por un tiempo. Pero la sordera, por desgracia, no quita la
capacidad de raciocinio ni, mucho menos, afecta al sentido de la vista.
Puede uno quedarse sordo, mas lo que ocurre en el ruedo está ahí, entra
por los ojos aunque los cerremos voluntaria o involutariamente; por algo
la corrida es un suceso eminentemente sensorial.
No me atrevo a decir sensual para que nadie me interprete mal y porque
la condición de sensualidad requiere, por lo menos, ciertas dosis de pasión
y de emoción. Nada de esto hubo ayer y la gente quería que aquello
terminase cuanto antes para irse al fútbol o de copas con los amigos.
Mala cosa cuando los aficionados después de pagar un pastón por una
entrada, y pese a tener un cartel de ases como Joselito, Caballero y El
Juli, está deseando que todo acabe; mala cosa que las plazas se
conviertan en un sitio de aburrimiento y tortura. Y no hablo del posible
sufrimiento de los toros, que dicen los ecologistas, hablo de la tortura
que cualquier aficionado, medianamente consciente, sufre tarde tras tarde.
Allá ellos, los taurinos. Que reflexionen porque la paciencia de los públicos,
incluso de públicos tan festeros como el de Valencia, puede acabarse un día.
Saldar una tarde, por sacar algo medianamente positivo, con unas cuantas
verónicas de Joselito y con los lances con que El Juli paró a sus toros
es un pobre balance: paupérrimo, desalentador, catastrófico.Pero no hay
que cabrearse, ya vendrán tiempos mejores y si no vienen allá ellos.
Pero es cierto que van a acabar echando a los aficionados de las plazas.
Toros descastados
Y, de los toros, ¿qué? Pues de los toros, ná. Los toros de Daniel
Ruiz salieron arrogantes de cuerna y escachifollados de los cuartos
traseros y los cuartos delanteros. Y alguno de ellos, escachifollado de la
riñonada. Descastados y sin las mínimas ganas de embestir.Joselito,
Manuel Caballero y El Juli se estrellaron.
Pese a todo puede que el director del INAEM, Amorós, no tenga razón.
Yo, con tal de quitarle la razón a un amigo no sé qué hacer. Puede que
haya todavía porvenir y que ese porvenir esté en los recortadores. Estos
atletas y, además toreros, se jugaron el tipo, por la mañana, en el
Concurso Nacional; los toros de Criado Holgado tenían más pitones que
todas las corridas falleras juntas, incluida la de Daniel Ruiz que, en
este aspecto, salió casi irreprochable. Me parece que el Concurso lo ganó
un muchacho al que apodan El Rata. Da igual quien lo ganara: todos me
parecieron geniales. ¡Vivan los recortadores! |
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