La negritud del cielo, que convirtió la tarde en noche, se desplomó
en forma de tromba de agua durante la lidia del segundo toro. Inmejorable
tiempo para la rana de El Cordobés, que saltó en las postrimerías de
una faena prolífica en derechazos de aquella manera. El pupilo de Ana
Romero, que no fue quinto por sustituir a un hermano inválido, se tragaba
todo con un carácter bobalicón y distraído. Y ese todo consistía en
multitud de muletazos agrestes, que continuaron ante el sobrero de La
Dehesilla, muy serio y cuajado, tardo y sin entrega. Manolo Díaz no perdió
la sonrisa de tipo simpático y popular, y se puso a faenar entre voces
que lo animaban incondicionalmente. Porque el pueblo quiere a El Cordobés.
Javier Castaño abundó a conciencia en la suerte del derechazo
montaraz. Si no nos falla la memoria, ni presentó la izquierda en sus dos
labores. Y ambas contaron con toros que acudían a la muleta con
obedientes y sosas arrancadas, lejanas a la chispa de los santacolomas de
antaño. El chico mal no estuvo, le pone voluntad y entrega, se arrima y
eso, pero Dios no le ha llamado por otros caminos distintos al de la
vulgaridad.
Ante semejante exhibición de ordinariez, las notas interpretadas por
Paquito Esplá con el cuarto, un buen toro, supieron a gloria, fueron un
islote de torería en medio de un mar de tosquedad. Sólo los modos de
andar por la plaza distaban un abismo de la gañanía de sus compañeros.
El contraste se hacía insoportable.
Esplá protagonizó además la curiosa y antigua imagen de ofrecer los
palos a Domingo Navarro, banderillero de su cuadrilla, quien la tarde
anterior había estado superior y que justamente ayer pareó con discreción;
el alicantino clavó con eficacia.
La faena de muleta desprendió aroma en los principios y siguió en un
nivel alto sobre la derecha, manejada con naturalidad asombrosa. Ligaba
Esplá los pases con la mano baja, hilvanaba el toreo sobre un adoquín.
Por naturales pareció todo más ligero, e incluso así algunos
sobresalieron por empaque, y el santacoloma que más que desplazarse parecía
que se deslizaba. Hubo un par de obligados de pecho macanudos, uno
continuación de un circular invertido, y un torero broche de ayudados. La
media estocada se le fue a los blandos, y esperó la muerte sentado en el
estribo. Oreja de ley, y si apura debieron ser dos, pero a estas alturas
conformémonos con los aires añejos de este veterano, que despachó
pronto al complicado toro que abrió plaza.
El País. VICENTE
SOBRINO. ¿Dónde está la sangre de los Santa
Coloma?
La de Ana Romero era ganadería que había despertado cierto interés a
priori. Refrescaba los carteles un encaste no muy habitual en las
grandes ferias. Y eso se agradece de entrada. Sangre de Santacoloma, lo
cual es sinónimo de casta, raza y bravura. Pero eso, o debió ser en
otros tiempos o los toros lidiados ayer en Valencia de Ana Romero
perdieron por el camino la raíz de su procedencia.
De Santacoloma apenas tuvieron algo. Quizá la capa cárdena de alguno
de ellos; quizá la escasa entidad de casi todos ellos. Dirán que estaban
en tipo. Una excusa para colar algunos toros demasiado terciados. Además,
hubo toros de considerable alzada, lo cual es una contradicción. Pero lo
más grave fue que del encaste original apenas rescataron detalles durante
la lidia. No fueron toros de menos a más, como en lógica debió de ser,
y no se crecieron en el último tercio, como correspondía en teoría. Es
más, los hubo que en la muleta fueron verdaderas burras, con idas y
venidas sin ningún tipo de interés, ni para el torero y menos para el público.
Corrida para desesperar. Y eso que la gente estaba ayer de lo más
generosa.
De esa decepcionante corrida de Ana Romero, el lote de Esplá fue el más
dispar. El primero se acercó más que ninguno al encaste de
procedencia:distraído de salida, cumplidor en varas y crecido en
banderillas. En la muleta también se fue hacia arriba, aunque más por
genio que por casta, con la cara siempre alta y sin entrega alguna. Esplá,
lidiador consumado en toros de mayores exigencias, no se complicó. Lo pasó
con habilidad, sin quietud y sin comprometerse. En una palabra,
desconfiado. El cuarto fue manso en varas y de poca fuerza en la muleta.
Esplá aprovechó la bondad del toro, que se desplazaba por ambos pitones
a su aire, sin problemas y también sin clase. La faena no tuvo mayor
realce. Digamos que pulcro, aseado y tan escasa emoción desprendía
aquello, que más parecía un juego de Esplá con el toro que una
verdadera lidia. En este cuarto, Esplá invitó al tercero de su cuadrilla
de a pie, Domingo Navarro, a compartir banderillas. El tercio transcurrió
muy discreto.
Como una burra distraída fue el segundo. Salía del muletazo como si
la cosa no fuera con él. Miraba al tendido y se embobaba. El Cordobés se
lo pasó primero muy despegado, deslavazado, para rematar luego con el
salto de la rana. El sobrero de La Dehesilla fue el más serio de la
tarde. Un toro con toda la barba, pero sólo en estampa. En éste, Manolo
Díaz no se confió. La faena, un quiero y no puedo.
Voluntarioso pero vulgar anduvo Javier Castaño con sus dos toros. El
tercero apenas se movió, y el sexto, que no humilló nunca, fue tan
sosote como noblón. Castaño montó dos faenas sobre la base de la
quietud. Pero ante tan escasa entidad de toros, esa actitud se diluía
ante la indiferencia. La voluntad del torero fue insuficiente.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Oreja
para la torería de Esplá
Luis Francisco Esplá cortó una oreja en una tarde de lluvia y frío;
Esplá cortó una oreja no por una faena deslumbrante, sino por una torería
de maestro consumado; por el cuidado de los detalles, por el sentido
global de la lidia: como una ceremonia en la que todo tiene su por qué.
Ni en el toro del silencio y la indiferencia, ni en el que cortó la
oreja, dejó de evidenciar el alicantino la intención secreta de
cualquier gesto.
Por allí andaban todos entre el barrizal y el aguacero, despeinados y
descalzos. Esplá toreó sin descalzarse y sin despeinarse, que es una
forma de decir que toreó sin agobios. Mal podía, por otra parte,
despeinarse, pues toreó sin desmonterarse, conforme a viejas tradiciones.
En el primero brilló por navarras y en el cuarto por redondos; pases
altos y pases de pecho abrochando series cortas e intensas.
No hay signo de la corrida al que Esplá no llene de contenido.Incluso,
en un gesto solidario con el peonaje, ofreció banderillas a su tercero,
Domingo Navarro. Luego, Navarro volvió a su condición subalterna y le
hizo un quite al maestro que salía apurado del tercer par.
Lo que cuidó menos Esplá, y eso ya no entra dentro del ritual, fue el
sartenazo con que liquidó al toro de la oreja. Mas, puesto a adornar la
cosa, se sentó en el estribo y contempló la agonía del de Ana Romero.
Cuando Esplá hace estas cosas descubre esa raíz interna del toreo que
cohesiona y machihembra todas sus partes: la dialéctica entre
sacrificador y víctima, entre torero y público. En realidad Esplá es de
los pocos que lidia con ese sentido dramático de la representación; está
siempre en la ceremonia del toreo: incluso sin torear.
Manuel Díaz, El Cordobés, tiene un concepto de la lidia menos
sublime. Y Javier Castaño, también. Se acercan más al ámbito deportivo
y laboral de un trabajo que quieren hacer bien, que incluso hacen bien en
ocasiones.
Javier Castaño estuvo a punto de cortar una oreja por ciertas
intensidades y trasiegos, que malograron diversas circunstancias.El
segundo de Ana Romero, que iba para quinto, se volvió tonto de golpe y
empezó a embestir sin ton ni son. No creo que fuera por hipnosis de la
muleta de El Cordobés. Debió de ser por no acrecentar con su mansedumbre
las penas de Manuel Díaz, que ha andado últimamente en amargas
tribulaciones sentimentales.
Lo cierto es que el toro de Ana Romero había empezado tarasca y acabó
franciscano y borreguil; y si el astado se convirtió en hermano toro,
Manuel Díaz se convirtió en hermano rana y empezó a dar saltos de
batracio que regocijaron al personal.
Bajo el chaparrón, resplandecía la sonrisa luminosa de El Cordobés.Y
siguió resplandeciendo cuando salió el arcoiris. A este muchacho no lo
desaniman ni mansos ni contratiempos. Ha demostrado en ocasiones que sabe
torear y que merece un cierto sosiego: ¡hala, Manolo!
A Javier Castaño no le quebraron la voluntad las adversidades.Para
empezar, hubo de tomar vertiginosamente el olivo. Pero más tarde, en
ambos toros, se quedó muy quieto y ligó tandas de derecha con esfuerzo y
dificultades. Javier Castaño se peleó en buena lid toda la tarde, aunque
sin especiales destellos de torería.Entre la lluvia, Javier Castaño
perdió la muleta un par de veces, y falló con la espada. Lo peor fue
perder la oreja.