GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del miércoles, 13 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Ana Romero, de mal juego. 

Diestros: 

Entrada: algo más de media plaza.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Esplá, un islote de torería en medio de un mar de tosquedad

La negritud del cielo, que convirtió la tarde en noche, se desplomó en forma de tromba de agua durante la lidia del segundo toro. Inmejorable tiempo para la rana de El Cordobés, que saltó en las postrimerías de una faena prolífica en derechazos de aquella manera. El pupilo de Ana Romero, que no fue quinto por sustituir a un hermano inválido, se tragaba todo con un carácter bobalicón y distraído. Y ese todo consistía en multitud de muletazos agrestes, que continuaron ante el sobrero de La Dehesilla, muy serio y cuajado, tardo y sin entrega. Manolo Díaz no perdió la sonrisa de tipo simpático y popular, y se puso a faenar entre voces que lo animaban incondicionalmente. Porque el pueblo quiere a El Cordobés.

Javier Castaño abundó a conciencia en la suerte del derechazo montaraz. Si no nos falla la memoria, ni presentó la izquierda en sus dos labores. Y ambas contaron con toros que acudían a la muleta con obedientes y sosas arrancadas, lejanas a la chispa de los santacolomas de antaño. El chico mal no estuvo, le pone voluntad y entrega, se arrima y eso, pero Dios no le ha llamado por otros caminos distintos al de la vulgaridad.

Ante semejante exhibición de ordinariez, las notas interpretadas por Paquito Esplá con el cuarto, un buen toro, supieron a gloria, fueron un islote de torería en medio de un mar de tosquedad. Sólo los modos de andar por la plaza distaban un abismo de la gañanía de sus compañeros. El contraste se hacía insoportable.

Esplá protagonizó además la curiosa y antigua imagen de ofrecer los palos a Domingo Navarro, banderillero de su cuadrilla, quien la tarde anterior había estado superior y que justamente ayer pareó con discreción; el alicantino clavó con eficacia.

La faena de muleta desprendió aroma en los principios y siguió en un nivel alto sobre la derecha, manejada con naturalidad asombrosa. Ligaba Esplá los pases con la mano baja, hilvanaba el toreo sobre un adoquín. Por naturales pareció todo más ligero, e incluso así algunos sobresalieron por empaque, y el santacoloma que más que desplazarse parecía que se deslizaba. Hubo un par de obligados de pecho macanudos, uno continuación de un circular invertido, y un torero broche de ayudados. La media estocada se le fue a los blandos, y esperó la muerte sentado en el estribo. Oreja de ley, y si apura debieron ser dos, pero a estas alturas conformémonos con los aires añejos de este veterano, que despachó pronto al complicado toro que abrió plaza.


El País. VICENTE SOBRINO. ¿Dónde está la sangre de los Santa Coloma?

La de Ana Romero era ganadería que había despertado cierto interés a priori. Refrescaba los carteles un encaste no muy habitual en las grandes ferias. Y eso se agradece de entrada. Sangre de Santacoloma, lo cual es sinónimo de casta, raza y bravura. Pero eso, o debió ser en otros tiempos o los toros lidiados ayer en Valencia de Ana Romero perdieron por el camino la raíz de su procedencia.

De Santacoloma apenas tuvieron algo. Quizá la capa cárdena de alguno de ellos; quizá la escasa entidad de casi todos ellos. Dirán que estaban en tipo. Una excusa para colar algunos toros demasiado terciados. Además, hubo toros de considerable alzada, lo cual es una contradicción. Pero lo más grave fue que del encaste original apenas rescataron detalles durante la lidia. No fueron toros de menos a más, como en lógica debió de ser, y no se crecieron en el último tercio, como correspondía en teoría. Es más, los hubo que en la muleta fueron verdaderas burras, con idas y venidas sin ningún tipo de interés, ni para el torero y menos para el público. Corrida para desesperar. Y eso que la gente estaba ayer de lo más generosa.

De esa decepcionante corrida de Ana Romero, el lote de Esplá fue el más dispar. El primero se acercó más que ninguno al encaste de procedencia:distraído de salida, cumplidor en varas y crecido en banderillas. En la muleta también se fue hacia arriba, aunque más por genio que por casta, con la cara siempre alta y sin entrega alguna. Esplá, lidiador consumado en toros de mayores exigencias, no se complicó. Lo pasó con habilidad, sin quietud y sin comprometerse. En una palabra, desconfiado. El cuarto fue manso en varas y de poca fuerza en la muleta. Esplá aprovechó la bondad del toro, que se desplazaba por ambos pitones a su aire, sin problemas y también sin clase. La faena no tuvo mayor realce. Digamos que pulcro, aseado y tan escasa emoción desprendía aquello, que más parecía un juego de Esplá con el toro que una verdadera lidia. En este cuarto, Esplá invitó al tercero de su cuadrilla de a pie, Domingo Navarro, a compartir banderillas. El tercio transcurrió muy discreto.

Como una burra distraída fue el segundo. Salía del muletazo como si la cosa no fuera con él. Miraba al tendido y se embobaba. El Cordobés se lo pasó primero muy despegado, deslavazado, para rematar luego con el salto de la rana. El sobrero de La Dehesilla fue el más serio de la tarde. Un toro con toda la barba, pero sólo en estampa. En éste, Manolo Díaz no se confió. La faena, un quiero y no puedo.

Voluntarioso pero vulgar anduvo Javier Castaño con sus dos toros. El tercero apenas se movió, y el sexto, que no humilló nunca, fue tan sosote como noblón. Castaño montó dos faenas sobre la base de la quietud. Pero ante tan escasa entidad de toros, esa actitud se diluía ante la indiferencia. La voluntad del torero fue insuficiente.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Oreja para la torería de Esplá

Luis Francisco Esplá cortó una oreja en una tarde de lluvia y frío; Esplá cortó una oreja no por una faena deslumbrante, sino por una torería de maestro consumado; por el cuidado de los detalles, por el sentido global de la lidia: como una ceremonia en la que todo tiene su por qué. Ni en el toro del silencio y la indiferencia, ni en el que cortó la oreja, dejó de evidenciar el alicantino la intención secreta de cualquier gesto.

Por allí andaban todos entre el barrizal y el aguacero, despeinados y descalzos. Esplá toreó sin descalzarse y sin despeinarse, que es una forma de decir que toreó sin agobios. Mal podía, por otra parte, despeinarse, pues toreó sin desmonterarse, conforme a viejas tradiciones. En el primero brilló por navarras y en el cuarto por redondos; pases altos y pases de pecho abrochando series cortas e intensas.

No hay signo de la corrida al que Esplá no llene de contenido.Incluso, en un gesto solidario con el peonaje, ofreció banderillas a su tercero, Domingo Navarro. Luego, Navarro volvió a su condición subalterna y le hizo un quite al maestro que salía apurado del tercer par.

Lo que cuidó menos Esplá, y eso ya no entra dentro del ritual, fue el sartenazo con que liquidó al toro de la oreja. Mas, puesto a adornar la cosa, se sentó en el estribo y contempló la agonía del de Ana Romero. Cuando Esplá hace estas cosas descubre esa raíz interna del toreo que cohesiona y machihembra todas sus partes: la dialéctica entre sacrificador y víctima, entre torero y público. En realidad Esplá es de los pocos que lidia con ese sentido dramático de la representación; está siempre en la ceremonia del toreo: incluso sin torear.

Manuel Díaz, El Cordobés, tiene un concepto de la lidia menos sublime. Y Javier Castaño, también. Se acercan más al ámbito deportivo y laboral de un trabajo que quieren hacer bien, que incluso hacen bien en ocasiones.

Javier Castaño estuvo a punto de cortar una oreja por ciertas intensidades y trasiegos, que malograron diversas circunstancias.El segundo de Ana Romero, que iba para quinto, se volvió tonto de golpe y empezó a embestir sin ton ni son. No creo que fuera por hipnosis de la muleta de El Cordobés. Debió de ser por no acrecentar con su mansedumbre las penas de Manuel Díaz, que ha andado últimamente en amargas tribulaciones sentimentales.

Lo cierto es que el toro de Ana Romero había empezado tarasca y acabó franciscano y borreguil; y si el astado se convirtió en hermano toro, Manuel Díaz se convirtió en hermano rana y empezó a dar saltos de batracio que regocijaron al personal.

Bajo el chaparrón, resplandecía la sonrisa luminosa de El Cordobés.Y siguió resplandeciendo cuando salió el arcoiris. A este muchacho no lo desaniman ni mansos ni contratiempos. Ha demostrado en ocasiones que sabe torear y que merece un cierto sosiego: ¡hala, Manolo!

A Javier Castaño no le quebraron la voluntad las adversidades.Para empezar, hubo de tomar vertiginosamente el olivo. Pero más tarde, en ambos toros, se quedó muy quieto y ligó tandas de derecha con esfuerzo y dificultades. Javier Castaño se peleó en buena lid toda la tarde, aunque sin especiales destellos de torería.Entre la lluvia, Javier Castaño perdió la muleta un par de veces, y falló con la espada. Lo peor fue perder la oreja.

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