GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE
JULIO
Tarde del martes, 24 de julio de 2001
Crónicas de la prensa

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Victorino Martín, 1º y 3º anovillados, 2º abecerrado e indecoroso, todos chicos; flojos; encastados y nobles en general; 5º y 6º bravos. 

Diestros: 

  • Curro Vázquez, seis pinchazos, rueda de peones, pinchazo hondo caído, descabello -aviso antes de tiempo- y descabello (bronca) monumental); estocada caída perdiendo la muleta y rueda de peones (escasa petición, ovación y también pitos cuando sale al tercio).
  • Enrique Ponce, pinchazo, estocada corta, rueda de peones -aviso- y dobla el toro (ovación) y salida al tercio); pinchazo hondo -aviso-, estocada corta y capoteo mareante de peones (ovación) y salida al tercio).
  • El Califa, estocada baja y rueda insistente de peones (vuelta); pinchazo y bajonazo (silencio).

Entrada: media plaza.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, Diario de Sevilla


El País JOAQUÍN VIDAL, Valencia.  Curro Vázquez puso la torería

La tenían tomada con Curro Vázquez. Qué plaza. En cuanto un peón salió a recibir al primer toro, ya le estaban armando la bronca al matador. Y como el propio matador dio después motivos sobrados para la protesta pues se puso a tirar líneas medio descompuesto, la bronca que le dedicaron adquirió caracteres de escándalo. Continuó la corrida mas las gentes se aprestan para darle a Curro Vázquez su merecido en el siguiente turno. Sin embargo, llegado el turno, Curro Vázquez tiró de repertorio, llenó el coso de aromas toreros y dejó a la facción enemiga con un palmo de narices.

[No es que Curro Vázquez se hubiera puesto de repente a bordar el toreo. Es que, por primera vez en la tarde, había un torero con su torería, y apenas la desplegó ya estaba mandando a los pegapases a por tabaco.

Menuda diferencia, el torero y los pegapases. Los pegapases, Enrique Ponce y El Califa, daba pena verlos con su pegapasismo recalcitrante. No les ocurrió lo que a Curro Vázquez, claro: no los pitaban. Antes al contrario, los aplaudían. Uno, porque ambos son de la tierra; dos, porque traen fama y el público valenciano es absolutamente sensible a lo que manden la fama, los tópicos y lo políticamente correcto. A las cuestiones taurinas nos referimos, por supuesto.

Y eso fue, precisamente, lo que pasó con Curro Vázquez. Ya antes de empezar la función le tenían ganas pues lo consideraban un relleno en el cartel que venía a cubrir el expediente, y eso lo habría de pagar.

Las iras que se desataron con Curro Vázquez en el toro que abrió plaza no tuvieron continuación al aparecer el segundo pese a que había mayor motivo. Porque el segundo toro lucía tipo becerro, estaba inválido, y soltarlo constituía el colmo de la desfachatez.

Algunos aficionados protestaron pero lo que decían se perdía en el fragor del triunfalismo, del partidismo y del papanatismo. El "¡Vivan las caenas!" renace en las plazas de toros con todo el esplendor que tuvo en tiempos. Y sus militantes se volvían enfurecidos contra quienes osaban emitir el más mínimo juicio crítico acerca de los toros, de las figuras y del estado de la cuestión.

Hubo uno que cuando Enrique Ponce le ofrecía al becerro la muleta por la parte del pico gritaba "¡Pico!", y entonces los de las caenas le mentaban a la madre.

Muy llamativo resultó que Enrique Ponce se pasara toda su larga faena al becerro haciendo desplantes y gestos de bravuconería, como si torearlo equivaliera a la guerra de las galaxias. Al verle amagando pechugazos y poniendo posturas de "te daba así" (al becerro), venían ganas de decirle aquello de "menos lobos".

La faena ventajista, interminable e insulsa tuvo repetición en el quinto toro, que poseía más cuajo y sacó bravura. De nuevo toreó Ponce fuera cacho, componiendo posturas pintureras mientras pasaba al toro por la periferia, acelerado, sin ligar nada ni acabar nunca. Oyó en cada toro un aviso. Lo normal, en el torero más avisado no ya del actual escalafón sino de toda la historia de la tauromaquia.

Es innegable, no obstante, que a Ponce le sobran técnica y oficio. Justo lo que le falta a El Califa. Esta corrida era crucial para El Califa pues había de demostrar que es figura y también que, en un momento dado, le podría mojar la oreja a Enrique Ponce, con quien había entablado competencia.

Y, la verdad, ni mojó en lo segundo ni demostró lo primero. Pundonoroso sí estuvo El Califa pero no pudo con la casta de sus dos toros, que lo desbordaron ampliamente en todos los frentes. La falta de recursos, el toreo desastrado en consecuencia, la sensación de incapacidad pese a su voluntariosa disposición, además de conducir a una oportunidad perdida, produjeron cierta sensación de fracaso.

Por allí andaba, en efecto, Curro Vázquez, a la manera de convidado de piedra, víctima propiciatoria del que llaman el respetable (lo que -si bien se mira- no deja de ser un sarcasmo). Curro Vázquez se iba a enterar. Sería al saltar a la arena el cuarto toro. Y ya se empezaba a desatar la furia del respetable mientra el victorino galopaba por el redondel cuando Curro Vázquez hizo así, abrió un capote de seda, meció al bravo en unas suaves verónicas y media plaza se quedó con la boca abierta.

Estaba inválido el victorino por lo que carecía de recorrido y Curro Vázquez le hizo una faena de pases apenas apuntados, medios pases más bien, el gozo de las trincherillas a manera de recurso... No fue mucho pero aquello traía un aire distinto y tenía aroma. O sea: el toreo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. El fracaso de Victorino y la torería añeja de Curro Vázquez

Si esta tarde se redime por algo es por la torería añeja de Curro Vázquez. Porque a Victorino Martín no lo salva ni monseñor Escrivá de Balaguer que resucitase. Para venir así a una plaza de categoría, mejor quedarse en casa, ganadero. O que no le hubiera pagado la multa la empresa Roberto Espinosa y «company». Uno ata cabos y sospecha que, más que bajas y heridos en el campo, don Victorino ha comprometido más corridas de las que admite su camada, y por ese tira de toros tan impresentables como los tres primeros de ayer o recoge velas y se cae del otoño madrileño o de Logroño. Ya en la Beneficencia de Madrid la cosa fue de escalera y desigualdades. O quizá sean ciertas tantas desgracias en el campo. Vaya usted a saber.

De cualquier manera, ya verán como al final sale Enrique Ponce de culpable o alguien le señala con el dedo. En el caso de que el «Paleto de Galapagar» no careciera de especímenes de mayor seriedad, es que corren tiempos de taurinos torpones que ponen a sus toreros a los pies de los caballos.

A Ponce no se le concedió importancia con el segundo. Era imposible otorgar una valoración más positiva viendo aquel churro, una sardina, babosa y dócil para más inri. Pese a que hubo momentos de plasticidad y belleza, series más completas que otras, aquello parecía un ensayo de salón. Y además con algunos altibajos o desajustes.

El torero de Chiva se justificó con el quinto, infinitamente más toro. Se empleó el victorino en el caballo y luego no duró. Diríase que hasta se rajó acobardado. Ponce sacó más partido del que le ofrecían, e incluso obtuvo tres derechazos de mérito y temple. El resto fue una porfía valerosa de imposible lucimiento.

El Califa merece un respeto terrible, como cualquiera al que los toros le hayan cosido el cuerpo, como todo aquel que haya atravesado un camino de espinas y zarzas, cuesta arriba siempre. A José Pacheco no le perdonó el dolor ni la tarde de gloria de San Isidro. Y las cornadas se repitieron como estigmas. Hasta la última de Córdoba que aún acusa. A pesar de todo, realizó un esfuerzo con el terciado tercero, que se tapaba un poquito por la cara, y se anotó una vuelta al ruedo. Embestía tobillero, aunque tampoco la técnica de El Califa es la más apropiada para los victorinos, como también se vio en el sexto, que desarrolló un peligro evidente. A ambos los mató por los blandos.

A veces, cuesta un mundo explicar la transformación de toreros como Curro Vázquez, que pasó del desastre a la gloria del extraordinario cuarto. Esbozó el toreo a la verónica en un saludo de muñecas de cristal que consumó en un quite asentado y hondo, envuelto en un empaque viejo y perenne: ¡bienvenido sea! Por allí dejó también una pareja de medias señeras, y aunque no completó una faena redonda, un racimo de naturales pletóricos, un ayudado o aquella trinchera, un puñado de derechazos, sembraron la plaza de torería como si fuera un fertil huerto, haciendo de tripas corazón. Y del corazón, el toreo. No hubo mayor premio que el de nuestros sueños.


Diario de Sevilla. BARQUERITO. Curro Vázquez, exquisito y Ponce, muy en serio 

No hubo premio para ninguna de las tres faenas buenas de la corrida: una muy exquisita de Curro Vázquez al cuarto de la tarde, que fue el toro de Victorino que se empleó con más prontitud y alegría, y las dos de Ponce, marcada una por su destreza y autoridad y vivida la otra en clima de mucha tensión porque hubo delante un toro encogido que no paró de escarbar muy inquietantemente.

Una estocada precipitada, delantera y caída y los errores del puntillero dejaron sin oreja el bello, risueño y original de trabajo de Curro Vázquez con el cuarto: toreo andado de mucho apresto, con soberbios logros en los muletazos cambiados de trinchera y en los ayudados, prodigados sin empacho, sacados a tiempo, muy dominadores. Muy fluida la faena, dicha y sentida con ese acento privativo de los toreros de edad o formados en la lumbre del viejo toreo. Entregado Curro, que se descaró en los medios y, apostando por el toro, se lo trajo por los dos pitones limpia y sosegadamente. Hermosas improvisaciones y un delicioso conjunto pizzicante que vino a sumarse a otras exquisiteces previas, pues Curro toreó con el capote y lo hizo incluso abundantemente. Por abajo, con aplomo y con ajuste, con reposo y asiento. Dos medias verónicas, una rematando el recibo y otra abrochando un quite, fueron perfecta fantasía.

Ponce anduvo a su antojo con el segundo de corrida. Lo tuvo ya en la mano, sometido y encelado al cuarto muletazo y de ahí en adelante la faena fue casi un coser y cantar. Sólo casi, pues poderle al toro por el pitón izquierdo requirió, con viento molesto, una tanda previa de afine y ajuste. Ponce cometió el error de alargarse cuando todo estaba dicho y hecho. El toreo de prolongación no tuvo el mismo calado y los muletazos genuflexos cambiados para buscar la igualada fueron muy bonitos, pero Ponce pinchó, arriba, antes de tumbar sin puntilla al toro. Ya había sonado un aviso y con él se desinfló la gente. La faena del quinto tuvo gran seriedad por todo. Fundamentalmente, por lo incierto del toro que, encogido y la espera, no paró de escarbar y acabó apoyándose en las manos. Ponce volvió a pinchar, volvió a sonar un aviso y acabó de seguro espadazo arriba. Muy interesante la tarde de Ponce, aunque con rácano reconocimiento.

Lo demás fue de otra manera. Sólo por el hecho de hacer que su primero lo lidiara de salida Joselito Rus -y muy bien, por cierto-, Curro Vázquez se encontró de golpe con una hostilidad desproporcionada, que fue creciendo paso a paso. Agresivo, en oleadas y frenándose el toro de Victorino, Curro aliñó sin más y mató al sexto viaje. Una exagerada bronca. La inseguridad de El Califa con su primer toro provocó una inmensa emoción. A su aire el toro, se estuvo mascando la cogida. El Califa se encontró debajo el toro una y otra vez pero lo mató soberbiamente.

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