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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del sábado, 17 de marzo de 2001
Crónicas de la prensa
Corrida de toros

El Califa y El Juli en Valencia
Imágenes
del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Santiago
Domecq ( siete, primero bis, desiguales de
juego, fuerzas y presentación. Inválido el primero y muy blandos segundo,
cuarto y sexto; noble el tercero y manso con peligro el quinto. Los demás,
manejables.).
Diestros:
Entrada: Lleno.
Incidencias:
Crónicas de la prensa:
ABC, El País,
El
Mundo.
El
Mundo.
JAVIER VILLÁN. Infierno
y cielo de dos triunfos
Al fin dos Puertas Grandes de par en par en
esta Feria de Fallas. Dos Puertas Grandes, dos ángeles vestidos de
luces y caireles en volandas; esto es lo que más se aproxima a la
felicidad universal. Llega a estar un poco menos espeso Manuel Caballero
y, entonces, desde la Fallera Mayor al más humilde de los huertanos,
pasando por algún plumífero que otro, estarían tocando el cielo con
las manos. Pero las puertas por las que se asciende hasta los cielos
tienen también su infierno: la de El Califa sin ir más lejos. Bien
mirado, o mírese como se quiera, las dos salidas a hombros de ayer
tienen distinta marca y distinto sello. Incluso alguien podría decir
que tienen, globalmente, cierta inconsistencia y que ambas fueron
producto de una tórrida emocionalidad también de distinto signo: la de
El Califa es del signo del fuego y de la sangre; la de El Juli tiene el
dulce aroma de las flores campestres de romería. A El Califa, un
marrajo malintencionado quería partirle en dos; a El Juli, un toro
blandorro y suavón le decía tómame o déjame con una dulce e
incontinente mansedumbre. Ambos toreros tienen también signos y
caracteres distintos. A El Califa le atormenta la pasión, la necesidad
de ser alguien en esto del toro; El Juli parece que nació siéndolo y
que, además, las cosas le cuestan mucho menos trabajo. Yo creo más en
la estirpe dramática de toreros como El Califa que en la estirpe de
burbujeante vodevil de El Juli.
El Califa vino a comerse el mundo. Y lo peor del caso es que acabó
comiéndoselo, al final un poco a atragantones. El Califa pisó la arena
con la sobria y férrea austeridad de quienes tienen alguna cuenta
pendiente con la vida, con la fama o con el triunfo. Esa sobriedad
desgarrada, esa imaginería seca de talla sin sonrisa, produce una
sensación trágica. El toreo, entonces, nace del fondo de la tierra y
sube hasta los cielos en humanas y barrocas espirales. El toro primero
de El Califa se mantenía en pie gracias a la casta. El trazo escueto y
duro de la muleta del valenciano tenía la suficiente templanza para que
el domecq no acabara de rodillas. Avaricia de terrenos en los cites,
avaricia y carnalidad con el toro en su jurisdicción. Y asignatura
pendiente del capote. La cuestión estaba en conciliar ortodoxia, mano
baja y cargar la suerte, con la debilidad del toro. Y El Califa lo
consiguió sobre todo en una tanda de redondos y dos de naturales
largos, hondos y sentidos. Se le fue la mano baja en la estocada. E
intentó hacer el mismo toreo al quinto, un toro con menos claridad. Y
olía intensamente a cloroformo y a cornada. Los sustos revolotearon
como pájaros negros sobre su cabeza. Quedó la sensación de valiente,
de áspera lucha, de trágica obstinación; un sabor a sangre que seca
la garganta como los cantes desgarrados y tristes.
Insólitamente asentado estuvo El Juli en su primero; corriendo la
mano, ligando los muletazos y rematando una de las mejores tandas con un
molinete y una trinchera. Violentas lopecinas, zapopinas o como se
llamen, en el sexto. Y a partir de ahí, lo sabido y resabido: arrimón
final con el toro postrado, alardes muleteriles sacándoselo por detrás,
encimismo abusivo. Y en ambos, la estocada letal y sin remedio.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Un
toro bravo, ¡ay!
El toro bravo era pequeño. Chiquito pero matón. Le correspondió a
El Califa en segundo lugar. Y El Califa se enteró de lo que vale un
peine.
Tomaba cuerpo terrenal una vez más la anécdota famosa, mil
veces narrada; la del principiante que le dice al maestro: 'Ojalá
esta tarde me salga un toro bravo'. Y el maestro que le contesta:
'Si te sale un toro bravo, ay de ti'.
Y, efectivamente: ¡ay! Pues el toro bravo, cómo se las gastaba.
De una tremenda arrancada llevó en vilo al caballo de picar desde
la raya hasta las tablas, lo romaneó, a poco lo tira a base de
meter los riñones, volvió a zarandearlo recrecido... Y, de ahí en
adelante, no paraba de embestir; con seriedad temperamental e
indomable codicia.
Luego no pasó nada. Claro que según se mire pues El Califa,
aperreado durante toda la faena de muleta, al final le cortó al
torito bravo capitán de la manada una oreja que le valió para
salir a hombros por la puerta grande. O sea, como si hubiese
culminado una memorable proeza. Pero ni proeza ni memorable...
La gente, cierto, gritaba ¡huy! cada vez que el toro se le
arrancaba a todo motor, ¡ay! en cuanto estaba a punto de llevárselo
por delante -que era casi siempre-, y al terminar las embarulladas
tandas le aclamaba por su indudable valentía y por la alegría de
verlo indemne.
La emoción fue constante en tanto que el toreo no se producía
de ninguna de las maneras. El Califa era incapaz de dominar aquella
embestida constante; de atemperarla con un mínimo recurso lidiador.
Los taurinos, a quienes los toros bravos no interesan y no
quieren verlos ni en pintura, dirán que esta encastada menudencia
de Santiago Domecq miraba mucho o atacaba tobillero.Excusas, claro,
ya que de tener delante un torero con técnica y habilidad para
aplicarla, se habrían producido las suertes del toreo armonizando
el arte, la bravura y la nobleza.
Este torero cabal que se apunta no se encontraba presente en el
ruedo valenciano. No lo fue El Califa en su toro anterior,
bonancible e inválido, al que toreó con valentía haciendo alardes
de aguante y reposo rayanos en la temeridad. Aunque no parecía
necesario tanto y hubiese bastado con que aportara al toreo algún
sentimiento artístico, lo que tampoco ocurrió.
Triunfador de puerta grande se alzó, asimismo, El Juli, aclamado
aún con mayor entusiasmo que El Califa, sin que se sepa muy bien la
razón. Este joven matador, de niño vibrante e imaginativo -de ahí
su bien ganada fama- dio la sensación de que estaba vacío de
ideas, le fallaba su reconocida capacidad para realizar con ajuste
las suertes. Y lanceó torpemente, banderilleó empleando una
vulgaridad espantosa, muleteó sin gracia ni hondura. Las faenas de
El Juli transcurrieron mediocres y no consiguió cuajar un
derechazo, un natural, un circular de esos que dio de espaldas; algo
-en fin- que se aproximara al arte de torear y alegrara los
corazones.
A los corazones de la afición se refiere el juicio, pues al público
en general todo eso le daba lo mismo y bastaba con que concluyera
las tandas El Juli -normalmente con el pase de pecho- para que se
produjera en los tendidos el delirio.
El triunfalismo es lo único íntegro que queda en la fiesta. Lo
demás va manga por hombro y a todo el mundo le trae sin cuidado.
Manuel Caballero pegó pases malísimos frente a un toro noble y a
un inválido de beatífica borreguez, y el estrepitoso fracaso no le
va a rebajar el cartel que traía ni le impedirá torear en todas
las ferias.
Mientras siga saliendo el sucedáneo de toro la fiesta seguirá
siendo el puerto de arrebatacapas en que la han convertido unos
cuantos. En cambio si volviera el toro bravo, al estilo del chiquito
pero matón que hizo quinto, a lo mejor no había tantas puertas
grandes y ponía a cada cual en su sitio. Por eso no sale, claro.
Salvo imprevistos.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. El
Califa, órdago de escalofrío a El Juli
| Todavía le cuesta a la
garganta dar paso a la saliva. El Califa, a cara de perro,
se había jugado la vida, literalmente; El Tigre de Játiva
triunfaba a sangre y fuego, y todas esas frases hechas que
se vienen de sopetón a la punta de la pluma cuando el
escalofrío recorre los tendidos, con un toro bronco, áspero,
navajero de vocación. Era además un órdago a El Juli y al
escalafón; un desafío a los toreros dormidos que deambulan
por tantas ferias gracias a méritos contraídos en los
despachos. Réplica al portazo de Sevilla y reivindicación
testicular. De momento, un respeto. También para El Juli,
que vio la jugada y la aceptó en el sexto, como un gallo de
pelea herido en su orgullo. La reacción no se hizo esperar.
Tarde grande, sangre caliente. Los duelos, en el ruedo.
La faena temeraria de El Califa, ambiciosa, se había
erigido entre los arreones y los hachazos de un toro
chiquito pero matón, vareado pero con velocidad felina en
el manejo de los envenenados pitones, como catanas en manos
de los chinos de la nominadísima película de Ang Lee. Y el
tigre en este caso era de la tierra de las naranjas. Tiraba
el torero de los viajes sobre la mano izquierda y tragaba
ricino hasta rematar el muletazo, si antes no había
soportado la tarascada. Así, a pelo, bailando con la
muerte. La tensión cortaba el aire en el regreso a la
diestra. La plaza, un silencio; el pasodoble, una letanía.
Dos derechazos, un derrote terrible y manoletinas de ay. Y,
al entrar a matar, los pitones en el pecho y el hueso que
frenó la espada. Agarró la estocada, hábil, a la segunda.
Oreja para el diamante sin pulir que es. A base de poner la
cara y las femorales todos los días será duro el camino.
El Califa ya se había apretado un chotis a izquierdas
con su buen primero. Toreo caro al natural, de mano baja,
muy baja, y ligazón. La electricidad de los compases
previos y de aquellas verónicas de recibo dieron paso a una
mayor templanza, hasta las roblesinas finales.
De un día para otro El Juli no ha pasado de manejar con
ramplonería los palos a ser Pepe Dominguín, pero en el
sexto hizo bien las cosas, mandó taparse a los peones y
clavó un par de poder a poder, el tercero, arrancando muy
en corto y saliendo más pausado de la reunión. Antes, las
espectaculares zapopinas, atragantón incluido; después,
firmes las zapatillas e hilván ojedista, templado el engaño
para guiar largo a un enemigo justo de fuerza. Como ante el
tercero, estocada a ley, ahora sin perder la muleta. Como
entonces, oreja y notables tramos al natural. Sobre todo,
casta de torero.
Caballero partió de vacío. Ni el inválido primero bis
—se corrió turno— ni el reservón cuarto inspiraron
nada al ayer frío albaceteño.
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