El
único toreo que se vio en la tarde llevaba la firma de Ortega Cano.
Lo demás era de fábrica.
Toreo breve, ciertamente, en una faena justa, como debe ser. La
sabiduría popular lo tiene acuñado: de lo bueno, poco.
El toreo, si bueno, se percibe, se paladea y queda guardado de por
vida en la parte más sensible de los corazones ardientes. ¡Óle!
El toreo, si seriado, cansa, aturde, hasta puede acabar levantando
dolor de cabeza.
De este toreo fabril perpetraron inclemente desmesura Enrique Ponce
y El Juli. Vaya par de toreros vulgares y pesados. Igual que si les
hubiesen dado cuerda, la emprendían a derechazos y era un frenesí. O
la emprendían a naturales, con similar afán aunque con peor tino.
Las trazas que emplearon ambos coletudos para interpretar el toreo
al natural, los ve aquel Chicuelo de la preguerra, artífice de sus
mejores recreaciones, y le da una alferecía.
Entrambas figuras engendraron la peor tauromaquia imaginable. Sin
embargo, si se tuviera que discernir quién de los dos es el principal
responsable, uno señalaría a Enrique Ponce y su empeño en colar el
astroso pegapasismo de las ventajas, de los trucos y del total
desprecio a la torería.
Y todo ello, con los dos toros de menor fuste de la corrida. Dos
toros sin trapío ni fuerza, inocentes de puro dóciles, cuya
embestida la sustanciaban pegando tumbos.
Enrique Ponce recibió a los dos con unas verónicas largando tela
que obligaban a pasar a los pobres toros por la lejanía, y en los últimos
tercios les pegó sendas palizas muleteras. A ellos y a la sufrida
afición.
La sufrida afición llegó un momento en que quiso revelarse contra
ese sino sufridor, arbitrario e injusto, y harta de sufrir protestó
los excesos pegapasistas del torero y empresario de la plaza.
Tampoco es que fueran muchos quienes protestaban. La mayoría del público,
por el contrario, aplaudía disciplinadamente al empresario-torero
cada vez que se tomaba un respiro en su tenaz faenar. Es corriente en
parte del público actual: manifestar su adhesión inquebrantable a
quien digan que manda.
Ocurre con el público de toros y con cualquier otra colectividad.
Los ecos de aquel surrealista '¡Vivan las caenas!' que se oyó en
ciertas movidas de este país estrafalario, vuelven a sonar en tiempos
de democracia y libertades plenas. Claro que quizá resulte más
convincente decir 'Biban las caenas', y aún se ajustaría mejor a la
modernidad matizando 'Biban las kaenas'. Una K bien puesta justifica
totalmente el progresismo pasota.
El Juli recibió por verónicas al tercer toro y con tres largas
cambiadas de rodillas seguidas de más verónicas al sexto. No es que
valieran mucho, mas la voluntad de agradar quedaba suficientemente
demostrada. A ambos los cuarteó banderillas al montaraz estilo y les
hizo abundosas faenas de muleta.
Las tandas que daba El Juli, frecuentemente transcurrían bajo un
sepulcral silencio, y sin embargo al dar el pase de pecho la plaza se
venía abajo. Cuando Ponce acaecía otro tanto. Al actual público de
toros los pases de pecho es que le privan.
Los silencios durante las tandas se debían a la mediocridad técnica
y a la vaciedad interpretativa del autor, qué le vamos a hacer.
Buscar en el toreo que empleó El Juli alguna intención artística,
cierta predisposición para aplicar los registros de la verdadera
tauromaquia, constituía vana pretensión.
Se demoró la muerte de su primer toro y pese a que transcurrió el
tiempo reglamentario para que sonaran dos avisos, el presidente no
envió ninguno, si bien después tampoco concedió la oreja que pedía
el público. El sexto toro murió pronto, el público pidió
apasionadamente las dos orejas, el presidente sólo concedió una y se
ganó por ello un fenomenal abucheo.
Ahora bien, pasado el ruido y concluida la función, lo único que
quedaba en el recuerdo era el toreo de Ortega Cano. Lances a la verónica
mecidos en su primer toro, dos series excelsas de redondos en su
segundo, llevaban la firma del artista y poseían todas las características
que acreditan a las obras exclusivas por su grandeza.
La gente se tomaba un poco a guasa la reaparición de Ortega Cano,
se oían por el tendido tópicos leídos en las revistas del corazón,
no le pasaban movimiento mal hecho y cualquiera de ellos se
interpretaba como miedo.
Pero qué miedo... Un torero que se trae al toro toreado, le carga
la suerte y le liga los pases es un valiente a carta cabal. Y así
toreó Ortega Cano en todas sus intervenciones. Con dudas y reservas
al enfrentarse al encastado primer toro; con hondura y templanza al
embarcar al pastueño cuarto. Se echó la muleta a la izquierda y no
acabó de conjuntar la suerte. Pero tiró luego de trincheras y pases
de la firma, y el aroma de la torería embriagó la plaza. Y ahí quedó
eso.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Valencia. Tres toreros sin
sentido de la medida
| El Juli consiguió a última
hora su propósito, que era la oreja. La oreja, como la tierra,
parece ser para quien se la trabaja, y El Juli se lo curró a
destajo. Hasta el final persiguió su objetivo, hasta acorralarlo
por manoletinas de rodillas y una estocada a ley. Pero uno venía
con el hilo argumental en la cabeza del sentido de la medida,
primo hermano del sentido común. Aquél que lo posee se evita
malos tragos y se los ahorra a los demás. Por ejemplo, la
eternidad de las faenas de Enrique Ponce. Lo eterno en el toreo
también tiene la traducción de inacabable. O al menos en el caso
de Ponce ayer. Eterno o plomo. Porque, sin dudar de la buena
voluntad del diestro valenciano ni de su afán de agradar, lo que
se desprende de su actuación es una falta absoluta de medida y,
por tanto, de su sentido.
Otro ejemplo, el regreso de Ortega Cano. Y eso que en su mano
estuvieron los dos mejores toros de la tarde y, a la vez, los
mejores muletazos. Pero el resto, gestos, dudas, vacilaciones, no
se corresponde con la magnitud de su carrera. Sería fácil
aliviarse, tapar a Ortega con la esencia de una docena o así de
muletazos y decir que desprendieron infinita más torería que los
doscientos y pico que sumaron Ponce y El Juli. La realidad se
impone. Sobra darle besos a la muleta para evitar el viento o
hacer un despeje de plaza para esbozar un quite mediocre. Ojalá,
poco a poco, recupere el sitio. Nada gustaría más a sus
partidarios de verdad, a los que compartieron glorias y cornadas
de tiempos pasados, momentos felices y momentos muy duros. Quizá
mañana o al otro cuaje un toro, pero aun así ¿merecen la pena
el calvario o esas fatigas para entrar a matar? Si el sentido de
la medida hubiera funcionado, tal y como se fue hace dos años, no
debería haber vuelto.
El Juli quiso también subirse al carro de los pecadores. Es
hasta cierto punto lógico y humano que coja las banderillas para
satisfacer los deseos de la masa y levantar los ánimos. Sin
embargo, a quien quiere ocupar un liderato numérico y moral se le
ha de exigir en la misma proporción. Agarrar los rehiletes para
usarlos de manera tan desastrosa como en su primer toro,
metiéndose en el burladero porque el enemigo le ganaba los
terrenos, con el ruedo lleno de peones, para clavar además
caído, trasero y a destiempo, no vale. Déjelo para los pueblos o
ponga empeño en mejorar. Mídase, y para ello nada más rentable
que hacer caso al sentido común, que le dará la medida más
adecuada en el ruedo y en la vida.
Por lo demás, queda todo dicho. Julián López hizo quites
varios y acorraló el triunfo con el sexto con tres largas
cambiadas de rodillas, muchos muletazos, algunos buenos, y un
volapié en regla.
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