GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del viernes, 16 de marzo de 2001
Crónicas de la prensa

Imágenes del festejo

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Juan Pedro Domecq (de escaso trapío y flojos, varios anovillados e inválidos, principalmente 2º y 5º; manejables en general y la mayoría dóciles).

Diestros: 

  • Ortega Cano, pitos tras aviso y ovación con saludos.
  • Enrique Ponce, silencio tras aviso en ambos.
  • "El Juli", vuelta tras petición y oreja con petición de la segunda.

Entrada: Lleno.

Incidencias:

Crónicas de la prensa: ABC, El País.


El País. JOAQUIN VIDAL.  El toreo lo firmó Ortega Cano

El único toreo que se vio en la tarde llevaba la firma de Ortega Cano. Lo demás era de fábrica.

Toreo breve, ciertamente, en una faena justa, como debe ser. La sabiduría popular lo tiene acuñado: de lo bueno, poco.

El toreo, si bueno, se percibe, se paladea y queda guardado de por vida en la parte más sensible de los corazones ardientes. ¡Óle!

El toreo, si seriado, cansa, aturde, hasta puede acabar levantando dolor de cabeza.

De este toreo fabril perpetraron inclemente desmesura Enrique Ponce y El Juli. Vaya par de toreros vulgares y pesados. Igual que si les hubiesen dado cuerda, la emprendían a derechazos y era un frenesí. O la emprendían a naturales, con similar afán aunque con peor tino.

Las trazas que emplearon ambos coletudos para interpretar el toreo al natural, los ve aquel Chicuelo de la preguerra, artífice de sus mejores recreaciones, y le da una alferecía.

Entrambas figuras engendraron la peor tauromaquia imaginable. Sin embargo, si se tuviera que discernir quién de los dos es el principal responsable, uno señalaría a Enrique Ponce y su empeño en colar el astroso pegapasismo de las ventajas, de los trucos y del total desprecio a la torería.

Y todo ello, con los dos toros de menor fuste de la corrida. Dos toros sin trapío ni fuerza, inocentes de puro dóciles, cuya embestida la sustanciaban pegando tumbos.

Enrique Ponce recibió a los dos con unas verónicas largando tela que obligaban a pasar a los pobres toros por la lejanía, y en los últimos tercios les pegó sendas palizas muleteras. A ellos y a la sufrida afición.

La sufrida afición llegó un momento en que quiso revelarse contra ese sino sufridor, arbitrario e injusto, y harta de sufrir protestó los excesos pegapasistas del torero y empresario de la plaza.

Tampoco es que fueran muchos quienes protestaban. La mayoría del público, por el contrario, aplaudía disciplinadamente al empresario-torero cada vez que se tomaba un respiro en su tenaz faenar. Es corriente en parte del público actual: manifestar su adhesión inquebrantable a quien digan que manda.

Ocurre con el público de toros y con cualquier otra colectividad. Los ecos de aquel surrealista '¡Vivan las caenas!' que se oyó en ciertas movidas de este país estrafalario, vuelven a sonar en tiempos de democracia y libertades plenas. Claro que quizá resulte más convincente decir 'Biban las caenas', y aún se ajustaría mejor a la modernidad matizando 'Biban las kaenas'. Una K bien puesta justifica totalmente el progresismo pasota.

El Juli recibió por verónicas al tercer toro y con tres largas cambiadas de rodillas seguidas de más verónicas al sexto. No es que valieran mucho, mas la voluntad de agradar quedaba suficientemente demostrada. A ambos los cuarteó banderillas al montaraz estilo y les hizo abundosas faenas de muleta.

Las tandas que daba El Juli, frecuentemente transcurrían bajo un sepulcral silencio, y sin embargo al dar el pase de pecho la plaza se venía abajo. Cuando Ponce acaecía otro tanto. Al actual público de toros los pases de pecho es que le privan.

Los silencios durante las tandas se debían a la mediocridad técnica y a la vaciedad interpretativa del autor, qué le vamos a hacer. Buscar en el toreo que empleó El Juli alguna intención artística, cierta predisposición para aplicar los registros de la verdadera tauromaquia, constituía vana pretensión.

Se demoró la muerte de su primer toro y pese a que transcurrió el tiempo reglamentario para que sonaran dos avisos, el presidente no envió ninguno, si bien después tampoco concedió la oreja que pedía el público. El sexto toro murió pronto, el público pidió apasionadamente las dos orejas, el presidente sólo concedió una y se ganó por ello un fenomenal abucheo.

Ahora bien, pasado el ruido y concluida la función, lo único que quedaba en el recuerdo era el toreo de Ortega Cano. Lances a la verónica mecidos en su primer toro, dos series excelsas de redondos en su segundo, llevaban la firma del artista y poseían todas las características que acreditan a las obras exclusivas por su grandeza.

La gente se tomaba un poco a guasa la reaparición de Ortega Cano, se oían por el tendido tópicos leídos en las revistas del corazón, no le pasaban movimiento mal hecho y cualquiera de ellos se interpretaba como miedo.

Pero qué miedo... Un torero que se trae al toro toreado, le carga la suerte y le liga los pases es un valiente a carta cabal. Y así toreó Ortega Cano en todas sus intervenciones. Con dudas y reservas al enfrentarse al encastado primer toro; con hondura y templanza al embarcar al pastueño cuarto. Se echó la muleta a la izquierda y no acabó de conjuntar la suerte. Pero tiró luego de trincheras y pases de la firma, y el aroma de la torería embriagó la plaza. Y ahí quedó eso.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Valencia. Tres toreros sin sentido de la medida

El Juli consiguió a última hora su propósito, que era la oreja. La oreja, como la tierra, parece ser para quien se la trabaja, y El Juli se lo curró a destajo. Hasta el final persiguió su objetivo, hasta acorralarlo por manoletinas de rodillas y una estocada a ley. Pero uno venía con el hilo argumental en la cabeza del sentido de la medida, primo hermano del sentido común. Aquél que lo posee se evita malos tragos y se los ahorra a los demás. Por ejemplo, la eternidad de las faenas de Enrique Ponce. Lo eterno en el toreo también tiene la traducción de inacabable. O al menos en el caso de Ponce ayer. Eterno o plomo. Porque, sin dudar de la buena voluntad del diestro valenciano ni de su afán de agradar, lo que se desprende de su actuación es una falta absoluta de medida y, por tanto, de su sentido.

Otro ejemplo, el regreso de Ortega Cano. Y eso que en su mano estuvieron los dos mejores toros de la tarde y, a la vez, los mejores muletazos. Pero el resto, gestos, dudas, vacilaciones, no se corresponde con la magnitud de su carrera. Sería fácil aliviarse, tapar a Ortega con la esencia de una docena o así de muletazos y decir que desprendieron infinita más torería que los doscientos y pico que sumaron Ponce y El Juli. La realidad se impone. Sobra darle besos a la muleta para evitar el viento o hacer un despeje de plaza para esbozar un quite mediocre. Ojalá, poco a poco, recupere el sitio. Nada gustaría más a sus partidarios de verdad, a los que compartieron glorias y cornadas de tiempos pasados, momentos felices y momentos muy duros. Quizá mañana o al otro cuaje un toro, pero aun así ¿merecen la pena el calvario o esas fatigas para entrar a matar? Si el sentido de la medida hubiera funcionado, tal y como se fue hace dos años, no debería haber vuelto.

El Juli quiso también subirse al carro de los pecadores. Es hasta cierto punto lógico y humano que coja las banderillas para satisfacer los deseos de la masa y levantar los ánimos. Sin embargo, a quien quiere ocupar un liderato numérico y moral se le ha de exigir en la misma proporción. Agarrar los rehiletes para usarlos de manera tan desastrosa como en su primer toro, metiéndose en el burladero porque el enemigo le ganaba los terrenos, con el ruedo lleno de peones, para clavar además caído, trasero y a destiempo, no vale. Déjelo para los pueblos o ponga empeño en mejorar. Mídase, y para ello nada más rentable que hacer caso al sentido común, que le dará la medida más adecuada en el ruedo y en la vida.

Por lo demás, queda todo dicho. Julián López hizo quites varios y acorraló el triunfo con el sexto con tres largas cambiadas de rodillas, muchos muletazos, algunos buenos, y un volapié en regla.

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