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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del jueves, 20 de julio del 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Samuel Flores
con peso pero sin trapío, con leña pero brochos, flojos, varios inválidos,
mansos, manejables. 4º de Manuela Agustina López Flores, sin presencia e inválido,
devuelto. Sobrero de Badía hermanos, chico impresentable e inválido,
protestado de salida; manso y manejable.
Diestros:
- Miguel
Abellán, estocada trasera perdiendo la muleta, ruedas
insistentes de peones -aviso- y dos descabellos (insignificante petición y
vuelta); estocada perdiendo la muleta (palmas). Al terminar parte del público
arrojó almohadillas al ruedo en protesta por el mal espectáculo visto.
- Enrique
Ponce, pinchazo perdiendo la muleta, metisaca y rueda de
peones (silencio); pinchazo -aviso con mucho retraso-, otro princhazo,
estocada y rueda de peones (silencio).
- Morante de la
Puebla, estocada atravesadísima echándose fuera, rueda de
peones y descabello (silencio); pinchazo lateral echándose fuera, media y
rueda insistente de peones (algunos pitos).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Salió la cabra
Tal como venían presentando los toros de la feria se esperaba que tarde o
temprano soltarían la cabra. Y salió.
Pobre cabra. Están más cerca las navidades, y alguien se la lleva para el
Nacimiento.
Venía la cabra de sobrera, marcada con el hierro de Badía (muy conocido en
su casa a la hora de comer) y, lo que son las casualidades de la vida, le
correspondió a Enrique Ponce.
Enrique Ponce, cabecera del cartel, era sujeto pasivo de las casualidades de
la vida y quisieron que le correspondiera el toro más chico de la corrida, que
hizo cuarto -luego devuelto por inválido- y uno de los más chatobrochos que
habrán de verse en la temporada, y abrió plaza.
No se fio Enrique Ponce del chatobrocho. Que lo sería -los cuernos curvándose
hacia adentro hasta casi cerrarse en círculo- pero sacó cierta casta, y Ponce
se pegó la sudada.
Correr tras cada pase es habitual en Enrique Ponce y añadió el ardid de
iniciárselos al chatobrocho pegando un zapatillazo.
Al toreo de mucho zapatillear y luego correr, tiempo atrás lo llamaban
ratonero; y desmerecía a ojos de los aficionados, que menospreciaban a sus artífices
y los relegaban al montón. Hoy al zapatillear le llaman magisterio, y a quien
lo perpetra, figura.
Menudo chuleo
A la cabra le hizo Ponce larga faena desde el alivio, por derechazos, por
naturales, por pases de pecho dobles o sencillos, por trincherillas, por
molinetes en producción seriada y no acababa nunca. Le enviaron el habitual
aviso (por cierto con retraso) y se retiró congestionado al burladero de
capotes. Misión cumplida.
Dícese de Enrique Ponce lo de correr, y no sería justo olvidarse de Morante
de la Puebla que le supera en todas las modalidades: el sprint, la montaña
y la contrareloj. Le ponen una bicicleta y gana el tour.
Quién le ha visto y quién le ve a este torero que irrumpió dotado de
maneras exquisitas y la afición lo clasificó entre los del arte y del
pellizco. Hecho el nombre, sin embargo, ha trocado el arte por la vulgaridad y
el pellizco por la paliza.
Qué modos los de Morante: trapacero con el capote e incapaz de cuajar ni una
sola verónica; inseguro y astroso con la muleta, e incapaz de ligar dos pases
seguidos.
Los toros no tenían culpa. Le correspondieron uno probón, al que no supo
aplicar ningún recurso lidiador, y en segundo lugar una especie de novillejo
cargado de leña, inválido y dócil colaborador, y fue incapaz de sacarle
faena. A este torucho le instrumentó unos ayudados marcando estilo y cadera. Y
de ahí en adelante pegó derechazos apretando a correr, un solo intento de
natural le afligió y abandonó rápido la idea, vinieron los enganchones,
trasteó a la deriva... Quién le ha visto y quién le ve a este Morante,
convertido en un adocenado y pusilánime pegapases.
Destacó la voluntad de agradar que se traía Miguel Abellán. El público
necesitaba emociones fuertes y Abellán se las dio recibiendo a sus toros con la
larga cambiada de rodillas, ¡toma ya!
La larga cambiada de rodillas tiene efectos energéticos pues levanta el ánimo
de los públicos y los predispone a favor del autor. De manera que los capotazos
siguientes siempre los coreará gritando olé.
La verdad es que la larga cambiada sí, pero la verónica no le acababa de
salir a Miguel Abellán. A la verónica le pasa lo que a la paella: que es difícil
que te la saquen buena.
Afanosa faena realizó Abellán al tercer toro, casi toda por derechazos de
discreta factura (los naturales se quedaron en una tanda sin fundamento), y pues
la voluntad debe ser recompensada, estuvo a punto de recibir una oreja,
finalmente no concedida ya que se demoró la muerte del toro y oyó un aviso.
El sexto era un manso integral que se desentendía de los engaños para
amagar desplazamientos al abrigo de las tablas. No llegaba a consumarlos, porque
los puyazos carniceros que le metió el individuo del castoreño con total
desvergüenza le dejaron roto y no estaba para trotes. Y volvía a embestir un
par de veces a la bien presentada muleta de Abellán, para marcharse otra vez
hundido en la miseria. Luego no pudo haber faena.
¿Quiere creerse que el picador ese fue ovacionado? Tapando la salida del
toro le clavó puyazo corrido, lo llevó castigado hasta el platillo, volvió al
tercio sin dejar de meterle hierro y cuando lo soltó, le pegaron la ovación.
Cuando el público es de un trinfalismo desaforado y hasta aplaude las tropelías,
ya pueden soltar cabras que no pasa absolutamente nada. En Valencia, por lo
menos, da igual.
ABC. VICENTE ZABALA DE LA
SERNA. "Cartujillo" y el túnel del tiempo
Dicen que tras un experimento estadounidense la teoría sobre la velocidad de
la luz de Einstein se va al garete, y que incluso los sabios más sabios no
descartan el viaje a través del tiempo. ¿Se imaginan regresar a la Edad de Oro
del toreo o, mejor, a la Edad de Plata? Y conocer a Juan Belmonte, personaje
fascinante en toda la extensión de su vida, hasta la muerte. O ver a Rafael El
Gallo. O llorar con el capote de Curro Puya, Fernando Domínguez, Victoriano de
la Serna, Manolo Escudero o Mario Cabré después. ¿Cuánto dinero pagarían?
¿Qué hubieran hecho los monstruos sagrados de la tauromaquia con un toro como
«Cartujillo», de Samuel Flores, lidiado ayer por Miguel Abellán? Hablaríamos
de faena histórica, probablemente de la tarde de «Cartujillo» o del artífice
de la obra. Pero no hubo tal. No hablaremos de nada, porque vivimos otros
tiempos, con otros toreros, con otro concepto, una historia distinta y moderna.
Esperanzas falsas
Abellán no cogió nunca el temple, ni encontró la distancia adecuada, ni
entendió los terrenos. Se limitó a atacar y atacar, sin dar un respiro a «Cartujillo»,
metido en el tercio. Los enganchones se sucedieron, y dos desarmes
interrumpieron una faena que nunca se elevó a la altura que el bruto requería.
El arranque rodilla en tierra, sentado en el estribo, prometió esperanzas
falsas. Como luego la serie primera, al natural, cuando ya surgió una pérdida
del engaño. ¿Por qué no siguió por el pitón izquierdo una vez comprobada la
largura de la embestida? Nunca más volvió. En lugar de naturales, derechazos.
Y qué derechazos. No había abandonado una tanda y ya volvía a la cara del
toro, sin darle oportunidad de recobrar el resuello. Tras una estocada ineficaz,
necesitó del verduguillo. Una vuelta al ruedo, y gracias. El túnel del tiempo,
qué solución.
Enrique Ponce se ha despedido de esta paupérrima Feria de Julio con mucha más
pena que gloria. Deslucido y sin fuerza el primer samuel, no valió ni a media
altura, porque cabeceaba, a la defensiva, continuamente. Peor fue a izquierdas.
Por otra parte, el devuelto cuarto arrastró las patas hasta que provocó el pañuelazo
verde. El sobrero de Badía Hermanos, feo y triste, manso en varas, derrochó
una dulce nobleza en la muleta. Hubo naturales y momentos notables, pero la
imagen de que a Ponce le trae todo un poco al pairo no pasó inadvertida. Falló,
una vez más, con el acero.
La misma cara y exacto gesto lucía Morante cuando se «enfrentó» al
zambombo segundo —615 kilos de mansedumbre— que cuando despachó al inválido
quinto. Nunca asentó las zapatillas y mató en plan artista. Un fenómeno,
oiga.
Manso como la tarde salió el sexto, para decir adiós. Abellán se pegó una
vueltecita al anillo tras él y, al menos, resolvió con facilidad con el
estoque. ¿Para cuándo dicen que estará ese túnel del tiempo?
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