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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del 19 de julio del 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Tres toros de Daniel Ruiz,
(resto rechazados en el reconocimiento), 2º y 3º chicos anovillados, 4º
terciado, se tumbó en el último tercio y fue apuntillado. Tres de Alcurrucén,
1º terciado pobre de cabeza, aplomado; 5º chico y anovillado devuelto por inválido;
6º sin trapío, flojo. Sobrero de José
Manuel Criado, sin presencia ni fuerza, se le simuló la suerte de
varas, dócil
Diestros:
- Espartaco,
bajonazo (silencio); el 4º se tumbó a poco de empezar la faena y
fue apuntillado (ovación).
- Enrique Ponce,
tres pinchazos, media -aviso- y dobla el toro (silencio); dos
pinchazos -aviso-, estocada baja y rueda de peones (silencio).
- Manuel
Caballero, pinchazo y media (oreja); estocada trasera
(aplausos).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Toro sentado
Toro sentado no hace fiesta o esa es la teoría, pero ocurrió en realidad
que lo apuntillaron y con tan fausto motivo le pegaron una ovación a Espartaco.
Espartaco no había toreado al toro ni nada, ya que se le sentó. De donde
cabría deducir que la ovación debió ser para dejar claro que no se le culpaba
en absoluto del desaguisado.
El público taurino valenciano es enternecedor
El público valenciano lo que quiere es aplaudir. Y acabada la función, en
la que no se vio ni un solo toro, ni tampoco un solo toreo, y fue un tostón, y
hubo en ella buena cantidad de indicios para presentar varias denuncias en el
juzgado de guardia, la mayoría del público despidió a los toreros con una
larga ovación.
Una minoría los despidió tirando almohadillas, pero ya se sabe que nunca
faltan los eternos descontentos y siempre hay quien da la nota.
El toro sentado merecería un detenido estudio. Terciado aunque luciendo
cierto trapío, se comportó en los dos primeros tercios siguiendo la moda de la
cabaña nacional, que consiste en no destacar por nada que se relacione con la
casta brava. En el tercero tomó sumiso los voluntariosos derechazos que le
instrumentó Espartaco y al echarse el veterano diestro la muleta a la izquierda
y dar dos pases, el toro debió mugir "Por ahí ni loco", o "A
otro can con ese hueso", o "Espartaco, escucha, el toro se va a la
ducha", y se sentó.
Y ya, sentado, no había manera de moverlo. De todo le hicieron,
principalmente darle con la pañosa y los percales en el morro, agarrarlo de los
cuernos, tirarle del rabo. A veces eran dos peones los que le tiraban del rabo.
Mas ahí se las podían dar todas y el toro se negaba a abandonar la horizontal.
Eso de que a un toro le soben los morros, le mancillen los cuernos, le
agarren por el rabo y soporte tales humillaciones con absoluta indiferencia es
muy fuerte. Y da que pensar. Si a un toro, que es el símbolo universal del
poder, de la fiereza y de la bravura, se le pueden hacer semejantes fechorías
sin que proteste, es señal de que ha llegado el fin del mundo.
Tras un buen rato de inútiles intentos para incorporarlo, el presidente dio
la venia para que lo apuntillaran. Y consumado el toricidio, la gente, siempre
imprevisible en sus reacciones colectivas, se puso a aplaudir a Espartaco con un
calor y un entusiasmo dignos de mejor causa. A lo que correspondió Espartaco
saludando sonriente desde dentro del burladero.
Los remiendos que le echaron a la corrida no sirvieron para enderezarla.
Grima da pensar cómo serían los toros rechazados en el reconocimiento, al ver
la miseria corporal de los seis que saltaron al redondel. Los más chicos para
Ponce, por descontado; y el sobrero que sustituyó a un inválido devuelto al
corral, también.
Quien manda, manda.
Ponce les hizo a sus dos anovillados colaboradores sendas faenas de escaso
fundamento, jaleadas sin reservas por parte del público. Abundó en los
derechazos, intercaló alguna tanda de naturales, ejecutó las suertes fuera de
cacho, no ligó ninguna, correteó mucho, no acababa nunca, mató mal, escuchó
los habituales avisos, silenciaron su labor y aquí paz, después gloria.
La oreja se la llevó Manuel Caballero merecidamente no porque interpretara
el arte de torear sino por su empeñoso faenar al toro tercero por derechazos,
por naturales en una tanda y, sobre todo, por un circular citando de espaldas
que fue lo que con mayor algarabía acogió el público a lo largo del espeso
atardecer.
No hubo toreo de capa. Parece mentira. Cuantas veces salieron los diestros a
recibir a sus toros (siete en total), lancearon sin mando ni estilo -trapacearon,
antes bien- y no fueron capaces de dar ni una sola verónica que mereciera el olé
sentido y admirativo.
Como si la tauromaquia no hubiese evolucionado desde el Cúchares: se lleva
el toreo de las cavernas. Razón tenía el toro aquel que se sentó mugiendo
"Que embista Rita la cantaora".
ABC. VICENTE ZABALA DE LA
SERNA.
Valencia. Caballero y el temple se citaron en una
tarde que fue de los hombre de plata
En esta tierra pródiga en grandes toreros de plata, las prisas nos han
conducido a que, en las últimas crónicas, nombres como Vicente Yestera, El
Chano o Josele, no asomaran a esta página después de haberlo hecho al balcón
armado de los toros. Ayer se sumaron a la lista Antonio Tejero, Gonzalo González,
José Antonio Carretero y De la Viña, quienes escribieron, a lo largo de la
tarde/noche, distintos pasajes de relieve, tanto con los palos como capote en
ristre, siempre desde el temple, importante hasta en las salidas de las
reuniones con los rehiletes, padre y madre del toreo.
Caballero así lo entiende y lo concibe, y templó y mucho. Caballero toreó
a cámara lenta, muy despacio, suave, tranquilo y reposado. El diestro de
Albacete volvía tras los pasos que marcaron su fulgurante y firme despegue en
Fallas. Aquellas sendas se desvanecieron por no se sabe qué selvas tras
Sevilla. Hasta que Caballero se ha reencontrado con ellas y consigo, otra vez,
en el mismo escenario de hace cuatro meses. Y enfrente, un toro de Daniel Ruiz,
sin demasiadas apariencias ni mucho poder, mas noble hasta aburrir. Perseguía
la muleta con un aire cansino, vago, al ritmo atemporal y ligado que imponía el
matador. La última tanda diestra necesitó ser reflotada por un circular
invertido, tan a la moda, eterno porque continuó en un cambio de mano
interminable. Pinchazo, media estocada y oreja, justo premio por la feliz cita:
Caballero y el temple se vieron las caras.
Espartaco también fue protagonista en marzo aquí en la capital del Turia,
pero por bien distinto motivo, por el dolor y el desgarro de la cornada. Por esa
razón brindó el toro inaugural de su lote al doctor José María Aragón,
manos de seda en aquella tarde. A Juan Antonio se le quiere en Valencia. Se
nota. Quiso corresponder a tanto cariño con un esfuerzo por estar en la cara
del enemigo. El ejemplar de Alcurrucén, sin embargo, acusó el duro castigo en
varas y no consiguió dar salida a su calidad. Murió de un notable bajonazo. En
la nada se diluyó su segunda obra: el pupilo del ganadero albaceteño —sólo
tres pasaron el reconocimiento veterinario— se echó en mitad de faena para no
desentonar de su paupérrima temporada.
Impresentable había sido el segundo, también del hierro de Ruiz, anovillado
en exceso. Careció de fondo y formas. Ponce dejó una media verónica de nota,
un par de series de redondos y poco más. Por el pitón izquierdo la cortedad de
los viajes impedía el lucimiento. La cosa tomó la cuesta abajo y empeoró con
la espada, cruz del torero de Chiva en este 2000. Un aviso coronó su quehacer.
Prácticamente se repitió el panorama con el sobrero que hizo quinto, de
Criado Holgado. Adoleció de falta de fuerzas. El castigo en el caballo apenas
existió. En el último tercio, algunos naturales para la reseña. Y de nuevo
los pinchazos y otro aviso. Al fin y al cabo, triste balance.
Caballero no redondeó su actuación con la noche ya encima. La plata de las
cuadrillas todavía destellaba. Para nada sirvió el sexto, que falleció de una
buena estocada.
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