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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del 18 de julio del 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros
de Valdefresno, terciados,
tres primeros anovillados, pobres de cara; flojos, manejables. Dos de Hermanos
Fraile Mazas, terciados aunque serios, 5º bravo, 6ºinválido, encastado y
noble.
Diestros:
- Finito
de Córdoba, dos pinchazos -primer aviso-, tres pinchazos,
estocada -segundo aviso- y rueda de peones (silencio); pinchazo hondo -aviso-
y descabello (división de opiniones).
- Eugenio de Mora,
seis pinchazos, estocada ladeada y descabello (silencio); estocada
(silencio).
- Juan Bautista,
dos pinchazos y estocada caída (silencio); estocada caída seguida
de una precipitada, persistente y desaforada rueda de peones que tira al
toro (minoritaria petición y vuelta).
Entrada: Dos tercios de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, El
Mundo
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Los derechazos deben
cotizar a Hacienda
Los que quieren ser figuras pegando derechazos no deberían irse de rositas. Los
derechazos se han convertido en instrumento engañabobos para ganar dinero y
deberían tributar a Hacienda. No los derechazos, claro, sino los astutos
derechacistas.
Finito de Córdoba, sin ir más lejos, los derechazos que pegó en esta
corrida de la feria valenciana le deberían haber costado una pasta gansa. De un
lado, por la rentabilidad que les intentó sacar en forma de orejas y laureles
de figura; de otro, porque crearon alarma social. La gente, al medio centenar de
derechazos, ya no sabía dónde meterse y pedía socorro.
La faena entera a base de derechazos, todos bastante malos y algunos aún
peores, montó Finito de Córdoba; nueve tandas o así. Y sólo utilizó la
izquierda para perpetrar la suerte suprema, que consistió en pinchar echándose
fuera y acabó oyendo dos avisos.
La faena al cuarto toro también la montó Finito sobre los derechazos, de
calidad similar a la paliza anterior. De principio a fin, excepto una fugaz
incursión a los naturales. Cuando Finito tomó con la izquierda la muleta hubo
un murmullo creciente en la plaza: los partidarios aplaudieron el gesto (los
taurinos lo llaman gesta), los escépticos se pusieron a hacer chistes. Media
docena de naturales sin ajuste ni templanza ensayó Finito. Y volvió a los
derechazos, esta vez con especial denuedo (se ve que le tiene afición), poniéndose
encimista, tremendista, arrojado y hasta suicida.
Es muy de ver el entusiasmo con que los toreros modernos realizan estas
temerarias porfías a escasos palmos de los pitones. Dicen ellos de sí mismos,
en sus declaraciones entre barreras al concluir la faena, que estuvieron
importantes y se jugaron la vida. Por su puesto que hace falta valor. La pena es
que el valor tiene un límite y a los toreros modernos -Finito uno de tantos- no
les llega para atreverse a parar, templar y mandar ligando los pases.
Parar, templar y mandar ligando los pases no hay ni un torero moderno que sea
capaz de hacerlo. La larga cambiada de rodillas, la gaonera de parón, el
penduleo junto a las astas ahogando las embestidas, el pase de pecho restregándose
contra el costillar una vez salvada la cabeza del animal, sí, son capaces de
hacerlo la totalidad de los toreros modernos cuantas veces sea menester.
Ahora bien: aquello de traerse al toro toreado, cargar la suerte -parar-
cuando entra en jurisdicción; embarcarlo -templar- llevándolo embebido en la
pañosa; rematar el viaje -mandar- donde debe iniciarse el siguiente, y tirar de
la res con ganancia de terrenos y pleno dominio de la situación, eso no se
atreven a hacerlo ninguna de las actuales figuras ni los aspirantes. Pues para
interpretar el toreo tal cual mandan los cánones -que es según se acaba de
resumir- hace falta técnica, sentimiento y lo que hay que tener.
¿Sabe usted?
El toro, por manso o por pregonao, pudiera dificultar el toreo en pureza, mas
no era el caso. Lo que le soltaron a la terna de la corrida ferial fue en el
fondo una novillada de escaso fuste y sobrada manejabilidad para realizar
desahogadamente el toreo dicho y lo que fuera menester.
Si a Finito le arrebataba su segundo toro el capote cada vez que se lo ponía
delante, a Eugenio de Mora le ocurrió algo parecido con el quinto. No traía,
al parecer, la mejor disposición Eugenio de Mora a la feria de Valencia. Se diría
que la profesión ya le ha dado todos los cortijos en venta y no debió
considerar que mereciese la pena el intento de alguna proeza digna de permanecer
en el recuerdo.
Por ejemplo, torear. Y se limitó a los consabidos pases, desplazando el
viaje cuanto le diera de sí el brazo, sin ligar, rectificando terrenos, e
intercalando rodillazos y porfías encimistas que dejaron indiferente a la afición.
Mayor ánimo que sus compañeros traía Juan Bautista y mejor corte torero en
la realización de las suertes, aunque tampoco era como para lanzar cohetes.
A su primer torillo, que se quedaba algo corto en las embestidas, le aplicó
Bautista una larga y soporífera faena. Al sexto, de más presencia y encastada
nobleza, le montó casi toda la faena por naturales. Fue la gran sorpresa, y
dada la generosa aportación de semejante rareza, inesperada en la tarde e insólita
en la fiesta moderna, debería desgravar a Hacienda.
Los naturales le salieron a Juan Bautista bastante aleatorios: unos bien,
otros regular, algunos mal. Trasteo adelante, la faena fue perdiendo interés.
Instrumentó de frente las últimas tandas y, carentes de gracia, resultaron
aburridas. Finalmente cobró una estocada y hubo petición de oreja. Muy escasa,
pero a grito pelado y llamándole de todo los orejistas al presidente, que no la
concedió. Y se le felicita por ello. La dictadura del derechazo en el ruedo y
la del desaforado triunfalismo en el tendido ya hace tiempo que están hartando
a los verdaderos aficionados a la fiesta de los toros.
El
Mundo.
JAVIER
VILLAN. Mala tarde, pero vendrán peores
Valencia es el feudo de Finito de Córdoba, con permiso de Enrique Ponce,
claro. Valencia es donde el cordobés de Sabadell tiene más fidelidades a
prueba de pico, alivios varios, rectificaciones y fueracacho. Yo he visto a
estos buenos aficionados -buenas gentes que caminan y van alegrando las ferias-
sufrir y entusiasmarse por Finito, casi siempre por parecidos motivos
intrascendentes: un natural de más o una verónica de menos. Ayer, otra vez,
casi todo en la labor de Finito, fue de menos. Claro que no se indulta un toro
todos los días. Y las buenas gentes de Córdoba radicadas en Valencia y los que
no son de Córdoba sino del noble reino levantino (o del Cantón de Vinaroz), se
preguntaban por qué esa gloria del indulto les cupo a los catalanes y no a
ellos. Pues muy claro: porque Finito de Córdoba es de Sabadell (o acaso de
Badalona). Y, por lo tanto, los catalanes de la senyera cuatribarrada siempre
están jodiendo la marrana a los valencianos.
Juan Serrano, o sea Finito de Córdoba, no se colocó en el sitio ni una vez.
Se puso pinturero y juncal, pero no toreó. Se alivió constantemente, pinchó
siete veces en el primero, echándose fuera con abulia y desinterés. Y le
tocaron dos avisos en uno, generosos de tiempo y demorados, y otro en el cuarto.
Hasta aquí, lo mejor. Vino luego lo más brillante de la tarde: la capea
siniestra en el primer tercio, el desastre total en banderillas y los sucesivos
desarmes de Juan Serrano. Mas bastaron un par de redondos con el toro en estado
terminal, para que la música rompiera a tocar y el público a ovacionar. Cosas
de la pasión.
Problema sin solución se le presentaba a Eugenio de Mora, que se marcó unas
verónicas de fuste en el segundo. El de Valdefresno no podía con su alma y, en
consecuencia, menos podía con su cuerpo. Si De Mora intentaba el toreo de mano
baja, el toro se pegaba la costalada y si lo llevaba a media altura, el animal
calamocheaba y le descomponía el cuadro. Y como lo que no puede ser no puede
ser y, además, es imposible, el problema quedó sin resolver.
Los otros problemas, los del quinto, tuvieron más o menos idénticas
resoluciones. El picador se creyó que estaba en un rodeo o en un safari y se
fue a los medios a cazar al toro que recibió un fuerte correctivo. El
correctivo definitivo y último, acaso lo mejor de Eugenio de Mora, fue una
excelente estocada hasta la bola.
En el soporífero trasteo de Juan Bautista al tercero se produjo un fenómeno
curioso por no decir desesperante: un grupo minoritario pidió toro, toro, toro
y sonaron algunas palmas de tango huérfanas y tristes. Lo malo del actual
momento taurino no es que haya corridas pésimas o insoportables, lo peor es la
resignación. Uno ha creído que las plazas de toros eran el último reducto de
una posible subversión, los rescoldos recuperables de una revolución perdida.
Mentira. Las plazas de toros son el vivo ejemplo de un acomodo gregario. Y a los
sectores levantiscos ya se encargan algunos evangelistas apócrifos de
denunciarlos al Santo Oficio. No hay rebelión en las plazas, sólo acatamiento
y sumisión. No habría aburrimiento si los públicos se rebelaran. Rebeldía no
quiere decir pegarle fuego a la barrera, los burladeros y los toriles, quiere
decir algo tan sencillo y cuerdo como exigir que se respeten sus derechos.
Tampoco, digo yo, que el público monte las barricadas en los ruedos y cante
el himno de la Confederación, mas no vendría malun poco de insurgencia y
amenaza, con permiso de los escribas del poder y de los predicadores del orden y
la urbanidad. Las únicas insurgencias que se conocen aquí en Valencia son
contra el presidente cuando no concede una oreja solicitada. Ayer, por ejemplo,
con Juan Bautista, mató a la primera en el sexto y eso desató la generosidad.
Bien mirado, el francés apenas dio tres naturales limpios. En cambio,
menudearon los enganchones y la confusión de terrenos.
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