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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE SAN JAIME
Tarde del 17 de julio del 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Novillos de Sánchez Arjona, los tres primeros, chicos y con cara
de eral; el resto, mejor presentados, en general escasos y cómodos de cuerna;
mansos en varas, pero todos con casta, manejables para el toreo a pie
Diestros:
- Rafael
de Julia, pinchazo y estocada corta trasera tendida; la
presidenta le perdonó un aviso (aplausos y saludos); estocada y rueda de
peones (palmas y saludos).
- Javier Castaño,
dos pinchazos bajísimos -aviso con retraso-, cuatro pinchazos bajos
y tres descabellos (silencio); pinchazo y estocada trasera (insignificante
petición, aplausos y saludos); pisado por el toro durante la faena, pasó a
la enfermería.
- Juan Alberto, pinchazo bajo -aviso con
retraso-, pinchazo perdiendo la muleta y estocada corta atravesada; se le
perdonó el segundo aviso (silencio); estocada, rueda de peones -primer
aviso con retraso-, cinco descabellos -segundo aviso con mucho retraso- y
tres descabellos (palmas).
Incidencias: Castaño asistido de de fracturas en un pie, con pronóstico
reservado.
Entrada: Media entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
JOAQUÍN VIDAL. La generación de la
paliza
La actual generación de novilleros es de mucho cuidado. La actual generación
de novilleros que estaban llamados a ser el futuro de la fiesta es capaz de
acabar con la paciencia de una plaza de toros entera. No es que sea una generación
de novilleros malos (ni buenos); es que trae la paliza por bandera.
Es la generación de la paliza porque sí, la paliza como expresión máxima
del arte de torear. La paliza concurso pues se trata de ver quién consigue ser
el más paliza de la terna.
La paliza que pegó la terna novilleril de esta función ferial dejó lipotímica
a media plaza, cariacontecida y trastabillante a la otra media y fue de las que
hacen época. La paliza que pegaron Rafael de Julia, Javier Castaño y Juan
Alberto a la inocente afición valenciana constará en los anales del histórico
coso de la calle Xàtiva.
Y eso que el público les pedía que acabaran, por favor. "Ché, déjalo
estar ya", se oía decir cuando llevaban mil pases. Pero no había manera.
Y seguían, seguían...
No es por criticar mas un servidor no descarta que haya en esta concepción
destajista y plúmbea del toreo una responsabilidad por parte de Enrique Ponce,
mandón de todos los estamentos de la fiesta. Al ejemplo, nos queremos referir.
Enrique Ponce es de los que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan;
de los que cogen carrerilla, se ponen como una moto, la emprenden a derechazos y
pegándolos les llegaría el juicio universal si no fuese porque los presidentes
les envían un aviso.
Enrique Ponce es, sin duda, el torero a quien más avisos han enviado desde
el Cúchares acá (varias decenas de miles de coletudos lo contempla y pues,
recibiéndolos, ha ganado fama y cortijos los que quiera, y manda en la fiesta,
los novilleros se creen que por ahí va la vaina; y la emprenden a derechazos
hasta agotar al mismísimo lucero del alba).
La imitación es un fenómeno muy de la fiesta de los toros. Los que
remedaban el estilo de El Viti no lo hacían cargando la suerte sino poniendo
cara de ajo; los que intentaban igualar a Belmonte, no lo hacían con las de
templar sino sacando prógnata la mandíbula hasta descoyuntarla; los que
pretenden mostrar ese hechiso y ese áge que no se puede aguantar
propio de los toreros artistas -Curro, Paula y alguno más de similar tenor- se
ponen cursis y los hay que la emprenden a caderazos y acaban pareciendo
mariquitas.
Y todo, para nada. Cuánto trabajo se tomaron Rafael de Julia, Javier Castaño
y Juan Alberto pegando derechazos desde que estaba el sol en lo alto hasta la
noche cerrada, cayó en el vacío: concluían y la gente ni se acordaba de lo
que acababan de hacer.
Algo destacó, de cualquier forma, Juan Alberto, por la valentía con que
afrontó sus compromisos. Arte no tendría pero lo suplía con pundonor y
estremeció verle aguantar algunas coladas y algunos arreones de sus encastados
novillos.
Encastada en su conjunto resultó la novillada de Sánchez Arjona y en esta
condición destacó el novillo que hacía sexto pues desarrolló una codicia
espectacular. Recrecido e indómito, tomaba pronto y veloz los engaños que Juan
Alberto le presentaba tenaz y arrojado.
La faena, por su creciente emoción era de oreja. Y sin embargo de poco le
echan a Juan Alberto el toro al corral, por sus desaciertos con la espada. No se
lo echaron al corral porque la presidenta estaba en plan condescendiente y
retrasaba el envío de los avisos o, sencillamente, se abstenía de darlos; así,
por las buenas.
A los aficionados siempre les ha parecido ofensivo que los presidentes se
muestren benévolos o intransigentes (se dan casos) como si contara entre sus
potestades modificar el reglamento para vengarse de alguien o practicar la
elegancia social del regalo. En ocasiones con perjuicio del espectador, cual era
el caso, ya que sobre lo tarde que empezó la corrida, la parada de la merienda
para que no meriende nadie y la paliza de los novilleros, se hubo de añadir los
retrasos de la presidenta en materia de avisos.
Tres horas -cerca- nos tuvieron en la plaza un Rafael de Julia torpón con el
capote, aburrido y monocorde con la muleta; un Javier Castaño sin asomo de
calidad ni sentimiento, más dispuesto a los alardes tremendistas, a los
circulares de espaldas y a toda la monserga del toreo moderno que a torear de
verdad; y un Juan Alberto aún verdecillo en técnicas taurómacas. A la
inexperiencia se deberá atribuir que su primera faena, pasada de lógica y de
tiempo, no sólo aburriera al público sino al toro también; y aunque era bravo
acabó tirando la toalla y se marchó de allí buscando la escapatoria. Como
todo hijo de vecino.
ABC. VICENTE ZABALA DE LA
SERNA.
Valencia. A última hora, Juan Alberto destapó sus
posibilidades de futuro
Hay muchos genios sueltos en el planeta de los toros. Cerebros privilegiados,
iluminados por una ciencia infusa. A algunos de ellos, la Fiesta en Valencia les
debe todo, incluso la vida. Gracias a la idea de retrasar el comienzo de los
festejos a las siete y media de la tarde, más gente no acude, pero así la
afición puede salir de la plaza pasadas las diez, con la fresquita de la noche
a cuestas. Un placer. Porque, además, nos permiten descansar cerca de veinte
minutos para merendar, o mejor cenar. Ese tiempo magnífico de meditación,
intercambio de opiniones, saludos y chanzas, cualquier cosa menos merendar,
sirvió ayer de respiro y alivio: a ojo de buen cubero, caía el derechazo
ciento y pico, cuando las agujas del reloj marcaban las 8.45 y se lidiaba el
tercer novillo.
Rafael de Julia, Javier Castaño y Juan Alberto la tomaron con los pupilos de
Sánchez-Arjona, unos santos, y los molieron a pases. Antes de la pausa, De
Julia interpretó los de mayor calidad; Castaño se cegó y perdió el norte,
también con la espada; Juan Alberto tampoco encontró el sur. Caía la
atardecida y los avisos. Y los que la presidencia se ahorró.
La primera faena de Rafael de Julia arrancó entonada, pero poco a poco se
diluyó en la nada, conforme el buen utrero se apagaba. Fue éste, del hierro de
Coquilla, mejor que el cuarto, de procedencia Domecq, aunque también sirvió.
El joven madrileño aprovechó la ocasión para retar a sus compañeros: un
vecino de localidad contabilizó unos sesenta pases —enganchones incluidos—,
toda una afrenta.
Castaño no le había ido a la zaga con el segundo. Hasta cinco series de
derechazos sumó antes de coger la izquierda. Quizá le faltara chispa al utrero
o tal vez el salmantino de adopción no supo deshacerse de un adocenamiento sin
parangón. Para colmo, dio un mitin con la espada. Afortunadamente, consiguió
sacarse la espina en parte con el noblón quinto. Unos cuantos naturales muy
largos y templados le redimieron del fracaso absoluto. Aquellos lucidos momentos
se evaporaron pronto, y Castaño regresó a la monotonía del circular invertido
y otras orfebrerías del toreo que predomina en nuestros días.
El grato juego del capote marcó la actuación del tercer espada. Este Juan
Alberto Torrijos manejó con soltura la verónica; con ortodoxia la gaonera
—se echó el capote a la espalda con un medio farol, para romper modas—; con
majeza —que diría Suárez-Guanes— la chicuelina. Su obra de presentación
en la capital del Turia se dilató demasiado. Quedó olvidada tras su siguiente
trasteo, valiente, firme y arrogante, ligado, muy importante. El novillo era una
encastada máquina de embestir, nada fácil para las verdes dotes del novel
torero. Y sin embargo se creció, asentó las zapatillas y destapó sus
posibilidades. A última hora, pero vale. Mejor, si hubiera rematado con los
aceros. El éxito completo de la tarde/noche fue para el ganadero.
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