GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del viernes, 17 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Alcurrucén; tres primeros, anovillados e impresentables; resto, terciados; bien armados; varios, flojos, y algunos, inválidos; encastados, dieron buen juego.

Diestros: 

Entrada: Lleno.


Crónicas de la prensa:  El País,El Mundo, Razon


El País. JOAQUÍN VIDAL. Una aplastante vulgaridad


Manuel Caballero triunfó con todo merecimiento lo cual no pudo evitar la aplastante vulgaridad que traían los tres espadas metida en el cuerpo. Qué tarde dieron los tres. Qué monotonía, qué pesadez, qué aburrimiento.

El público gritaba olés, pero el público valenciano, en cuestió de olés, ya se sabe. Salía Manuel Caballero, se metía en los derechazos y ¡olé!, así los instrumentara largando pico. Salía Vicente Barrera, se revestía de solemnidad para fabular porfías, a las tantas daba fuera cacho un pase y ¡olé!. Salía Rivera Ordóñez, la emprendía a mantazos, y ¡olé!.

De tal guisa transcurrió la tarde. Dos horas y cuarto allí, en el puro cemento. Entramos con sol benefactor, caliente y luminoso, y salimos de noche cerrada, asomándose por sobre los tejados la luna de Valencia.

Qué tarde, dios. Tarde de pegapases plúmbeos, derechazos sin fin, el arte relegado al olvido. Nunca en toda la historia de la fiesta hubo generación de toreros tan vulgares.

No se dice si buenos o malos. Los toreros pueden ser buenos o malos, valientes o conservadores de su integridad física, sensibles al arte o más toscos que unas bragas de pana. Pero lo que no resulta de recibo es que sean unos pelmazos insoportables.

Derechazos sin fin...

Manuel Caballero, que paró quieto en las verónicas, que muleteó animoso, que mató marcando en los tiempos -fue el único de los tres que paraba quieto, que se recrecía en las faenas, que mataba a ley-, la emprendió a derechazos y no les veía el fin. Como si le hubiesen dado cuerda. Y entre esos derechazos o en sus breves incursiones al natural no consiguió ningún pase que provocara un ole salido del alma. Olés de boquilla, sí, continuos y estruendosos. Mas una cosa es el ole surgido de la emoción, otra el olé jaranero. Los aficionados auténticos y quienes la tauromaquia diquelan saben distinguirlos y los captan apenas susurra la o.

La disposición de Manuel Caballero, sus decididos trasteos, en los que incluyó circulares de espaldas empalmados con otros en sentido contrario, trincheras, pases de pecho y cambios de mano, valieron orejas y la salida a hombros por la puerta grande. Y si se compara con las actuaciones de sus compañeros, habría de considerar la de Manuel Caballero una muestra paradigmática del arte y la torería.

Porque sus compañeros ni decisión tuvieron. A Vicente Barrera todo se le iba en andar por allá despacito, pensárselo mucho, porfiar a distancia, y cuando se decidía a citar, estaba fuera de cacho, embarcaba hacia afuera, remataba rápido y dejaba la suerte a medias. En su segundo turno llevaba siete minutos de faena y apenas había instrumentado un par de tandas de derechazos. Era demasiado abusar de la paciencia del público y empezaron a oírse pitos. Y fue entonces Vicente Barrera y pegó un par de pases rodilla en tierra. Y luego perpetró un intempestivo desplante poniéndose de espladas, echando al suelo las dos rodillas y arrojando lejos los trastos. La afición no aceptó la baladronada. La verdad es que dio vergüenza ajena. Qué sensación de ridículo.

A los rodillazos recurrió igualmente Rivera Ordóñez. El fracaso estrepitoso en su primer toro lo quiso condonar en el sexto de la tarde recibiéndolo de rodillas mediante la larga cambiada e iniciando asimismo de rodillas el muleteo. Mas luego, de pie, se pudo comprobar que no traía el valor que se le supone, que andaba disimulando la carencia con gestos retadores, que seguía pegando inconexas gurripinas y manguzás, menudeadas de enganchones. Aburría al personal y al toro también, que, perdido el celo, se puso a tardear. Y, montada la espada, la manejó de estrafalaria manera, tanto en ese toro como en el anterior, y a ambos los mató a la última.

Y eso con una corridita anovillada, encastada y buena. Les llega a salir el toro de verdad y toman las de Villadiego. Claro que entonces no se habría aburrido nadie, ni durado dos horas y cuarto la función. Y les habríamos dado las más expresivas gracias diciéndoles adiós con la manita.

 


El Mundo. JAVIER VILLAN.Caballero, con pies de plomo

VALENCIA.- Los pies, oiga; los pies. Y la cintura, claro; y las muñecas. Pero los pies, primero. Ayer Manuel Caballero tuvo los pies como si se los hubieran amarrado a la arena con grilletes.

Sensación de preso condenado a galeras es lo que ha de tener el torero en la plaza; y de ahí, de ese apresamiento y quietud, ascender a los cielos. Manuel Caballero: pies quietos, juego de brazos en las verónicas, muñeca en los redondos, cintura en los naturales. Pero, sobre todo, pies de plomo. Manuel Caballero, se dice y a lo mejor es verdad, no es torero de exquisiteces ni de estética inefable. Mas, ¿qué es la estética? ¿No será, posiblemente, la conjunción de técnica y de reposo, de poder y de inspiración? Caballero remataba los pases sin dejarse tocar la muleta.

Yo no sé si ahí estaba la estética o, simplemente, la armonía y la firmeza del toreo. Manuel Caballero se los pasó muy cerca.

Y los de Alcurrucén, terciaditos y algunos anovillados, tenían la cabeza limpia y los pitones como cuchillos. Aquí no es cuestión de estética; es una cuestión de navaja barbera. Por primera vez, en esta feria, pitones. O eso creo yo. Los toros de Alcurrucén, alguno tirando a utrero, con movilidad y con nobleza, dieron fluidez a la tarde. Aunque cada torero estaba en una onda.

Caballero, ya está dicho, seco y serio: sin florituras y seguro con la espada. Vicente Barrera, unas veces en los cielos y otras en el limbo, o sea, donde están las almas de los inocentes. Y Curro Rivera, casi siempre en el purgatorio. Esto del toro se le está convirtiendo al hijo de Paquirri, nieto de Ordóñez y yerno de la Casa de Alba, en una penitencia que acabará siendo un infierno: demasiados títulos y demasiadas responsabilidades sociales a sus espaldas. Está visto que ni siquiera en las plazas que lo pasan todo, verbigratia Valencia, se le permite a Rivera torear fueracacho, vaciar la embestida en los cerros de Ubeda, aliviarse con el pico y con el pajareo de los pies.

Ni siquiera cuando se echa de rodillas a caraperro, o cuando de pie se mete entre los pitones que le acarician los alamares, la gente percibe sensación de riesgo.

Rivera Ordóñez, ayer, se pegó un arrimón fastuoso en el sexto, pero antes ya había dado un gatillazo. O varios gatillazos con la espada. Rivera pinchó y pinchó, echándose descaradamente fuera. El sexto fue la apoteosis del gatillazo: casi una docena de pinchaduras. Quien no dio gatillazo fue su peón, Curro Molina, que clavó fenomenalmente arriba.

Los pies, hermanos, los pies. Cuando Vicente Barrera se encadenó a la arena, en su primero, bordó el redondo: leve toque, leve giro, avaricia de terrenos. La brújula del norte torero, en la muñeca; el reloj de arena, en los pies.

No duró mucho. Justo lo que duró el primer toro de Alcurrucén. El quinto se le vino abajo, pero lo peor es que Vicente Barrera ya se había venido abajo antes que el toro; se le habían apagado las luminarias aunque le quedaba la pasión. Y cuando a Vicente Barrera se le apagan las luminarias, pues eso, un candil apagado, una mecha sin llama, una voluntad sin brillos. Pero, a veces, la pasión se sobrepone al infortunio, y el optimismo de la voluntad se impone a la opacidad transitoria de la mente. Vicente Barrera no estuvo brillante, aunque estuvo apasionado.

Se tiró de rodillas, arrojó muleta y espada, hizo un desplante tremebundo y el toro seguía a su aire. El aire de Barrera no es, por supuesto, el tremendismo. Mas no se le puede negar a nadie, ni siquiera a un estilista que ha llegado a torear como los ángeles, la pasión humana y terrena de cabrearse consigo mismo; de cabrearse con el toro y atropellar un poco la razón. Son, en definitiva, gestos que acreditan la humana fragilidad de los toreros.


La Razon. BARQUERITO.- Manuel Caballero, por la puerta grande.

En su primer compromiso serio de la temporada Caballero dio la talla pero sin tocar techo. Sobrado, seguro, puesto, casi a su antojo el torero de Albacete pisó plaza con una envidiable y depampanante confianza y, sin hacer en apariencia el menor esfuerzo, llegó a la gente con rutilante facilidad. Bien con la espada, aunque cobrara estocadas tendidas en los dos turnos; muy bien con la muleta, aunque con su mano mejor, que es la izquierda, se prodigara menos que con la otra; y excelente con el capote. De distinta manera en dos toros que fueron a su vez bastante distintos también. Un primero de corrida que tuvo mucha movilidad pero su gota de picante. Y un cuarto que escarbó con agresividad, y tuvo en la muleta ese tranco de más que distingue a los toros buenos de procedencia Núñez. En manos menos diestras, tal vez hubiera pesado más de lo que pesó -peso de carácter, se entiende, no de balanza- ese primer toro que empezó haciendo hilo y amagó con ponerse andarín. Pero Caballero, que ya le pudo con el capote con media docena larga de lances rodilla en tierra primero y en la vertical después, lo dejó metido en la muleta con sólo una primera tanda de muletazos muy templados. Sopló el viento y, al torear con la izquierda, Caballero tuvo que torear ayudándose. Los muletazos ayudados tuvieron gran empaque. La faena fue toda en un mismo terreno. Cuando empezaba a pecar de larga, Caballero tiró de repertorio y dos circulares cambiados ligados sin rectificar hicieron que la gente se caldeara.    

Un fuerte triunfo

Todavía más fuerte fue el del cuarto toro. Caballero se estiró a la verónica con las manos muy bajas, echó las bambas por delante, soltó los brazos, se ciñó lo indecible y pegó otra media docena de lances que fueron ganado lentitud de uno en otro. Espléndido. La faena de muleta, abierta de largo y en distancias más cortas en seguida, tuvo la virtud de ser faena a más. Los remates de muletazo fueron notables. Una rosca de dos ligados en los que el toro hizo el ocho en torno a la cintura de Caballero provocó un clamor. Y, tras un breve intento de toreo con la zurda, de nuevo dos circulares con el toro empapado dócilmente pusieron a la plaza a bramar. La manera de tener Caballero el toro resultó una apabullante muestra de madurez. A esta corrida le puso nombre, además de Caballero, el hierro de Alcurrucén. Por el conjunto todo: la presentación, la nobleza, la claridad. Sin embargo, no fue de cara a la galería corrida espectacular.
    Vicente Barrera estuvo muy poco inspirado con sus dos toros. Acoplado pero inexpresivo con un primero de lote muy codicioso, pero derrengado de cuartos traseros. Y muy falto de ambición con un bello quinto colorao con el que el torero no llegó a tomar la iniciativa ni a resolverse. Rivera, tuvo con la espada una desdichada tarde. Cinco pinchazos antes de cobrar una estocada con que deshacerse de un tercero que remató arriba y protestó en los medios muletazos por fuera. Y ocho pinchazos previos a la estocada en el segundo turno. Al sexto toro lo recibió en un alarde con dos largas cambiadas de rodillas en el tercio y, ahí mismo, se estiró valiente con el capote. La faena derivó en concesiones: espaldinas de rodillas y desplantes. Ni unas ni otros ocultaron la visible falta de rodaje de Rivera.