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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del miércoles, 15 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Carmen Lorenzo
(uno devuelto por cojitranco), en general, bien presentados, aunque varios sospechosos de pitones; flojos y algunos inválidos; faltos de casta, manejables.5º, sobrero, de Carmen
Borrero, terciado, serio, cornalón muy astifino, bronco.
Diestros:
Entrada: Tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País,
La Razon
El País.
JOAQUÍN VIDAL. La incontenible orejez
La orejez ha invadido de forma incontenible los cosos de Iberia. Debe de ser un caso de epidemia. Así como el polen de las gramíneas y las crupesáceas, unido a los putos ácaros, se refocilan con el humo de los gasóleos y otros gases contaminantes, engordan con su contacto y tienen tomadas las áreas urbanas en detrimento de la ciudadanía -que carraspea, tose, se pone sinusítica y le sale la voz nasal-, la orejez ha hecho presa en el público taurino, que no sabe gozar la fiesta ni se siente feliz en ella si no pide la oreja. En esta función fallera naturalmente la volvió a pedir, si bien sólo logró alcanzar la gloria en su cuarta parte: de doce orejas posibles consiguió tres.
Cuáles sean las causas de que esto suceda en las plazas de toros únicamente lo podrían averiguar los alergólogos y los orejólogos previa investigación. Un servidor carece de opinión y se limita a dejar constancia del fenómeno. Al actual público de toros ya le pueden sacar toros carentes de la edad, el trapío y lo que hay que tener; ya los puede ver astillados, mogones, mochos o exhalando aromas de after shave; ya cojitrancos, vacilones, modorros o inválidos, que le trae sin cuidado. Ahora bien, si pide una oreja y el presidente no la concede, arma un escándalo.
Y eso ocurrió, como siempre en Valencia y en tantos cosos de la taurina Iberia.
Por la simple denegación de la oreja se ha visto a públicos orejistas bramar, barbotar tremendos epítetos, soeces insultos al presidente, lanzar al ruedo almohadillas, mesarse la cabellera (rasguñársela en caso de calvicie), rasgarse las vestiduras.
La primera petición de oreja se produjo en el primer toro de la tarde (para qué esperar), el presidente no la concedió y a algunos les iba a dar un yuyu. Quizá por este motivo, muerto a estoque el cuarto toro, aunque la consabida petición era menor, se apresuró a regalarla. El beneficiario fue Pepín Liria, que había toreado muy voluntarioso tanto en la faena de la oreja denegada como en la que precedió a la obtenida.
Pepín Liria es muy voluntarioso siempre. Con capote y muleta se afana, es verdad que se arrima, desgrana de su ser cuanto es capaz y así obró en Valencia. Con un aditamento de corajudas porfías ya que faltos de casta los toros, tardeaban; sus arrancadas consistían antes en topar que en embestir, y para sacarles partido hubo de obligar y aguantar, incluso tirarse de rodillas a fin de que no quedara duda alguna acerca de su generosa entrega. Mejor faena cuajó y más perfecta estocada cobró Pepín Liria al primero que al cuarto y si a este logró desorejarlo y al otro no, debe atribuirse a las veleidades de la azarosa fortuna.
Con lote aún peor se midió Uceda Leal que es torero de muchas exquisiteces y pocas broncas. Inválido el que hacía segundo de la tarde, se caía, se aplomaba y se le quedaba parado en la suerte, con lo cual la exhibición de las exquisiteces parecía imposible.
Le salió luego a Uceda un sobrero de Carmen Borrero, cornalón e impresionantemente astifino, que unió a su seriedad problemas temperamentales. Duro de pezuña, reservón e incierto, le iba la bronca, y Uceda Leal, que no está para semejantes trotes, optó por abreviar.
El lote bueno le salió a Miguel Abellán. O quizá no tan bueno -pues de casta allá se andaba- sino que el torero les dio a los dos ejemplares la lidia adecuada, embarcó con templanza y reunión, sacó algunos muletazos de irreprochable factura.
Al primero de ellos le montó toda la faena por derechazos, con un fugaz apunte de naturales -tres- para que no se dijera. En el sexto, por el contrario, fueron precisamente dos tandas de naturales lo mejor de la faena y de la tarde; dos tandas en las que cargó la suerte, ligó los pases y los marcó con temple y largura, como debe ser. Mató con mal estilo pero a quién le podía importar. Y le obsequiaron una oreja que, unida a la otra sumaban dos (según calculadora) lo cual le daba franquía para salir por la puerta grande a hombros de los capitalistas.
El orejismo quedó conforme ya que de alguna manera alcanzaba sus objetivos orejeros. Y al abandonar la plaza proclamaba al gentío que discurría por la calle Xàtiva lo más importante de la función: "Hemos visto tres orejas".
Claro que, por el mismo precio, pudieron ser doce, che; pero otra vez será. Y, además, menos da una piedra.
El Mundo. JAVIER
VILLAN, Miguel Abellán, por la Puerta Grande
VALENCIA.- Hasta que Abellán le cortó la oreja al tercero, la plaza de la
calle de Xátiva era un bostezo infinito. Miles de bostezos. Cada espectador era
un bostezo oscuro, redondo, pastoso, inconmensurable. Salvo los profesionales de
la alegría, claro. Hay profesionales de la alegría como los hay de la
tristeza. Cada toro de Carmen Lorenzo era también un bostezo de sombra,
aburrimiento y cansancio. Muchos kilos
pesaban los murubes de Pedro Gutiérrez Moya y su mujer Carmen Lorenzo. Y cada
kilo, otro bostezo. O sea que calculen ustedes.
Uceda Leal, un bostezo desangelado. Tanto bostezaba Uceda que perdía la muleta
hasta en el descabello. Se le descosió el vestido y el fondo blanco de la
desgarradura parecía una sonrisa vertical. Algún hacendoso ayudante le dio al
pespunte y lo recosió en un pispás. Pero Uceda seguía lánguido y bostezando,
sólo que sin descosido y sin sonrisa.
Miguel Abellán quiso acabar con tanto aburrimiento y salió a quites. Por
chicuelinas. Abellán se doblaba después en las rayas, aunque el murube no
estaba para dobladas y se caía: un bostezo despatarrado y por los suelos. Lo
enganchó bien por la derecha Abellán en el platillo. Iba y venía el bicho con
docilidad perruna. Y, de pronto, sin esfuerzo aparente, zas, al suelo. Puro almíbar
derramado y reptante. Entre los bostezos, Abellán le había puesto a la tarde
un poco de alegría.
Se arrancó la música que aquí es limpia, jaranera y bien llevada. Y Abellán
se echó de rodillas y luego se tiró a matar y agarró un estoconazo
a la primera. Cuando doblaba el toro sonó un aviso
y miles de almohadillas se alzaron en los tendidos. Los pañuelos
son como garabatos irregulares e insumisos; las almohadillas son signos de
admiración insurgente que se disparan contra el palco.
De golpe, la tarde había pasado del tedio a la esperanza y al júbilo. Mas
seguía la amenaza. Consciente de ello el hombre del clarinete bordó la
filigrana de una diana floreada o algo así. Y Pepín Liria se contagió de ese
metal enloquecido y se hincó de rodillas y luego forzó mucho el muletazo
por la izquierda como si lo arrancara con tenazas y alicates al alicaído murube.
Fue una faena casi calcada de
la primera, sólo que con oreja.
Y en esto salió el quinto, un sobrero de Carmen Borrero, afiladísimo de
cuernos y flojo de remos. De vez en cuando, el sobrero pegaba un arreón en pos
del peonaje y los capotes quedaban en el suelo como bostezos desahuciados, como
despojos de un campo de batalla. Miraba y remiraba el toro a Uceda y una vez le
tiró un viaje perverso. En
vista de lo cual Uceda macheteó por la cara. La verdad es que aquí no hubo
ocasión para el bostezo: por la rapidez con que Uceda ejecutó al burel
y por el pánico que, ante los buidos pitones, invadió la lidia. Cosa
misteriosa ésta de los pitones. Todos tranquilos ante las astas mustias y
escobilladas; sale el toro en puntas y al personal de luces le da el tembleque.
Ayer, en puntas, el sobrero
de Carmen Borrero; y el curvo puñal derecho del sexto. Este era un poco más
temperamental que sus hermanos de camada. Y Miguel Abellán estaba decidido a
romper la tarde y a encauzar desde el principio la temporada. Nada que ver este toro
con la dulzona nobleza del tercero. Con un punto de casta, se descolgó sin
alardes por el pitón izquierdo. Ahí estuvo posiblemente lo mejor de la tarde y
lo mejor de Miguel Abellán: en algunos naturales tirando del toro, toreando con
buen gusto.
Aunque, acaso, lo mejor fuese su enteriza disposición a lo largo
de toda la corrida. Le bastó un pinchazo
hondo y un certero
descabello para
conquistar otra oreja y
contribuir así a la felicidad de la gente. Parecía que el dadivoso Oscar
Bustos hubiera vuelto al palco presidencial. Con lo cual se demuestra que las
orejas, muchas veces, no son cosa de los señores presidentes, sino cosa del
capricho del público pagano.
La Razon. BARQUERITO,
Miguel Abellán, seguro, valiente y brillante, primer
triunfador de Fallas
Inteligencia, valor, un sitio inesperado a estas alturas de
temporada, agallas sin retórica ni gestos de más. Sucinta y desnuda sencillez
para torear con facilidad, con naturalidad, de muy sincera manera. Esas fueron
las armas de Miguel Abellán para redondear en Fallas un triunfo fuerte y
convincente. Triunfo de peso por varias razones. La mayor de ellas, la
clarividencia de Abellán para entender los dos toros de su lote con
extraordinaria rapidez de ideas y una decisión seca pero deslumbrante.
Un detalle importante: los dos toros de su lote hicieron las
clásicas salidas de abanto propias de su encaste. El tercero, más frío que
los demás de la corrida, olisqueó, se enteró y estuvo a punto de emplazarse
sin haber pasado de las rayas. El sexto amagó con escarbar y se encampanó.
Abellán se fue por los dos a campo abierto y cuerpo descubierto, y a los dos
los metió en el capote. Al tercero, sobándolo por abajo, perdiéndole pasos
pero ganándole terreno hasta fijarlo en los medios; al sexto, además, le pegó
cuatro bellos lances de manos bajas a pesar de tener que buscar toro las cuatro
veces y, en tablas, cerró con media de gran cadencia que también dejó fijado
al toro.
Ese trato exquisito y descarado lo agradecieron los toros.
Rompieron al tranco en seguida. El tercero cobró corrido en el caballo, pero el
sexto galopó las dos veces hasta el peto. Bien picados los dos, lidiados y
banderilleados sin errores, uno y otro toro vinieron también a romper en la
muleta. El tercero, con más recorrido que ningún otro de la corrida. El sexto,
que pudo admirablemente con sus más de 600 kilos, con más temple que los demás.
Humillaron los dos y los dos acabaron entregándose porque Abellán, en los
medios siempre, los toreó muy bien. Los enganchó por delante, tiró de ellos a
pulso, con mimo.
Faenas bien armadas
Fueron dos faenas muy bien armadas. Pacientes en los momentos
en que cualquiera de esos dos toros vivió su momento de querer menos.
Constantes en el ritmo. De las dos faenas, más completa la del sexto, al que
por el pitón izquierdo Abellán pegó tres tandas de naturales de mano baja
realmente buenos. Abellán no es un torero alto y acoplarse tan ceñidamente al
volumen de ese gigantesco sexto toro tuvo un mérito especial. El hecho de que
Abellán llevara siempre la iniciativa resultó decisivo para hacer lucir los
toros de una corrida cuya voluntad había que saber descubrir y encontrar. Al
tercero Abellán lo tumbó de un excelente estocada; al sexto, altísimo de
agujas, de media habilidosa y una descabello. Se rindió la gente.
El primero de los dos triunfos de Abellán tuvo el valor de
espolear a un Pepín Liria demasiado frío con el primero de la tarde y de su
lote, un toro ancho de sienes y justo de fuerzas que tuvo más bondad que
voluntad. Con el cuarto, Liria, que había saludado con una larga de rodillas,
se entregó con el corazón de sus tardes buenas y armó, en un palmo de
terreno, una faena corta pero intensa y expresiva basada en la mano izquierda. A
este cuarto, además, Liria lo mató de una excelente estocada.
Uceda Leal no tuvo fortuna en su debut en Valencia. Devuelto
por cojo el primer toro que iba a matar, hizo correr turno y se las vio con el
anunciado como quinto sin terminar de acoplarse. No estuvo a gusto con el toro,
que enterró los pitones al principio y perdió luego las manos. El viento
impidió a Uceda torear por delante. Los viajes cada vez más cortos del toro le
incomodaron. El escalofriantemente astifino sobrero de Carmen Borrero desarrolló
sentido y peligro en seguida y Uceda no tuvo ninguna opción. La estocada fue
realmente buena.
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