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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del lunes, 13 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de
Fermín Bohórquez terciados, serios, vari os bien armados; varios también inválidos; mansos de mala casta y algunos broncos.
Diestros:
- Víctor Manuel Blázquez: estocada caída (minoritaria petición y vuelta); dos pinchazos, estocada baja y descabello (silencio).
- Ángel de la Rosa: aviso antes de matar, cinco pinchazos y estocada trasera (palmas); aviso en plena faena, pinchazo perdiendo la muleta, dos pinchazos y estocada perd iendo la muleta (aplausos).
- Javier Rodríguez:
estocada corta muy atravesada baja y tres descabellos (silencio); estocada a un tiempo y rueda de peones (silencio).
Entrada: Dos tercios de entrada .
Crónicas de la prensa:El País, El Mundo,
ABC
El País. Morralla
El cartel era de modestos y les soltaron la morralla. Como si hubiesen elegido lo peor de la ganadería de bravo; la carne para matadero que le quedaba sobrante en el cortijo a don Fermín.
Envió a Valencia Bohórquez (don Fermín) una corrida dispareja en lo concerniente a la presentación aunque uniforme en su catadura. Y esa catadura oscilaba entre rufianesca y asnal.
Toros de no embestir, inciertos si les daba por hacerlo, recelosos en cuanto tomaban los engaños, traicioneros al revolverse, virtuosos del gañafón. Toros para no fiarse ni perderles ojo, tener ligero el pie y enviarlos pronto al desolladero.
Pero como se trataba de una corrida de repesca, tres diestros valencianos en trance de recuperar el cartel que perdieron tiempo ha, no iban a perder la oportunidad. Ahora o nunca. E intentaron lances, dilataron faenas, torearon según Dios les diera a entender, mataron como pudieron.
Dejamos en el olvido los siniestros toros de don Fermín y aquello resultó un fracaso mayúsculo. Mas no sería justo, ni lo admitiría la esencia de la tauromaquia: el toro cuenta, el toro da la medida del torero que lo lidia. No es igual el juicio que merecen las figuras con los borregos y los modestos con los toros de casta asnal.
Víctor Manuel Blázquez porfiando verónicas, porfiando chicuelinas, porfiando navarras... Qué situación surrealista, ésta de andarse porfiando ya en los lances de capa y pretender resolverlos por lo artístico. Víctor Manuel Blázquez, banderillero seguro de suyo, prendiendo bajo e incluso dejando el costado del cuarto toro, desde la riñonada hasta la pata, convertido en una confusa selva de rehiletes. Víctor Manuel Blázquez, que es matador de bien torear, hurtando por redondos y por naturales las intemperancias del primero de la tarde; retando al selvático cuarto en cualquier terreno por si conseguía que diese al menos un paso.
Y Ángel de la Rosa, especialista del natural, cediendo precipitadamente terrenos al intentarlo para no verse arrollado, esquivando derrotes cada vez que marcaba un pase de pecho, uno de la firma, una trincherilla.
Estaba empeñado Ángel de la Rosa en que esta oportunidad, acaso la única de la temporada, no se le fuese de vacío. Y no reparó en tirarse de rodillas marcando arriesgados faroles, algunos a porta gayola, y en volver a tirarse al inicio del muleteo. Y, de pie, afanando pases imposibles con una u otra mano, ajeno a la lógica, perdida la sensación del tiempo.
Y le vinieron avisos sin siquiera haber entrado a matar. Uno, cuando iniciaba el trasteo para cuadrar al segundo toro, que sacó genio endemoniado; otro en pleno zafarrancho de derechazos al quinto bronco pupilo de don Fermín. Y por si fueran pocas las contrariedades, pinchó fatal y en una de las intentonas toricidas se cortó una mano.
Toros reservones le correspondieron a Javier Rodríguez. Esos son los peores: los que se fingen paralíticos, aguardan con mirada aviesa sin embestir ni reaccionar al trapo insolente que le conturba, agitado bajo los belfos o sobre los rizos de la testuz. No es que les traigan indiferentes porque en cuanto intuyen que el hombre blanco está a su alcance, le tiran el hachazo. Javier Rodríguez, que debe saberlo, no se dejó. Y trasteó distante, poniendo su persona a buen recaudo.
Tal fue la oportunidad que les ofrecieron don Fermín y la generosa empresa a los tres modestos diestros valencianos. Y encima tendrán que dar las gracias.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.
VALENCIA.- Quienes auguraban que la corrida de los valencianos iba a ser un fracaso, se equivocaron. Bueno, se equivocaron a medias; al menos, en lo que respecta a Angel de la Rosa. Y, en parte, a Víctor Manuel Blázquez. Lo de Javier Rodríguez es punto y aparte. El muchacho no logró dar un muletazo en toda la tarde.
Nadie les hubiera dado un pase a esos toros, atrincherados contra todo lo que se moviera. Lo cual no justifica el feo sablazo de comisaría que le metió al tercero. Hubo toreo bueno, aunque no hubo triunfo. Por culpa de la espada. Mejor dicho, por culpa de Angel de la Rosa, que aún no ha aprendido que la espada sirve para matar. Y eso, claro, lo devalúa todo; y pone la tarde agria y acabamos a las tantas, friolentos y de mal humor. Quien debiera estar de mal humor es, naturalmente, Angel de la Rosa, que toreó muy bien y mató muy mal: la cara y la cruz. Dirá que fue culpa de la mano vendada, aunque en su primero no tenía la venda y también mató horrorosamente mal. Esta plaza es criminal. La temperatura, el clima quiero decir. Entras con calor y si te descuidas sales con una pulmonía; no se ha despertado aún del letargo invernal; duermen en los tendidos fríos inhóspitos que, a la primeras de cambio, pegan el arreón. Los toros de Fermín Bohórquez también traían el frío helado de la dehesa. A veces se les calentaba la sangre y era peor. El primer toro de Blázquez acabó embistiendo cansinamente y desparramando la vista, gazapeando sin interés ni entusiasmo. Blázquez, que suele ser buen capotero, pasó inadvertido en el primer tercio; Blázquez, que suele ser buen estoqueador, le atizó en los bajos al murube. Víctor Manuel Blázquez estuvo mejor con la muleta. Por la derecha. Tenaz, sólido. Blázquez, que suele ser buen banderillero, estuvo de desastre en el cuarto. Hasta en eso le falta plaza por lo poco que torea. No halló toro ni halló terrenos y se estrelló contra la mansedumbre estática del bohórquez. Nada que reprocharle. Contra esa estatua de piedra se hubieran estrellado otros muchos. Con tres faroles de rodillas saludó Angel de la Rosa al astifino murube engatillado. Con tres faroles viento en popa a toda vela. Mucho aire, mucha tela desplegada. Dos puñales curvos el de Bohórquez. E intenciones aviesas. Por poco se devora a Angel de la Rosa. Pero funcionó la izquierda de este torero en paro injustamente. Y funcionó también la derecha; con intermitencias, pero funcionó: contra la agresividad del viento y del toro que a veces se paraba y a veces se revolvía como un ciclón. De la Rosa toreó muy bien al natural. Y en redondo; la tanda postrera lo redimió de algunas indecisiones. Tenía la oreja en la mano y se afligió al matar. Pinchó y pinchó. Se lesionó la mano derecha y entró en la enfermería. Un subalterno recogió la prolongada ovación. Hasta en eso tienen la negra algunos toreros; para una vez que les aplauden, la ovación se la llevan otros. Tiene clase Angel De la Rosa; tiene una izquierda magnífica; y se le está marchando el tren. Ayer volvió a escapársele por ser un pinchauvas. Fuera calambre pernicioso o inoportuno tropezón, el quinto se desgració nada más salir al ruedo. Se quedó renco y con la pata chula y el señor presidente no esperó a que le montaran el pollo y tiró enseguida de pañuelo verde. No andaba más católico el terciado sobrero y, a la salida de un simulacro de tercio de varas, se fue al suelo. Allí pareció que iba a quedarse para los restos. Mas se levantó y con las pocas fuerzas que le quedaban se revolvía buscando la anatomía de Angel de la Rosa que estaba muy sereno y muy tranquilo; tanto que, al igual que en el tercero, sonó el aviso antes de entrar a matar. Sobó al toro, le dio espacio, le dejó respirar y dibujó excelentes derechazos que volvió a desdibujar con la espada. La cara y la cruz. Volvió la aflicción, el quedarse en la cara, el no hacer la cruz del diablo, el perder la muleta...
ABC. Vicente Zabala de la
Serna, Sevilla. La única
oportunidad real fue para Ángel de la Rosa
El día post-electoral trajo una tarde tan desapacible, ventosa y fría como el ambiente que se vive en el PSOE después del gran fiasco. La temperatura bajó ayer en esta Valencia festiva y taurina hasta límites insospechados en el plano de lo artístico.
Se anunciaba la corrida como de «la oportunidad» para tres toreros de la tierra, humildes y honrados. Pero la oportunidad verdadera y real fue para Ángel de la Rosa con un encastado y bravo toro, único soporte, junto con el sobrero, del serio y desigual conjunto de Fermín Bohórquez. La frase de «Dios nos libre de un toro bravo» tomó cuerpo y alma en el segundo del festejo.
Resulta difícil juzgar a estos hombres poco rodados y placeados, que siempre juegan a la ruleta rusa con una sola carta. La cosa fue que De la Rosa le puso voluntad y entrega, y de ahí un farol a portagayola y otros dos también de hinojos en el tercio. Eran los primeros lances de la lidia y ya se apreciaba el buen tranco del cornúpeta, que embestía muy descolgado. Superó una cierta flojera y mejoró en los siguientes tercios hasta casi hacerse el amo del ruedo. Pedía mando y poder, mas la aceleración del matador y el molesto e incesante viento le daban las de ganar en la batalla. Tras una primera serie, buscó al torero en el remate de pecho: a los toros encastados no se les puede quitar la muleta de la cara con brusquedad y violencia.
El nivel de la faena continuó con altibajos. Cuando enganchaba y sometía la encastada arrancada, y la mandaba con largura, había toreo; cuando desaparecía el mando, enseguida tenía el diestro valenciano la acometida en las zapatillas. Entre «me acoplo, no me acoplo», salieron algunos buenos naturales. Otras veces, las más, se veía desbordado. A cualquiera otro con mayor cartel y vitola igual le hubiera pasado. Transcurrió el tiempo reglamentario antes de que se tirara a matar, algo que hizo mal y en cinco ocasiones. En una de ellas se cortó en la mano derecha, por lo que la cuadrilla recogería una cariñosa ovación desde el tercio, mientras a Ángel de la Rosa le atendían en la enfermería y al burel le arrastraban las mulillas: sólo abrió la boca para exhalar el aliento final.
ACEPTABLE COMPORTAMIENTO
Volvió a aparecer para lidiar el quinto, un inválido que fue devuelto. Al sobrero, del mismo hierro jerezano, tampoco le sobraban las fuerzas. Sin embargo, se recuperó lo suficiente como para dar un juego más que aceptable por el pitón derecho en el último tercio. Ángel se perdió en un mar de muletazos: otra vez sonaron los clarines sin que hubiera cogido la espada. Quizá su momento haya pasado ya. Ayer no se subió al tren que le invitó a viajar tendiéndole la mano de un buen lote.
Con mucha honestidad y tesón despachó su actuación Víctor Manuel Blázquez. De primeras, se hincó de rodillas para saludar a su primer y pesado enemigo con una larga cambiada. Quitó por chicuelinas luminosas y manejó las banderillas con facilidad y valor, sobre todo en un par por los adentros. Muy parado llegó a la muleta el ejemplar de Bohórquez. Blázquez buscó los terrenos donde no molestara Eolo y tiró y arrancó viajes meritorios, junto a las tablas, bajo los tendidos de sol que carecían de sol. La obra tuvo su mérito: era su primera corrida y vaya usted a saber si le vendrán más. Con rectitud, se fue tras la espada, aunque la mano no calculó bien la trayectoria, y el acero se hundió desprendido o así. Hubo petición escasa y amistosa, y dio una justa y bien ganada vuelta al ruedo.
Manseó en los caballos el cuarto. Ahora, flojeó el de Burjasot con los palos. Durante toda la lidia, poco hizo bueno el murube de Jerez. Blázquez resolvió con brevedad. De agradecer es en estos tiempos en los que cada día los avisos ocupan más sitio en la ficha que los trofeos, por no hablar de la inmensidad que tardan los banderilleros en ir con los rehiletes a la cara del toro: ¿por qué hay que esperar a que se vaya el picador? En ninguno de estos días hemos bajado de las dos horas y cuarto por festejo. En el toreo sobran las prisas, pero también los tiempos muertos y los espacios vacíos.
NADA POSITIVO
Resulta imposible sacar algo en positivo de la penosa impresión que causó Javier Rodríguez. Verdad es que su lote fue malo, sobre todo el incierto y probón tercero. Pero difícil es andar con menos decisión, afición y torería. Ni siquiera hay unas mínimas formas en sus modos. No lo vio nunca claro. Un revistero antiguo le hubiera mandado a los albañiles. Al sexto, al que castigaron con dureza en el caballo, le quitó las moscas con muchos pies.
Si De la Rosa abandona esto alguna vez lo hará con dignidad, pues no siempre la suerte le ayudó, pero este hombre no debe dejar pasar un día más. Por la misma dignidad.
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