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HOMENAJE A LOS MAESTROS

Monumento a Joselito

Sevilla acoge los restos de grandes toreros de la historia de la tauromaquia. En en el cementerio de San Fernando podremos visitar el más que popular y famoso monumento que cobija los restos del maestro Joselito, auténtica obra de arte de Mariano Benlliure. En ella, un grupo de gitanos fundido en bronce contrasta con el mármol blanco de Carrara del rostro del torero que portan a hombros, envuelto en un sudario. El contraste de colores acentúa el dramatismo de la composición. En este mismo mausoleo descansan también los restos de su familia: el hermano mayor, Rafael el Gallo, también insigne matador, la madre de ambos, la señá Gabriela Ortega, el yerno Ignacio Sánchez Mejías, matador de toros y poeta de la Generación del 27; el hijo de éste, José... 

En el grupo figura en primer lugar una mujer joven que porta una imagen de la Virgen; esta mujer es María, gitana, casada con el célebre cantaor Curro el de la Jeroma. En el lado izquierdo del féretro, el célebre ganadero Eduardo Miura que, aunque había muerto antes que Joselito, quiso el escultor que representase a los ganaderos. Detrás, el torero Ignacio Sánchez Mejías.

El grupo escultórico despertó la admiración de sus contemporáneos desde el principio. Se cuenta la visita al estudio del artista, de la Reina Victoria Eugenia. En abril de 1925 la escultura llega a la capital hispalense, donde queda expuesta al público en el Palacio de Bellas Artes. La presentación se convierte en un acto social de enorme relevancia, al cual acuden las infantas Dª. Luisa y el infante D. Carlos. Y en 1930 será el Rey Alfonso XIII quien se acerque al cementerio "para ver el mausoleo de Joselito" como recoge la prensa local. Por fin en el sexto aniversario de la muerte del diestro se procede a la instalación definitiva del grupo escultórico en el lugar designado de la necrópolis sevillana.

Y allí mismo están los mausoleos de históricos maestros de la talla de Juan Belmonte o de El Espartero. El mausoleo de Belmonte es tan austero como se dice que era él mismo. De mármol negro y estilo modernista, está formado por grandes bloques sesgados sin pulir. El mausoleo de Espartero (una columna de orden compuesto, partida y derribada con aparente descuido, realizada por Manuel Martínez), simboliza cómo su vida se truncó en plena juventud. En el fuste de la columna, decorado con un paño, se lee "Nació para el arte" como si fuese su predestinación vital y en la parte superior del capitel "Murió por el arte. 27 Mayo 1894" a modo de destino. 

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Sobresale la estatua de Francisco Rivera "Paquirri", dando su último pase sobre la brillante lápida que cubre los restos del torero. Se trata de una escultura de bronce que representa al torero vestido de luces, en actitud de dar un pase, que se levanta sobre un podium de mármol negro de 3´5 metros cuadrados.

Y, un poco más allá, la tumba elegante de Manolo González: una lápida tapada parcialmente por una cubierta similar a una naveta prehistórica, todo en mármol blanco y apoyado en un podium en el que también vemos en primer término un capote apoyado sobre esta cubierta, bajo él, una vaina de estoque junto a unos zapatos de torero y una partitura para piano dedicada al matador, todo en bronce. En el lado opuesto de la sepultura encontramos un niño desnudo soportando el estoque. Un conjunto de, sin duda, cuidadas proporciones.

Entre otros toreros famosos, aquí también descansa Luis Fuentes Bejarano o Manuel García López Maera, en cuya tumba, y como grito desgarrador de la madre, vemos la inscripción ¡Hijo del alma!. Cerca de la tumba de Maera encontramos el sepulcro de Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana.

Además podremos visitar el panteón de los Guardiola, donde reposan los restos del ganadero Salvador Guardiola Fantoni y de su hijo el rejoneador Salvador Guardiola Domínguez. La sencillez y la sobriedad son las notas características del sepulcro del rejoneador.  O la tumba de José Gallego Petete, uno de los más populares toreros del primer tercio del siglo XX. Su tumba no es más que una sencilla lápida y una cruz, por lo que puede pasar inadvertida. 

El cementerio es un remanso de paz, entre altos cipreses, arriates de geranios, convertido cada mes de noviembre en explosión de colorido por las flores que tradicionalmente en estos días llevan los sevillanos.

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