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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 7 de abril de 2008
Corrida de toros

Triunfo de Manzanares bajo la lluvia. Foto: Matito/TorosComunicación
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq (de distinta presentación y juego desigual; blandos y anovillados en general; 4º devuelto por claudicación de extremidades, 4º-bis de Parladé, inválido; el mejor, el 6º).

Diestros:

  • Enrique Ponce. De carmelita y oro. Media estocada, rueda sin puntilla (saludos desde el tercio); estocada (silencio).
  • Sebastián Castella. De negro y azabache. Estocada, tres descabello (silencio); pinchazo, estocada (saludos desde el tercio).
  • José Mari Manzanares. De azul cobalto y oro. Pinchazo, estocada tendida (silencio); estocada en su sitio (dos orejas).
Saludaron: Curro Molina y Pablo Delgado, de la cuadrilla de Castella, en el 2º de la tarde.

PresidenteAnabel Moreno.

Tiempo: soleado, mucho viento y aguacero al final.

Entrada: lleno de "No hay billetes".

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, La Razón, Metro, PeriodistaDigital, El Desmarque. 

Sebastián Castella. Foto: Marcelo del Pozo/Reuters


PUERTA DE ARRASTRE


Por Santiago Sánchez Traver


A falta de lo que venga y de lo que quede por llover, ya tenemos candidato a triunfador. Es la feria de Manzanares, aunque la corrida del viernes será decisiva. Hoy ha estado bien, muy bien, mejor, mucho mejor que el sábado. Toreando despacio bajo el diluvio que aplacó el viento. Enrique Ponce se va de la Feria de vacío, pero el ha venido este año a estar aseadito, no a enfadarse ni a desmelenarse. También se va de vacío el franco-sevillano Castella. Cuánto echa de menos a Campuzano. Quién le aconsejó hacer las dos faenas en los medios. Aún así, pudo cortar oreja en el quinto. Este, de nombre "Altivo", parecía una cabra, astifina pero una cabra. Pero después derribó por todo lo alto. Con el sexto y el primero,  fueron la muestra de los llamados toros atletas de Juan Pedro: poco peso, mucha fibra y más entrenados que Gebreselasie. La presidenta, excelente, con carácter y aguantando el tipo. Sobre todo, a quince o veinte catetos de Madrid que vinieron a echar para atrás todo lo que pudieran.


Sebastián Castella. Foto: Matito/TorosComunicación

 

LO MEJOR  Y LO PEOR


Por Carlos Javier Trejo


Hoy hay que descubrirse ante los toreros, de oro y de plata, todos los que se han jugado la vida ante un vendaval infernal en el que parecía imposible dominar los trastos, con el tremendo peligro que ello supone. Dicho esto, podemos hablar de un Enrique Ponce en maestro al que el viento le ha impedido redondear la faena del 1º de la tarde. Un Sebastián Castella que en los medios, con el vendaval, se pasó el toro por detrás y se la jugó ante un peligroso 5º que apretaba en tablas pasándose los pitones muy cerca de los muslos. Lástima que pinchara, hubiera cortado una oreja. Pero en el 6º, y ante una incesante lluvia, asistimos a una sinfonía de toreo. Toreo exquisito para paladares privilegiados que soportaban el aguacero pero que enloquecían con cada derechazo, natural, trincherazo o cambio de mano que la luz de los focos reflejaban en el encharcado albero maestrante. Sonaba a lo lejos "Cielo Andaluz" para un torero de Alicante que soñó el toreo en Sevilla: José Mª Manzanares.



Impresentable e indecorosa la presentación de la corrida de hoy. ¿Estos eran los platos de jamón de los que hablaba el Sr. Canorea? -Pues mejor dos-. Esta era la respuesta que él mismo se daba en la presentación de los carteles. Nos queda la del viernes, menuda tortura. Aunque no sólo la empresa tiene la culpa. ¿Dónde está el papel de los señores veterinarios? ¿Dónde está la autoridad de la señora presidenta (de nuevo) para aprobar semejante novillada? Sr. Ganadero, ¿es esto lo mejor que tiene en su casa? No vendría mal un descanso, para no terminar con el buen nombre de unos toros, que otrora, gozaban de buen cartel y sirvieron para crear cantidad de ganaderías del campo bravo español. Menuda vergüenza para la sufrida afición sevillana soportar esta cacicada más aun cuando están las cámaras de televisión de testigo.

Foto: Marcelo del Pozo/Reuters

 

LOS PROTAGONISTAS

Erique Ponce

“Un lote imposible, hay que aceptar las cosas como vienen y realmente no se ha podido triunfar.” El maestro Enrique Ponce señalaba la cantidad de contrariedades que ha tenido la tarde. “La climatología ha sido determinante, con el viento como principal protagonista molestando durante toda la corrida, y los toros, al no poder ir templados por el viento, no te dejan. A pesar de todo está claro que no he tenido suerte en el sorteo de hoy. El primero parecía que iba a durar más pero no ha sido así y con el sobrero tampoco había nada que hacer.” Finalizaba el de Chiva con el lamento de no haber podido triunfar este año en Sevilla. “Venía con muchísima ilusión de cuajar un toro pero tengo que resignarme, no ha podido ser”
Sebastián Castella

“Desde luego la tarde no ha sido nada agradable por el tiempo, claro.” De esta forma se explicaba el diestro francés después de la corrida de Juan Pedro. “Lo bueno ha sido cuando se ha echado algo el fuerte viento y ha empezado a llover porque, desde luego, el aire es de los peores enemigos de los toreros. Hoy se ha visto que con el vendaval es imposible dominar los engaños, los capotes y las muletas parecían banderas. Así es imposible hacerle bien las cosas a los toros para que vayan a mejor.” Castella profundizó en su faena al quinto de la tarde. “Se ha visto que cuando, medio me ha dejado el aire, el toro si le hacía las cosas iba, además de jugármela de verdad. Irme a los medios con esa ventolera era la única forma de darle la vuelta a todo esto, porque la gente ya estaba que no quería ver. Esas son las cosas que hay que entiendo que hay que hacer cuando uno quiere ser figura del toreo, que es apostar fuerte. La única pena es no haberlo rematado”
José Mari Manzanares

“Me han pasado muchas cosas pero gracias a Dios, Él es justo y luego te recompensa. Este triunfo se lo dedico a la única persona a la que debo hacerlo, mi tío Manolo, que es lo que él hubiese soñado.” José Mª hablaba de la dificultad de darle la vuelta a la tarde por todo lo que estaba en contra. “El aire, la lluvia… una tarde muy molesta, si hubiese llovido y no hubiera hecho viento hubiese sido mucho mejor pero es que el viento ha estado molestando toda la tarde. Mis compañeros han estado bastante bien, pero es que no se podía hacer más de lo que se ha hecho. A pesar de todo lo que estaba cayendo no se ha ido nadie y la gente ha estado muy cariñosa conmigo. Gracias a Dios me ha salido ese toro y me he encontrado muy a gusto, toreándolo con mucha sensibilidad, el toro era bueno pero había que hacerlo, a base de paciencia ha ido rompiendo en la muleta. Quiero dar las gracias a todos porque yo en esta plaza disfruto muchísimo, ya lo hice el año pasado y vuelvo a repetir este año y me siento un privilegiado por poder entrar aquí. A ver si puedo cumplir el sueño de salir por la Puerta del Príncipe en alguna de las tardes que aún me quedan”


Realiza: 
Emilio Trigo


Sebastián Castella. Foto: Marcelo del Pozo/Reuters
Crónicas de la prensa


Diario de Sevilla
. LUIS NIETO
Dulce sinfonía bajo la lluvia 

La salida de la cabra con cuernos que hizo quinto convirtió la Maestranza en un polvorín. Increíblemente, Castella brindó su supuesta faena y los ánimos se apaciguaron. Y saltó el sexto, un animal de escaso trapío y muy noble. Al poco se abrieron las compuertas del cielo. Miraba a las nubes José María Manzanares antes de los lances de recibo. Luego, entre el telón de agua, el alicantino se explayó en una faena muy expresiva, una dulce sinfonía de toreo bajo la lluvia, acompañada por el tintineo de los goterones en los paraguas. Tomó la batuta de manera muy distinta a la de sus compañeros, por el centro del estaquillador y dirigió de frente, dando el medio pecho al toro. Los muletazos iniciales, con armonía, con sutil gracia mediterránea a orillas del Guadalquivir, se cerraron en una trincherilla inconmensurable. Descendió la intensidad en otra tanda por ese pitón. Por la izquierda, muletazos de gran calidad con la lluvia arreciando. No se escuchaban palmas, pues las manos estaban ocupadas en sujetar los paraguas. Pero crujían los oles ¡Ole, ole, ole! Cuando tomó de nuevo la derecha cayó agua con rabia. Manzanares en ese momento estaba transportado, sacando un sonido aquí y otro allá, un muletazo de mano baja con la diestra, con mando, o un pase de pecho profundo, cuando no un cambio de mano deslumbrante. Circular invertido. Y como propina, toreo parsimonioso por la cara, con adornos de altura. Cuando caminaba hacia las tablas para coger la espada, el amarillo albero se había transmutado en una graciosa tarta color de caramelo. Dulce como caramelo había sido una faena musical coronada con una estocada y premiada con las dos orejas. Miró de nuevo al cielo Manzanares. No era por la lluvia. Quién sabe. Quizás le preguntaba a su tío Manuel Samper, fallecido recientemente y por el que lucía crespón negro en el brazo izquierdo, si le había gustado la faena. Quizás le preguntaba al fiel mozo de espadas de su padre –el maestro retirado Manzanares–, si éste es el camino que debe seguir para alcanzar los sonidos insondables del arte del toreo. Seguramente le respondería que sí. Al menos, al público, le encantó. Estocada. Y aunque los paraguas tapaban los pañuelos, la petición de trofeos fue unánime.

El viento y una corrida impresentable de Juan Pedro Domecq fueron el contrapunto de un espectáculo que oscilaba locamente, como muletas y capotes ante el viento, con un público muy distinto y con menores exigencias al de la preferia.
Manzanares tuvo que lidiar a su primero de las rayas hacia adentro, cuando arreciaba un fuerte vendaval. Apenas cosechó palmas en una tanda con la diestra con un toro que resultó muy soso.

Enrique Ponce lidió un primer astado anovillado, que fue protestado por ello, y que era almíbar puro, pero sin poder alguno. En los tercios, descubierto con peligro por el viento, estuvo entonado y fue protestado, una vez más, por el abuso del pico.

El cuarto, un inválido, fue devuelto. Saltó otro animalito sin fuerzas, que perdió las manos. Hubo protestas. La presidenta, que un día más estuvo desacertada, cambió el tercio de varas con un simple picotazo. La bronca fue sonora, pero no hizo mella en María Isabel Moreno, que aprobó un encierro de Juan Pedro Domecq impropio para la plaza de Sevilla. Ponce, ante los gritos de ¡Fraude! y ¡Estafadores! cortó por lo sano. El valenciano, máxima figura del toreo, dio ayer un petardo de órdago al venir a la Maestranza con esa porquería de ganado. Un petardo con permiso de la autoridad y de la empresa, cuyos veedores deben buscar un toro acorde con la categoría de la plaza. 

Sebastián Castella, con más voluntad que acierto, se empeñó en torear en los medios, cuando Eolo se asomó para sumarse a la lidia de un segundo animal sin poder alguno, con el que se realizó un paripé en el tercio de varas. El francés aguantó coladas y coladas. No hubo toreo ni podía haberlo en esos terrenos.

El quinto, una cabra que ni se tapaba con la cara, con el mismo trapío que los novillos que sueltan a los chavales en las becerradas nocturnas de julio en la Maestranza. El público de Sevilla, siempre respetuoso, perdió la paciencia. Primero, palmas de tango. Luego, algunas protestas. De nuevo, la presidenta pasó. Sin estar preparado el picador, el torete derribó a la cabalgadura. Eso sirvió para que los ánimos se enfriaran. No hubo otra entrada al caballo. Castella brindó su labor. Pase por la espalda en los medios. Con la izquierda, un par de muletazos templados y dos trincherillas graciosas. Sonó la música como si allí estuviéramos ante la grandeza de la Fiesta, con el toro-toro. Luego, derechazos, un arrimón, un circular invertido. Como si nada importara el trapío, aquí paz y después gloria. Únicamente el grito sarcástico de ¡Indulto!. Un pinchazo antes de la estocada frenó a otros entusiastas que habían jaleado parte de la faena. 

La lluvia y la dulce sinfonía que Manzanares sacó al sexto no nos hace olvidar que los becerros en esta plaza, como las bicicletas, deben ser para el verano.


Metro. IGNACIO DE COSSÍO. Manzanares, tenemos torero

Manzanares confirma que es el torero de las faenas para la historia. Tuvo que salir el último toro y también caer chuzos de punta para realizar una gloriosa faena de menos a más por el pitón derecho. Tres series en redondo de temple proverbial, con sus ya clásicos trincherazos y otros magistrales cambios de manos, provocaron el delirio de una plaza que se sumergía por momentos. 

José María Manzanares, poco a poco y casi en silencio, ha vuelto a cuajar otra faena para el recuerdo lleno de arte y majestad. En el primero de su lote receta una gran verónica con el empaque de los elegidos, pero en cuanto baja la mano en la muleta, el toro caía desfondado frente a sus manoletinas. Corrida de toros más parecida a una novillada de solteros y casados de Segovia que es el pueblo de mi madre. Esta claro que Juan Pedro o se reserva para el viernes o no tenía toros para Sevilla, porque estas dos comparecencias con distinto collar no se explican. Vaya petardo de presentación y juego rayando en la peor de las mansedumbres. 

Castella, que es un torero de raza, nada más contemplar el mejor par de la Feria asomándose al balcón, obra y gracia de Curro Molina, se fue a la proa del barco. Es decir al centro del ruedo, con esa marejada de viento y agua que se el venía encima. Que valentía la del francés que cubre el tranco que le falta al toro. Cada envite es un milagro que no le enganche el pronto animal. En el quinto, un toro muy complicado, se entrega al natural con una serie que arranca la música. Otro arrimón de narices y tras el pinchazo la firme estocada que le obliga saludar. Castella recupera puntos y sale revalorizado de la Feria. 

Ponce, lo esperado: exprime lo imposible al primer y cuarto novillo, digo toros, que por cierto no sé cómo no le da vergüenza matar esos animales en Sevilla, con el prestigio que da ser el número uno en esto. Creo que, Enrique, deberías dar ejemplo y que tus veedores se negaran a aceptar semejantes animales. Otra que debería haber salido al paso era nuestra presidenta, desechando la corrida por completo a primera hora de la mañana. Porque, digo yo, para que están los reconocimientos. Y si no hay toros, salir a buscarlos a FuenteYmbro, Cuvillos, Victoriano del Río, Jandilla, a ver si encuentran seis toros de verdad…


El Mundo. CARLOS CRIVELLUn toro y un torero, salvadores del naufragio 

El único toro bueno de la corrida salvó a todos. A un ganadero que estaba fracasando a lo grande; a la empresa, responsable del deprimente espectáculo vivido; a la presidenta, que estaba navegando con mucha pena y escasa gloria, y a Manzanares, que dio un curso de toreo grande junto a las tablas y bajo una cortina de agua.

Se salvaron todos, pero no lo pudieron ver muchos, que huyendo del diluvio que venía del cielo habían puesto tierra por medio. Ese sexto toro, tan chico como la mayoría, fue bravo y embistió bien a la franela de Manzanares. Por delante hay que cantar la excelencia de los muletazos del alicantino, que posee esa rara exquisitez de los toreros de calidad. Las tandas finales sobre la derecha y la izquierda fueron enormes por el mando, el temple y el buen gusto. Los naturales y los adornos tuvieron sello de calidad suprema. Caía entonces toda el agua del mundo. La estocada dio paso a las dos orejas, un buen premio, si me apuran excesivo, pero que le venía bien a la tarde y al palco, que así lograba que la afición olvidara todo lo que había ocurrido hasta entonces y en la que de nuevo fue protagonista.

Se aprobó una corrida mal presentada con la cumbre negativa del quinto, que además de chico, avacado y culipollo, tenía una cornamenta fea, bizco del derecho, que en su conjunto remataba un toro impropio de Sevilla. Y otros toros también estaban mal presentados. No se entiende que haya otra de Juan Pedro en breve.

Del comportamiento, todos flojos y descastados. La bobaliconería del primero no sirve en Sevilla. La falta de fuerzas del sobrero cuarto, tampoco. Por tanto, para que nadie se confunda, una corrida muy mala con un toro bueno.

Y para darle otro contenido a la tarde, el viento. Molestó desde el primer toro. Sólo cuando el cielo dijo agua va, el huracán cesó. Este invitado no deseado marcó la corrida. Ponce toreó –más bien dio pases a una especie sonámbula– cerca de las tablas. No cabe menos emoción que Ponce metiendo pico a un torillo sin vida. 

A Castella el viento le jugó una mala pasada en el segundo, aunque nadie entendió los motivos de su persistente actitud de lidiarlo en el centro, donde el viento era más intenso. Castella, de luto riguroso, fue esta tarde un torero más dispuesto. 

Lo demostró en el quinto. Este toro era un novillote con dos pitones como signo de más respeto. La gente protestó, pero el animal se comportó con vivacidad en varas y parecía un toro con faena. Castella le hizo un trasteo de valiente cabal, quieto, sin mover un músculo, jugándose el físico. Era su último toro de la Feria y se justificó el francés.

Ponce había pechado con el sobrero cuarto –horror, otro de Parladé –, tan pobre de raza y vida como sus hermanos del domingo. Ponce quería, pero el público no le dejó. A un maestro como Enrique hay que admirarlo frente a un toro, al menos en Sevilla. Y ese sobrero no era toro.

A todo esto el cielo se había reprimido a la hora de llorar. Manzanares, también con viento, había intentado ligar pases al tercero, sosito e intrascendente. 

Quedaba el sexto, la noche se había echado. El toro se recibió con indiferencia. No eran tan chico como el quinto; además, era el último. Ese toro fue bravo en el caballo de Chocolate. Manzanares lo trató muy bien y realizó una faena de ensueño cuando el agua caía con furia. Un buen final salvó a todos los que antes había propiciado un verdadero desastre. 


El País. ANTONIO LORCA.  ¿Qué es ser figura del toreo?

Quedó claro que ser figura del toreo es más difícil que ser Papa. Pero, como ocurre en las instancias vaticanas, no basta con llegar; una vez alcanzado el supremo reconocimiento, hay que demostrarlo todas las tardes.

Ser figura es mandar, y mandar es poder a todos los toros. Una figura es un torero heroico y artista, que triunfa sin discusión ante toros con trapío, encastados y fieros, en las plazas de mayor responsabilidad. Una figura es un maestro que domina y enseña. Todo lo demás es bisutería y cuento barato.

Nadie duda de que Ponce es una figura. Faltaría más. Pues quede aquí la duda. Una figura debe tener, ante todo, respeto a Sevilla y vestirse de luces ante toros de verdad. Es, pues, intolerable que Ponce se presente en la Maestranza con vergonzosos novilletes, inválidos por más señas y descastados hasta la desesperación. ¿Por qué? Porque más que una figura es un respetable torero moderno, que se alivia todas las tardes a sabiendas de que el público indocumentado le aplaudirá cualquier postura aflamencada ante un moribundo. Si Ponce fuera una figura de las de verdad habría rechazado esta ganadería y se habría presentado en Sevilla con toros auténticos de los que dan y quitan cotización y prestigio.

Aplíquese la misma regla a Castella y Manzanares, jóvenes que pronto han aprendido los errores de sus mayores: presentarse en la Maestranza con engañabobos que suponen un flagrante fraude.

Pues así está el toreo: figuritas de postín ante gatitos de Juan Pedro Domecq, que es el mismo dueño de los gatitos de anteayer. Con estos amigos de la fiesta, ¿para qué queremos enemigos?

La tarde fue de perros, ésa es la verdad, porque un vendaval dificultó gravemente la labor de los toreros. A pesar de ello, imaginable es que lo de Ponce fue de sopor ante dos sardinas lisiadas. Y, encima, tuvo la osadía de salir a saludar tras la muerte de su primero. Castella brindó la raspa más indecorosa de la tarde, el quinto, y su faena fue de entrega ante un novillote encastado.

Y Manzanares, en pleno diluvio, dibujó en el sexto preciosos muletazos, especialmente por la mano derecha, y toda su labor estuvo preñada de estética ante una noble sardina. Y le dieron las dos orejas. Pues, muy bien.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  La magia redentora de Manzanares y el toro de Barceló

La magia vino a salvar una tarde indecente de manos de José María Manzanares. Las nubes volaban negras a la velocidad del viento, y el viento al final trajo la lluvia desbocada. Manzanares cogió su muleta cuando las luces naranjas anunciaban la noche y el diluvio y los paraguas pintaban la Maestranza de colores rasgados por el agua; de repente, toda la tristeza que corroía el alma de la plaza se convirtió en esperanza. 

Manzanares sacó pecho, infló el empaque y se meció sobre la derecha; Manzanares torea con y sin toro, bambolea la muleta y se crece en escena. También la faena fue creciendo en temple, haciéndose redonda en su segunda parte. Manzanares no pega pases, pinta carteles de toros. La fase zurda parió varios naturales de inconmensurable estética, más cuando se abandona para irse y acompañar el viaje del toro. Un cambio de mano, trincheras como monumentos, el toreo en redondo cada vez más lento y una coda que elevó la sinfonía con un ayudado por alto a dos manos que barrió y redimió toda la mierda de corrida que habíamos presenciado. No se sabe cómo el gentío batía las ovaciones y sujetaba a la par los paraguas. Un espadazo mató a la birria de juampedro, que al fin y a la postre fue el que más colaboró. Dos orejas congraciaron a espectadores y aficionados con la Fiesta, y así se sintieron un poco menos estafados, gracias a José María Manzanares.

Antes o después, por la puerta de chiqueros tenía que aparecer el toro que sirvió de modelo a Barceló para ilustrar el cartel de Sevilla; de algún sitio habría sacado su imaginación a semejante rata ensartada cual pincho moruno de la nueva cocina. ¡Coño!, en cuanto saltó al albero el quinto sucedáneo de toro se comprendió todo: Miquel había retratado en «Lo Álvaro», la finca de Juan Pedro Domecq, a la criatura alanceada de su cuadro. Qué genial es este ganadero: para venderle a Eduardo Canorea seis novillotes impresentables como un plato de jamón ya hay que servir, pero colocar el toro más feo del mundo en el cartel de la Temporada de la Maestranza sin que nadie lo sepa, hasta ayer, es de crack. En su momento pelearon por el puesto de modelo el sobrero abecerrado lidiado en cuarto lugar y «Altivo» (el nombrecito también es de nota), que finalmente se llevó el gato -nunca mejor dicho- al agua. No creo que a Ponce le hiciera ninguna gracia apechar con el becerro, a tenor del cabreo que agarró entrebarreras, después de que le instaran a matarlo desde los tendidos con insistencia.

Sebastián Castella se peleó con valor con «Altivo», que embestía descompuesto. Castella había empezado en los medios, donde más soplaba el viento, con un pase cambiado por la espalda; ahora le funcionó más la cabeza que en el anterior (corpulento animal sin cara ni casta) y lo cerró al tercio, donde se arrimó en firme y consiguió notables momentos.

Ponce estuvo inmaculado y muy metido en tablas (lo exigía el puñetero Eolo) con el terciado, noblecito, sin fuerzas ni seriedad, primero; Manzanares había resuelto con facilidad con la tercera vacaburra. Lo bueno de esto es que la empresa nos ha reservado otro plato de jamón. Qué detalle.


El Desmarque. ÁLVARO ACEVEDO.  Gran estafa y mucho arte (por este orden) 

Salían los toros (por decir algo) de Juan Pedro Domecq, y la gente pasaba del mosqueo al enfado, y finalmente al escándalo. A su horripilante apariencia de novillos se le unía una dolorosa falta de bravura y clase que hacía del espectáculo una antología de lo absurdo. Los aficionados no entendían que la empresa hubiera comprado nada menos que tres corridas de la citada ganadería para una feria como la de Sevilla. O a lo peor comenzaban a entenderlo, porque se supone que la adquisición del lote de dieciocho toros (a los que hay que añadir ya dos sobreros de la misma casa) llevará aparejada una reducción del precio final; algo así como la oferta del supermercado con el “pague dos y llévese tres”. Visto lo visto, si la empresa ha comprado a precio de plaza de primera estos hasta ahora catorce toros con trapío de portátil, entonces debemos concluir que el ganadero de los toros artistas es precisamente eso: un artista. 

Salió el primero y embistió como una oveja recién parida, así que Enrique Ponce se puso bonito y lo toreó con aseo y corrección. Salió el segundo y acometió topando con las manos por delante. Castella se lo llevó al centro del ruedo en medio del vendaval en una decisión incomprensible que acabó en faena atropellada y peleona. De pocas luces. Salió el tercero y su bobaliconería mansita comenzó a cansar al gentío. Y salió el cuarto (único mejor presentado) y como era un inválido lo devolvieron al corral. El sobrero fue un mulo también derrengado que fue lidiado por Ponce entre las protestas de los estafados que llenaban la plaza. Y cuando salió el quinto, la gente explotó de tanta burla. Aquel encanijado borrego con cuernos era de una fealdad insultante que convertía en culpables a empresario, ganadero, veedores y demás responsables del atropello. Como el borrego tuvo genio y fue rabioso, Castella construyó una faena valiente con una primera parte notable al bajar la mano y arrancar naturales de buena factura: después de arrimó mucho, incluso se jugó la cornada, y después de pinchazo y estocada la gente le agradeció el esfuerzo con una ovación.

Y entonces, cuando comenzaba a llover y el respetable se apresuraba a abrir sus paraguas, el novillito sexto se decidió por fin a embestir. Y Manzanares se puso a torear. En medio de la tormenta, el de Alicante lo bordó con un compás, un gusto, una armonía, una majestad y un arte para quitarse el sombrero. Faenón con todas las letras lleno de naturales primorosos, redondos redondísimos, cambios de mano colosales y pases de pecho esculturales. De arte. Mató José Mari de estocada, el novillejo cayó muerto, y el torero cortó dos merecidas orejas que le sirven para consolidar su posición en la Fiesta, pero que no son suficientes para disimular el fraude perpetrado hoy en la Maestranza.


La Razón. JUAN POSADA. Manzanares, dos orejas

Cuando un toro es bravo y embiste derecho y un torero quiere torear como le dicta su corazón no hay lluvia ni vendaval que lo impida. Manzanares lo hizo ante el excelente sexto toro, que acometió con fijeza y largura. Llovía a cantaros, aunque el ventarrón que sopló toda la tarde amainó un poco. El público, molesto por la inclemencia del tiempo y las escasas ocasiones de lucimiento de los toreros, agradeció el acontecimiento con simpatía para el diestro. 

Antes, en el toro anterior, Castella se había jugado el pellejo, sin trampa ni cartón, ante un animal muy ofensivo, aunque de largo recorrido. Logró contentar un tanto al personal, que no estuvo muy allá con Enrique Ponce, a pesar de que en su primer toro, muy chico, la verdad, había realizado una buena pero anodina faena. Luego, el viento, los intermitentes chubascos y la escasa fuerza de los toros habían minado el aguante del personal... 

Era una de las corridas de más aliciente y los reventas habían apretado fuerte a los compradores de última hora. La expectación era enorme y, aunque el cielo no presentaba buen aspecto, la gente llegó ilusionada a la plaza. La flojedad de algunos toros y la insuficiente presencia de varios de ellos, terminaron por hacerles fruncir el entrecejo. 

Y apareció el quinto, una animal, de no mucha presencia, pero con alegría en las acometidas. Castella se enfrentó a él en el centro del ruedo y con la muleta flameando como una bandera. Fue una temeridad, pero el toro pasó y la gente gritó. Y, lo que es la Fiesta, todo cambió. 

El torero francés se fajó con el animal en una pelea sin temple, era imposible con el huracán, pero muy emotiva. Hasta sacó muletazos despaciosos y largos. Tragó mucho y arriesgó más. El personal, consciente de ello, le ovacionó con fuerza. Pero pinchó y, aunque tras la estocada, le aplaudieron se le fue el gran triunfo. 
En su primero se empeñó en torear casi en el centro del ruedo, donde más batía el viento y, claro, no logró sacarle partido a las medianas condiciones del animal. 

Manzanares tampoco estuvo a gusto con el segundo. Le molestó mucho el viento, pero él no se mostró demasiado decidido. Pases y pases sin acabar de rematarlos. 

Con el sexto la cosa cambió. El diestro se enfadó, como debe ser, y, aunque no ligó tandas muy largas, consiguió soberbios muletazos, por ambos pitones. Cites en el sitio justo, ni en línea ni demasiado cruzado. El toro sólo exigía que le pusiera la muleta ante el hocico y lo llevaran largo, al paraíso del toreo, con temple. Y así lo hizo en muchas ocasiones. 

Cuando el animal, ya vencido, fue a tablas, tiró de repertorio moderno. Espaldinas y demás, con suavidad y arte, sin contorsiones, muy derecho y estético. Los adornos finales, suaves y cadenciosos entusiasmaron. Una preciosa faena, digan de un buen toro. 

Enrique Ponce estuvo bien con el primero, pero desanimado, quizás, por la climatología tan adversa. Dio muchos muletazos, casi todos con templanza y largura, pero sin fuerza para llegar a los tendidos. 

Con el cuarto, sobrero de Parladé muy flojito, poco o nada pudo hacer. Además, el público estaba cabreado con las pocas energías del toro. 


PeriodistaDigital. JOSÉ ANTONIO DEL MORAL. Majestuoso diluvio torero de Manzanares bajo un diluvio universal

Aún en medio de las peores circunstancias ambientales y climatológicas que se pueda imaginar, el dios de los toros suele iluminar a los que van para grandes, justo en el momento en que más necesitan su ayuda. Tal el caso de ayer con José María Manzanares quien, al final de una corrida en su mayor parte desastrosa y a pesar del impresionante e imparable aguacero que cayó durante la lidia del sexto toro, volvió a cuajar por segunda vez en esta feria otra gran y majestuosa faena de muleta y, ésta de ayer, absolutamente redonda de principio a fin, e incluso rematada de gran estocada de la que rodó el toro de inmediato, volviendo más loco al público de lo que ya estaba mientras duró la hermosísima obra. Faena in-crescendo, como las más gloriosas que en la historia han sido, Manzanares acertó de lleno en no atacar demasiado en el inicio de su faena al buen Juan Pedro y como, además, tuvo la paciencia – y el gran valor, claro – de esperarle a que le llegara una y otra vez a la muleta que, en principio, tomó al paso, poco a poco fue aumentando en calidad y en densidad todo cuanto hizo sobre ambas manos hasta desembocar en un inenarrable broche por ayudados bajos tan lentos e inspirados que parecieron no tener fin. Un fin del todo glorioso mientras seguía diluviando a cántaros sin que ello le importara nada al joven gran torero, ensimismado, extasiado con su propia creación artística, a la vez que los espectadores, asimismo extasiados y rendidos, enronquecíamos cantando olés al tiempo que nos protegíamos como buena o malamente pudimos del tremendo aguacero. 

Fue como un milagro de la naturaleza. Pues nada más comenzar Manzanares su sinfónica faena, se calmó el terrible vendaval que había soplado durante toda la corrida, se calmaron los ánimos encrespados del gentío ante la presencia y el comportamiento de la mayoría de los toros que fueron saliendo por los chiqueros, salvó el honor de Juan Pedro Domecq al librarle de un fracaso inapelable, salvó la tarde entera del desastre, y se ganó un sello que le dará crédito más que sobrado para figurar en los mejores carteles de las ferias de Sevilla que vendrán durante más de quince o veinte años seguidos. Y es que, como vengo afirmando desde hace dos años, este felizmente nuevo Jose Mari Manzanares va para figura de los que hacen época si él continúa con ganas de serlo y no le ocurre algo irreparable. 

Del resto de lo acontecido en la corrida y como casi todo está ya escrito todo lo que pasó en la síntesis de la acostumbrada entradilla y en la ficha, solo merece destacar lo ocurrido con otros dos toros. El primero y el quinto. El torillo que abrió plaza, no sé ni cómo ni por qué fue aprobado en el reconocimiento. Absolutamente anovillado pero noble aunque no para tirar cohetes, sin apenas fuerza y, además, soso, Enrique Ponce lo lidió con exactas precauciones para que no se le viniera abajo antes de lo debido y, entre la raya interior y los tableros – fuera de la exterior el viento no permitía hacer nada limpio so pena de resultar descubierto o incluso cogido -, le hizo una faena marca de la casa y siempre apropiada a sus condiciones que los tendidos de la Maestranza respetaron pero no jalearon ni aplaudieron en ningún pasaje pese a su fácil excelencia. 

Una vez muerto el toro, los aficionados obligaron a saludar a Ponce. Pero antes, ni caso, como si no hubiera sido él quien allí estaba. Tan gran comportamiento del público de la Maestranza por respetuoso con el gran torero en una situación tan poco respetable, debería servir de lección al valenciano porque, aunque Enrique ya está desde hace años por encima del bien, del mal y, consecuentemente, en perpetuo estado de gracia, le tengo dicho varias veces desde hace que empezó su carrera que hay plazas y ferias en las que, un figurón del toreo como es él, debe ocuparse muy personalmente de elegir o rechazar cuando corresponda el ganado que le busquen. En total son cinco o seis plazas en España, tres en Francia y otras tres en América. No creo que sea la cosa como para negarse a hacerlo y más Ponce que lleva casi toda su vida matando corridones de campeonato. ¿A qué viene, entonces, caer en lo de ayer nada menos que en el escenario más prestigioso del toreo en todo el mundo?

Respecto a Sebastián Castella, que cerró su particular feria desgraciadamente sin poder triunfar y, por tanto, un poquito “tocado”, pero que la terminó siendo fiel a sus principios toreros, al darse por entero, y con el espeto y la admiración del público. Primero frente al imposible segundo, que fue un brutal demonio aún más endemoniado por el viento que se desató mientras intentaba pasarlo de muleta – imposible la cerrazón del torero al plantear la faena donde más soplaba el vendaval –; e impresionante aunque de nuevo alocada su decisión de irse a los medios en idénticas circunstancias que las anteriores con el avacado y cornalón quinto que, menos mal, obedeció a los toques de su muleta porque, si no, hubiera tenido una seria desgracia. 

En tan irrazonable tesitura y, a Dios gracias, Sebastián también fue ayudado por el Cielo y no le pasó nada malo salvo a la hora de matar por pinchar una emocionantísima faena que iba para oreja por su valor y por tanto como aguantó – lo inaguantable – aunque, en mi opinión, el hecho aguantar por mucho que se aguante, no siempre es torear como se debe. En fin, que Castella dejó Sevilla en tablas y hasta que le examinen en Madrid donde tendrá que sacar nota alta si no quiere tener más de un disgusto con los empresarios que, no lo dude, han tomado nota. 

 


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