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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del martes, 24 de abril de 2007
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrestrella
(de distinta presentación y diferente juego; flojos y sosos en general; el 2º fue pitado en el
arrastre; el 4º fue devuelto a corrales por invalidez; 4º-bis, encastado).
Diestros:
- César Rincón
(que se despide de plaza). De azul marino y oro. Estocada caída y atravesada (silencio);
pinchazo, estocada entera (dos orejas).
- Enrique
Ponce. De grana y oro. Media estocada (silencio); estocada (saludos desde el
tercio).
- Salvador Cortés. De
rosa y oro. Estocada
(silencio); estocada (saludos desde el tercio).
Incidencias: César Rincón sufrió un serio revolcón en
el 4º.
Banderillero que saludó: Luis
Mariscal, de la cuadrilla de
Salvador Cortés, en el 6º .
Presidente: Gabriel
Fernández Rey. Tiempo: sol, nubes, calor.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
Metro,
El Mundo, ABC, La
Razón, Diario de Sevilla, El
País, Marc Lavie.
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PUERTA
DE ARRASTRE
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Por Santiago
Sánchez Traver
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Esa es una buena forma de despedirse de la Maestranza y no la de otros. Rincón se fue a lo grande, triunfando con un gran toro, poniendo emoción sobre el albero, tras una voltereta espectacular que nos hizo temer lo peor y haciendo vibrar a la plaza. Adiós, maestro. Los de Torrestrella, salvo éste, anduvieron de aquí para allá con poca clase y fuerza. Aún así, bien que pudieron hacer más Ponce y Cortés. Este estuvo aseado y rozó el triunfo en el que cerró plaza. Al figurón de Chiva hay que criticarle que viniera, una vez más a Sevilla, con las tres cartitas. Lo suyo tiene truco y la gente lo sabe. En un trincherazo suyo cabe entre el toro y el matador un autobús. Pero de dos pisos, como en Londres. Por una faena como la del quinto le dan dos orejas en Valencia o en Madrid. Pero en Sevilla no cuela y se va de vacío. Que conste que cuando quiere lo hace bien. Título de la película: “El sobrero nunca sobra”.
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LO
MEJOR Y LO PEOR
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Por Carlos
Javier Trejo
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La vergüenza torera es algo que demuestran algunos matadores en ocasiones excepcionales y que los hacen aun más diferentes al común de los mortales. Lo acaecido en la Maestranza es algo para enmarcar en la historia de una gran figura. Después de recibir una brutal paliza, de la que salió conmocionado, irse de nuevo a la cara del toro y torear de la manera que lo hizo Rincón está al alcance de muy pocos. Pero terminar la faena citando al toro para matarlo recibiendo, está al alcance de menos. Gesta la de César Rincón el día de su despedida en Sevilla. Ponce no terminó de rematar la faena del 5º un toro flojo y noblón con el que logró pasajes meritorios. El público se enfrió tras fallar el puntillero. Cortés anduvo queriendo toda la tarde, pero sin encontrar colaboración alguna por parte de sus
astados.
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Petardo de corrida la de “Torrestrella”, descastada. Los dos primeros hicieron el amago de echarse en varias ocasiones. Algunos desarrollaron peligro. El único que se dejó fue el sobrero. El 6º que galopó de largo, tiraba derrotes en el segundo muletazo la serie, y cuando Cortés le pudo se paró y no consintió uno más. Al lote de Ponce le dieron de lo lindo en el caballo, el 1º se rajó pronto y se aculó en tablas, pero el 2º de su lote (5º de la tarde), podría haber durado algo más. Hoy tenemos espacio para pronunciarnos acerca de la parada de cabestros, francamente mal, como tristemente estamos acostumbrados, pero si Florito se decide a intervenir, para agilizar la operación, al menos, que lo tenga previsto y
salga con la indumentaria adecuada.
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LOS
PROTAGONISTAS
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César Rincón
El matador colombiano estaba feliz al termino del festejo después de cortar dos orejas en día de su despedida de Sevilla: “estoy muy contento y realmente esta plaza es maravillosa. No he visto nunca un público tan entregado y es imposible tener una despedida tan hermosa como la que yo he tenido”. El maestro Rincón añadió que el triunfo no lo olvidará jamás: “estas dos orejas y lo que aquí ha pasado es para contarlo a mis hijos y a mis nietos. La emoción me ha embargado hasta tal punto que me he roto como persona y torero”. Referente a su faena explicó que: “estaba forzando mucho al toro y en medio del camino me dio una voltereta que me dejó K.O. Ha sido una faena con muchos matices, con pinturería pero sobre todo mucha entrega, como la Maestranza conmigo y yo con ella”. |
Enrique
Ponce
El maestro Enrique Ponce manifestaba su mala suerte este año al no tener un toro con veinte arrancadas: “me voy de la Feria de Abril sin que me haya embestido un toro al menos veinte veces. Tengo mala suerte en los sorteos y es una auténtica pena, porque hoy me sentía muy a gusto y estaba dispuesto a que pasara algo grande”. Ponce analizó la tarde de la siguiente forma: “un día sin viento que es muy importante para los toreros, además la gente estaba muy receptiva, pero los toros de mi lote no han ayudado en nada. El quinto ha durado muy poco con la cara a media altura, después de haberlo cuidado en el caballo e intentando darle su tiempo para que se reponga, lo he templado mucho y pienso que al final he estado por encima de él”.
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Salvador Cortés
El matador más joven del cartel explicó las razones por las que no ha podido triunfar en la corrida de Torrestrella: “Decir que el lote no ha servido es una realidad aunque suena a tópico. Lo toros de hoy en general han tenido un comportamiento muy raro en sus embestidas”. Salvador profundizó en sus toros: “el último lo he dejado sin picar prácticamente, dándole las ventajas en los medios pero el toro no ha querido romper. El tercero no puedo entender como no le han visto en el reconocimiento, que estaba reparado de la vista con la mirada cruzada”. Con este material Cortés dejo claro que no se puede triunfar: “uno sin opciones te mira para hacerte pasar un mal rato y el otro no quiere romper, así es imposible triunfar”.
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Crónicas de la Prensa
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Un César que hace honor a su historia
No se cansa de decir Antonio Chenel Antoñete que su ahijado César Rincón –le doctoró en Bogotá hace un cuarto de siglo– es un torero con “bragueta”. Palabra torera y castiza que bien podría definir a un torero de raza y valor, de verdades descarnadas en el cite, de hambres de triunfo y de generosidad con el toro. Porque César ha sido siempre generoso con el toro y lo fue ayer cuando al sobrero de Torrestrella le dio ventajas, pese a que el diestro sabía que ya se había vencido por ambos pitones. Y llegó lo que tenía que llegar: la cogida. Y ese César, haciendo honor a su historia, una historia a sangre y fuego, continuó conmocionado en el ruedo. Y remató su faena cumpliendo con vergüenza torera, esa piel orgullosa que recubre al bogotano.
En la lamentable y descastada corrida de Torrestrella, después de cuatro cartuchos mojados, saltó un sobrero como sustituto de un toro sin poder, que se quebrantó en una voltereta. Este sobrero no fue un toro de juego redondo. Ni siquiera era un toro para la ovación con la que se le premió en el arrastre.
Acudió y se dejó pegar en varas. En las banderillas echó la cara arriba. Y en la muleta se venció por ambos pitones. Rincón lo recibió a la verónica ganando terreno. Y la faena a este toro, Ventisco, de buenas hechuras, negro, se la brindó a su apoderado Luis Manuel Lozano. Una faena –Antonio, vuelvo a tomar el término con tu permiso– de torero con bragueta que inició con muletazos genuflexos y continuó en el platillo con una tanda con la diestra. Descolló en otra con los muletazos más ceñidos. Por el izquierdo cuajó dos naturales con sabor en los que se venció el toro. En otra serie por ese pitón el animal le propinó un derrote, dándole un puntazo en la pierna izquierda y lanzándole por los aires.
Segundos dramáticos en los que el torero estuvo a merced de la res. La caída de Rincón, tras el serio zarandeo, fue terrorífica, prácticamente cabeza abajo para partirse la crisma. Rincón se levantó como un zombi, con el sentido de la orientación perdido. Sus compañeros, especialmente Ponce, intentaron en vano convencerle de que debía marcharse para la enfermería. Pero cualquiera convencía a ese hombre, tildado de héroe, con la cara ensangrentada, la mirada perdida y el orgullo herido.
Con las piernas inestables y el corazón bombeando vergüenza torera dibujó una buena tanda con la diestra. Y junto a tablas se gustó en otra serie en una loseta en la que los muletazos resultaron templados, rematados con un garboso pase de pecho. Había vencido a los elementos y César, el gran César de miles de batallas, ese que regó abundamente con sangre el albero maestrante en su día, preparó al toro con unos ayudados a media altura. Se perfiló y tiró para un pinchazo. Y entró en una segunda ocasión para la estocada definitiva y las dos orejas. Un premio de historia para su historia.
Con el descastado que abrió plaza, que llegó a echarse en la arena tras un par de tandas, Rincón no pudo hacer absolutamente nada.
Enrique Ponce, en su segunda y última ocasión en este abono abrileño, hizo un despliegue de técnica suprema. Pero ni así, con un lote pésimo, pudo elevar a categoría importante lo que hacía. Su primero, congestionado tras un castigo excesivo en varas, no podía dar ni un paso. Precisaba más la ayuda de la Cruz Roja que el ser lidiado. Lo que hizo el diestro valenciano no apasionó. Con anterioridad, de salida, sí cosechó palmas en unas buenas verónicas. Lo mejor, en este toro, surgió de las manos de Salvador Cortés, en un quite ceñidísimo por chicuelinas.
El quinto toro, Salmonete, tampoco transmitía. Ponce no precisó ni caña de pescar para hacerse con él. Con una técnica envidiable le sacó todo el jugo a la parrilla, en vuelta y vuelta, o sea por ambos pitones, en una labor de un tecnicismo casi científico. El animal se quedaba cortísimo y el torero lo enceló en la muleta derrochando más paciencia que el Santo Job. Consiguió una tanda por cada lado interesante, especialmente por el pitón izquierdo y acabó el trasteo por bajo de manera pulcra y estética. Mató de una estocada casi entera. Y saludó tras petición minoritaria.
Salvador Cortés tampoco tuvo opción a lucimiento. El tercero, un buey que se quedaba corto, salía luego con la cara alta en cada muletazo. El torero de Mairena del Aljarafe comenzó su labor en los medios con fe. El toro acudió de largo rebrincado, sin entrega. Y a partir de ahí, todo quedó en un trasteo voluntarioso. El sexto, también sin clase, fue un toro que se dejó pegar en el caballo y sufrió un fuerte varapalo en una voltereta. Pero lo peor fue su falta de casta. Luis Mariscal, que este año ha debutado como banderillero a las órdenes de su hermano Salvador, prendió un par vibrante que ovacionó fuertemente el público y acompañó la música. Salvador Cortés citó desde muy largo, en dos ocasiones, al desclasado animal, que le tropezó la tela en las dos primeras tandas. Se centró el torero en una tanda con la derecha y la banda de Tejera apostó con un pasodoble. Por lo que había hecho el toro, eso era como esperar a que nos tocara la primitiva sin echar el boleto. Y así fue. El toro, parado y sin humillar, llegó a colarse por el pitón derecho. El trasteo se desinfló. Y la corrida terminó con una lectura clara: el triunfo de César Rincón.
El destino, ese loco caprichoso que sentencia a su antojo, hizo ayer justicia a un César grande, un torero de bragueta, que además torea muy bien. Un César que hizo honor a su historia en su despedida de la Maestranza, en la temporada de su adiós, al cumplir sus bodas de plata con el toreo.
ABC.
ZABALA DE LA
SERNA. César Rincón corona su historia en Sevilla con la raza de los grandes
Y creíamos que habíamos visto torear. Ya. De distinta manera. O con distintas formas. Así no. Como el indio de piedra de Bogotá, no. Pureza reconcentrada. La muleta por delante como siempre; el pecho ofrecido como siempre; la figura anclada y hundida eternamente. César Rincón se despedía de Sevilla, donde hace un par de años fue triunfador, donde una década antes derramó su sangre crucificado en un pitón.
Rincón tiene carne de perro y la concepción de las auténticas figuras del toreo, la raza de los grandes. Por eso le levantó los pies del suelo un torrestrella sobrero de seriedad renegrida, en los medios, despatarrado, con la izquierda arrancándole toda la casta de sus entrañas por el albero, encajado de riñones. Y ahí el toro dijo basta. Porque el toro era de los que a don Álvaro Domecq le hacían sentir «un coro de aplausos inaudibles e invisibles» que corrían por su sangre y atronaban sus oídos; a mí me atronaban ayer los ojos las gotas de sangre que caían por la cara reventada del César de Colombia, sonado como por el puño de hierro de Foreman, por la entrada de aquellos directos de Tyson como camiones al rostro de los contrarios. Lo sostenían las manos de las cuadrillas, de los compañeros; el agua por la nuca en la imaginaria esquina del cuadrilátero, a punto de que el preparador tirase la toalla, que el público pedía a gritos. Pero César Rincón es mucho César Rincón, y volvió a la pelea, con el toro más cerrado en el tercio. Y con la muleta en la derecha levantó un himno de oles de emoción. Pirri le tiró la montera. Los tendidos habían tomado verdaderamente conciencia de los cojones del toro, que cuando el pequeño y gran torero americano se fajaba con él sobre la boca de riego, haciéndole las cosas por abajo, entregado a la causa, no había esa sensación, con lo que pesaban aquellas embestidas enrazadas en el mismo centro geométrico de la plaza. Allí había logrado muletazos rotundos, aun tocado alguno por un último empujón del domecq, ligados con el de pecho. El final de faena más que un pasodoble pedía a gritos a Wagner por su fuerza. Recibiendo quiso y pinchó la muerte; a la segunda, no. Y la plaza fue toda una sola voz. Banderas colombianas ondeaban al viento durante la vuelta al ruedo del indio de piedra de Bogotá con las orejas más redondas de abril en sus manos, y lamento que nunca nadie le haya lanzado una de España, porque siempre he sentido a César Rincón muy español, tal vez porque Colombia sea muy española. Al maestro nunca le he oído en sus labios frases como «hoy es un buen día para morir», y sin embargo es el tío que más veces he visto en una plaza dispuesto a morir, como con el mítico «Bastonito» de Madrid, como con un toro de Astolfi que le lamía las hombreras, como en la lejana y terrible cornada de Palmira o la brutal voltereta de hace un par de temporadas en una faena en Valencia del mismo corte de ayer.
El resto de la tarde fue otra historia. Hubo dos corridas en una. Tres primeros toros mal presentados de Torrestrella: el primero de bastos pitones que se echó enfermo en manos de Rincón; el terciado segundo que no valió nada, al margen de que Enrique Ponce le endilgara dos puyazos incomprensibles; el perrichico tercero, rebrincado y pendenciero en la muleta afanosa de Cortés. A partir del sobrero hubo otra luz. Ponce estuvo elegantemente perfecto de temple con un torrestrella alto de justo fuelle. La tardía muerte congeló cualquier premio. El sexto fue aún mejor, pero Salvador Cortés, salvo en una tanda muy por abajo, se espesó ayer sin ideas.
El Mundo. CARLOS
CRIVELL. Una gesta en la tarde del adiós
La corrida tuvo dos partes. Sobró la primera, tres toros lidiados en poco tiempo porque los de Torrestrella fueron un género amorfo, sin casta ni fuerzas. La corrida caminaba al abismo en esa primera parte. Rincón y Ponce tropezaron con reses sin recorrido. Cortés se había encontrado con otro que se rebrincó siempre y con el que no acertó en el temple. La segunda parte fue diferente. Y todo sucedió gracias a un sobrero, lidiado en cuarto lugar. El que estaba destinado para la despedida de César Rincón en la Maestranza tenía pocas fuerzas, se movió en plan bailarín hasta que voló por los aires en una costalada. El toro quedó visto para sentencia. La gente estaba desesperada y se alegró de que saliera el sobrero, aunque también fuera de Torrestrella. El sobrero salvó la corrida y permitió que Rincón escribiera una nueva gesta sobre el albero de la Maestranza.
Ese toro sobrero estaba mucho mejor presentado que algunos de los lidiados hasta ese momento. Se plantea una duda. ¿Quién es el responsable dejar como sobrero un toro serio mientras se lidiaban otros impresentables como el primero? Nadie contestará.
Por fortuna, ese sobrero de nombre Ventisco, fue un buen toro. César toreó de forma admirable con el capote. Lo picó con medida Leiro y el maestro colombiano brindó a Luis Manuel Lozano.
La faena se forjó en el centro de ruedo. Primero, en tandas sobre la derecha apretadas y templadas. Toro y torero se fundieron en pases limpios con remates de pecho de verdad. Se echó Rincón la muleta a la izquierda y el toro lo cogió en la segunda tanda. No fue un extraño, más bien lo cogió porque al animal no le quedaba otro remedio de tanto como se arrimó. La voltereta fue tremenda. En el muslo
izquierdo se rompió la taleguilla, la cara estaba ensangrentada del lomo del toro; el torero estaba conmocionado. Nadie quería que volviera a la cara de Ventisco; el tendido gritó que no lo hiciera; Ponce le pidió que le dejara rematarlo. Nadie pudo retenerle. Sólo se dejó limpiar la cara. Se fue al toro y le endilgó dos tandas con la derecha cerca de las tablas y se lo pasó aún más cerca. Pero todavía quedaba otro detalle que marca la vergüenza torera de un hombre. ¡Se echó de nuevo la muleta a la izquierda! No cabe más gallardía ni más coraje torero. La plaza hervía ante tantas agallas.
Quiso culminar su obra con una estocada en la suerte de recibir. Pinchó la primera vez y metió la espada en segunda intención. El público, con el corazón en un puño, se entregó a Rincón y pidió las orejas. No hay motivos para hacer un análisis fino sobre los merecimientos. Cuando un hombre se olvida de sí mismo para ofrecer una lección de casta como hizo el colombiano, precisamente en la tarde de su adiós en esta plaza, en la que ya ha derramado su sangre, no cabe ahora discutir el premio.
La corrida de Torrestrella, dicho queda, no tuvo presencia ni esencia. Flojos, descastados, muertos en vida, mejor olvidarse de ellos.
La segunda parte fue mejor. Pasado el suceso de Rincón, el quinto fue un toro alto y desangelado que le impidió a Ponce el triunfo, aunque no pudo evitar que el valenciano regalara una lección de técnica torera. La manida frase de «estar por encima de un toro» tiene en esta faena al quinto un claro ejemplo. Pase a pase, tirando y enseñando al bruto, templando, el valenciano sacó agua de un pozo seco. Faena para buenos aficionados que no tuvo premio, quizás porque la espada cayó tendida. Lo que pasó es que con una faena de maestro la plaza no reaccionó de forma unánime. El primero no le embistió, pero en parte es por su propia culpa, ya que permitió que Quinta se lo dejara muerto en dos puyazos terribles.
Salvador Cortés quemó su último cartucho en la Feria. No había podido lucirse con el flojo tercero y se afanó para buscar las palmas en el sexto. Este animal fue tan flojito y descastado como sus hermanos, pero recibió poco castigo en varas y y aguantó algo en el último tercio. Fue una faena meritoria la del sevillano. El toro necesitaba mucho aire, no se le podía agobiar, lo que condicionó tandas de pocos pases. Lo tomó de largo en los primeros muletazos, como ya hiciera en sus anteriores triunfos. La faena tuvo su cenit en varios derechazos de corte excelente, pero el conjunto se vino abajo con la izquierda.
Al final, la gente despidió a Rincón con una ovación enorme, tan grande como su vergüenza torera.
Metro. IGNACIO
DE COSSÍO. Algo se muere en el alma
Entrega es la palabra que definió la enrazada faena del mejor torero de América que ayer se despidió para siempre de la Maestranza. César Rincón, espectador de lujo en su primero como del resto del mal encierro de Torrestrella jugado en Sevilla, a excepción del mencionado cuarto obtuvo la nota más sobresaliente. Pero ahí no quedó la cosa y casi en el cierre de la tarde, redondeó el maestro una gran faena en redondo de manera magistral y torera. Tras unas verónicas aseadas colocó el bogotano al toro en el caballo para que éste cumpliera sin más. Todo quedaba por venir... Como no podía ser de otra manera, la histórica despedida se fraguó por bajo con doblones toreros hasta que pudo atemperar las embestidas del animal más bravo de la feria. El toro de nombre Ventisca parecía un obús junto al maestro. Su paso atronador levantó el polvo del albero. La tierra crujía y el César, más César que nunca, ligó dos series largas al natural. Volvió Rincón a la cara del toro y templó más aún su muleta. No puede ser, el toro descubre al torero que esta al hilo y lo caza a traición. El maestro sufre una voltereta espeluznante, su cara está ensangrentada, conmoción craneal y ya sus piernas casi no pueden sostenerle. Ponce se acerca y le invita a abandonar. Rincón se niega y nos regala las dos series de mayor entrega de esta Feria de Abril 2007, en donde no deja de producirse acontecimientos felices. Allí junto a las tablas del cuatro, frente a mí, nació Rincón de nuevo. Ése colombiano descarado y arrebatadoramente valiente y feroz ante el toro más bravo en Sevilla. Siete derechazos bastaron, la plaza extasiada muda se quedó. Llegó la suerte suprema, quietas a modo de testigos mudos aguardaron las cuatro banderas plegadas de la torería. El colombiano lo intenta y lo consigue por segundo vez a recibir, lo nunca visto en mucho tiempo. Estocada hasta la bola y caen del palco las dos orejas a ley y a sangre, logradas por El César que se marchó entre palmas besando su bandera nacional y ese albero maestrante que guardó celoso en su chaquetilla para no olvidar quién fue y como conquistó a Sevilla. Ponce ante un lote imposible brilló y dejó palatina constancia de su maestría. Cortés, también ante un lote nefasto, continúa en ese compás de espera en donde se sitúan las mejores y más jóvenes espadas de nuestro país, hoy rendidas más que nunca al maestro colombiano César Rincón.
El País. JOSÉ SUÁREZ INCLÁN.
El maestro
Con breve temblor en una mano, espeso tras la vara, recibió Rincón en su despedida una ovación -fría y breve- tras su último brindis en la Maestranza. Y en el tercio el toro cantó el equipaje que traía desde que salió: una debilidad que imposibilitó la embestida.
Chicharro, el 4º, cojo ostensible, inventó una aceptable acrobacia tirándose en plancha al centro del anillo, que no fue del gusto del presidente que lo echó.
Ventisco, el sobrero, embestía al capote y recibió verónicas que nos despertaron del sopor. Picó bien Leiro, parearon con oficio Montoya y Saugar, y se encendieron las esperanzas y los focos de la plaza. El maestro, en tablas, se dobló con él, casi rodilla en tierra; se fue al platillo, lo citó de frente, desde lejos, cargó, abrió el compás, puso de acuerdo brazo y cintura, y empezó a llevárselo en la muleta como a un perro amaestrado. Por la derecha, por la izquierda... Toreo muy caro, carísimo; toreo de antes, de siempre, toreo de verdad. Cuando más centrado estaba, le dudó el bicho en la izquierda, lo aguantó El César y se lo llevó en los cuernos como a un pelele. Corrieron toreros y peones a por el cuerpo inerte y allí despertó de la conmoción, empeñado en torear. No lo pudieron disuadir y, sobreponiéndose al tambaleo, le dio una serie para las lágrimas. Y otra más de maestro, con la plaza en pie. Desde un burladero otro torero le arrojó, enloquecido, la montera y cuando se adornó con una giraldina y ayudados de ensueño, nos temblaba la entraña ante la visión desnuda de un torero. Le pinchó recibiendo y lo estoqueó recibiendo, y los pañuelos, húmedos de emoción, reclamaron dos veces al del presidente.
El primero de Ponce perteneció a la gama de los tullidos -y eso que acudió al caballo, donde Quinta, sin barrenar, lo picó arriba- y en el quite por delantales las premoniciones fueron fatales. Tras un pareo de J. Tejero de frente, llegó a la muleta y en la primera suerte se oyó un generalizado Buuuh de fastidio cuando se quedó. Enrique, haciendo oídos sordos, anduvo un rato haciendo insustancial toreo de salón. Sin embargo, con Salmonete, el 5º, pudo lucirse más. Capotes, puyas, quites, palos... todo iba bien hasta el último tercio, pero la faena de Rincón nos mantenía aturdidos. En la muleta -siempre planchada- Ponce lo cogió con la elegancia y el mimo hipnótico que le honra, le habló bajito y le enseño a embestir. Algo despegado, lo sacaba por fuera y llevábamos impresos en las retinas las suertes cruzadas, de frente, del colombiano, con el remate atrás; y la irreprochable estética del de Chiva, no, no sabía igual. Hasta los ayudados por bajo, las dobladas y las trincheras, que eran de cinco estrellas.
A la vista del panorama, Cortés optó por no picar al pequeño Trolero. Aún así entró -mal- acompañando los cabeceos de un saltito grácil que puso en entredicho la virilidad del totémico animal. Y al 6º, Buenafiesta, nombre ad hoc para la anochecida de esta fecha, lo llamó desde el centro y acudió presto, pero después no se lo enroscaba porque embestía cansino y con la cara algo alta. Corría el diestro bien la mano, estaba torero, aguantaba quedadas... pero la noche seguía prendida en la muleta del César de Bogotá.
La Razón.
PATRICIA NAVARRO. Una despedida de torero grande
En el momento de escribir estas líneas, contados minutos después de acabar el festejo, el maestro ya se ha ido de los ruedos, ya se ha despedido de la Maestranza. Se fue, se ha ido, se acabó su andadura por el coso sevillano. Y lo hizo como sólo un grande del toreo puede hacerlo. Con dos orejas y una lección de fibra y de raza. Puso de nuevo ese millón de motivos por los que se ha mantenido veinte años en la profesión. Demostró por qué tiene el récord de abrir cuatro veces consecutivas la plaza de Madrid o la categoría de haber salido izado a hombros en seis ocasiones.
Ayer acabó de conquistar Sevilla. Se fue con el reconocimiento de la afición, que le vio entregarse y poner muros de voluntad al desvanecimiento. Lo hizo todo para ganar la batalla, más de lo que se podía esperar de un torero a la media vuelta de la retirada.
Comenzó el deleite cuando plantó cara al cuarto. Muleta en mano, dando el pecho al animal y mandando al toro en un viaje eterno. Una tanda, otra más y ahora, saciado ya, toreo al natural. Uno, dos muletazos... Y al tercero el toro hizo por él, lo prendió feo y lo lanzó sin contemplaciones. En el suelo quedó inerte, a un punto de la inconsciencia y con las fuerzas tan al límite que se tambaleaba al intentar volver a la cara del toro. Le ayudaron, le arroparon, entre ellos Ponce que le agarró fuerte para que se metiera para dentro. No hacía falta el gesto.
Nada importó a Rincón. Ni su jugosa cuenta bancaria ni las fincas ni la familia ni nada de nada. Sólo volver a torear. Y lo cuajó por ambos pitones. Y de verdad llenó los muletazos. Y lo mató recibiendo. Y se fue con la grandeza que desprende el toreo bueno.
Marc
Lavie. La geste de César Rincón
Les trois premiers toros d'Álvaro Domecq eurent un comportement désespérant. Très justes de trapío - il y a tout de même une marge entre le toro bien fait de Séville et le toro sans trapío - tournant à l'envers dans les capes et épris de somnolences. Le troisième était, en plus, affublé de myopie apparente. Le quatrième se déplaça en chancelant dans les capes et demeura définitivement invalide avec une spectaculaire cabriole. Le président sortit le mouchoir vert et laissa place au réserve, qui fut d'un tout autre style : brave, mobilant, chargeant au galop avec alegria. C'est tout de même curieux ces lots où le réserve semble d'une toute autre condition physique.
Ce toro brave, c'était le dernier toro que César Rincón affrontait à Séville, avant ses adieux définitifs l'hiver prochain en Colombie. Il le reçut par de bonnes véroniques vers le centre en gagnant un pas à chaque passe. Le picador pardonna la deuxième pique et le toro garda pas mal de violence et de nerf la charge. Un vrai toro brave à soumettre, en se croisant sur la corne contraire comme le fit Rincón dès la deuxième série à droite, avec laquelle il prit vraiment le dessus sur son opposant. La baguette du jeune Tristán ordonna les premières notes de "La Giralda" et Rincón prit la gauche pour une série liée au pecho sans broncher, en toréant avec engagement, profondeur et sincérité. Dans la série suivante, il y eut deux naturelles très longues, avec une muleta réduite, et à la passe suivante, par excès de confiance, le torero se laissa voir au cours de la passe et le fauve ne rata pas sa proie, balançant de la corne et envoyant en l'air le torero de façon impressionnante, en décochant plusieurs coups. Rincón resta quelques instants allongé, tête ensanglanté, et l'impression fut celle d'un coup de corne à la cuisse gauche. Les autres toreros, Ponce en particulier, tentèrent de le mener de force vers l'infirmerie mais le Colombien, visiblement souffrant et amoindri, eut le courage admirable de rester en piste et de reprendre la faena là où il l'avait laissée, en toréant encore mieux qu'avant : une série à droite bien recentrée, en boîtant mais sans démordre d'un pouce. Puis une nouvelle séquence droitière magistrale, en liant sur place, en dominant et en conduisant avec autorité. Avant de reprendre la gauche, entre les deux raies, pour imposer les naturelles qui lui avaient valu l'accident, et les tirer une à une, dans leur plus belle définition. Geste héroïque de grand torero, de personnage hors du commun, comme on n'en voit qu'aux arènes. César tenta de tuer "a recibir". La charge violente du quadrupède fit voler l'épée à la première tentative, mais la deuxième se solda par une formidable estocade. En revenant au burladero, Rincón tombe dans les bras de Ponce pour une longue accolade. Deux oreilles, beaucoup d'émotion sur les gradins et un tour de piste qui restera dans toutes les mémoires.
Avec le triomphe de Rincón, la corrida prit davantage de relief dans sa deuxième partie. Ponce tira de sa manche une faena insoupçonnable face à un autre Torrestrella de conformation et de charge bancales, parvenant à allonger sa charge des deux côtés. Faena patiente, suivie avec attention et terminée par une entière en bonne place. L'échec du puntillero apaisa les ardeurs.
Le sixième fut un toro intéressant, qui galopa avec classe tant que Salvador Cortés le conduisit à sa guise de la main droite. Lorsqu'il prit la gauche et qu'il voulut le soumettre, le toro perdit ses velléités offensives et la faena changea de couleur. La conclusion fut une estocade de très bonne exécution.
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