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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 27 de abril de 2006
Corrida de toros

Crónicas del festejo

ZABALA DE LA SERNA. Apoteosis de la corrida extraplana
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Alcurrucén (mansos, descastados, con peligro).

Diestros: 

  • Dávila Miura. Estocada entera al volapié (palmas); estocada caída (saludos desde el tercio).
  • Eduardo Gallo.  Estocada entera caída (división); estocada trasera (silencio).
  • El Capea. Pinchazo sin soltar, estocada caída (saludos desde el tercio); pinchazo sin soltar, más de media estocada (silencio).

Tiempo: soleado, caluroso.

Entrada: Lleno.

PresidenteAntonio Pulido.


Crónicas de la prensa: PortalTaurino, El País, Diario de Sevilla, ABC, La Razón, El Mundo.

 

Empresa Pagés
Crónicas del Festejo

El País. ANTONIO LORCA.  Un cambio necesario para los jóvenes

Los toros de Alcurrucén no dieron la talla. Es decir, que fueron muy malos; mejor dicho, un fracaso ganadero sin paliativos. Desigualmente presentados, casi todos mansos -el sexto se negaba a salir de chiqueros y huía de su propia sombra-, acudieron con genio al caballo y, entre la ausencia de casta, de fuerza y de clase, su agotamiento fue letal en la muleta. Así uno, otro, y otro, hasta provocar un sopor insoportable.

Cuando esto ocurre, se buscan responsabilidades en la terna, y se encuentran defectos que colaboraron al aburrimiento. Los tres toreros de ayer no son, ni mucho menos, la alegría de la huerta; más bien, padecen de cierta frialdad que raya en la tristeza. Pero son valentones y trataron de estar a la altura de las circunstancias. Lo que ocurrió es que éstas fueron muy adversas, y no era nada fácil levantar la cuesta abajo por la que se despeñó la corrida.

Dávila, el más maduro, sigue sin romper como matador, y los otros dos, muy jóvenes, se presentaban en la Maestranza. Entre ellos, El Capea era la primera vez que pisaba esta plaza. Se supone que los tres quieren ser figuras, y toda su ilusión es ver sus nombres en los carteles de la Feria de Abril con una corrida de garantías. Y las casas importantes que los apoderan -sobre todo, a los nuevos- mueven sus hilos para vestirlos de gala en Sevilla. Y aquí se estrellan con estos toros, y a los chavales los convencen después de que ése es el buen camino, y que ya saldrá el toro con el que puedan demostrar su enorme valía. Un toro de garantías, se entiende.

Esto es lo que viene ocurriendo desde hace décadas, desde que desaparecieron los héroes artistas y entraron en escena los artistas de espejo. Y ya no quedan héroes, sino jóvenes con la vida resuelta que quieren alcanzar la gloria sin sacrificio.

Y ésa es una tarea imposible. Gallo y El Capea vienen entre algodones en lugar de presentarse en Sevilla con toros de verdad para decir a los cuatro vientos que tienen madera de toreros. Es lo que le han enseñado, pero es un error como una catedral. Mientras no haya un cambio de mentalidad, y los jóvenes decidan medirse con toros y no con bueyes descastados, esta fiesta seguirá sumida en la desidia general y en el triunfalismo de los públicos.

Gallo y El Capea no pudieron demostrar nada más que un mínimo de vergüenza ante sus lotes deslucidos. Están faltos de técnica, es normal, comparten los pecados del toreo moderno en cuanto a citar con la muleta retrasada y al hilo de pitón, pero Gallo se mostró muy voluntarioso con su parado primero y se quitó pronto de encima al áspero quinto; El Capea, por su parte, que llegó a Sevilla sin mérito alguno, trató de justificarse, aguantó los parones de su primero y le arrancó algunos estimables muletazos con la técnica de no quitarle la muleta de la cara, y abrevió con el bronco sexto, que no quería salir al ruedo y se comportó como un marrajo.

Una feria más de Dávila y otra sin dar ese aldabonazo que se presagiaba en sus inicios. Da la impresión de que ha evolucionado poco. Es cierto que el que abrió plaza era un auténtico buey, pero el cuarto tuvo diez embestidas con codicia y el sevillano no las aprovechó.

La corrida acabó pronto. Pero pesó como una losa. La misma que les puede caer a estos jóvenes si no son capaces de impulsar un cambio necesario. Pero seguro que no lo harán porque son hijos de la comodidad.


PortalTaurinoMANUEL VIERACraso error

De todo hay en este público de tardes de farolillos. Los hay incontestables, sabios, bullangueros, festeros. y hasta algún que otro aficionado de calidad. Pero entre tanta gente ni se notan. Será por esto por lo que, desgraciadamente, muchos aprecian sólo la artificialidad colorista de una tarde de toros en Feria de Sevilla.

Hoy se aplaudió mucho y sucedió poco. Casi nada. Tal vez, porque los toros de Alcurrucén mansearon y se apagaron demasiado pronto. Tal vez, porque los jóvenes debutantes acusaron la responsabilidad de la tarde. Tal vez, porque los que lo llevan le quieren asegurar tanto el triunfo que lo estrellan contra la dificultad de la escasa casta que impera en los campos ganaderos y estos toros de hoy, desfondados y apagados. Graso error.

Todo este cúmulo de circunstancias confluyeron en esta anodina tarde. De un lado, el escaso juego de los toros de Pablo Lozano, mansos, parados y sin clase en la escasas e inciertas embestidas. Sólo el tercero, manso en los primeros tercios pero válido para la muleta, y el cuarto, noble aunque apagado, destacaron del conjunto. Del otro, quizás, la excesiva inmadurez que demostraron los debutantes. Y en esta plaza, en la que sólo el silencio de expectación acelera el pulso de los que abajo se la juegan, se lo pusieron demasiado difícil.

Aún así el toreo de Pedro Gutiérrez El Capea está lejos de la madurez. Quizá por ello se antoja demasiado pronto su presentación en La Maestranza y en pleno ciclo ferial. El Capea, seguro estoy, que ni siquiera se acercó esta tarde a la mínima dimensión de su toreo. Con la capa acelerado y nervioso, y excesivamente tenso con la muleta. Algún derechazo dibujado con calidad y una tanda ligada con la izquierda trazada con demostrada voluntad, fue de los mejor que le ejecutó al tercero. Sin embargo, no pudo con las complicadas y cortas embestidas del manso sexto. Algo lógico con tan escaso oficio y la excesiva responsabilidad impuesta.

En parecidas circunstancias se comportó en el ruedo Eduardo Gallo: sin demasiada técnica e indeciso. A este otro debutante salmantino tampoco no se le puede negar su empeño por agradar. Manejó el capote sin apreturas pero con poca importancia. Con la franela demasiado insustancial. Resulta evidente que ni el segundo toro, complicado, sin clase y parado, y el quinto, manso, flojo y mirón, le facilitaron la tarea. De todas formas, destacar su facilidad con la espada. De perfecta estocada tumbó al primero, y algo menos perfecta con la que mató al quinto.

Es posible que si a Eduardo Dávila Miura le dura algo más la noble embestida del cuarto hubiese obtenido premio. Ya se sabe, Eduardo necesita un toro con fuerza, que transmita a los tendidos su poderoso, largo y templado toreo. Casi lo consigue dejando crudo en varas al buen toro de Alcurrucén. Sin embargo, poco le aguantó. Un prologo vibrante, de muletazos largos de muleta arrastra, hilvanados y rematados -con ¿doble pase de pecho, Eduardo?- levantó el ánimo de los tendidos. Algún otro natural de buen trazo y. el toro que se apaga, y la faena que se difumina en nada. Al 
inválido primero ni un pase.


ABCABC. ZABALA DE LA SERNA. Apoteosis de la corrida extraplana

Suena a anuncio de Evax. La naturaleza es así. A veces responde a eslóganes publicitarios. El único clavo donde agarrarse fue la brevedad. Breve y plana la tarde. Extraplana. Una apoteosis de la planicie. La corrida de Alcurrucén se agarró al piso sin galopar, sin desplazarse, sin atacar. Ni buena ni mala. Aburrida, tediosa, parada y mansa. O sea, la nada. Y frente a la nada, nada. Afanes voluntariosos de los espadas. Precisamente «Afanes» se llamaba el cuarto. Probablemente el mejor de los núñez de los Lozano, dentro de un orden. Duró poco. Descolgado y humillado. Mas su viaje se fue acortando, desde un principio más entregado. Dávila Miura muleteó denso. Cuando se cruzó más y echó la muleta al hocico extrajo el fondo del toro. Escaso fondo. Y aun escaso destacó sobre sus hermanos.

El tercero le siguió en puntuación. Capea debutaba en Sevilla y se justificó. Hizo por dejarle la muleta en la cara para que repitiese según su motor de bajas revoluciones. Y en ese estar campero y campechano se desarrolló la faena. Hasta ahí funcionó (sic) la corrida de Alcurrucén. Imaginen lo demás. A Eduardo Gallo, el otro debutante salmantino, no le vino nada mal que su toro requiriese cercanías. Es más: su toreo necesita del toro que permita las cercanías. Ninguno de los matadores, de todas maneras, se arrebató en algún momento. Ningún toro tampoco. Ni mucho menos.

La resolución de los tres con los aceros quizá fuese de lo más positivo. Hay tardes que parecen predestinadas. Siento que compañeros y amigos abecedarios se desplazasen a la Maestranza. Ni siquiera tuvieron ocasión de escuchar al maestro Tristán. Ni cuando toca a destiempo. No hubo motivo. Ni objetivo ni subjetivo. Alguno comentó, a lo sumo, el cartel de la feria, «dos moscas en un yogur». Otro, las similitudes faraónicas de Monteseirín y Gallardón, dos alcaldes con los ciudadanos en pie de guerra porque no hay metro cuadrado sin obras. Y el sexto que ni siquiera quería salir de la bocana de toriles. Se volvía y se volvía, como sabiendo su suerte y su desdicha. Si a mí me dicen quién me mata tampoco salgo y me hago manso. O fraile. O cura. Yo creo que a veces los toros también se huelen el percal, y en los corrales se preguntan: «Oye, ¿a ti quién te ha «tocao»? «Fulano». «Ya lo siento». «Yo que tú no embestiría». «Bueno, a ti también te compadezco». «¿Nos hacemos los mansos?» «Venga, mariquita el último». Y así los alcurrucenes salieron todos mariquitas (que el servicio jurídico del periódico se haga cargo de cualquier arreón de las hordas manfloritas de Zerolo, y si no quieren yo me lo guiso y yo me lo como). Recuerdo a Cela, don Camilo por siempre, ¿verdad Astorga?: «A mí me da lo mismo, yo me limito a no tomar por el...» Es una forma de respetar al de la acera de enfrente. Con tanta tontería al final me acaba llamando la marquesa de la Vega de Anzo, que hila fino con las cosas del querer y del lenguaje. No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, y la mayoría de la Maestranza no tenía culpa de que los toros de Alcurrucén salieran dormidos, aunque a la par nos estuvieran durmiendo.

Jamás tantas veces el reloj maestrante fue tan ojeado. Que pase, que pase el tiempo. Los aficionados pedían la hora. Ni un quite, ni nada. Consoló la huida pronta con el sol todavía en alto. Pepe Luis en la ribera citando a la muchedumbre con el cartucho de pescao. Viéndolo, igual hubiera embestido alguno más. O tampoco. Pero Pepe Luis me inspira, y seguro que una pincelada o alguna alegría hubiese dejado.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Espectáculo sin relieve

Espectáculo flojito. De los que hacen afición. Los toros descastados de Alcurrucén –ganadería de la casa Lozano– fueron un auténtico fiasco. Los salmantinos Eduardo Gallo y El Capea apretaron el acelerador lo justo en su debut en la Maestranza. Todavía con escaso bagaje como matadores de toros se les vio verdes en muchos aspectos. Y en sus segundas partes, ante sus segundos toros, les faltó una decisión mayor. De lo contrario, que se olviden de fincas y cortijos. Para alcanzar la cima no valen conformismos de ningún tipo. Había suspicacias por parte de muchos aficionados por el trato dado: estreno de lujo, en farolillos, sin haberse ganado el puesto el año anterior. En el caso de El Capea ni siquiera había debutado en Sevilla como novillero.

–¿Comenzamos?

Pues allá vamos. Dávila Miura no estuvo fino con el flojo que abrió plaza, un toro noble, que se quedaba cortísimo por su agotamiento. El sevillano tuvo en suerte al astado más potable, el cuarto, de un mal encierro. Toro que metió bien la cara tras la capa, que fue de largo al caballo y se empleó y que en la muleta embistió bien hasta apagarse. A Dávila pareció gustarle el toro. Se le veía ansioso, junto a tablas, probando la muleta, entre tanto sus hombres prendían banderillas. Todo el mundo esperaba a ese torero generoso, citando en los medios, de lejos, para levantar a la plaza en la primera tanda. Para reventar aquello cuando habíamos traspasado el ecuador entre la somnoliencia. Pero el diestro sevillano sacó con torería al astado y se situó en las afueras. Allí, a media distancia, le endosó con la diestra una tanda de cuatro buenos muletazos y el de pecho. Y otra más, también entonada. Con la zurda, el toro se apagó de inmediato tras desarmarle y destrozarle el estaquillador. La faena, tras una estocada desprendida, resultó ligera, sin peso específico y el torero se tuvo que conformar con una ovación.

La actuación de Eduardo Gallo fue más bien pobre ¡Que presentación como matador de toros! No consiguió dominar al segundo, un toro que no humillaba e iba a su aire, apretando hacia los adentros. Se hinchó de dar pases sin que consiguiera nada positivo. La única ovación en su labor la recibió tras meterse entre los pitones y sacar algunos pases. No valoró correctamente la categoría de la plaza; ya que un nutrido grupo de espectadores le increpó que saliera a saludar por su cuenta.

Con el complicado quinto, un toro protestón en la muleta, se mostró muy indeciso. Indecisión a la hora de escoger terrenos y de colocarse. Cuando se llevó al toro junto rayas, el animal le apretó y desarmó.

El Capea se esforzó con el tercer toro, que exigía bastante en la muleta, pero que llegó a meter la cara bien. Al toro le bajó los humos Ángel Rivas, con dos puyazos en toda regla. El Capea realizó una labor voluntariosa y correcta, que tuvo un comienzo muy brillante para hacerse con el animal: unos doblones dominadores junto a rayas. Por el pitón derecho, lo mejor, fue una tanda, con solvencia, de cuatro muletazos y el de pecho. Con la zurda tiró bien del toro en otra serie. 

Al que cerró plaza, un toro tardo y que se lo pensaba a la hora de embestir, no supo como meterle mano. Y lo que es peor: ni se molestó. El animalito, manso hasta la saciedad, tras haber pisado el ruedo, intentó meterse en chiqueros en una docena de ocasiones. Al encontrarse el portón de toriles cerrado, los banderilleros de El Capea lo intentaban sacar de querencia una y otra vez sacando los capotes desde el callejón. Aquello duró tres o cuatro minutos ¡Una salida de bravo...! 

Eduardo Gallo y El Capea no dieron la impresión de que fueran debutantes. Parecían toreros con varios cortijos. Una cosa es que estén verdes y otra es la actitud. Y en esta segunda premisa no dieron la talla. A Dávila, sin duda, le faltaron reflejos para aprovechar con mayor rendimiento las arrancadas de su segundo toro. En fin, todo o casi todo para olvidar. Los tres quemaron su único cartucho, sin conseguir grandes cotas.

Quizás, el espectáculo se pueda resumir perfectamente en la escena que sucedió a lo largo del sexto toro: un sombrero rodando por el ruedo, sin asentarse, sin elevarse, rodando y rodando...Así fue la tarde, rodando, rodando... 


Pedro Gutiérrez «El Capea» torea al natural durante la lidia al tercero. La RazónLa Razón. JUAN POSADAOtra corrida tediosa. 

Son ya muchas las veces, demasiadas, que los toros faltos de casta brava y de fuerza, como los de ayer, estropean una tarde ilusionada. Casi se llenó la plaza con la esperanza de ver a los dos chavales salmantinos: Gallo y Capea. Pero los ejemplares de Alcurrucén no ayudaron ni mijita. El más potable, el tercero, sólo aguantó una docena de muletazos; luego, tardeó en las telas, se distrajo mucho y cuando metía la cabeza lo hacía con desesperante lentitud. Así es imposible sacarle partido a ningún astado, y menos, matadores jóvenes, que no están en uso de la totalidad de los recursos.

El Capea, el más vareado en el campo, se manejó muy bien con su primero y logró sacarle bastantes pases, templados y largos, pero, como decía El Guerra: «Lo que no 'pué' ser, no 'pué' ser y, además, es imposible». El Guerra, sabio cordobés, era consciente de lo que hablaba. Ayer, se demostró con creces. El público lo entendió y no se metió con la terna. Estuvieron justos.

Dávila Miura saludó al primero con lances vulgares. Inició la faena por bajo, sin demasiado interés. Los derechazos que siguieron, simples pases para allá y para acá. La siguiente tanda, más o menos igual. El toro se vino más abajo aún y los muletazos que anteriormente fueron desiguales se convirtieron en medios. Faena aburrida, sin ninguna vibración, rematada con una buena estocada.

Bien rematados. Igual en su trasteo al cuarto, que también finalizó con un certero espadazo. Con la muleta, instrumentó varios pases por bajo muy bien rematados con uno de pecho por el pitón izquierdo. Aprovechó las primeras arrancadas del animal, muy francas, para instrumentar dos pases buenos con la derecha y el tercero rematado arriba. ¿Por qué? A estos toros, que ya se sabe por lo ocurrido en los anteriores, que tienen poco aguante, hay que intentar hacerle lo lucido desde el principio. Y esos remates por alto enfrían cualquier labor. Con la izquierda, previo paso adelante, varios naturales en los que el toro se fue apagando poco a poco hasta que la faena perdió la escasa emoción lograda en la primera tanda. Menos mal que acertó al matar, aunque la espada cayera baja. Y siguió el aburrimiento.

Eduardo Gallo apenas actuó con el capote, cuidando al burel para la muleta, pero ni por ésas. Tras varios muletazos diestros con el paño atrás y tragando, recurrió a la izquierda, de la misma guisa. Volvió con la derecha, un tanto embarullado y, ante las renuncias del animal, optó por darse el arrimón y se lo dio de verdad, pero aquí en Sevilla eso no sirve. Faena larga, con poco ritmo, en la que destacaron su decisión y sus ganas.

Con el quinto, otra vez igual. Un toro sin transmisión alguna y un torero con muchas ganas de arrimarse, pero no había esfuerzo que valiera. A pesar de ello, lo intentó con la derecha, pero con la muleta atrás. El toro lo vio y se fue a por él, que era lo menos que podía hacer, aunque era un marmolillo. En realidad, la faena bonita era imposible. El chaval hizo lo que debía: mostrarse afanoso pero, en esta ocasión, no era viable el lucimiento.

Suave. El Capea, ante el tercero, mansote en el caballo, aunque a pesar de ello le dieron fuerte, poco hizo con el capote. Buenos inicios con la muleta a dos manos, muy tranquilo y suave. Citó con la derecha en el buen lugar, con la tela puesta hasta lograr ligar cuatro pases muy buenos por llevarlo toreado y vaciarlo con corrección. Parecía que aquello iba a subir de tono, pero el toro cedió, aunque logró rematar con un excelente pase de pecho. Aguantó mucho con la izquierda, quizá demasiado, ya que al estar en línea lo veía mucho y soportó las miradas con pundonor. Ya en la corta distancia, insistió en algunos muletazos más con escasa colaboración del toro y decidió matarlo con buen criterio. Buena actuación del hijo de Pedro Gutiérrez «Niño de la Capea».

Con el sexto, cumplidor con el caballo pero también marmolillo, comenzó la faena por bajo, sin saber por qué. Si el toro mostraba su cansino embestir, para qué darle tantos muletazos obligados si perdería la poca fuerza que tenía. Desde luego, aunque no lo hubiera castigado, el de Alcurrucén no desarrollaría más. Capea mostró su buena forma de lidiar; se le nota que está muy toreado y que sabe lo que hace. Pero con éste, ni intentó siquiera el más mínimo lucimiento. Se comprende, pero no se entiende. Los chavales, en estas ocasiones, deben intentar asustar al personal y decir: «Aquí estoy yo», pero no señor. La vida es bella.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Mulos, perros y otras especies

Aclarada la cuestión de las divisas en La Maestranza; ha hablado un ganadero egregio, el señor Miura, y ha dicho que hace medio siglo en La Maestranza no se prendían divisas a los toros. Se acabó la cuestión que, dicho sea de paso, en esta página nunca se elevó a categoría, sino que quedó reducida a anécdota y constatación de hechos.

Aquí lo que importa y lo que se defiende es la integridad física y temperamental de las reses. O sea, fortaleza y templanza, casta y pitones. Justo lo que casi todas las tardes falta en los ruedos de Iberia. Ayer los alcurrucenes tuvieron forma, aunque carecieron de contenido: puros bueyes. Eso es lo que interesa de verdad a los aficionados. Los bonitos cintajos de adorno, es cosa de los ganaderos. Allá ellos si prenden o no prenden la escarapela; la divisa es cosa también de literatura y copla, mas eso no tiene demasiada importancia.

A efectos identificatorios de una ganadería, queda la señal y el hierro grabados a fuego. Uno supone que la señal y la divisa, tal como se hace constar en los programas y tal como figura en el historial de cada ganadería, obedecen, u obedecían, a alguna preferencia. Las personas eligen los signos distintivos por algo y pocas cosas son resultado del azar. Pero como la falta de casta y de bravura está devastando sangres y encastes hacia la nada uniforme y amorfa, pues fuera divisas y fuera señales también.

Que la divisa de los alcurrucenes es azul celeste y negra ¿qué más da? Su comportamiento fue tan manso que no necesita divisa diferenciadora. A mí me da igual; con frecuencia el toro es toro sólo morfológicamente, porque tiene cuernos. Pero lo que salió ayer al ruedo de La Maestranza y lo que sale tantas tardes ¿qué tiene de toro de lidia? No es afán de tapar a los toreros sino de reconocer que muy poco podían hacer Dávila Miura, Eduardo Gallo y Pedro Gutiérrez con semejante material: capear con dignidad el temporal.

Bien o regular los diestros salen a lidiar toros y no mulas o bueyes. Lo que ayer más se pareció a un toro fue el cuarto, que apenas duró dos tandas de redondos. Cuando Dávila se echó la muleta a la izquierda, el de Alcurrucén lo desarmó y se puso imposible. Yo creo que en el toro de lidia se está produciendo una mutación genética producto de enjuagues y cambalaches. Queda por saber si el estado de la cabaña es irreversible o todavía tiene arreglo. Así que resuelto el falso pleito de las divisas, apliquémonos a lo que importa: la bravura del toro; su integridad, su dignidad de animal legendario y totémico.

Aficionados y escribidores tenemos una palabra para designar la condición rastrera de un toro de lidia sin los atributos, físicos o temperamentales, que le son propios: perro. Y yo me digo que hay que tener más respeto a los perros que, en esto del toro, no se meten con nadie. A lo sumo, hace muchos años se les echaba a los toros mansos perros que los acosaban a ladridos y mordiscos: «Perros, perros, perros», gritaba el gentío feroz cuando un toro se encastillaba en su mansedumbre y «perros, perros, perros» podía haberse gritado ayer.

Pero una cosa es echarle perros a un toro y otra muy distinta llamarle perro como vilipendio. En puridad a los alcurrucenes no podría llamárseles perros, pues aunque carecían de todo síntoma de bravura, no tenían mala facha. Hay toros y toros y perros y perros. Me imagino a mi perro Berni -menos mío que del resto de la familia- tan listo y, a la vez tan bobo de confiado y alegre, ladrándole a un toro de Alcurrucén, y me da un síncope.

Berni sólo ladra a las hurracas y a las torcaces del jardín y con cierto recelo. Y a los perrazos con los que se encuentra, bien amarrados por sus amos, en los paseos vespertinos. Berni anda estos días aquejado de cruel mal y tiene a toda la familia en vilo. Si sale de ésta yo prometo enseñarle a jugar al toro, embistiendo y ladrando jubilosamente sin afanes belicosos. Y prometo, además, no volver a llamar nunca jamás perro a un toro.

De cualquier forma no sé si lo que salió ayer a La Maestranza eran toros, mulas, bueyes, perros o desconocida especie carente de señas de identidad brava. Dejémoslo en toros, pues todos sabemos que, a menudo, el lenguaje es impreciso, perverso y engañoso.

 

 

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