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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 25 de abril de 2006
Corrida de toros

Enrique Ponce o lo que el ojo no ve

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Juan Pedro Domecq (flojos y descastados; el 5º fue devuelto a corrales por debilidad manifiesta).

Diestros: 

  • Enrique Ponce. Estocada caída (palmas); estocada caída (oreja).
  • Rivera Ordóñez. Pinchazo sin soltar, cuatro pinchazos que escupe, descabello (silencio); pinchazo sin soltar, tres pinchazos que escupe, estocada entera (silencio).
  • El Cid. Estocada atravesada, descabello (palmas); pinchazo que escupe, pinchazo sin soltar, pinchazo que escupe, aviso, pinchazo que escupe, descabello (silencio).
Banderilleros que saludaron: José Manuel Fernández Alcalareño y Luis López, de la cuadrilla de El Cid, en el 3º.

Tiempo: soleado.

Entrada: hasta la bandera.

PresidenteJuan Murillo.

Empresa Pagés

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, Marc LAVIE, ABC, El País, Diario de Sevilla, La Razón.


Crónicas del Festejo

La Razón. JUAN POSADALos «juampedros», culpables del tedio

No hay cosa más aburrida que una corrida de toros en la que los animales no muestren bravura, energía y empuje. La emoción es la corrida; sin ella se convierte en casi nada. Sólo una muy inteligente faena de Enrique Ponce, tampoco de las más extraordinarias suyas, rompió el tedio de la tarde. El torero valenciano, muy inteligente, supo ver las cualidades del toro, no muchas, aprovecharse de ellas y, echando mano de sus conocimientos, lograr muletazos si no emotivos, al menos bonitos y bien realizados. El Cid, más puesto desde un punto de vista técnico, no pudo hacerlo mejor a pesar de ello; pero se le ve un avance importante en ese sentido. Francisco Rivera Ordóñez sacó a relucir su nueva faceta de banderillero y la verdad es que puso tres buenos pares de rehiletes; tampoco fueron un prodigio, pero estuvieron bien.

Ponce recibió a su primero, con tendencia a tablas y blando, con lances vulgares. Bregó bien e inició la faena con trincheras suaves, mezcladas con pases de pecho. Con la derecha, muleta puesta y sin adelantar la pierna para no agobiarlo. Muletazos lentos, suaves, pero sin enjundia. Igual, por naturales. La sosería del toro no imprimía emoción a la faena de Ponce, muy técnica, pero falta de más interés.

Clásico. Al cuarto, más fuerte y noble, sin pasarnos, le encontró la distancia justa desde el principio hasta el final. Conforme el toro se agotaba, Ponce mantenía el espacio porque el animal respondía al incentivo de la muleta, tan cerca de sus ojos. Salpicó con los clásicos derechazos y naturales entre cambios de manos, en especial por el pitón izquierdo, que amenizaron su labor.

Los primeros naturales del valenciano no fueron tan limpios como los pases con la diestra; optó por citar de frente y así dar medios pases, porque ya el toro no aguantaba un largo recorrido. Los adornos, siempre toreando, fueron un recurso de torero avezado, al que se le veía disfrutar. Faena de menos a más, muy torera, en la que suplió la caída de tensión del ejemplar con medios muletazos y adornos, pensados y ejecutados a la perfección. Un Ponce que, sin estar heroico como en su corrida anterior, volvió a mostrar su afición, valor y sentido torero.

Rivera Ordóñez hizo un bonito quite a pies juntos al segundo, manso y flojo. Los primeros derechazos, suaves y largos, pero sosos. La segunda tanda diestra, siempre en línea, sin cruzarse, no tuvo más interés. Los naturales, fuera de cacho, lo que provocó que el toro lo viera y lo acosara levemente. Optó por el arrimón, colocándose muy cerca de los pitones, con la mano derecha entre los pititos de los disconformes. Se acercó aún más y los silbidos arreciaron. Faena anodina, aburrida a consecuencia de la flojera del astado y de la sosería del torero.

Se animó más con el quinto bis, al que recibió con dos largas arrodillado en el tercio, seguido de lances a pies juntos. Al primer puyazo se vio que el animal no poseía fuerzas. Rivera se dio cuenta de que no tenía otra opción y se decidió a banderillear, algo inusual en él. El primer par, correcto; el segundo, arriesgado, muy bueno; y el tercero, al violín. Con la muleta, derechazos a media altura en los que el toro puso muy poco. Menos aún en los naturales que siguieron, en los que embistió al paso y sin apenas alegría. Volvió a intentarlo con la izquierda, pero la faena era imposible. El «juampedro», un marmolillo sin fuerzas ni celo, no era apto para ser toreado. Con la espada, mal.

Desde largo. El Cid lanceó al segundo con mucha decisión y transmisión, lo que no habían hecho sus compañeros, demasiado circunspectos. Comenzó desde largo para darle espacio al toro, que respondió en las primeras arrancadas repitiendo. Cuatro tandas con la mano derecha, guardando la distancia y dejando la muleta a la vista, sin excesos, cuidando la embestida. Con la izquierda, a pesar de que se la dejó justo ante el hocico, el toro tardeó mucho y se vino abajo; también la faena que, no obstante, tuvo su cosa, ya que el torero aprovechó con sabiduría todas las posibilidades del animal.

Se mostró dispuesto con el capote en el sexto, pero se vio que el ejemplar tenía muy pocas energías y menos casta. Por tanto, la faena, voluntariosa, no alcanzó el clímax debido, a pesar de que este matador tiene buen cartel y simpatías en Sevilla. El hombre hizo lo que pudo, muy asentado en los primeros muletazos con la derecha, que no pudo repetir por naturales puesto que el toro embestía al paso y sin un ápice de emoción.

Tampoco acertó el de Salteras con el uso de la espada y prolongó demasiado el tedio que padecían los sevillanos. Menos mal que ya tienen la feria en pleno funcionamiento. Y allí se olvidan o, al menos, alivian las penas.


PortalTaurinoMANUEL VIERAFracaso estrepitoso de los toros de Juan Pedro

La nobleza empalagosa de unos animales sin una pizca de casta, desfondados, inútiles incluso para el denominado toreo moderno, se han cargado la tarde a pesar de la faena técnica y medida , sobria y plástica, adornada también por el detalle sugestivo y brillante del remate, de un Enrique Ponce en maestro.

Estrepitoso fracaso ganadero de Juan Pedro Domecq con unos toros de justa presentación que acudían a los engaños sin malicia y como almas en pena. Es imposible que estos bobalicones animales transmitan algún tipo de emoción al espectador durante su lidia. Toros que se fueron camino del desolladero sin 
picar. Uno tras otro. Y ni por esas aguantaron sobre la arena dorada del ruedo maestrante más allá de los prólogos de faena.

Lo poco visto en la calurosa tarde de feria lo hizo un maestro con el virtuosismo de su imaginación. Porque resulta asombrosa la capacidad de invención de este torero. Sorprende en cada tarde con el trazo sutil, sencillo, elegante, sin molestar al toro . Lucidez, técnica, precisión. Es el mérito de este torero que triunfa, con toro o sin toro- hoy no lo tuvo- por el sólo método de la convicción. Fueron, quizá, detalles, faena sin culminar, sin la emoción de la bravura encastada, pero incluso así transmitía, Ponce, importancia a los tendidos.

El cuarto fue la excepción de la tarde. El menos flojo. El de más tranco. Aunque para ello se tuvo que quedar sin picar, como todos. Ponce le dio distancia y lo toreó de derecha a placer. Faena cuidada, pródiga en detalles, de templados muletazos, de calidad en el trazo con alguna que otra tanda hilvanada. La mala estocada no le impidió ganar una oreja, concedida en compensación de su extraordinaria feria. Menos le duró el parado primero, que sólo le aguantó sueltos pases carentes de emotividad.

Hay algo especial en Rivera Ordóñez que sigue aureolándolo de simpatía. Su toreo enseguida se gana la condescendencia de la gente, quizá porque imprime su toreo de un valor sincero. Hoy lo quiso de mostrar a todas luces, aunque sin oponentes. El descastado segundo se le paró de inmediato, tanto, que Rivera Ordóñez casi se colgó de los pitones. Arrimón innecesario, por la poca importancia que transmitía el toro, que llegó a provocar el malestar del público. La demostración de las inusitadas ganas de agradar se le vieron con el quinto toro, sobrero de la misma ganadería. Lo recibió con dos largas cambiadas en el tercio, para después banderillearlo con soltura, destacando un soberbio par reunido en la misma cara del flojo toro. Quizá 
demasiado desgaste para el descastado animal, que por la muleta del madrileño-sevillano dijo no querer pasar. Eso sí, con la espada sigue siendo un desastre.

Y algo hay que decir de El Cid, que se va de la feria sin el importante triunfo que de él se esperaba. Manuel no ha tenido toros esta tarde. Aunque hizo todo lo posible para que le duraran en la muleta. Casi lo consiguió con el tercero, un noble animal, como todos, al que le realizó un trasteo sin apreturas, de momentos de calidad, pero sin alcanzar altas cotas. El inválido sexto no le aguantó ni el prólogo de faena. En fin. será por San Miguel.


DÍAZ JAPÓN Ponce, que cortó una oreja, torea a la verónica. ABCABC. ZABALA DE LA SERNA. Enrique Ponce o lo que el ojo no ve

Enorme la Maestranza en su recibimiento a Enrique Ponce, en recuerdo de su histórica tarde anterior. Ovación de gala. Ovación caballerosa. Detalles así se están perdiendo. Como cuando un torero reaparece en el mismo escenario de una cornada. Dolor y gloria con hombría se valoran en plazas de categoría. (Anda con el pareado, qué bonito nos ha quedado). Ponce remató ayer su feria. En el sentido más estricto ha sido «su» feria (subrayado con comillas). Rematar con una corrida tan descastada como la de Juan Pedro ya tiene su mérito. Pero es que el Sabio de Chiva ve toro donde no lo hay. O ve lo que el ojo de los demás humanos no ven. Por humanos cuentan los toreros también. A ese cuarto fue el único que le apreció algo. Ese algo lo incrementó luego lidiándolo con mimo con sus propias manos, tapándole la cara constantemente con la muleta a su altura, sin forzarlo, más que de vez en cuando.

Faena de mago

Faena de ilusionista. Mago que no pudo sacar nada más de la chistera con la zurda, aunque sí unos últimos compases hacia tablas tremendamente toreros, de adornos y filigranas. Enrique Ponce es capaz de ver lo que no vemos y de hacer parecer lo que no es: el toro bueno o la estocada en su sitio. Valga la oreja por su capacidad y por su feria.

Lo que ya hubiese sido de efectos especiales sería hacer bravo el aquerenciado y manso y chico primero, de inquebrantable afición a la madera. Por cierto, ¿ustedes se han fijado dónde se han parado el 95 por ciento de los toros durante diez corridas consecutivas? Para hacerles pasar de la primera raya del tercio habría que hacer reaparecer a Curro como ejemplo, que con sesenta y seis se iba hasta la boca de riego a la verónica. Ponce se situó en el 5 por ciento restante con este toro, que duró el canto de un euro.

No duró mucho tampoco el buen tercero. Mas duró lo suficiente. Y con más son que los demás. Se lo llevó El Cid. Veinticinco arrancadas que propiciaron tres o cuatro tandas diestras. Ahí se fueron veinte pases buenos que deberían haber sido muy buenos. Y cuando El Cid se descaraba con el tendido, o con alguien del tendido, ya con la izquierda, por fin, se acabó el juampedro. Los naturales fueron de los suyos, pues El Cid se arrejunta más con la zurda, que también es la suya. Pero en lugar de descararse con el graderío, en buen aire, supongo, de «ahora veréis», lo que tenía que haber hecho es descararse al natural dos tandas antes. De El Cid también debería haber sido abril. En el golaverage particular con Morante ha salido vencedor. Por animosidad y por el trofeo obtenido. Simplemente ha faltado un paso más. Un simplemente bastante más complicado de lo que parece.

Tardeó mucho el sexto, al que saludó a pies juntos y con el compás abierto. Apenas lo sangró. Demostró querer en esa medida...Y ahí se quedó, porque al toro le costaba un mundo seguir la muleta. Humillaba sin ritmo. La faena se perdió en insistencias tensas, encimista ya por extraer lo que no había. Pinchó como en los viejos tiempos, con la salvedad de que esta vez no había triunfo detrás.

Ahora, que para pinchaúvas Rivera Ordóñez. Sumó nueve pinchazos, nueve, que se dice pronto. La sorpresa de Rivera no es que volviese a coger los palos, sino que reunió y clavó en lo alto y en la cara, con el toro muy cerrado en tablas. Un cuarteo antecedió a un par por los adentros de mucho mérito. Cerró el tercio con un violinazo tipo Fandi. La cuestión es que los seis rehiletes quedaron en la misma yema, en su sitio. La exhibición de R.O. y las largas cambiadas a este quinto bis -el titular se lesionó en un lanzazo trasero que le hizo plegarse como un acordeón por debajo del caballo- sumaron las notas más positivas de su actuación. Con la muleta Francisco Rivera Ordóñez se sigue colocando muy malamente para torear bien, una cuestión independiente de que sus toros se desfonden a puro huevo, sin poder ni querer.


Marc Lavie.Quelques délices pour l´íllusion

Énorme expectative à la Real Maestranza pour le retour d'Enrique Ponce après le fameux vendredi. Mais l'illusion a été de courte durée, car un triomphe aussi complet, aussi parfait, conjuguant une multitude de facteurs favorables, ne peut guère se répéter. Il y eut quand même, face au quatrième, quelques petits délices. 

Aujourd'hui, le premier facteur défavorable, et le principal, fut une corrida de Juan Pedro insipide dans sa grande majorité, avec un fond de noblesse mais vide de force, d'agressivité et de véritable caste pour la transmettre. 

Enrique est désormais chez lui à la Maestranza. Une grande ovation l'obligea à saluer après le paséo. C'est, me semble-t-il, un fait rarissime à Séville, contrairement à d'autres arènes comme Madrid où c'est plus traditionnel. Même si le public voulait voir Enrique triompher, ce ne fut pas possible avec un premier animal vide de race et de moteur qu'il tua bas. Le quatrième, faible et protesté, fut maintenu en piste et dura grâce à une lidia parcimonieuse, le maestro se chargeant lui-même du travail de cape pour ses banderilleros. Un quite, de qualité croissante, bien terminée par une larga cordobesa, mit l'eau à la bouche. Enrique prit vite le tempo avec la muleta, lia bien à droite, avec sa facilité et son élégance coutumières - Ponce est la meilleure main droite de l'histoire du toréo, ce n'est pas une découverte du printemps... - exprimant au maximum la noblesse du Juan Pedro qui eut une charge plus décomposée à gauche. Détail affectueux également de la musique, qui joua le paso-doble préféré d'Enrique : "Opera flamenca". De cette précieuse faena, il y eut également quelques magnifiques changements de main, recours technique que Ponce, en dix ans, en convertit en passe fondamentale du répertoire. Faena d'oreille, qui fut concédée - oh amour secret ! - malgré un bajonazo en toute règle. Le tour de piste ne fut pas sans saveur, comme si Ponce avait un regard pour tous ses spectateurs qui lui ont fait vivre sa plus belle feria de Séville. De quoi rentrer heureux à l'hôtel Alfonso XIII.

Le meilleur lot fut pour El Cid. Surtout le troisième qui fut le plus mobile, le seul à galoper loin et à répéter avec franchise. Pas un grand toro, mais le meilleur du jour. Bien avec la cape, le torero de Salteras l'aborda à droite par deux séries courtes, légères et linéaires. À gauche, il y eut ensuite trois naturelles, bien liées mais sans densité, puis le torero perdit le rythme, se fit accrocher la muleta et ne sut plus quoi faire. Une entière en perdant le drap, un bon descabello et tout le monde assis. Même scénario face au sixième, autre toro possible : cape élégante, mais muleta sèche, doutes dans les distances et résultat assommant. Triste feria pour El Cid.

Le moment le plus brillant pour Rivera fut son étonnant tiers de banderilles au cinquième, se faisant poursuivre comme El Fandi et clouant avec adresse. Son lot permettait peu. Et avec l'épée, Fran fut maladroit. 


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Los toros de Cruz y Raya.

Los juampedros son toros artistas; dice su ganadero. Lo son porque embisten con bondad infinita y permiten a los toreros crear arte. A los de ayer, en Sevilla la vena artística les dio por el humor de ese dúo sin par que es Cruz y Raya. Y desde el primer toro hasta el último tenían la misma consigna: 

–¡Si hay que ir, se va! 

Lo dicen los humoristas de Cruz y Raya y lo decían los toros; por éstas. 

Acudir, acudían, ¿pero cómo lo hacían?, ¿como un toro encastado y bravo o como un peluche a pilas? Es que ni uno, de verdad, ni uno tuvo sangre para una lidia en condiciones. 

Lo más destacado en lo positivo fue la torería de Enrique Ponce, que se inventó una faena con el inválido cuarto, que remató pésimamente y fue premiada con excesiva generosidad. Y junto a ello, un gran tercio de banderillas de Rivera Ordóñez, un torero que no suele ejercer como tal. Como algo negativo, El Cid, triunfador del año pasado se marcha de la feria sin marcar diferencias, sin ocupar un puesto de privilegio. 

Enrique Ponce brindó la faena del cuarto toro ante la sorpresa del cónclave. El toro había sido protestado por inválido y en el tercio de varas se le cuidó con mimo. Pero este Ponce, que había sido ovacionado al término del paseíllo, por su sublime actuación del pasado viernes, se movió con torería en una faena medida en la que le funciónó la cabeza a las mil maravillas. Sin atosigar al animal, dándole sus tiempos muertos para que se refrescara, le fue convenciendo. Aunque faltaba oponente, lo cierto es que el valenciano dibujó buenos muletazos en dos tandas amplias y templadas con la diestra. El toro se rajó de inmediato. Y el de Chiva, con oficio, añadió como fuegos artificiales –¡menudo despliegue de luminosidad! un registro fino, de finas maneras, donde los cambios de mano y los pases de la firma fueron auténticas piezas de oro. O un tres en uno de gran limpieza en los muletazos, con una capeína graciosa y un pase pecho muy bien vaciado. Pero qué les voy a decir. Para mí faltó material: faltó toro... y faltaron series por el pitón izquierdo. Por contra, sobró un espadazo muy bajo, que cobró con un toro encogido, que se negaba a cuadrar. Con esa estocada no se debe solicitar ni premiar faena alguna en Sevilla. Y a Ponce, a estas alturas, no le beneficia en modo alguno un trofeo de escaso valor. Más bien todo lo contrario. Sobre todo, teniendo en cuenta su última referencia. La de su penúltima tarde en la Maestranza, que ha quedado grabada en letras de oro. Con anterioridad, Ponce realizó un trasteo profesional y voluntarioso con el noblón y descastado que abrió plaza. 

A Rivera Ordóñez le devolvieron el quinto toro por derrengado. Con dos bemoles se lo llevó hasta toriles y lo metió a punta de capote entre una gran ovación, despreciando el peligro y evitando el trago de los cabestros. En su lugar saltó un sobrero del mismo hierro, un colorado ojo de perdiz, que en el capote echó las manos por delante y en la muleta no tuvo acometividad, cuando no se caía. El torero lo recibió con una larga cambiada de rodillas en los tercios. Por primera vez en su carrera en la Maestranza, tomó los palos –algo inusual en él y habitual en su padre, Francisco Rivera Paquirri, quien fuera uno de los especialistas en el siglo pasado–. Y formó un auténtico alboroto. En el primero, dejándose ver prendió un notable par al cuarteo. El tercero, al violín, más populista. Y el segundo fue de órdago. Tras un leve recorte prendió en la misma cara, a la moviola, corriendo hacia atrás. ¡Un auténtico lujo! Puso a parte del público de pie, que le propinó una ovación estruendosa. Luego, franela en mano, no pudo hacer absolutamente nada con un animal con horchata en las venas, en lugar de sangre brava. Con la babosa mortecina que fue el segundo, con un nombre que le iba como anillo al dedo, Asqueroso, realizó un trasteo sin emoción posible. Liquidó a su lote de pésima manera. 

El Cid cumplió sin más. Toreó bien a la verónica a sus dos toros. Al noble y rajado tercero, al que cuidaron en varas, le dio distancia. Las series resultaron cortas y al natural, su fuerte, sufrió varios enganchones. 

Al manso sexto, que protestó en la muleta, lo atacó muy pronto, lo atosigó y el animal se defendió con más ahínco. En las afueras, robó multitud de pases, en los que resultaba imposible el lucimiento artístico. 

Los toros artistas de Juan Pedro Domecq, uno a uno, parecía que se decían aquello de: 

–¡Si hay que ir, se va! 

Y así nos fue el espectáculo.

 

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