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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 24 de abril de 2006
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Torrestrella (de diferente presentación y distinto juego; 3º y 6º los mejores, zambombos y sin fuerza 1º y 5).

Diestros: 

  • Finito de Córdoba. Pinchazo (silencio); pinchazo hondo, descabello (bronca).
  • Morante de la Puebla. Pinchazo, bajonazo (bronca); pinchazo que escupe, tres descabellos (silencio).
  • Salvador Vega. Pinchazo sin soltar, pinchazo que escupe, estocada caída (saludos desde el tercio); media estocada mal puesta y aviso (silencio).

Tiempo: nublado con claros.

Entrada: lleno.

PresidenteAntonio Pulido.


Crónicas de la prensa: PortalTaurino, El País, Diario de Sevilla, ABC.


Crónicas del Festejo

Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  Un Salvador del hastío

El espectáculo de ayer, sin duda el peor de la feria hasta el momento, llegó al extremo del aburrimiento. Muy pocas cosas hicieron que el público se entregara. Y entre ellas, sin duda, la actitud del malagueño Salvador Vega, un Salvador del hastío.

–Oiga, hoy, ni siquiera hay guerra de paraguas.

–Para que luego digan. Si todo tiene su pro y su contra.

El personal se miraba con cara de aburrimiento entre toro y toro. Y se insuflaba ánimos cuando sonaba el clarín:

–¡En este va a ser, Paco!

Pero ni en este, ni en el otro, ni en el otro... Que fueron cayendo los torrestrellas sin que ningún torero diera una vuelta al ruedo, ni tan siquiera sin una ovación de esas que echan humo. En esto de las ovaciones el que se llevó la palma fue Salvador Vega, que saludó en su lote. Finito y Morante, por contra, se ganaron a pulso sendas broncas. Lo cierto es que a la corrida de Torrestrella, con exceso de kilos los tres primeros toros, le faltó casta. Eso fue, realmente, el gran pecado del encierro traído de Los Alburejos. Porque los últimos toros, con menos peso, tampoco eran paradigmas de bravura. Ya es hora de que los taurinos se tapen con eso de los kilos. Cuando ha salido un toro con casta, un toro bravo de verdad, acaba con el cuadro. Como cuando un torero sale a por todas y tiene a su vez capacidad. Morante –en su tercera y última comparecencia–, Finito y Salvador Vega deberán meditar seriamente sobre lo sucedido. Vayamos al grano.

Finito no emocionó lo más mínimo con el que abrió plaza, un burraco voluminoso, de 608 kilos, de embestidas suavonas. El cordobés se puso ciego de dar pases en una labor, por ambos pitones, carente de chispa.

El cuarto toro no se empleó. Y Finito, para no ser menos, tampoco. Casi siempre mal colocado, la labor con un astado manejable, resultó deslavazada y el respetable le abroncó. Con anterioridad, su tercero, el banderillero Jaime Padilla, sufrió un varetazo cuando apuntillaba al toro.

Morante salió como derrotado después de intentar torear con la capa a un toro corretón de salida. La mole, de 620 kilos, se dejó pegar en varas, con la cara alta. Y en la muleta... ni le vimos. Morante, más rápido que el mejor croupier de Las Vegas, se quitó del medio al negro bragado.

Con el quinto toro, el torero de La Puebla se hizo el ánimo. El astado era poquita cosa en casta. Se desplazó de salida y se apagó como una vela tras el primer puyazo. En la muleta quedó paradísimo y corto. Morante dibujó tres verónicas y una media con buen aire. Y con la franela intentó el lucimiento con cierto empeño, pero sin frutos.

Salvador Vega ya anunció su disposición en un quite ceñidísimo por chicuelinas en el segundo toro, que correspondía a Morante. Luego, no perdonó su turno en otros quites. Con su primer oponente, el mejor del encierro, cosechó ovaciones fuertes cuando lanceó a la verónica ganando terreno. Brindó la faena a una señora –nos dijeron que es su madre–, en una delantera de la grada del 7, que se deshizo en una continua llantina. Por el derecho, buen pitón del toro, las tandas muy cortas, agonizaron sin transmisión. Y, por el izquierdo, por donde el animal no tenía recorrido, surgieron algunos naturales sueltos con cierta hondura. No remató adecuadamente con los aceros.

Con el sexto, un toro sin trapío y feísimo, del que alguien dijo que era más feo que el feo de los hermanos Calatrava, el malagueño estuvo voluntarioso. Pasó apuros en la capa, cuando se le cruzó inesperadamente. El toro derribó, cayendo el picador, El Patillas, de pie. Y a la cabalgadura, tendida y en peligro, le hizo un quite muy preciso Juan José Trujillo. Vega no se acopló con un animal manejable, aunque sin buen son. Hubo exceso en la cantidad y defecto en la calidad. Su labor no llegó a calar del todo en el respetable.

La lectura de la corrida es clara: toros sin entrega, dos toreros que parece que no estuvieron –Finito y Morante– y, sólo por actitud, un Salvador del hastío. 


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Y a Morante se le fue abril

Y a Morante se le fue abril. A Morante se le ha marchitado la feria entre las manos, la plaza y la ilusión. O inviertan el orden: la ilusión, la plaza y la feria se le han caído de las manos. Se le han escapado mientras se desperezaba del gesto mohíno, de la duermevela displicente, y se desvestía del luctuoso terno del Domingo de Resurrección que le ha empapado el ánimo. Cuando Morante de la Puebla ha querido salir de la trinchera, ya ha sido tarde. Cuando se ha estirado a la verónica y ha desempolvado la seda de su toreo, el peso de tres tardes se le ha vencido a plomo sobre la espalda. Y cuando se apagaba el quinto de Torrestrella el silencio de la Maestranza enterraba la esperanza. El manojo de lances que atravesaron el tercio, desprendiéndose de las tablas que tanto ha buscado en seis toros, seis, no compensan la desgana y la falta de ambición.

Abril esperaba con los brazos abiertos a Morante. El duelo se planteaba con El Cid. Ése era el reto. Y Morante ni siquiera ha abierto el estuche de las armas. Se podrá hablar ahora de que si la suerte le ha sido esquiva, que si los sorteos, la fortuna... La suerte hay que salir a buscarla. Problema de actitud, de creerse algo que aún no es y tal vez nunca lo haya sido: el heredero. Porque para ver las posibilidades de heredar el cetro de Curro Romero, saltémonos los años y transportemos a Curro a la edad de Morante. A Curro en Sevilla y a Curro en Madrid. El derrotismo es pésimo compañero de viaje, y yo hoy no quiero ser tremendamente derrotista, porque he visto al de La Puebla en Valencia explicar el inexplicable toreo de los genios por octubre, y también he contemplado en marzo hacer la fantasía realidad. Pero tenía que ser en abril y en Sevilla. O deberá serlo en mayo y en Madrid. El toreo ha cambiado mucho, pero no tanto. A Madrid y Sevilla me refiero. A su peso en la historia. A su relevancia. A su influencia.

De cualquier manera, hay cosas que no se entienden. Y yo no entiendo la selección de esos tres primeros toros de Torrestrella de honda fisionomía, anchos pechos, volumen gigante y peso abrumador. Como, por causas opuestamente contrarias, muchos pitones y tristes carnes, no se asimilan aún los toros de Núñez del Cuvillo de Resurrección.

La corrida de Torrestrella fue como dos en una. Los tres mencionados de seiscientos y pico kilos y los tres restantes más normales. Bueno, el sexto de normalidad no tenía nada, que era un toro escurrido y lavado de cara. Después, de fondo, la corrida contuvo poco. O sea buen fondo pero no mucho. Claro que a la hora de poner pegas más vale fijar el objetivo en los toreros: cualquiera de los tres tiene menos que los torrestrellas.

Resultó el mencionado último el mejor. Lo que pasa es que Salvador Vega se ha olvidado de torear. Antes al menos apuntaba y no disparaba; ahora no apunta nada. Todo le sale deslavazado, casi pretende expulsar a los toros de la muleta antes de embarcarlos, los desplaza, no se cruza, se amontona, no se gusta... Antes buscaba en formas un cierto acercamiento a Morante; ahora Dios sabrá a quién pretende parecerse. Se vio favorecido por el efecto rebote del cabreo contra Morante, que se había aliviado con un toro chato y amplísimo, bruto como él solo, y aprovechó las alegrías del público. Toreó a la verónica con la mano muy alta, con la oreja metida en la hombrera. Y con la muleta no se centró. Fue de acá para allá para extraer escasos muletazos salvables.

A Finito se le ha dicho tanto y tan malo, y sigue en todas las ferias, que causa desaliento hacerle crítica alguna. Se sitúa para destorear, cita con la cacha, esconde la pierna de salida. Algunas verónicas, sí, ¿y qué? Fondón y a menos su suave primero y desplazándose con largura el cuarto por el izquierdo. Sin motor, vale. ¿Y si les ponemos motor en qué cambia Finito?

Morante se despidió queriendo. Pero quiso demasiado tarde. Y se le fue abril entre los dedos.


PortalTaurinoMANUEL VIERA Figurativos y pocos decididos

Alguien dijo, en alguna ocasión, que es mucho más difícil describir que opinar. Y es verdad. Describir lo que han hecho esta tarde Finito, Morante y Vega nada tiene que ver con la opinión que tengo de sus respectivas formas de interpretar el toreo. Resulta evidente que estos denominados "artistas" son con frecuencia contradictorios en su concepto: A veces entregados a la autenticidad de sus formas, y a veces, figurativos y poco decididos.

El fenómeno de Morante se ha hecho notar cada tarde que ha pisado el ruedo maestrante. El sevillano está de moda y se sabe figura clave de la tauromaquia actual. El público espera de él que la particularidad de sus bellas y diferentes formas queden demostradas en el ruedo, pero su ingenio, sin duda emocionante, ha sido insustancial delante del toro y de demasiado figurativo lejos de la fiera. Es decir: Morante ha cuidado su forma de estar en la plaza con extraña aunque acusada personalidad, copia literal de otros figurones del toreo durante muchas décadas. El buen torero de La Puebla acaba de llegar a esto. Y los aspavientos, el exhibirse de la lidia, y tirar a las primeras de cambio por la calle de en medio, no es de recibo en un joven matador al que le queda mucho por demostrar.

Ya se sabe que los límites del arte son a menudo difusos, y resulta difícil apreciar la verdadera dimensión de quien se siente artista, pero Morante lo ha demostrado ser más lejos del toro y mucho menos cuando ha estado cerca de él.

Así las cosas, la expectante tarde se difuminó entre el noble y cansino embestir de los desiguales, nobles y descastados toros de Torrestrella, y el toreo insustancial y de poca importancia de Finito. Morante y Vega. Contados detalles ni siquiera sirvieron para refrescar la agobiante tarde de bochorno climatológico.

Que un clásico tan docto, como Finito, aborde su toreo con tan poca decisión resulta demasiado chocante, pero que el resultado final fuese tan extremadamente monótono no tiene pies ni cabeza. Demasiado trivial su toreo al gordo, flojo y noble primero, y sin ilusión en los intentos de conseguir un pase al soso cuarto. Nada de nada.

El toreo sentido es un posible que se atrapa en algún momento para de inmediato escaparse por entre los dedos. Ocurrió con Morante. Un quite por chicuelinas, tres verónicas y una media, y dos trazos con la diestra para hacer soñar. No hubo más. Ni con el segundo ni con el quinto, un noble animal que se agotó demasiadote pronto y que hizo desistir de inmediato al sevillano de La Puebla.

Poco más se le pudo ver hacer a Salvador Vega. Concitó alguna esperanza con las verónicas de saludo al tercero, noble y sin fuerza, y algún que otro templado y bien dibujado muletazo con la diestra en el comienzo de faena. Pero todo se truncó con el impresentable sexto, con que el malagueño sólo pudo, o supo, correr la mano en aislados naturales que no tuvieron continuidad. Una estocada en los bajos terminó con la tarde y con las ilusiones de los que llenaron la plaza a reventar.


El País. ANTONIO LORCA.  La decadencia de los artistas 

Fallaron todos. Bien es verdad que, sobre todo, los toros de Torrestrella, que fracasaron estrepitosamente. Muy gordos los tres primeros -regordíos-, y los seis con las fuerzas muy justas y sin una gota de casta.

Y fallaron los toreros, los llamados artistas, que esbozaron, eso sí, detalles, pero los tres naufragaron entre la falta de ideas, las excesivas precauciones, la escasa técnica y la imposibilidad de superar situaciones adversas.

Una tarde de sonoro aburrimiento; una tarde de desilusiones profundas; un par de horas perdidas para comprobar la decadencia de los llamados artistas.

Los primeros, los toros. No es fácil reunir un plantel de animales imposibles para la mínima emoción exigible en esta fiesta. Toros sin motor, sin fuelle, sin raza, sin nada. Toros tibios en los caballos y banderillas y hundidos en el tercio final. Toros decadentes de los que hacen huir aficionados de las plazas. Toros para olvidar.

Volvía Finito de Córdoba, cuyo nombre suena a un torero conocido de toda la vida, pero ya no es el de antes. Ni mucho menos. Alguien decía que Finito fue bueno de novillero. Pues tomó la alternativa en 1991, y su trayectoria no ha ido, precisamente, ascendente.

Parece un hombre cansado, agotado, con la ilusión perdida. Quizá sean los años -no como persona, sino como torero-, pero no es ni sombra de lo que, a veces, fue. Inseguro, medroso y muy desconfiado, parece que hace un esfuerzo titánico para trazar tres verónicas aceleradas y abandonar rápidamente la cara del toro. Un par de redondos, algún natural, pero todo muy deshilvanado, desvaído, sin alma y sin gracia. Su lote estuvo a su altura: soso y desangelado. Una vez más, Finito pasa por Sevilla para ser olvidado con inmediatez.

¡Cuántos partidarios tiene Morante! ¡Con qué fervor cantan cualquier capotazo al aire o un mantazo enganchado! Y qué desilusión cuando la realidad se impone, tozuda, y evidencia las carencias del ídolo.

Morante es un artista. Se supone que sí. Pero un artista triste, con el ánimo por los suelos, y ayuno de decisión. ¿Es que un artista tiene que ser un alma en pena? ¿O es la impotencia la causa de ese rictus de desagrado permanente?

Cualquiera sabe... El arte tiene recovecos que nadie entiende. Lo cierto es que Morante provoca el silencio cuando dicen que acaricia con las yemas de los dedos su capote. Es un momento mágico en la mente de sus partidarios, pero todo se rompe en un segundo. Aun así trazó algunas estimables verónicas, con las manos bajas, a su segundo, y una chicuelina que fue un auténtico cartel de toros. Y se acabó.

Muy desconfiado con su agotado primero, y con mejor disposición en el otro, un toro noble al que todos mimaron y que le permitió algún esbozo que no concluyó. Se acabó así, muy triste, la feria del artista de La Puebla. Un artista que debe cimentar su fundamento taurino en algo más que posturas aflamencadas.

Y fue Salvador Vega, una promesa que dura ya algunos años, el que más empeño puso en el triunfo, aunque no alcanzara objetivo alguno.

Variado y artista con el capote, se lució por chicuelinas, verónicas y gaoneras, y llevando el toro al caballo con mucha torería. Muy decidido con la muleta, todo quedó en un quiero y no puedo muy preocupante. Su primero tenía muy poca vida, y trazó un par de redondos y naturales sin ligazón; al sexto, con más movilidad, lo toreó acelerado, con pases enganchados y casi todos preñados de vulgaridad.

Lo dicho: toros y toreros artistas, en franca decadencia.

 

 

 

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