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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 22 de abril de 2006
Corrida de toros

El diestro Sebastián Castella, en un quite por tafalleras a su primer toro, al que desorejó. Luis Nieto
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Jandilla (1º, 3º, 4º y 5º; el 4º murió al derrotar contra el burladero; bien presentados, mansos y con peligro) y de Zalduendo (2º y 6º, encastados; el 2º dio la vuelta lenta al ruedo en el arrastre); 4º-bis de La Dehesilla (con peligro).

Diestros: 

  • César Rincón. Estocada tendida, dos descabellos (palmas); estocada tendida (silencio).
  • Sebastián Castella. Estocada caída, aviso (dos orejas); estocada entera (saludos desde el tercio).
  • Manzanares hijo. Pinchazo, estocada baja (silencio); estocada entera y caída (oreja).

Banderillero que saludó: Curro Molina, de la cuadrilla de Castella, en el 2º.

Tiempo: nublado.

Entrada: lleno.

PresidenteJuan Murillo.

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, Marc Lavie (en francés), El País, Diario de Sevilla, ABC, La Razón, El Mundo.

Empresa Pagés
Crónicas del Festejo


El País. ANTONIO LORCA.  La emocionante belleza del toro bravo

El segundo toro de la tarde protagonizó uno de los momentos más bellos que puedan contemplarse en esta fiesta: el espectáculo de la bravura, la nobleza y la casta, cualidades contenidas en un animal majestuoso, capaz de producir las más encendidas emociones.

A Encendido, que ése era su nombre, le dieron la vuelta al ruedo entre el respeto y la admiración de una Maestranza puesta en pie, rendida ante la codicia incansable del toro.

Encendido murió en el centro del ruedo tras una larga agonía junto a las tablas. Hasta la boca de riego llegó renqueante, pero con la altanería de los toros bravos.

Bien presentado, acudió presto al capote de Castella, cumplió sobradamente en varas -entró tres veces al caballo-, fue largo y alegre en banderillas a la llamada de Curro Molina, que clavó dos excelentes pares por los que tuvo que saludar al respetable; y llegó a la muleta retador, con honda acometividad y encastada nobleza.

Obedeció siempre al primer toque del torero y hacía el avión en cada embestida. Un verdadero espectáculo, una auténtica inyección de moral para esta fiesta alicaída. El presidente tardó en sacar el pañuelo -como casi siempre, es el último en enterarse-, y ya estaba el toro en el desolladero cuando ordenó la vuelta al ruedo. Pero salió el triunfador de nuevo al anillo para recoger el agradecimiento de una afición sobrecogida.

A este toro le cortó Castella las dos orejas, que le entreabrieron la Puerta del Príncipe, que cerró, definitivamente, la mala clase del quinto. Castella es un valiente, de una entrega y firmeza total, con un estilo emocionado y cálido que llega con facilidad a los tendidos. Tras lucirse en un ajustado quite por tafalleras, comenzó la faena en el centro del ruedo con un ceñido pase cambiado por la espalda, otro más, una perfecta trincherilla y un ligado pase de pecho que hicieron romper a la banda de música mientras el delirio se apoderaba de los tendidos.

Se sucedieron varias tandas de derechazos y naturales de bella factura, aunque siempre sobresalió la calidad del toro. O es que, quizá, tras la conmoción protagonizada el día anterior por Enrique Ponce, el toreo de Castella parecía de menos quilates. Faltó profundidad y enjundia, y aunque no se le niegan los méritos al torero, las dos orejas se antojan exageradas porque la estocada cayó baja. Lo intentó con toda su alma en el quinto, pero era un manso acobardado que no le permitió más que estar valiente.

Otro triunfador de la tarde fue Manzanares, voluntarioso ante el soso tercero, y se lució cumplidamente con el sexto, feo y mal presentado, que destacó por su nobleza, cualidad muy bien aprovechada por el torero para demostrar que tiene una concepción taurina fina y elegante, que rubricó con la ligazón en tandas largas por ambas manos.

No tuvo su tarde César Rincón. Su lote no fue lucido, pero él tampoco dio excesivas muestras del poderío y la técnica que lo han convertido en figura. El público se enfadó con él, especialmente en el cuarto, un animal muy descastado, como el primero, que desarrolló sentido y lo miraba con aviesas intenciones.

La tarde fue de Encendido...


Marc Lavie. Séville conquise par Castella

À la suite d'une malheureuse manoeuvre des opérateurs du toril, la corrida commença par un incident rare : la sortie en premier lieu et pour Rincón du toro qui était prévu en cinquième pour Castella. Les cuadrillas ne le remarquèrent pas d'entrée et perdirent un temps précieux, se retirant dès que l'erreur fut flagrante. Après quelques conciliabules dans le callejón pour un possible changement d'ordre, on décida de sortir les boeufs et de ramener l'intrus dans sa cage. L'animal était resté de longues minutes en piste lors de sa première apparition, le temps de s'y orienter, et nul ne saura si cela influa ensuite son comportement de manso dangereux. On venait cependant d'assister à un fait insolite : un toro sorti en piste, rentré et ressorti une heure après... Ce sera donc le deuxième toro de Castella, celui qui lui fermera la Porte du Prince, mais devant lequel le Français exposera à n'en plus finir, impressionnant, et parfois angoissant le public par son incroyable quiétude après avoir doublé le fauve vers le centre de la piste avec pouvoir et autorité. Mais à chaque fois que Castella le soumettra, le toro refusera le combat et gagnera peu à peu, de manière incontrôlable, le terrain du toril. Une entière basse habile, au ras des planches, en terminera avec cette épine. 

Mais l'argument principal de cette corrida restera le combat du deuxième, de Zalduendo, le toro le mieux fait et le meilleur que Fernando Domecq a amené cette année à Séville. Dès le premier contact avec la cape, le toro fut toréé et le public conquis. Véroniques suaves, lentes, douces, gagnant du terrain, superbement terminées en boucle. Le Zalduendo s'employa fixement en trois rencontres avec le picador Josele. Après la première, Castella lia sur place quatre impressionnantes tafalleras. Après un excellent deuxième tiers de Curro Molina, Sébastien arma la muleta au centre par deux changements de main - le premier désormais classique, le deuxième inversé - puis deux trincheras majestueuses qui déclenchèrent l'enthousiasme et firent d'entrée sonner la musique. Suivirent ensuite trois magnifiques séries sur la droite, en piétinant les terrains les plus rapprochés mais en gardant pour soi le temple, le rythme et la suavité. Deux séries de naturelles furent d'une douceur infinie, la flanelle caressant le sable car Castella a ce pouvoir exceptionnel de combattre en caressant. Un final par le bas, en se livrant jusqu'au bout et une entière desprendida en basculant, mais d'effet lent. Là où d'autres se seraient précipités, le torero mit merveilleusement en scène l'agonie du brave Zalduendo, qui lutta jusqu'au bout contre la fatalité et qui, une fois acculé aux planches, traversa la piste pour aller mourir au centre de l'ellipse maestrante. La plaza, dans son immense majorité, réclama les deux oreilles avant d'obtenir aussi le tour de piste posthume à "Encendido", ce toro de la consécraton de Castella à Séville. On pourra discuter le mouchoir bleu - sorti par Murillo alors que les mules passaient la porte avec la dépouille, ce qui les obligea à revenir en piste - mais cela faisait longtemps que je n'avais pas vu mourir ainsi un toro au centre d'une piste.

L'autre bon toro fut l'autre Zalduendo, qui sortit en sixième et poussa bravement et fixement lors de la première rencontre jusqu'à la chute du picador Agustín Collado et mit la tête bas dans le matelas lors de la longue deuxième pique. Un autre toro de très bonne note, avec une grande corne droite. La vertu du début de faena de Manzanares fils, très discret face au troisième mais beaucoup plus décidé à ce moment de la course, fut d'exprimer toute la charge du Zalduendo, allant la chercher bien en avant pour la conduire, en demi cercle, au bout de son parcours. Mais ce fut un peu rapide, par moments précipités et la faena prit une autre allure, dans les dernières séquences, lorsque José Marí put ralentir la fougue du Zalduendo et toréo avec plus de suavité. Une estocade, une oreille et un autre torero qui pointe son nez vers la proue du navire.

Pour le reste, échec total de l'élevage de Jandilla. D'entrée de jeu : comment une ganadería aussi prestigieuse peut-elle ne pas avoir préparé six toros pour une feria comme Séville ? Ensuite, par le jeu proprement dit.

Rincón eut un lot compliqué et fut à la peine. Aussi bien avec son premier qu'avec le quatrième de Pereda qui remplaça un Jandilla suicidé dès sa sortie sur le burladero du tendido 7. Cela attriste de voir un torero comme César, sans sitio, souffrir autant en piste.


El diestro Sebastián Castella, en un quite por tafalleras a su primer toro, al que desorejó. Luis NietoDiario de Sevilla. LUIS NIETO.  Castella convence en Sevilla

Sebastián Castella, un torero francés –lo de francés es de nacimiento– porque vive en Sevilla desde que era un chaval, convenció por fin en la Maestranza, donde en ediciones anteriores como matador de toros no había conseguido triunfar. El torero que se ha criado bajo la tutela de José Antonio Campuzano consiguió el premio de las dos orejas por una faena variada en la que mezcló su habitual valor con temple y ligazón con un buen toro al que le dieron la vuelta al ruedo. La faena fue rematada con una estocada hasta el puño, que quedó desprendida, hecho por el que algunos recriminaron como algo exagerado un segundo trofeo. Claro, que si ese punto sirve para frenar euforias, ¿qué habría que decir de la petición de vuelta al ruedo que se hizo y concedió para un toro que no se le vio en el caballo, que escarbó y acudió sin fijeza en banderillas y que en varios pasajes de la muleta se rajó?... Lo que sucedió es que el personal quedó impactado por una muerte de toro bravo, en la que Encendido, de Zalduendo, se mantuvo varios minutos de pie, para llegar hasta el platillo y allí caer. Esos instantes fueron decisivos para que hubiera petición de vuelta al ruedo. Curiosamente, al toro lo arrastraron al desolladero y con una tardanza tremenda, llegó el premio póstumo: ¡Tuvieron que sacarlo del patio de arrastre para ello!

–¿Hubo algo más?

–Pues sí, otra generosidad; en este caso mayor: un trofeo a Manzanares, hijo, en el sexto.

Sebastián Castella, muy entregado, ya avisó en el primer toro de que venía a por todas, con un quite ceñidísimo por chicuelinas. En el del triunfo, lanceó ganando terreno, con verónicas muy templadas y dibujó con mimo y verticalidad un quite por tafalleras, a pies juntos. Curro Molina prendió un gran par de banderillas. Sonó la música en su honor. El inicio de faena de Castella fue de película. Citando desde lejos, en los medios, hizo girar al toro de manera diabólica en un encadenado con un fallero, una capeína y otro pase por la espalda tan ceñido que el toro le desplazó sin que el jovencísimo torero se inmutara. Toda esa orfebrería cara la remató con un pase de la firma. Luego, en el toreo fundamental, con la diestra cinceló una suave serie e impactó en la siguiente con la ligazón. Con la izquierda también tuvo altura otra tanda. El epílogo también fue impactante por su variedad, con una capeína, un pase invertido, un par de recortes y una trincherilla. La estocada, en la que se tiró con fe, quedó desprendida.

Castella rozaba así la Puerta del Príncipe. Pero el quinto toro, manso y que se rajó de inmediato, no le dio opción a otro triunfo. El torero, muy entregado, le hizo frente junto a chiqueros, donde se refugió el animal. No hubo diálogo. Y el éxito a lo grande se esfumó. La Puerta del Príncipe sólo la pudo rozar. No quiso salir a hombros por la puerta de cuadrillas y lo hizo a pie.

José María Manzanares, hijo, sacó mejor nota que en ediciones anteriores. Hubo por su parte una mejor actitud, una mayor entrega, pero no convenció totalmente. En el sexto toro le premiaron generosamente con un apéndice una faena en la que, con la derecha, hubo dos tandas entonadas y una buena, con algunos muletazos con sabor y en la que por el pitón izquierdo tan sólo cuajó una tanda. Como tampoco consiguió nada relevante con el capote. Sin duda, lo mejor fueron unos ayudados por alto con mucho empaque y un pase de pecho inmenso. Para colmo mató de una estocada muy caída. Como era de noche, pocos debieron enterarse de la colocación de la espada, muy caída, porque ondearon pañuelos y el presidente concedió una oreja.

Con su primer toro, al que le faltó recorrido, que tuvo un pitón izquierdo potable, Manzanares, hijo, no entusiasmó al respetable.

César Rincón saldó su segunda tarde y penúltima del ciclo con más pena que gloria. Con el manso y peligroso primero hizo el esfuerzo. Lo recibió con dos largas cambiadas de rodillas junto a tablas. Por el pitón derecho sufrió dos coladas y una tercera en la que se le tiró a la pechera. Por el lado izquierdo, tampoco consiguió el diestro nada positivo.

El cuarto toro murió fulminantemente al estrellarse contra un burladero. En su lugar, saltó un sobrero de La Dehesilla, malo, complicado, del que no quiso saber nada el veterano diestro.

Otra de las incidencias de una corrida que alcanzó casi las tres horas de duración surgió al comienzo. Por error soltaron al quinto toro como primero. Rincón, como es lógico, dijo que aquel animal no le correspondía. Después de quince minutos de enredo en el callejón, con una paciencia admirable del público, decidieron devolver al animal a toriles. 

Dentro de los tres incidentes ya señalados y de los mil matices que tiene la lectura de la sexta de feria, lo fundamental, lo importante, lo más significativo, lo hizo un joven de 23 años, un francés con alma taurina sevillana, que aúna valor y clase, y que convenció en Sevilla. Se llama Sebastián Castella. 


PortalTaurinoMANUEL VIERAEntre el triunfo y la pesadez

La tarde se ha consumido con una extraña e interesante contraposición entre el triunfo y la pesadez. Casi tres horas de toros aburren a cualquiera, sobre todo cuando el silencio expectante se convierte en sonidos de bostezos. Ya digo, hubo de todo durante este día de resaca poncista en esta Maestranza nuestra. Desde la inexplicable equivocación del responsable de chiqueros al soltar al ruedo el quinto en vez del primer toro, hasta la veloz decisión del palco en premiar con los máximos trofeos la valiente y notable faena de Castella al segundo, cuando antes, había tardado una eternidad en tomar la difícil decisión de devolver para los corrales al toro del despiste para que saliera el que tenía que salir: el primero de Rincón.

Casi tres horas de corrida. Toros de tres ganaderías diferentes, y dos triunfos: el de Castella y Manzanares, aunque cuando llegó el segundo en el último toro del largo espectáculo, muy pocos se acordaban ya del conseguido por el primero con el segundo de Zalduedo.

De todas formas, dejemos citado lo primero y contemos los segundo. Y es que el toreo que realizó Castella bien vale degustarlo con predisposición. Con la misma que vino el francés sevillano a conquistar La Maestranza, dejando sobre la tierra de albero una sucesión de pases trazados con un extraordinario valor y una profunda sinceridad. Castella se queda quieto. Muy quieto. No se inmuta. Y con la sangre congelada aguanta impávido el andar desafiante de la fiera sin saber como y donde acude, si al cite del engaño o al cuerpo del torero. Así lo hizo en el comienzo de faena al buen toro segundo. Y allí, en la antigua boca de riego, esperó la llegada del bruto para desafiar la confusa embestida con el pase cambiado por la espalda. Y no uno, sino tres. La intensidad emocional conseguida tuvo continuación en un notable trasteo de derecha e izquierda donde la autenticidad de las tandas de tres, cuatro y cinco muletazos tuvo que ver con la dilatación del recorrido, la ligazón, y el muy peculiar remate del pase de pecho cargando la suerte.

Con calidad técnica y valor, mucho valor, construyó Castella una obra que concitó lo mejor de su toreo con un resultado más que notable. El toreo del francés tiene rigor y sensibilidad en cantidades que no se encuentran fácilmente, y menos aún sumadas en un mismo torero. La estocada, aunque caída, y la espectacular muerte del toro de Fernando Domecq en los medios suscitaron el flamear de pañuelos, el premio de las dos orejas, y la vuelta al ruedo de la noble fiera.

Sebastían Castella también dio lo mejor de si mismo con el complicado quinto. Muy seguro logró doblegar las feas embestidas del jandilla que buscaba el camino de chiqueros con listeza. El mismo que tomó cuando lo devolvieron por eso del despiste. Y allí mismo le robó, Castella, los últimos pases antes de tumbarlo de un contundente espadazo.

Manzanares ha pasado a ser otro para ser uno mismo. Ha cambiadoradicalmente para darse una segunda oportunidad. Son otros ánimos, otro talante, hasta otro torero. Posiblemente no sea, el hijo del maestro de Alicante, un torero de arrebato. Al menos por lo visto esta tarde. Aunque lo que hizo lo hizo con cuidada calidez en el trazo y exactitud en la ligazón. Sobre todo con el sexto, otro zalduendo que puntúa. Faena técnica, cuidada, de muletazos hondos, de calidad en el trazo e hilvanada, tanto con la diestra como con la zurda, quizá, ejecutada demasiado al hilo, pero también con adornos y detalles que completaron un notable trasteo. Con el parado tercero demostró valentía sin sacar nada a cambio.

Rincón no estuvo ni bien ni mal. Expuso en el primer jandilla, manso y peligroso, sin resultado. Y desistió pronto del descastado cuarto, un sobrero de La Dehesilla, sustituto del que se mató al estrellarse contra un burladero nada más salir de chiqueros.

La corrida de Jandilla, remendada con dos toros de Zalduendo, segundo y sexto, los más destacados, y un sobrero de La Dehesilla, resultó mansa y de desigual presentación.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. La muerte del toro de Benlliure

Moría «Encendido» y a la vez esculpía una escultura de Benlliure. Moría con toda su bravura a cuestas, camino de los medios. Broncínea muerte. Momento de dramática belleza que condensó la intensidad de toda una larga tarde de tres horas. En su dura pelea por no doblar en las tablas se halló el quid de dos éxitos: su propia vuelta al ruedo en el arrastre y la segunda oreja de Sebastián Castella. Esa resistencia encendida, propia de su nombre, contra el ocaso, contra el sonido de la mulillas que se escuchaba a lo lejos, tintineante y amenazante cascabeleo que el toro de Zalduendo no quería oír de cerca. Toro de clase y entrega, cuyos únicos flecos de duda se vivieron antes de que Castella entrase con la espada por delante: algún amago a tablas, algún pezuñazo en la arena. Cuestión relativamente menor después de contemplar cómo mueren los valientes, después de cómo había embestido. La muerte lo borró todo. Porque también había hoyado el albero en el segundo puyazo. Bueno, también hizo olvidar que la faena de Sebastián Castella no mantuvo el ritmo del principio. Y eso que estuvo tremendo en el arranque de los pases cambiados por la espalda, con una trincherilla de aderezo y un cambio de mano de guarnición extraordinarios. Y los derechazos tersos y ligados con la quietud admirable de su concepto. Mas a su concepto le sigue faltando expresión y ajuste. Gesto y embraguetamiento.

Así el tono se enfrió. En los últimos compases «Encendido» quiso apagarse, se retranqueaba, miraba las tablas. Castella le tuvo que dar un par de vueltas, sacarlo a la segunda raya para igualarlo. Y le agarró una estocada, pelín pasada. La gloria escenificó los estertores: «Encendido» rehuyó la madera y paso a paso, una vez que le habían quitado la espada -¡oh, error, para haber recreado con exactitud la escultura completa de don Mariano Benlliure!-, buscó el platillo. La gente se volcó con toro y torero.

Sebastián Castella no había desperdiciado ocasión durante toda la lidia de hacerse presente con ambición, desde las verónicas de saludo a las tafalleras del quite. Y en su continuo ataque había conseguido engrasar más de la mitad del cerrojo de la Puerta del Príncipe. Lo que pasó luego, y antes de luego, durante las tres horas, da para mucho. Porque el quinto de Jandilla saltó al ruedo dos veces: una cuando se equivocaron y se lo echaron a Rincón en primer lugar. Evidentemente César no debía lidiarlo: ir contra la suerte del sorteo es pecado. Pero los apoderados de Castella no quisieron que su pupilo abriese plaza. Así que salieron los cabestros y lo condujeron a los chiqueros de nuevo. Influyese o no- yo creo que no- este quinto marcó más tarde clara querencia a toriles. Fue bronco, áspero y rajado. Y le frustró la ocasión de redondear la tarde a Castella.

A César Rincón, además de lo narrado, se le notó espeso. El primero de verdad fue un toro mentiroso y complicado. Para exponer como hace quince años... El cuarto se mató contra el maldito burladero del «7», donde se revientan no pocos toros por los vuelos de los capotes que tardan en recogerse. Y el sobrero de Pereda hacía hilo, y el César colombiano no estuvo.

Quien sí estuvo, y muy bien, fue Manzanares hijo con el zancudo sexto de Zalduendo, segundo parche de la incompleta corrida de Jandilla. Hace un año hubiera sido inconcebible esta actitud de quedarse, querer ligar y no aburrirse hasta exprimir el fondo noblón de su enemigo, que no humillaba por morfología. Faena básicamente diestra -faltó abundar con la zurda- y creciente. Los pases de pecho de pitón a rabo fueron cumbres. Y no digamos el torerísimo cierre de ayudados por alto de acento codillero y empaque hondo. La oreja fue de justicia, como también lo es recalcarle que con el apagado jandilla anterior debió apostar más con la zurda, que además era el pitón. Y no volver a perdonar un quite. Ese es el camino.


Sebastián Castella, en un pase cambiado por la espalda que instrumentó ayer al primero de su lote. La RazónLa Razón. JUAN POSADAEl francés Castella, por sevillanas

El torero galo Sebastián Castella, famoso por su estoico valor, demostró ayer en Sevilla que sabe torear, y muy bien. Su primer toro, de Zalduendo, de excelente condición, ponía en compromiso a cualquiera que no tuviera mucho sentido del temple y de la medida, a la vez de pimienta y gusto, algo que el francés ha asimilado en esta tierra sevillana, donde vive desde hace años. Se ha consolidado como una figura del toreo. Manzanares, que cortó una oreja al sexto, también de Zalduendo, destacó por su finura en los trazos, en especial, con la mano izquierda. Para rematar sus condiciones debe cruzarse un poco más y así pasarse a los toros más cerca.

Aseado. Rincón recibió al primero con dos largas arrodilladas en el tercio y unos lances voluntariosos. Con la muleta inició con la derecha, por donde el toro lo miraba mucho y, cuando dejaba la muleta retrasada, lo quería coger. Prosiguió con la diestra, de la misma forma, siempre a la vista del animal y a su merced. Sólo mandó cuando se interpuso en su vertical y lo forzó a embestir, a regañadientes. Con la izquierda, el mejor pitón, no acabó de acoplarse. Faena voluntariosa, pero sin centrarse.

Con el sobrero de la ganadería de La Dehesilla, manejable, sobre todo por el pitón izquierdo, tampoco se confió. Cites en la pala del pitón, sin convicción ni ganas. Tras varios muletazos de compromiso, muletazos de castigo y enfado del público. No hubo más historia en el ruedo.

Sebastián Castella, que ya había hecho un quite muy ceñido en el primer toro por chicuelinas, recibió al segundo con lances con las manos muy bajas y buen gusto. Destacó en un quite por tafalleras, muy firme, que remató con un revolera. En el centro del ruedo, se lo pasó tres veces por la espalda y ligó naturales y de pecho, todo en el mismo envite: se ganó al personal. Tranquilo y con el engaño en el sitio, desarrolló una labor por ambas manos, templada, bien rematada y con su «mijita» de pimienta. Tras la estocada, el toro se resistió y se fue paso a paso a morir al centro del ruedo mientras lo ovacionaban con intensidad.

Castella, con el quinto, que había salido en primer lugar por equivocación de los torileros y hubo de devolverlo con ayuda de los cabestros, aguantó las tendencias naturales del animal al salir al ruedo por segunda vez. El toro buscó el portón de salida durante toda la lidia, por lo que tuvo que sujetarlo en numerosas ocasiones. Castella así lo entendió y lo mantuvo el máximo tiempo en el centro del ruedo aunque, cuando lo había sometido por el pitón derecho, la res, dolida, miraba a las tablas como su salvación. El torero francés, muy firme, no le dio tregua hasta que el toro finalizó en huida descarada hacia su querencia. El diestro, ambicioso y con ganas de cortar esa oreja que significaba la Puerta del Príncipe, no cejó en el empeño, tampoco el toro en el suyo: pegarse a la madera sin querer salir de ella. Y allí, en la puerta de chiqueros, acabó todo.

Manzanares, con el tercero, que se refugió en tablas desde el principio, aunque luego mejoró, comenzó la faena en el centro por el pitón derecho, por donde peor iba la res. Pases de trágala hasta que cambió a la zurda, mejor lado; tres naturales y el de pecho, jaleados. Y, no se entiende por qué, volvió otra vez a la diestra. Ahí derivó la faena, cuando se encontró de nuevo con la izquierda, fuera de cacho y al animal le costó más trabajo. Faena sin chispa, pero con voluntad. El toro merecía más.

Templanza. Manzanares, con el sexto de Zalduendo, de dulce embestida, comenzó muy bien por bajo para seguir con la derecha, con el único defecto de situarse en la horizontal, sin cruzarse, por lo que algunos muletazos, aunque lentos y mandados, resultaron un tanto despegados. La tanda por la izquierda, en el mismo tono, tampoco caló de inmediato en el público. Gracias a que se templó mucho con la bondadosa arrancada del animal y lo llevó largo, algunas veces demasiado suelto hacia fuera, conectó con los tendidos. Los ayudados finales y un remate al natural, muy buenos, acabaron de convencer y cortó un trofeo.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Lenta agonía que vale dos orejas

Manzanares toreó muy bien al complicado sexto y le dieron una oreja; Castella toreó bien a un toro noble y le dieron dos. Cosas de la vida y de los públicos. Ayer se perdió el rumbo en La Maestranza. La agonía interminable del segundo jandilla le valió al toro -mejor dicho al ganadero, pues a los toros muertos no les vale nada- una vuelta al ruedo. El premio fue exagerado a todas luces y las dos orejas que le otorgaron a su matador, excesivas. 

Ni el anovillado jandilla, noble y con fijeza, atesoraba las extensas virtudes que han de determinar una vuelta al ruedo en La Maestranza, ni Sebastián Castella estuvo tan sublime como para cortar dos orejas y dejar así entreabierta la Puerta del Príncipe. Muchas orejas son ésas. Ya me parecía a mí que el rigor de días anteriores no iba a ser duradero; que era demasiada felicidad ver al público en su sitio y a la autoridad también. Enhorabuena al estoico Sebastián Castella. Aunque yo piense que esas orejas están devaluadas, no se las quita ni Dios. 

Estuvo muy bien con la capa desde el quite por chicuelinas en el toro de Rincón, se atropelló en los pases del péndulo por la espalda, en el mismísimo platillo, y recobró la compostura en varias tandas de redondos y de naturales de buen corte. Pero lo determinante para las dos orejas, igual que para la vuelta al ruedo del jandilla, fue la emoción que suscitó la muerte del animal. Pasaba el tiempo, sonó un aviso y al público lo que le conmovía era ver al toro agarrado con sus pezuñas al albero, agarrado a la vida, mientras Sebastián Castella lo contemplaba impávido como un sumo sacerdote. ¿Para qué está el descabello? ¿Es lícito que, para asegurarse la oreja y no marrar con el verduguillo, se prolongue eternamente la agonía de un toro postrado? Para colmo, el señor Murillo tardó en sacar el pañuelo de la vuelta al ruedo y hubo que rescatar el cadáver del desolladero. 

Fue una tarde de despropósitos que hubiesen sido menores con una oreja menos a Castella; lo más consistente y resolutivo fue la oreja a Manzanares, por las dificultades del zalduendo, muy bien resueltas por la lidia del torero. 

El cuarto toro, de salida, se estrelló contra un burladero y allí quedó muerto, fulminantemente, por siempre jamás, amén.La salida del primer jandilla sembró el desconcierto en los tendidos; llevaba ya un cuarto de hora en el ruedo, sin que nadie le diese un mal capotazo y, mientras, en el callejón tenían lugar trajines y conciliábulos. 

Al parecer, ese toro le correspondía a Castella y no a César Rincón; mas como desde el tendido no se veía el número del herraje, vaya a usted a saber. Al fin se lo llevaron los cabestros. Déjense de coñas, señores empresarios; un toro sin divisa y sin número reconocible es un indocumentado, un sinpapeles. Por cierto que ni siquiera los más viejos del lugar recuerdan haber conocido en La Maestranza toros sin divisa, que es la razón invocada por la empresa para suprimirla en esta Feria; la segunda, miedo a que el arponcillo lesione al animal, sería conmovedora por su humanismo si no fuera ridícula por lo increíble. 

A los toros se les hacen perrerías a diario y vienen ahora unos exquisitos a abolir la imposición de la divisa por temor a lesiones irreparables. ¡Amos, anda! Las razones las sabrá el señor Canorea, mas apelar a una tradición incógnita y a la integridad del toro no cuela. Sobre todo, cuando cada tarde vemos toros más o menos manipulados indecorosamente como ayer. ¿Que otras tardes y con otras figuras también se afeitan los toros? De acuerdo. Pero una cosa no justifica la otra ni se enmienda un yerro con otro mayor. 

Rincón deambuló por el ruedo toda la tarde, sin opciones ni oportunidades.Y algo parecido le ocurrió a Manzanares, hasta que se encontró con el sexto; allí fueron los naturales hermosos y los pases de pecho interminables. El quinto, un manso rajado, cerró a Castella la Puerta del Príncipe. Fue ovacionado; como lo había sido su cuadrilla que banderilleó estupendamente.

 

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