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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del jueves, 20 de abril de 2006
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victorino Martín
(de diferente presentación, broncos y probones, con peligro sordo;
pitados 1º y 3ª, manso el 5º; el 6º devuelto por cojera en la
pata derecha) y uno, 6º-bis, de José
Luis Pereda (con juego).
Diestros:
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Pepín Liria. Dos
pinchazos, estocada desprendida y tendida (palmas), estocada desprendida y
tendida, aviso (oreja).
- Luis Miguel Encabo. Estocada
entera (saludos desde el tercio); pinchazo sin soltar, media mal
colocada (silencio).
-
El Cid. Estocada entera
(saludos desde el tercio); estocada entera, aviso (oreja).
Picadores: fue muy aplaudido Rafael da Silva.
Tiempo: soleado y con aire.
Entrada: hasta la bandera.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, Marc LAVIE, Diario
de Sevilla, El Mundo, ABC, La Razón.
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LOS
PROTAGONISTAS
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Pepín
Liria
El diestro murciano se mostraba exultante por el éxito conseguido y sobre todo por la apuesta realizada. “He apostado fuerte porque para mi ésta sigue siendo una plaza que significa mucho porque me ha ayudado siempre para plantear mis temporadas. He apostado fuerte y he vuelto a ganar, gracias a Dios”, aseguraba. En sus paseíllos en la Maestranza ante el mismo ganado nunca se había puesto a portagayola. “Ésta es la cuarta corrida de Victorino que mato en Sevilla y nunca me había ido a la puerta de chiqueros porque sé el trabajo que cuesta. Sabía que había dentro un toro muy serio pero no podía dejar pasar en balde una tarde como ésta. Para mí tiene mucho valor las cosas que ocurren en esta plaza”, apostilló. A pesar del triunfo, Liria destacaba que la dureza de la corrida que “ha sido muy difícil y sobre todo sin llegar arriba el peligro que a veces tenían los toros”. “Mi primer toro ha sido muy complicado –continuaba- siempre por arriba, reponiendo, volviéndose en las manos. He comentado con mis compañeros que como nos ponemos tan de verdad con los toros que mucha gente no sabe ver las dificultades que
plantean” |
Luis
Miguel Encabo
El diestro madrileño coincidía con Liria en la dificultad de la corrida que, según Encabo, “ha sido muy complicada y a veces con peligro del que nosotros llamamos sordo”. Asimismo, lamentaba la mala fortuna con su lote. “El mío ha sido un lote bastante insulso, sobre todo el segundo que ni quería coger, ni quería embestir y así es muy difícil llegar a un público tan bueno y tan entendido como el de Sevilla”, aseguró.
Las complicaciones planteadas por los victorinos dejaron al torero “sin muchas posibilidades” ya que “había veces que era mejor esperarlo, otras veces engancharlo, si lo enganchabas a veces se caía”. A pesar de todo, se mostraba satisfecho con la actuación. “Creo que he podido hacer quites, que he estado presente en todos los tercios de la lidia y no ha podido ser, pero esperemos que pueda ser en otra ocasión” |
El
Cid
El de Salteras valoraba muy positivamente su actuación ante el sexto. “Ha sido una faena muy importante y sobre todo con la estocada que le he pegado que estaba en todo lo alto, en toda la yema, si el toro llega a caer antes le hubiera cortado las dos orejas. Le he pegado muletazos muy buenos, muy despacito y muy a gusto”. El Cid aseguraba que había sido “una de las faenas más sentidas” de las que ha realizado en Sevilla ante un toro “que me ha gustado al que creo que he entendido de principio a fin y al que le he dado sus tiempos para que no se viniera abajo”. Sobre la corrida de Victorino, el diestro manifestaba que “no había sido la esperada”. “Creo que el propio ganadero no está contento con su corrida porque ha embestido a trancas y barrancas y le ha faltado raza”, concluyó.
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Crónicas del Festejo
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. El Cid deslumbra al natural y Pepín Liria por su casta
Los triunfadores del año pasado, El Cid y Victorino, fueron la mejor póliza de garantía para un llenazo hasta la bandera en una corrida en la que precisamente el encierro del ganadero decepcionó y donde el diestro de Salteras consiguió triunfar, paradójicamente, con un sobrero que no era de la ganadería titular ¿Por qué Victorino no llegó con toros suficientes para tener, al menos, un astado como reserva...? Al éxito de El Cid –¡vaya mano izquierda!– con ese sobrero mencionado, de José Luis Pereda, que fue el más completo, destacó también Pepín Liria en el cuarto, por casta, consiguiendo también otro trofeo.
El personal quedó un poco desinflado con unos victorinos a los que les faltó el poder y la pujanza que les caracteriza.
Comencemos por quien dibujó los mejores muletazos: El Cid. El diestro saltereño vio como el público protestaban a su segundo victorino, que arrastraba la pata derecha de manera patente. Devolución. Y como sobrero, un toro alto, poco armonioso en su morfología, pero que vendría a ser el más completo de la corrida. El Cid se estiró bien a la verónica. Con la diestra no llegó a alcanzar grandes cotas. En la primera tanda por ese pitón fue desarmado en un pase de pecho y al cierre de la faena no pasó de entonado. Pero amigo, si conoce el toreo de El Cid, su fabulosa mano izquierda, arderá en deseos de preguntarme: ¿Qué hizo en el toreo al natural?...Ambrosía pura, especialmente en dos series extraordinarias, una en la que le bajó la mano y condujo al toro con suavidad pasmosa y otra en la que los naturales cobraron tanta lentitud que parecía que toreaba al ralentí ¡Qué maravilla! El corazón de los espectadores bombeaba tanta emoción estética que la plaza estalló en una ovación estruendosa. El Cid, al que se le ve con mayor regularidad en la suerte suprema, aseguró la muerte del toro. Y entró con una decisión tremenda. Estocada arriba que no fue suficiente. Un descabello. Un aviso. Y una oreja. Debería haberlo cuajado por el pitón derecho y haber cortado las orejas de un toro extraordinario, el mejor de la corrida, que puso en entredicho el juego de la victorinada.
A su primero, un victorino que se rajó a mitad de faena, El Cid lo lució sobremanera ¡No se podrá quejar el ganadero! Como suele hacer este torero se fue a los medios y sin probaturas se echó la muleta a la mano izquierda. Consiguió un ramillete de naturales interesantes y de mano baja. Pero las tandas se redujeron a medida que el toro se rajó. Cuando se acabó por el pitón izquierdo, El Cid entró en cercanías y aquello no ardió. Al toro le faltó cuerda.
Pepín Liria fue el otro gran protagonista. Consiguió el éxito en su segundo, un toro con movilidad, que en la muleta exigió mucho y humillaba cuando se le hacían bien las cosas por abajo. El guerrero de Cehegín derrochó casta. Lo recibió a portagayola con una larga cambiada de rodillas. Lo persiguió con rabia novilleril para unos lances de recibo vibrantes. Y realizó una faena que fue a más y en la que el toro le propinó un hachazo horrible, dejándole sin respiración, cuando le impactó la pala del cuerno derecho a la altura del esternón. Lo más brillante llegó en sendas series por ambos pitones: una con la diestra, bajando la mano y otra con la zurda, ligando los muletazos. Con la izquierda también gustó el epílogo, en el que se arrancó la música, ya muy tarde, con abucheos del personal que la había pedido con anterioridad. En la suerte suprema se tiró como un león. Por su decisión ganó el respeto del público, que le ovacionó a lo largo de la lidia, y un trofeo.
Con el flojísimo toro que abrió plaza, malo y peligroso, Liria se justificó sobradamente.
Luis Miguel Encabo cumplió, aunque no llegó a estar brillante con el complicado segundo, que no aguantaba nada por arriba, pero que humillaba cuando se le podía. El madrileño se estiró bien a la verónica. En banderillas prendió un buen tercer par. Y en la muleta navegó como pudo. Al final, se salvó con una serie por cada pitón.
Luis Miguel Encabo no consiguió dar con la distancia y el terreno adecuado –que rectificó en varias ocasiones– con el incómodo quinto. Arriesgó en banderillas. El toro, en la muleta, le hizo pagar las indecisiones primeras y acabó orientándose y poniéndoselo muy difícil al torero.
La corrida, sinceramente, con unos victorinos que defraudaron en su conjunto, no dio para mucho más. El Cid deslumbró al natural y Liria por su casta.
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Liria gana su batalla.
Que Pepín Liria va a por todas cada tarde que pisa el ruedo de una plaza de toros nadie lo duda. Sea quien sea el compañero de cartel o la ganadería
a lidiar, el torero de Murcia libra su particular batalla. Y siempre la gana, con una ambición de triunfo desmedida. Todo un tío entregado a su
causa. Además siente el toreo. Toreo que tuvo momentos deslumbrantes, incisivos, a veces con la picardía de quien sabe como se ha de expresar con
unos toros y en una plaza como la Maestranza. Liria se recreó en sus formas con la solvencia de el valor, la madurez y la desenvoltura de un buen
torero.
Pocos peros se le pueden poner a la faena al cuarto victorino. Sobre todo porque el trasteo tuvo el interés del valor y la firmeza, de la sobriedad y
la elegancia, sin olvidar esa excelente técnica y no menos autenticidad de un toreo refrescante como para provocar las más grandes ovaciones de la
tarde. Liria realizó un toreo sin aristas al manso y bronco cuarto, al que supo meter humillado en el engaño en una faena dominada por el orden, la
claridad, el temple, y sobre todo el equilibrio y la ligazón. Faena de derecha, aunque también la izquierda halló parecido pulso en una tanda bien
trazada y rematada. Pepín Liria, que antes había atravesado el ruedo para postrarse de hinojos delante de chiqueros, una vez más y un abril más, ganó
el merecido apéndice tras la estocada de rigor. Con el peligroso, complicado y parado primero, hizo su acostumbrado esfuerzo por conseguir un pase sin
resultado positivo.
El efecto Victorino llenó la plaza, pero esta vez sus toros decepcionaron. No provocaron la emoción de la casta, y si el desánimo por su pocas
fuerzas y escasa presencia. El cuarto y el quinto destacaron de una corrida demasiado mediocre. El sexto fue devuelto por inválido.
Y El Cid, esperado y deseado, no fue el mismo de hace un año. Y aunque interesante por el atractivo de su toreo, se le echó en falta una mayor
verdad en la ejecución del trazo. En exceso para afuera. Con el único victorino que mató, por cierto de un
estoconazo, le dibujó naturales de
muleta arrastra y lento recorrido que supo hilvanar con buenos pases de pecho. Fue lo mejor del trasteo, porque en el inicio del toreo en redondo el
descastado toro se paró. Se arrimó el sevillano pero sin conseguir el efecto deseado.
Fue con el sexto, un buen toro de José Luis Pereda lidiado como sobrero, con el que El Cid se acercó más a su auténtico toreo. No alcanzaron altura
las verónicas de recibo, y aunque la faena fue creciendo en calidad, sólo con la zurda consiguió entusiasmar. Sin embargo, los hondos, largos, lentos,
y ligados naturales no alcanzaron la intensidad emocional deseada. Algo tuvo que ver el desajuste de unas pases, que aunque dilatados en el recorrido
marcaron una trayectoria demasiado para afuera. Y ya se sabe, es el ajuste del muletazo el que asegura su autenticidad. Adornos muy toreros en el
epílogo de faena, y una estocada que le ayudó a conseguir la oreja.
Luis Miguel Encabo demostró recursos para sacar estimables muletazos al complicado por reservón segundo, sobre todo algún que otro trazo con la
izquierda de buena calidad. Ligados y ajustados los pases fue lo mejor del madrileño junto con la notable estocada con la que tumbó a la fiera. Con el
peligroso y manso quinto no tuvo demasiada convicción, tanto fue así que llegó hasta cansar. Quizás, esta tarde, Encabo, no tuvo la entrega que de él se espera.
Marc LAVIE.
Déception
Qu'une corrida de Victorino soit sauvée par un réserve de Pereda sorti en sixième position en dit long sur la déception causée à la Maestranza par les "saltillo". Inutile de
s'étendre. Le sixième Victorino fut fortement protesté pour son manque de force et remplacé par un toro brave et noble de Perera que le Cid toréa à plaisir sur la corne
gauche, coupant l'oreille.
L'autre oreille fut arrachée par Pepín Liria au quatrième, reçu à genoux face au toril, toréé à la cape pieds
joints, et combattu avec courage et parfois héroïsme par le torero de Cehegín qui tua d'une entière d'effet
lent. Oreille de poids.
Encabo a montré plus de technique que d'engagement.
Et passons à autre chose...
El
País. ANTONIO
LORCA. El héroe se llama Pepín Liria
Pepín Liria es un héroe, que es lo mismo que decir que es un valiente inteligente, un conocedor profundo, un dominador; un maestro en sazón, un torero de raza, un portento de sabiduría taurina que ayer emocionó hasta los tuétanos a la plaza de la Maestranza.
El Cid fue el artista consumado y el toreo al natural por antonomasia, pero la partida la ganó el murciano.
Liria cortó una oreja, pero pudieron ser dos si el cuarto toro tarda menos en morir. Pero el público le agradeció el gesto y la torería de una faena literalmente inventada a un toro descastado, blando y de corto recorrido.
Lo esperó de rodillas en la puerta de toriles con una larga cambiada, lo persiguió, después, por todo el anillo hasta conseguir unas verónicas aceleradas y varias medias cargadas de emotividad.
Con la muleta en las manos se transformó en un jabato que, con plena conciencia de los terrenos y una perfecta colocación, trazó derechazos y naturales templadísimos, hondos y muy largos, en tandas muy cortas, que llenaron de emoción los tendidos maestrantes. El animal lanzó un derrote al estómago del torero, y éste, dolorido, en lugar de amilanarse, se armó de rabia y volvió a arrancarle materialmente muletazos espléndidos por ambos lados, ligados siempre, que rubricaron una faena de menos a más, impensable sólo unos minutos antes, y rebosante ahora de torería y emoción. Técnico y voluntarioso sólo puedo mostrarse con su descastado e inválido primero, que fue un borrón para la ganadería.
Mereció mucho la pena la gesta de Pepín Liria a una Maestranza que estaba de bote en bote y con el bostezo a flor de piel. Si no engaña la memoria, éste ha sido el primer jueves de feria que la plaza sevillana se ha llenado hasta la bandera. Ésa es la fuerza de la ganadería de Victorino Martín, un espectáculo en sí misma. Y la fuerza, cómo no, de El Cid, que se ha hecho figura con estos toros y mantiene el crédito en todo lo alto.
Pero ayer saltó la sorpresa. La corrida salió blanda y descastada y decepcionó a todos; blanda en exceso, pecó gravemente de falta de casta. Por cierto, el presidente devolvió el sexto de la tarde, flaco y cariavacado, sin que se conozcan los motivos. El toro fue protestado por su endeblez, pero ése no es motivo de devolución, sino la evidencia de la ineptitud presidencial en el reconocimiento.
La devolución perjudicó gravemente a El Cid, quien volvió a demostrar con el sobrero que posee el don del arte excelso, una mano izquierda prodigiosa y que la experiencia le ha servido en grado máximo. Pero no era un victorino, y a la faena, henchida de naturales extraordinarios, lentísimos y bellos, y de derechazos mandones y profundos, le faltó el aditamento del riesgo añadido. Quede constancia, no obstante, de su muy interesante faena a ese último toro.
Blando fue el cuarto y lo metió en la muleta hasta engarzar la embestida del toro y llevarlo de cabo a rabo en dos tandas de naturales magníficos.
También se justificó Encabo con un lote excesivamente soso. Se lució con el capote en un quite por chicuelinas ceñidas en el cuarto, y en un par de verónicas a su primero. Banderilleó con facilidad, y se peleó con voluntad y poca templanza con sus dos toros.
La tarde, sin embargo, fue de un héroe y de un artista...
ABC.
ZABALA DE LA
SERNA. Un toro de rabo, y no era de Victorino
Un toro extraordinario, y no fue de Victorino. Un toro de bandera, y
no fue de Victorino. Un toro de Pereda para cortarle los rabos, y no era de Victorino. Victorino le ha perdido el norte a su ganadería.
Antes se decía que Victorino tenía la ganadería en la cabeza o en la mano. Hoy en día ni la tiene en la cabeza ni la tiene en la mano. No
es normal que se repitan corridas de tan distinta línea dentro de un mismo encaste. No es normal lo que va de una corrida mala y sin
humillar de Valencia, dura y casi sin humillar de Castellón, y ésta,
chochona, noble y blanda, con un sexto toro impresentable, que dio paso al sobrero de Pereda. Un toro de bandera.
El Cid, cuando el sol se ponía por Camas, la noche se cernía y los ánimos se apagaban, se encontró con el susodicho ejemplar, que se
abría en cada capotazo, en cada muletazo, con una nobleza supina, lo que se llama taurinamente haciendo el avión. Tanto se abría que no
era menester que Cid torease con tanto hueco. Bien, pero con mucho hueco, excesiva distancia para que los oles no acabasen de rugir
como el sobrero merecía. La oreja no se la niega nadie. Nadie se la puede negar. Mas, sin duda, ese embraguetarse de verdad con el toro,
de traérselo a la cadera, ese embrocarse como las viejas escrituras de don Juan Belmonte mandarían, no surgió. Pese al brindis a Emilio
Muñoz, el más belmontino de cuantos toreros del último cuarto del pasado siglo haya habido. Este Cid de Salteras barría la arena, pero
la barría siempre fuera de la jurisdicción cruzada que hubiera merecido su oponente para relanzar una faena memorable. Momentos y
momentos que no justifican que en este momento, con todo a favor, El Cid no arrasase con un toro así. De los que en mi época de los once
años motivaron la reaparición de Chenel y Manolo Vázquez.
La victorinada, o lo que se suponía que iba a ser una victorinada, defraudó. Aunque tampoco los toreros anduvieron a la altura de
semejante nobleza, especialmente Encabo con el segundo y El Cid con el tercero. Toros muy fáciles, tan fáciles que no hacía falta tanta
educación, tanta cortesía, tantas buenas formas sin romperse ni
arrebatarse. El toreo es arrebato, es sentirse, es venderse, y a la par vender el producto. La corrección que se quede para las mesas de
los restaurantes de alto estandin. Si a Ruiz Miguel le hablasen de que los victorinos se dejaban así, y tanto, reaparecía para quitarse
los sinsabores, las amarguras, las luchas, los sudores, de las
alimañas de antañazo, que recordaban a lo de Escudero Calvo, duro pedernal de los sesenta.
Victorino le ha perdido el pulso a su ganadería. No puede haber tanta diferencia entre las corridas levantinas y ésta, y ni en
aquéllas ni en las de ahora ha respondido a lo que se le exige de bravura a quien es considerado como el mejor ganadero de los últimos
cuarenta años, que cumple en 2006 como máxima figura.
Punto y aparte merece Pepín Liria. Gustará más o gustará menos, pero nadie le quita el pulso encastado con el toro más encastado de toda
la corrida, que fue el cuarto. Liria se lo pasó por las espinillas para arrebatarle una oreja, en series cortas pero intensas,
vibrantes, casi todas sobre la mano derecha. Transmitió emoción a los tendidos, quizá por olvidarse de tanta compostura. No es Pepín
un estilista, mas es un tío bragado y curtido en cien mil batallas. Ahí les ganó la pelea a sus conservadores compañeros de cartel con
sus correspondientes y sobones victorinos, que no estuvieron mal, los compañeros, digo, sencillamente correctos, como buenos
profesionales que son, como buenos muleteros: saludos y saludos. Muchas gracias.
El veterano diestro de Cehegín se había topado ya con el victorino reservón que abrió plaza con cortos viajes, sin romper nunca hacia
delante; Encabo despachó sin despeinarse un quinto hueco que terminó por echarse tras un pinchazo, o dos; y El Cid lo tuvo en su mano, en
su mano de verdad, porque el sorteo le deparó la suerte: sin ser un victorino de bandera, bien que sirvió el tercero. Bien fácil. Bien
fácil El Cid también. Como con el sexto. No se puede estar con tan poco compromiso. La plaza se hubiera arrojado a sus pies a nada que
Manuel Jesús de Salteras se hubiese arrebatado, despeinado, desmadejado si quieren. Todos queremos más, como cantan en la
vetusta Pamplona, más y más, y mucho más. Es una exigencia inamovible a los que se les puede exigir.
La Razón.
JUAN POSADA. Pepín Liria, héroe sin música
Es costumbre generalizada que para cortar una oreja en Sevilla la banda de música ha debido amenizar la faena. Ayer, a pesar de que Pepín Liria se jugaba la vida sin trampa ni cartón con el cuarto, los músicos permanecían inactivos, sin hacer caso de las demandas del público para que comenzaran a tocar. No se entiende esta actitud cuando un torero, plantado en el centro del ruedo, desafía a la muerte, como hizo el murciano. Menos mal que al final lo arreglaron. El Cid estuvo muy digno con su primero, más torero y técnico que en el quinto, al que cortó la oreja. Los victorinos defraudaron, casi todos perdieron las manos y carecieron de esa viveza brava que los ha elevado a la cumbre.
Valentía. Liria, lances valerosos pero deslucidos a causa de la flojedad del toro, que dobló las manos dos veces. Comenzó la faena con la derecha en corto, ya que el animal, que se había caído en varias ocasiones en la suerte de varas, no tenía largo recorrido. Lo intentó con la izquierda, siempre fuera de cacho, muleta muy retrasada y, por consiguiente, sufrió varias coladas. No obstante, tragó en algunos muletazos más, aunque siempre a merced del animal que, a causa de sus escasas fuerzas, no acometía con peligro. Faena valerosa.
En el cuarto, otro torero. Decidido en la larga a portagayola y los lances que siguieron, en los que tuvo que correr tras el huido Victorino para poder darlos. Inició en el centro, presentándole pelea al animal, que le embistió con brusquedad y las manos por delante. El murciano, valiente de verdad, adelantó la muleta en todas las ocasiones y bajó la mano, única forma de dominar a su enemigo. Muy firme citó con la izquierda moviendo el engaño con la suavidad que la violencia del toro permitía. Continuó por ambos pitones, cada vez más dueño de la situación, en una faena heroica por la que en sus principios, nadie apostaba. La música no tuvo más remedio que sonar, aunque al final. No importa que no le gustara a su director; emocionó a toda La Maestranza, que compensó al torero con una de las orejas más meritorias de lo que va de feria.
Luis Miguel Encabo dio buenos lances de salida, aunque el toro dobló las manos. Banderilleó con voluntad y realizó una faena de muleta con altibajos. Los primeros derechazos, rápidos y más ligados los de la segunda tanda, cuando el toro repitió. A partir de entonces, el animal tardeó en los arranques y hasta que Encabo no se decidió a bajarle la mano, no logró meterle en la muleta, aunque con embestidas cortas. Faena de aguante, inteligente y con mucha voluntad. Tuvo mérito. Culminó con una gran estocada.
Con el quinto, al que banderilleó con lucimiento, ejecutó una faena valerosa, ya que el toro se le quedaba por debajo y sólo obedeció en las ocasiones en las que le bajó mucho la muleta. Pero, en contrapartida, al sentirse dominado, escarbaba y se salía de la suerte. De todas formas, logró ligar muletazos con mucho esfuerzo. No se lo agradecieron. El Cid, con el tercero, también flojo, se mostró muy decidido y centrado con la muleta. No fue una faena de relumbrón, pero todos los muletazos que consiguió, con el toro escarbando, tuvieron mérito porque, ante las dificultades de la res, que se quedaba corta, contrapuso el dejar la muleta adelantada y aguantar mucho. Los derechazos finales, aprovechando hasta el final las breves arrancadas. Faena pensada.
Con el excelente sexto anduvo muy decidido y con ganas de triunfo. La faena, casi toda basada en la mano izquierda, tuvo buen ritmo, aunque pecó de no ajustarse al toro, por lo que muchos naturales resultaron separados. A cambio, templó mucho y lo llevó con despaciosidad y llegó al personal. El final, con ayudados por alto, resultó bonito y digno. No obstante, la faena estuvo un poco por debajo de las cualidades del animal, que era de dos orejas.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Liria, oreja en territorio comanche
El silencio que acompañó a Pepín Liria mientras de rodillas ante toriles esperaba la salida del cuarto, cortaba la respiración y ponía los vellos de punta. Se oía el vuelo de una mosca y el latido de los corazones. Se oía, en definitiva, el sobrecogedor estruendo del silencio. Esperar a un toro ante un portón que parece una autopista y por el que los toros salen orientándose, es algo muy serio.
Seria fue también la oreja que cortó Pepín, a puro güevo y a pura torería: raza torera y corazón caliente; faena a caraperro al inicio y controlada al final; cimentada en la autoridad de la mano derecha y los terrenos. El victorino se le fue descaradamente al pecho y Pepín acusó la agresión. Más tarde le tiró una obscena caricia a los muslos, que Liria se quitó de encima con un delicado toque de muleta. Toda la faena se desarrolló en territorio comanche, allí donde las flechas, las balas y los cuchillos silban y trazan la cornada por sorpresa. La espada cayó tendida, pero eso no evitó un trofeo de oro y de diamantes.
La plaza estuvo muy seria; incluso en el sexto, al solicitar sólo un apéndice, cuando parecía inevitable un estallido de entusiasmo colectivo. El Cid brilló con el noble sobrero de Pereda más que con el complicado victorino. El Cid empieza a estar ya en el restringido club de los elegidos. No es que le haga ascos al toro duro pero se encuentra infinitamente más cómodo con el toro comercial. A fin de cuentas es ley de vida.
El primer victorino blandeaba de los cuatro remos y fue cuidado en varas como, en líneas generales, todos los demás. Este, al igual que el quinto, se arrancó de lejos a los caballos. Por su propia debilidad el victorino estaba a la defensiva y cada derrote contra el torero era subrayado por el gentío con expresiones de admiración y advertencias de peligro.
Esto es lo bueno de los victorinos: nunca dejan indiferente a nadie. La corrida de ayer no fue para tirar cohetes, aunque algunos toros no carecieran de argumentos ni problemas. Ni fue problemática en exceso, ni salió ese toro arrebatador que arrastra el hocico por el suelo y desata las pasiones. Los mejores, segundo y tercero; el cuarto, el más difícil, tenía un genio revoltoso que se fue atemperando a medida que la muleta de Pepín impuso su ley. Todos blandearon de remos y también de carácter, en mayor o menor medida.
El damnificado de la terna fue el madrileño Encabo al que, según mi leal saber y entender, se juzgó con severidad. Cierto que en banderillas no pasó de discreto; pero más cierto que su faena de muleta al primero fue en ascenso hasta mostrarse plenamente convincente. La estocada fue fulminante y la muerte del victorino espectacular. Se ovacionó a Encabo y la cosa no pasó a mayores.Severa la plaza, midiendo con justiciero rigor a toros y a toreros.Hay que congratularse de ese rigor que es el camino para mantener el primerísimo rango que le corresponde a La Maestranza.
Veremos si ese nivel de exigencia, en este toro y durante toda la tarde, se mantiene y yo que lo vea. Esta severidad se extremó con Encabo en el complicado, flojo y difícil quinto. También se miró con circunspección y mesura el intermitente y torero trajín de El Cid en su primero. Lo mejor, el estoicismo del sevillano ante los parones insidiosos del animal por el buido pitón derecho; el izquierdo era una lástima, pura ruina hecha astillas.
Brindó el sobrero a Emilio Muñoz que estaba perdido en una grada en las alturas; y digo yo que si pensaba El Cid brindarle al trianero por qué no le regaló una barrera o un tendido bajo; sobre todo por evitar el largo viaje de la muleta de mano en mano. El Cid toreó despacioso y ligado al sobrero por naturales, aunque abusó del pico: pico, palas y azadones.
En esto, en este alivio, se nota, cada vez más, que El Cid está entrando en el terreno de los elegidos. Fueron buenos sus naturales, aunque hubieran sido mejores de torear un poco más ajustado y ceñido.
Otros
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