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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del 16 de abril de 2006
Domingo de Resurrección
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de toros de Núñez del Cuvillo
(inválidos para la lidia, mansos, sin raza. 5º y 6º se dejaron. El 1º fue
devuelto por debilidad manifiesta; el 5º fue devuelto por romperse el
pitón derecho al derrotar contra el burladero. 5º bis de José
Luis Pereda)
Diestros:
- César Rincón. Media
estocada (silencio); estocada y aviso (silencio).
- Morante
de la Puebla. Media estocada caída (silencio); estocada (saludos
desde el tercio).
- Manuel Jesús "El Cid".
Dos pinchazos que escupe, estocada caída (silencio); estocada tendida
(vuelta al ruedo).
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LOS
PROTAGONISTAS
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César
Rincón
"He venido con bastante disposición pero mi primer toro ha tenido un peligro
impresionante, manso y con mucho genio. El segundo, con una gran bondad quería pero no podía. En definitiva a la corrida le ha faltado raza y bravura. No esperaba para nada el encierro que ha salido, sobre todo porque he visto toros extraordinarios de esta ganadería y seguramente saldrán aunque hoy no haya echado ninguno. Tenía una gran ilusión porque torear un Domingo de Resurrección es lo más grande que le puede pasar a uno como torero y me voy desencantado. Lo único que me llena es que la gente ha respondido en el momento en el que he podido y cuando no, también lo han respetado, lo que es muy importante." |
Morante
de la Puebla
"No he estado a gusto en ningún momento porque los toros no han colaborado. Ha molestado mucho el viento pero principalmente los toros no han permitido hacer nada. En algunos momentos me he encontrado algo más a gusto como en el segundo de mi lote pero el toro se ha aburrido muy rápido. Le ponía la muleta y lo acompañaba un poco aunque no sabia muy bien adónde embestía porque iba con la cara muy abajo, con poco recorrido.
Me voy bastante disgustado porque es un día muy bonito del que a uno le gusta guardar recuerdo y hoy no voy a guardar ningún recuerdo que perdure. Me quedan dos tardes más y ojalá pueda cuajar ese toro que quiero. Hoy no ha sido el día para estar a gusto delante del toro." |
El
Cid
"El sexto no ha tenido clase pero lo he dejado entero y creo le he
aprovechado. Los únicos quince o veinte muletazos porque ni tenía más. La corrida de toros ha sido muy desrazada y con muy poca clase. Es una pena que un día tan bonito se haya ido al traste por culpa del ganado. Todavía quedan más
oportunidades y espero aprovecharlas. Me habría gustado cortarle la oreja al toro porque he hecho un gran esfuerzo con él ya que no venía nunca metido en la muleta y ha tenido peligro. El presidente no lo ha
creído así y tenemos que aceptarlo."
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Crónicas del Festejo
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Decepción.
Ya se sabe: la expectación concluyó en decepción. Y nosotros, los que llenamos a reventar tendidos y gradas, la padecimos. Mala, muy mala tarde de toros. De toros, porque no de toreros. El bravo, el toro, digo, se quedó una vez más en el campo ganadero. Y en una plaza en la que bajo el impacto del silencio de expectación se espera la explosión de arte en lo más puro del toreo, la mediocridad del toro, su nula casta y su eterna invalidez hace de lo soñado una utopía.
La bien presentada corrida de Núñez del Cuvillo se quedó solo en eso: en presencia. Corrida mansa sin paliativos, parada, descastada, de cansinas y noblonas embestidas. Seria por sus defensas pero vana en su comportamiento. Hasta el quinto, un sobrero de José Luis Pereda, se comportó en el ruedo con idénticas características.
En el toreo de Morante hay siempre un interés por armonizar el detalle, la filigrana, el pellizco… y aunque el contenido de la faena al quinto no fuese la deseada, lo visto no deja de estar dentro del ámbito de lo bueno. Morante quiere reventar la Maestranza en esta feria, su firmeza y seguridad delante del toro así lo demuestra. Verdad en su toreo y genialidad en su peculiar forma de interpretarlo. Hoy no pudo ser, pero de su cada vez más pequeño capote y muleta salieron las escasas luminarias que con mayor intensidad alumbraron la tarde, a oscuras y sin una ráfaga de emocionante toreo. Dos lances y una trincherilla pusieron sello propio en la lidia del manso segundo.
Y aunque El Cid imaginó repetir triunfo pasado con el sexto, su toreo resultó de poca importancia. Demasiado tenso en los lances de recibo y poco convencido, después, en una faena de muleta que no terminó de cuajar. Con el manso tercero démosle un aprobado en voluntad.
César Rincón no tuvo opción a poder dictar lecciones de maestría. Le devolvieron al inválido primero y quedó inédito con el manso sobrero y el desfondado cuarto. Las ganas de agradar inclina la balanza a su favor.
Otro torero, este de plata, Alcalareño le llaman, clavó como se tiene que clavar. Le tocaron la música y recibió la ovación más fuerte de la tarde. ¡Como sería la tarde!
El País. ANTONIO
LORCA. Y se hizo la luz
La primavera sevillana es una estación muy proclive para la cursilería. En una ciudad tan amante del tópico como ésta es obligado anunciar que el día amaneció radiante, envuelto en un penetrante olor a azahar, luminoso y sonriente. Atrás quedó la Pasión y Sevilla vive exultante la alegría de una muerte resucitada. Y qué mejor lugar de celebración que la Maestranza -"la plaza más bella del mundo", en palabras del dramaturgo Albert Boadella, que pregonó la feria por la mañana en una encendida y teatral defensa de los toros-, cuna del arte, historia viva, escenario de sentimientos eternos, reluciente y coqueta como cada año. Un templo viviente al que el sevillano se acerca con devoción, y con expectación el forastero, convencidos ambos de que van a vivir un momento imborrable. Y así es: se reencuentran -abrazos y saludos por doquier- viejos conocidos y se constatan tristes ausencias en un emotivo acto social sin precedentes en esta ciudad.
Para colmo, la Giralda se asoma, cual fiel testigo, por el tejadillo de la plaza, y parece dar la bienvenida, un año más, a los mortales que tienen la gracia de pisar otra vez los sacrosantos y duros asientos maestrantes.
Ahí están todos, de tiros largos ellas y ellos, ufanos, oteando el horizonte que circundan los ascos maestrantes. Ahí están, viendo y dejándose ver, testigos de una ceremonia ancestral, moderna y decadente a la vez, reflejo de esta Sevilla tan singular.
Es Domingo de Resurrección, en la plaza de la Maestranza... Qué felicidad... Se hizo la luz en Sevilla...
Suenan los clarines. Sale el primer toro, renqueante de las manos y cuartos traseros. Oh... El tópico se esfuma. La luz se torna opaca. La cursilería deja paso a la indignación y al aburrimiento. Qué bonito fue mientras duró... Se presiente lo peor. Después de tantas galas, de tantos sueños, de tantos triunfos imaginados, llegan los toros modernos de Núñez del Cuvillo y hacen añicos la resurrección sevillana. En un instante, la magia de la inauguración de la temporada se ha convertido en un espectáculo insufrible. Por fin, tras no pocas dudas, el presidente decide devolverlo a los corrales. Y sale el sobrero, y, después, el segundo, el tercero, el cuarto, y así uno tras otro, y todos igualmente inválidos, descastados, sosos e inútiles para una lidia emocionante. Fracaso, pues, del ganadero, que se cargó de un plumazo los deseos de felicidad de la plaza entera.
Tres primeras figuras en el cartel, que parecían figuritas de chocolate que se deshacían ante la realidad.
Qué escasa decisión la de César Rincón, temeroso y a la defensiva ante un toro incierto, el primero, y pesado y vulgar en el otro, que, inexplicablemente, brindó al público.
Morante compone la figura mejor que nadie, esbozó algunos detalles, pero toreó muy poco. Se le esperaba con una ilusión desmedida; se le aplaudió cualquier decisión, pero es un torero para el toro bobo que va y viene.
Y El Cid fracasó. A punto estuvieron de darle una oreja en el sexto, lo que hubiera sido un dislate. El público se volcó exageradamente con Alcalareño, que puso dos buenos pares, que no merecieron ni la música ni la locura de la gente en pie. El Cid brindó desde el anillo y ofreció toda una lección de toreo acelerado, despegado y destemplado, producto de una mala colocación y abuso del pico. Y lo curioso es que la plaza se venía abajo. Será que como no se ve nada y las entradas cuestan tan caras, hay que pasárselo bien aunque sea mentira.
Porque mentira es el tópico de una corrida sin toro, y mentira es la heroicidad de unos toreros comodones y frágiles.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Domingo de Resurrección, domingo de desilusión
El público acudió ávido de toros a la cita del Domingo de Resurrección. Junto a la Puerta del Príncipe los fotógrafos buscaban instantáneas de la multitud de famosos que se dieron cita en el templo taurino del toreo, que es la Maestranza. El bellísimo cielo azul, como techo de lujo, hizo crecer más la verde esperanza para una tarde mágica, que acabó casi tan negra como el terno de Morante de la Puebla.
La tarde no levantó vuelo debido a los toros de Núñez del Cuvillo, que curiosamente saltaron al ruedo sin divisa. Dos devoluciones, dos sobreros. El primero de ellos, que sustituyó a un inválido. Y otro, en quinto lugar, por un animal que se estrelló al saltar al ruedo y quedó inutilizado. La ganadería gaditana acudía a fecha tan emblemática con un borrón en la pasada Feria de Fallas. Ayer, únicamente en el cierre, después de más de dos horas de desilusión, un toro chico y bajo, pero con movilidad y que cumplió en varas, se convirtió en la tabla de salvación. Le tocó en suerte a El Cid, que no llegó a reventar la banca en una faena en la que hubo tres buenas tandas con la diestra en las que faltó más aplomo. También faltó al torero ceñirse más. El público, que ya se había entregado totalmente con su banderillero Alcalareño, por dos buenos pares, se volcó desde el principio con el torero de Salteras, al igual que la banda del maestro Tristán, que acompañó la obra inconclusa con un bello pasodoble desde las primeras tandas. Pero todo quedó en un espejismo. La faena no llegó a romper. El toro tampoco llegó a romper del todo, de humillar. Todo ello estuvo siempre al límite. Y a pesar de la estocada efectiva de El Cid, en los tendidos no llegaron a ondear abrumadoramente los pañuelos de una petición de oreja que tampoco alcanzó el entusiasmo de las tardes en las que El Cid triunfó el año pasado. A la vista de ello, el presidente no concedió el trofeo. Y el diestro de Salteras, tras dudarlo, acabó dando la vuelta al ruedo en respuesta a aficionados y partidarios. Con el tercer toro, parado y que se quedaba corto, lanceó ganando terreno. Con la franela no levantó cabeza con un toro mirón, que llegó a medirle en más de una ocasión.
El resto del espectáculo estuvo marcado por unos toros descastados, con el agravante de dos sobreros y la dilatación de tiempo. De hecho, cuando cayó el quinto, algunos espectadores huyeron ante el sombrío panorama.
César Rincón pasó casi inadvertido. No tuvo opciones con el manso y complicado primero y se estrelló con el cuarto, que no humilló. El colombiano apostó por el toreo sobre las piernas con el que abrió plaza, algo que reconoció el público con una ovación. Luego, cuando quiso imponerse con su batuta, el toro desafinó del todo y le lanzó un hachazo tremendo con el que se cerró la primera contienda. Ante el cuarto toro, que acusó una fuerte voltereta, se enrabietó en los lances de salida. Con la muleta, la labor fue a menos. Después de una prometedora tanda fue desarmado en el pase de pecho. A partir de ahí, unipases y un toro sin recorrido.
Morante de la Puebla fue el más decidido de la terna, con un lote que tuvo como denominador común la falta de entrega. Con el segundo astado dibujó algunos lances con clase, como una verónica y una media con sello propio. En la faena, también desgranó algunos detalles, como un cambio de mano explosivo o una trincherilla soberbia. El quinto fue un toro muy complicado. Morante no pudo estirarse ni una vez a la verónica. Con la muleta intentó que descolgase en unos muletazos con sabor añejo, que rememoró al más puro estilo dominador de Joselito el Gallo. El toro únicamente humilló en un muletazo en ese primer tanteo. Luego, robó dos tandas con la diestra. Algún pase aislado, como una preciosa trincherilla, estuvieron cargados de gran estética. Pero aquello no era material para arte fino, ni siquiera para orfebrería.
Durante gran parte de la corrida se lió un alboroto gordo por problemas de ubicación de varios espectadores. Todo quedó en gritos y denuncias. Afortunadamente, la sangre no llegó al río.
Tampoco llegó a buen puerto el espectáculo. Ni un público entusiasta, ni un tiempo climatológico excelente, consiguieron que la tarde fuera triunfal. Los toros, una y otra vez, se empeñaron en lo contrario. Y el Domingo de Resurrección acabó en Domingo de desilusión.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Y el toro lo descompone (casi todo)
El hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone (casi todo). Además hay cosas que no ayudan. No ayudó el terno de los cocacoleros patrocinados por la manzanilla «Solear» con unos polos amarillos canario que hacen daño a la vista y al menos supersticioso. Y no ayudó el terno luctuoso de Morante de la Puebla, un negro y azabache triste y fúnebre como el alma de la corrida de Núñez del Cuvillo, al fin y a la postre la responsable del enorme bostezo en el que se convirtió un Domingo de Resurrección de redondo cartel. El duelo servido entre los dos toreros de Sevilla aspirantes al trono de consentidos, como dicen por México, Morante el de La Puebla y El Cid de Salteras, cayó en el más profundo pozo, lastrado por la falta de fuerza, la ausencia de casta y la nula clase de los nuñezdelcuvillo. Rincón, de testigo, que no debía ser convidado de piedra, lo fue en la misma medida que sus compañeros de terna. Comparsa de desilusión. Ni siquiera en los escasos flecos positivos que apuntaron algunos toros los toreros superaron el bajío de la tarde. Las camisetas amarillo pollito, el terno negro... La plaza llena hasta la bandera, los pasillos, las escaleras, gafada por el mal fario.
No parece, de momento, que la ganadería de Joaquín Núñez vaya a reeditar los éxitos de la temporada pasada. Valencia y Sevilla han sido dos pinchazos de órdago. Los pocos flecos de optimismo pocos son para salvar nada. Quizá el último toro hiciera ver espejismos que espejismos fueron. Se movió más, es cierto. Pero con la cara a media altura sin entregarse a la muleta de un Cid que tampoco se entregó. Faena ligera, petición de oreja ligera y vuelta al ruedo de consolación. Sonó la música cuando Alcalareño pareó sacando los brazos desde abajo. Para desmonterarse, bien; para que se arrancase la banda, no. A este paso todos los días habrá pasodobles para tercios notables, y el pasodoble tal vez sea pieza para la excelencia. Las notas siguieron cosiendo la faena de Manuel Jesús Cid como lo más hilvanado de la misma. Hubo muerte pronta y la reseñada solicitud que rechazó un palco acertadamente conservador. Los pañuelos al viento no cuajaron sus esperanzas, las ilusiones de ver más allá de la realidad.
Cid nada había logrado con el tercero, que derribó e hirió al caballo, casi más por accidente laboral que por empuje y poder. De hecho se desfondó a plomo en la muleta.
Morante se vistió para la ocasión de un curioso negro azabache sobre negra seda y cabos blancos. Demasiado barroco, sobrecargado de luto. Entre el luctuoso atuendo y el amarillo de los cocacoleros se presentó la mala fortuna, y el quinto se partió un pitón por la cepa contra un burladero. El sobrero de Pereda no desentonó en mansedumbre de la corrida. El sobrero de Pereda que, por cierto, ya era segundo sobrero de la tarde. Salió suelto del caballo y obedeció chochón a la derecha del de La Puebla, preocupado de la compostura en demasía. La forma por encima del fondo.
Había sido su primero altón y desgarbado enemigo, que escarbó sin decoro y no se empleó nunca con la cara a la altura de su cerviz. Una media de porcelana, una trincherilla de cartel y el resto, tiempo muerto y escenografía de Morante.
A César Rincón se le torció la tarde con el toro que le devolvieron, un inválido todo y sólo pitones. El sobrero, del mismo hierro, primer suplente, además de rajado fue un hi de puta, que escribiría Cervantes. Oleadas, huidas cruzadas, fugas malintencionadas, de las de recordatorio incluido. Rincón resolvió toreramente. Aunque con el excesivamente flojo cuarto, tras unas verónicas con su aquél y un principio con solera, no terminó de acoplarse del todo en las medias alturas de enfermería que requería el toro, que después de tanto doblar y rodar postrado por un albero suelto y sin compactar se resistió con la espada puesta y la muerte a cuestas. Ojo a los cocacoleros y su amarillo chillón. Madera, madera.
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. Toros fúnebres en Resurrección
La vuelta al ruedo de Manuel Jesús El Cid, en el sexto, no quitó el mal sabor de boca que la tarde había dejado en los aficionados; porque la corrida del Domingo de Resurrección estaba siendo un tostón insoportable; y como tal concluyó. Más bien parecía un Viernes de Dolores que un Domingo de Gloria. Mas como los aficionados y gente del común estábamos deseosos de alguna alegría que llevarnos al corazón, a la primera tanda de redondos de El Cid, la música se arrancó con euforia.
Lo mejor, ciertamente, no fue que se arrancara la banda, sino que se arrancara el toro. Al final todo quedó en agua de borrajas, o casi; pues el núñezdelcuvillo no sostuvo el alegre ritmo de las primeras embestidas. Aguantó tres series por la derecha de cierta enjundia y una tanda por la izquierda en tono muy menor.Cuando El Cid volvió a la derecha, ya no quedaba agua que sacar de un pozo seco.
Pero Manuel Jesús mató a la primera y algunos le pidieron la oreja. Maquilló así, a nivel personal, El Cid una tarde que se le había escapado, igual que a sus compañeros. En el tercero, era la viva imagen de la desolación, lo mismo que el estado de ánimo que planeaba por los tendidos.
Decepcionante tarde
Los toros de Núñez del Cuvillo fueron un fracaso, no sé si anunciado o no, pero un fracaso. Por no traer, no traían ni divisa. Con lo bonitas que son las escarapelas, las cintas de las divisas.Como no sé las causas, y puede que haya alguna ignorada por mí, no aventuro ningún juicio sobre este hecho. Digo solamente que las divisas son adornos distintivos y muy bonitos y que ayer los toros salían a La Maestranza sin ellos.
Todo estaba dispuesto para una tarde memorable. El sol relumbraba de primavera y oro; La Maestranza, limpia y reluciente como si fuera el primer día de la creación; la gente iluminada de fe saboreando posibles maravillas de muleta y de capa; milagros banderilleros (bien por Alcalareño), y ¿por qué no? prodigios del tercio de varas que ha mutado de suerte torera en lance carnicero.Parrón, que picó el último, salvó ligeramente el honor. En el cartel, tres ases de la torería: César Rincón en un crepúsculo de renovada grandeza, El Cid imparable en su ascenso a los cielos y Morante de la Puebla que alterna las tinieblas profundas con la transfiguración infinita; y la reventa, a 500 por 100.
Todo estaba dispuesto, menos los toros de Núñez del Cuvillo, que vienen cayéndose desde hace siglos pero de los cuales las figuras esperan que uno de ellos, por lo menos uno de ellos, meta la cabeza y les de el pasaporte para el triunfo. El año pasado ocurrió con uno al que Salvador Cortés le cortó las dos orejas. Ayer pudo ocurrir con el sexto del que ya están contadas sus efímeras virtudes, su tranco en las primeras embestidas y pare usted de seguir contando. Uno no quiere ser agorero ni aguafiestas, mas casi siempre que se anuncian los toros de Núñez del Cuvillo teme lo peor. Y lo peor ocurrió ayer.
César Rincón lidió con solvencia un manso áspero y violento; se embraguetó en el cuarto con unas magníficas verónicas y allí pareció que Rincón y la tarde renacían: un espejismo. El primero de Morante era una vacaburra y por más que saltaran destellos del oscuro y decimonónico o así vestido del sevillano, se impuso la oscuridad inválida y calamitosa del animal. Las verdaderas luminarias de Morante vendrían con el sobrero de Pereda al que le bordó dos tandas preciosas de derechazos. Muy poco para un Domingo de Resurrección.
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