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Festejo
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 12 de octubre de 2006
Corrida de la Hispanidad

Dávila Miura: últimos muletazos en la Real Maestranza. TorosComunicación

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Gerardo Ortega (de diferente presentación, descastados).

Diestros: 

Banderillero que saludó: Curro Javier, de la cuadrilla de Manzanares, en el 5º.

Incidencias: Dávila Miura se despidió de los ruedos.

Tiempo: soleado.

Entrada: dos tercios de plaza.

PresidenteGabriel Fernández Rey.

Crónicas de la prensa:  Portaltaurino. ABC, El País, Diario de Sevilla, TorosComunicación.

Dávila Miura

PortalTaurinoMANUEL VIERAUn hombre feliz

Allí en tierras de Zahariche jugó de niño a ser torero. Más tarde le sometieron a las más duras pruebas para obtener rápida respuesta a su incipiente afición, y demostró razones para seguir en el empeño. Después miró para adelante y sin una pizca de duda se involucró, y de qué manera, en la dura lucha para poder llegar. Y llegó, y llegó también la hora de la retirada tras una década de matador de toros, de toreo sincero, de toreo de auténtica lidia, sometido y templado no exento de verdad y guiado siempre por una muñeca de privilegio. Lento y extraordinario toreo de una muleta firme en mano de quien hoy se despidió emocionado de Sevilla y en su Maestranza. Saben a poco diez largos años de matador de toros, pero lo hecho, hecho está. Ahí queda. Enhorabuena y mucha suerte Eduardo. 

Y así, atendiendo al sentimiento y al valor de Dávila y Perera trascurrió esta tarde de sensaciones encontradas. Porque el sevillano toreó con una serena profundidad y una emoción contenida al noble, aunque parado, cuarto con unas formas libres de toda pedantería por la simple razón de que su toreo está regido por criterios estrictamente auténticos. Y porque el pacense no dejó pasar por alto la dificultad que le suponía fijar la complicada embestida del peligroso tercero y resolver las dificultades implícitas. Después en el ruedo cada uno puso las cosas en su sitio, y naturalmente nadie con lucidez mental osaría poner al mismo nivel de trascendencia las faenas de Dávila y Perera aunque es un hecho objetivo que, en un momento de la tarde, ambos se echaron el pulso con todas las de la ley.

La faena de Eduardo al buen toro, cuarto, de Gerardo Ortega fue degustada con verdadero cariño que después se transformó en admiración hacia un torero entregado en el ruedo. Enseguida supo ver Dávila Miura las cualidades del toro y supo, además, como explotar su bravura. Esto lo puso en evidencia con los cites a larga distancia y las tandas a derechas donde el temple y la ligazón se fundieron con el sentimiento y la sensibilidad galante. Este fue y es el toreo de un torero auténtico y de enorme talento. Ver torear así a Eduardo es recordar con nostalgia sus triunfales tardes en esta plaza y remarcarla con toda su verdad. Notable faena hasta que el toro se paró, que tras estocada precedida de pinchazo dio lugar a la petición cariñosa del trofeo concedido. Igual que cariñoso fue el gesto del público maestrante al pedirle con insistencia la oreja del primero de sus toros después de gozar con un técnico y correcto trasteo impregnado de buenos, templados y mejor rematados muletazos.

Pero fue también Perera quien protagonizó la tarde, y lo hizo con un toreo valiente y desmenuzado, precisamente para que la memoria de quien lo vio lo retenga siempre. Y lo haga tan pronto como trascurrió en cada momento. Perera fusionó el valor con la grandeza del pase en una dimensión única, para así transformar el peligro en intensa emoción que de inmediato llegó a los tendidos. Quietud que da miedo, el recorrido bien medido, la despaciosidad de fondo, y la difícil facilidad para afrontar las dificultades de las peligrosas embestidas proporcionaron excelentes muletazos diestros que hilvanados unos tras otros adquirieron el calificativo de sublime. Estocada y oreja ganada a ley. 

Muletazos de una limpieza encomiable, ensamblados en armonía sin concesiones, ajustados y rematados, sirvieron para construir una faena de serena elegancia al rajado sexto. Una lástima porque el camino que conduce a la Puerta del Príncipe estaba limpio de todo obstáculo. Se fue el toro a tablas y ahí quedó toda una obra, que sin acabar, bien merece considerarla de magnifica.

Manzanares no tuvo toros para demostrar aquí su tauromaquia en alza. A ambos, mansos, flojos y parados, no les pudo dar ni un pase.

Terminó la temporada de toros en Sevilla. Se fue un torero, un hombre feliz. 


El País. ANTONIO LORCA. Cariñosa despedida de Dávila Miura 

Es emocionante comprobar la exquisita sensibilidad de la Maestranza en momentos cruciales en la vida de los toreros.

Ayer se despidió el sevillano Dávila Miura, y vivió una tarde preñada de emociones que difícilmente olvidará. La plaza lo recibió con una ovación de aliento al acabar el paseíllo; la plaza puesta en pie recogió el brindis del torero antes de iniciar la última faena de su carrera; sus compañeros de cartel le rindieron respeto y admiración al brindarle un toro cada uno; y, finalmente, Sevilla lo despidió con una calurosa muestra de afecto cuando enfilaba por su propio pie la puerta de cuadrillas.

Pero en tarde de tantas emociones no es fácil reprimir la generosidad. Sobre todo, en esta Sevilla tan dada a las emociones encendidas, los vellos de punta y la carne de gallina. Es entonces cuando la Maestranza pierde todo el sentido de la exigencia y se desborda por la senda del cariño. A Dávila, por ejemplo, entre abrazos y besos, le concedieron dos orejas que, al menos, deben ser calificadas como benévolas. Claro, que no parece el momento más adecuado para la cicatería, pereo la verdad no tiene más que un camino.

Ciertamente, Dávila lo dio todo la tarde de su despedida. Con el lote menos infame de la descastada corrida, se lució en varias tandas de derechazos largos y templados, y destacó, sobre todo, en largos pases de pecho. Aún pudo ofrecer pinceledas por naturales en su primero, y un quite por verónica en el cuarto.

Dávila fue un calco de lo que ha sido durante diez años como matador: un torero serio y honesto, de experimentada y corta tauromaquia, muy regular y nada arrebatador. Le ha faltado, quizá, fe en sí mismo, un punto de locura y pellizco; le han faltado agallas para dar ese paso más que diferencia a los buenos toreros como él de las figuras auténticas. Por lo dice, parece un hombre cabal, y, con toda seguridad, es inteligente. Conocedor de sus limitaciones, se ha despedido en el momento justo, con la admiración y el respeto debido a los toreros sin dobleces como él.

Junto al torero maduro, dos jóvenes que quieren hacerse con el cetro del toreo: Perera y Manzanares.

El primero acumula mucho valor. Y a fuerza de colocarse cerca de los pitones y dejárselos llegar hasta los mismos muslos, cortó dos orejas, que pudieron ser tres si no se raja el sexto de la tarde. Mucho valor y excesiva recompensa. Pero la tarde estaba metida en cariño, y ya se sabe... Su lote fue muy deslucido y molesto, pero Perera aguantó tarascadas y gañafones con una pasmosa sangre fría. Recibió a su segundo con un emocionante pase cambiado por la espalda en el centro del anillo, y siguió con dos tandas de buenos derechazos. Ahí acabó todo porque el animal se acobardó en tablas y sacó bandera blanca.

Manzanares pasó inédito porque le tocaron los peores toros, y los menos apropiados para su estilo. ¿Habría que exigirle algo más? Pues, sí. Pero esta Sevilla tan cariñosa lo aplaudió largamente como si el joven hubiera protagonizado una gesta.


ABC FERNANDO CARRASCOEl valor de Miguel Ángel Perera se suma a la triunfal despedida de Dávila Miura


Fue para Eduardo, aunque no cruzase el umbral de la Puerta del Príncipe, la despedida soñada en más de una noche de este octubre que llega a su ecuador y que se ha llevado ya la temporada 2006 en el coso del Baratillo. Seguro que Dávila Miura recreó en su mente una plaza con una entrada como la de ayer -fuera de abono y unos tres cuartos- y con un público entregado desde el principio. Y seguro que deseó que sus toros le embistiesen. Y cuajarlos y templarlos. Ayer, 12 de octubre, cuando decía adiós a los toros, el sevillano se templó y se gustó. Y dejó satisfechos a todos. Y a todo ello se sumó el extremeño Miguel Ángel Perera con un valor de los que dejan las gargantas secas y asusta. ¡Qué manera de arrimarse la de Perera, Dios mío! Si no se le raja el último se va en volandas por la del Príncipe.

Lo que no pensó Eduardo es que los toros de Gerardo Ortega, descontando su lote, saliesen tan a contraestilo. Tanto que José María Manzanares no pudo hacer prácticamente nada. Una pena que no pudiese sumarse a la tarde ofrecida tanto por el macareno como por el extremeño.

Templado

Fue recibido Eduardo, cuando se rompió el paseíllo, con una fuerte ovación de cariño. Un cariño que acompañaría todo su quehacer al que abrió plaza, un toro que aunque protestó en los primeros compases de lidia, fue en el tercio final. El sevillano, tranquilo, lo pasó con ligazón, tirando de sus embestidas. Destacaron los de pecho y, escrito está, la ligazón unida a la quietud. Faena templada en la que el toreo al natural fue a menos para luego subir de tono con la diestra. Aquí se gustó mucho más y volvió a estar profundo en los de pecho. Ya apagado el de Ortega, una postrera serie al natural, citando de frente, subió los ánimos. La efectividad de la estocada hizo que se le pidiese, y concediese, la oreja.

Larga cambiada para recibir a «Habanero», su último toro en principio. Fue éste el más franco en cuanto a embestidas. Lo vio Eduardo quien, tras brindar al público, se fue a los medios y en la distancia larga citó para de nuevo templar y ligar. Series diestras muy acompasadas, cargando la suerte, metiendo riñones el torero. Gustándose y gustando, vamos. También aquí el pitón izquierdo no fue el bueno del astado, pero echó mano el torero del recurso de los circulares de espaldas con el toro ya muy apagado. Bien Eduardo que enterró el acero tras pinchar antes y salir rebotado. Oreja.

Valor a raudales

Vino a sumarse, como escribíamos antes, Miguel Ángel Perera a la despedida de Eduardo. Se le cruzó su primero de salida y a punto estuvo de llevárselo por delante. Mirón y al acecho, parecía que iba de cacería cada vez que pasaba. Incluso se le fue al pecho en más de una ocasión. Bueno, pues todo ello no importó a Perera, que le puso siempre la muleta, tiró de su enemigo y aguantó estoico paradas y miradas pavorosas. Los pitones rozando los muslos y el chaval vaciando las embestidas con la serenidad del que se toma un café. Robó muletazos por ambos pitones y puso la plaza en pie en dos circulares de espalda espeluznantes. Se fue detrás del acero. No sonó la música pero sí los óles atronadores de los aficionados, que le otorgaron la oreja.
Dos leños lucía el sexto, que brindó al respetable Miguel Ángel. Lo esperó en los mismos medios y lo pasó por la espalda. Quietud sobrecogedora. Tres series, tres, le duró el de Ortega al extremeño antes de rajarse y decir «me voy a tablas, que éste me ha podido». Antes, Perera templó y le puso la muleta en la cara, tiró de él y ligó las series, bajando la mano. Pero con la zurda la cosa fue distinta y lo que iba camino de triunfo grande, que lo fue por la disposición de Miguel Ángel, quedó en una oreja de peso, sobre todo por la soberbia estocada con la que tumbó al rajado y manso animal.

Sólo buenas maneras pudo mostrar José María Manzanares en sus dos enemigos, que compusieron el peor lote. Su primero, abierto de cuerna, no rompió nunca y tras los primeros compases se paró por completo. Se venció el quinto, que brindó a Dávila (mientras saltaba un espontáneo metido en años y tinto que pretendió hacernos creer que estaba dispuesto a dar algún muletazo), y pronto se dio cuenta el alicantino que era un cabrito. Bueno, en superlativo, ya saben. Brusco y peligroso, acabó rajado y aculado en tablas. 

Dijo adiós de manera brillante y profesional un torero, Dávila Miura. 


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Triunfal adiós de Eduardo Dávila Miura con un contundente Perera 

El adiós de Eduardo Dávila Miura en la Maestranza, tras una honrada carrera de una decena de años como matador de toros y una decena de medallas acabó de manera triunfal, en una tarde en la que Miguel Ángel Perera estuvo contundente. Ninguno pudo salir a hombros, al exigir el Reglamento Andaluz que en plazas de primera categoría, al menos, hay que desorejar por partida doble a un toro. Dávila Miura, fiel a su seria y sobria forma de ser hasta el último momento, no se cortó la coleta.

A lo largo de su trayectoria, hemos saboreado faenas de Dávila Miura con más enjundia, que incluso no se premiaron en su día. Pero ayer fue el día grande para un torero que lo ha dado todo y ha sido honrado a carta cabal. Y el público, que llegó a ocupar las tres cuartas partes de los tendidos, en una corrida fuera de abono, acudió con el noble propósito de homenajear al torero por el conjunto de su carrera. No faltó el aliento y el cariño en cada momento. Y eso se vivió desde la gran ovación tras el término del paseíllo hasta la despedida en la que Dávila Miura, en los medios, recogió una ovación estruendosa.

Eduardo Dávila Miura consiguió una faena entonada ante el noble animal que abrió plaza. El toro de Gerardo Ortega, bien presentado como casi el resto de una corrida de desigual comportamiento, derribó en varas. Dávila apostó en la muleta con la diestra. En la segunda serie, más asentado, sacó un gran pase de pecho, larguísimo, que empalmó con otro y la banda atacó con ese pasodoble de Abel Moreno, dedicado al torero, que resucita a un muerto. Con la zurda, apagándose el toro, la cosa no rompió. La estocada eficaz fue determinante para pasear el primer trofeo de la tarde.

Con el cuarto, un toro noble, al que recibió con una larga cambiada de rodillas en las rayas, Dávila Miura finalizó su carrera en la Maestranza con una faena dentro de su línea característica: toreo campero, en el que primó la distancia y el aguante. Faena que brindó al público, que le correspondió puesto en pie con una emotiva ovación. Luego, citando de largo, el recio torero sevillano consiguió un par de series por cada pitón de distinto calado. El toro se acabó. Y Dávila entró a matar en los medios. A cambio de un pinchazo fue enganchado, cayó a la arena y se mascó el drama. Menos mal que el toro le perdonó cuando yacía en la arena. La estocada hasta el puño fue nuevamente decisiva para que le premiaran con otro trofeo.

Lo de Miguel Ángel Perera, con un lote que no fue gran cosa, fueron palabras mayores, especialmente con el peligroso tercero, un toro incierto, el típico astado engañabobos, que si el torero no lo hace frente con firmeza irreprochable, puede acabar hasta corriendo. Perera lo cuidó en varas. Brindó a Dávila. Y se jugó la vida sin cuentos en la muleta. En cada pase, faltó el canto de un duro para que el torero de Badajoz no acabara en la enfermería. El ¡huy!, se gritó una y otra vez en las inquietantes oleadas de un toro que se veía sometido y lanzaba hachazos en los momentos más inesperados. En medio de una faena en la que no había tila suficiente para templar los nervios de los espectadores, Perera dibujó un natural de ensueño. Luego, puso el corazón en un puño al respetable. Los circulares invertidos, tirando del toro, fueron de infarto. Y el cierre de uno de ellos, en los que las guadañas del astado le lamieron la taleguilla, de espanto. Remató su labor de una gran estocada. No hizo falta que la música acompañara a la faena para que el público comprendiera y solicitara, mayoritariamente, una de las orejas más caras de la temporada en la Maestranza. Porque la faena y su firma fueron para premio mayor.

Con el corniveleto y corniabierto sexto, que llevaba dos tremendas navajas por pitones, Perera volvió a jugarse el pellejo sin trampa ni cartón. Citó desde los medios a un toro que tardeó en acudir para un primer pase por la espalda peligroso. Tras una primera tanda correcta con la derecha, llegó otra serie de gran intensidad, en la que las palmas echaron humo. En la siguiente, con un excelente pulseo, se comprobó que el toro se rajaba, saliéndose de las suertes. Lo que iba camino de convertirse en una faena de cante grande se quedó en la mitad cuando el toro, al ser citado de nuevo con la izquierda, se encerró en tablas y se negó a embestir. Seguridad con la espada y nuevo trofeo.

José María Manzanares tuvo un mal lote. Al segundo le castigaron más de la cuenta y se paró de inmediato. La labor, bien estructurada, careció de emoción. Mató de manera fulminante.

Con el manso y rajado quinto, Manzanares, que brindó a Dávila, se mostró voluntarioso. Durante la dedicatoria, saltó un espontáneo, al que sacó del ruedo un policía.

El público vibró de lo lindo. Fue una buena tarde de toros, con un emotivo adiós de Eduardo Dávila Miura y una actuación contundente de Miguel Ángel Perera. 


TorosComunicación. PACO MATEOS. Dos orejas para el bonito adiós de Dávila Miura y la firmeza de Perera

No me gustaría estar en el pellejo de Eduardo en esta su última corrida... o sí. No me gustaría sentir esos miedos de la responsabilidad de quien se sabe haciendo su último paseíllo... o sí. No quiero imaginarme la de recuerdos a modo de flashes que se le pasarían en su última faena... o sí. La primera impresión nada más entrar a la plaza es el aspecto que mostraba: más de tres cuartos de plaza y una tarde primaveral. La buena temporada de Manzanares y Perera, unido al gran cariño que se le tiene a Dávila para acompañarlos en el día de su adiós lograron esa grata impresión.

Los toros de Gerardo Ortega tuvieron de todo, incluyendo una presentación muy buena. No cabe duda de que el mejor lote fue para el que se iba, para Dávila Miura. Bonita despedida la suya. Eso sí que quisiera vivirlo, irme como se ha ido, con el cariño de toda la plaza que le obligó a saludar nada más romperse el paseíllo, con el público en pie y nadie sin moverse cuando se marchaba a pie cruzando en solitario la plaza, con una oreja de cada toro. Cuando a un torero se le respeta y se le quiere así en una plaza como la Maestranza hay buscar muchos motivos positivos. Ojalá cuando todos nos fuéramos de nuestros respectivos trabajos nos dedicaran nuestros compañeros la mitad de la ovación que Eduardo se ha llevado en su retirada. Ojalá.

Su primero, que derribó en la primera vara, se dejó en la muleta, manejable, mejor por el derecho. La primera tanda por ese pitón fue buena y ya arrancó la banda, sonando su propio pasodoble. Por el lado izquierdo sacó naturales poderosos pero bajó el buen tono de la faena. De nuevo la derecha hizo que subiera la emoción. Los naturales de frente, uno a uno, fueron bello final antes de cobrar una estocada de la que tardó en morir el toro, pero cayó finalmente. Una oreja, la primera de la emotiva tarde.

Al cuarto lo recibió con una larga cambiada. Intentó el quite a la verónica y hay que apuntar una media de remate con sabor. Se fue al centro del ruedo y allí brindó ceremonioso a toda Sevilla su último toro. Puso la muleta adelantada, lo citó de largo y el toro fue. Es su toreo más puro. Lo desplazó en derechazos muy emocionantes, abrochando espléndidamente con los de pecho. El toro, sin embargo, se fue apagando y cada vez le costaba más trabajo mantener la misma intensidad. La faena, de alto nivel, estaba hecha. Salió a los medios de nuevo con la espada; había que rematar la tarde con una estocada en el centro. Se tiró de verdad, pinchó y se llevó una voltereta. Más cerrado en tablas sí hundió la espada y cortó una oreja más. No cabe una despedida más bonita. Sin ruido, sin corte de coleta. Su plaza, su gente... y su adiós.

El otro acontecimiento de la tarde fue la sacudida de Miguel Ángel Perera. Vino a por todas y a puntito estuvo de besar la gloria de la Puerta del Príncipe. Una oreja en cada toro. Su primero, que brindó a Dávila Miura, fue complicadísimo, mirándole descaradamente, revolviéndose, muy peligroso. Perera, firmísimo, le echó arrestos, sin dudarle, exponiéndole los muslos. A base de poder le robó muletazos largos de enorme mérito. Se jugó la cornada y tuvo la recompensa de la oreja.

En el quinto se encontró con un toro de mucha transmisión. La primera tanda, por el pitón derecho y tras pase cambiado, fue vibrante, larga. Otra por ese pitón fue igual de buena. Cuando lo intentó con la zurda el toro se quiso rajar y en la siguiente tanda ya estaba cerca de las tablas. Lo intentó sacar un par de veces pero ya era imposible. Tras matar de buena estocada la gente, que no olvidó la emoción vivida, le premió con una valiosa oreja.

Manzanares se llevó el lote malo. Su primero se paró totalmente y sólo cabe apuntar sus ganas y una buena estocada. El quinto, que brindó a Dávila, fue imposible por complicado. En este toro se tiró un espontáneo que no sabía ni lo que hacía; ni tan siquiera llegó a las inmediaciones del toro. Manzanares se vio obligado a matarlo al hilo de las tablas, completamente rajado el toro.

Dávila Miura, en plenitud como torero, se fue el último de la plaza y hasta que no cruzó, emocionado, el ruedo maestrante, nadie se movió ni de su asiento ni dejó de aplaudir. Se va un torero generoso y queda un amigo.

 

 

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