Presidente:
Juan
Murillo.



Las imágenes del
festejo
Crónicas de la prensa:
PortalTaurino, ABC,
El País, El Mundo, Diario
de Sevilla.
Crónicas de Festejo
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. El Cid, historia
verdadera
Se podría empezar esta crónica casi con lo que tendría que ser su final: la tarde de El Cid ya es historia. Historia verdadera para que nadie se llame a engaño, porque sólo la excelsitud de unas formas como las de El Cid es capaz de incitar al apasionamiento de un público deseoso de sentir el auténtico toreo. El Cid ha sido esta tarde el protagonista de una bella obra. Si sólo un natural del sevillano puede transportarnos muy lejos en el espacio y en el tiempo, no digamos una faena. Música y poesía en el lento trazo de los muletazos de El Cid que condujeron a un mundo ensimismado que evocó arte. Arte en el puro toreo. Hay muchas y buenas verdades en el toreo del diestro de Salteras. A los bien trazados derechazos se suma el natural de antológico recorrido e infinita despaciosidad. Versión estilística y técnicamente correcta del mejor toreo. Bellísimo la lentitud del pase. Extraordinario el trincherazo tanto en esencia como en expresividad. En definitiva, se trató de todo un festín para la vista y los sentidos.
El Cid, en verdadero estado de gracia, enlazaba los excelentes naturales al buen toro de Parladé, tercero de la tarde, en el centro de la plaza con inagotable pureza, citando desde muy lejos, con enorme poderío, muy clásico, con imperecedera frescura, con su habitual convicción, con sus extraordinarias dotes para recrear sus formas, su gran virtud. Naturales hondos, emocionantes. Los de pecho de cartel. Los ayudados y genuflexos con acento sevillano, y… la estocada. Esta vez sí. El Cid además de torero fue matador, sin duda, un feliz hallazgo.
Con el sexto juanpedro, nada fácil, volvió a ser sincero. Sincero en su toreo con la derecha y con la izquierda, que ambas manos usó para dejar sólo la verdadera esencia de sus particulares maneras transmitiendo toda una gama de sentimientos y emociones. Otra vez el natural, el trincherazo y el ayudado fueron definición práctica del arte de un torero de y para Sevilla, en comunión constante con quienes lo gozaban desde los tendidos y gradas. Con El Cid fue posible vibrar, gozar y emocionarse. Pero hubo más, la estocada que rubricó la obra premiada con la deseada salida por la Puerta del Príncipe.
El toreo de Ponce está lleno de claves que llaman poderosamente la atención, que inician o indican el camino del triunfo. Se trata, sin más, de una fuente inagotable de inteligentes recursos, de una técnica perfecta, y de una maestría que convierte lo estético en auténtico. Con el noble y parado jabonero primero consiguió ese difícil equilibrio entre lo hecho y lo imaginado, lo sugerido y lo manifestado, lo pequeño y lo amplio, hasta hacer surgir una faena sorprendente, por inesperada, de muletazos ligados, citando de frente y abrochados con notables pases de pecho. Al mismo tiempo, con el anovillado cuarto, trasmitió toda una gama de sentimientos y emociones. La enorme riqueza de su toreo, por la enorme sutileza con la que interpreta el natural, hace de Ponce un clásico indestronable pese a sus muchos años de alternativa.
El Juli no tuvo en su segundo el toro para el triunfo. Tampoco en el soso quinto. Demostró deseos de agradar, e incluso se quedó quieto y pisó terrenos comprometidos en un afán de levantar su oscura tarde. No pudo ser. Ni siquiera la espada le entró esta vez.
Lo dicho, para abrir boca y empezar temporada, un buen bocado. Que así siga.
El
País. ANTONIO
LORCA. El
Cid, por la puerta del Príncipe
Dicen algunos que no es un torero de pellizco, que no pertenece a
dinastía alguna y que ni siquiera es fotogénico. Lo único que ocurre
es que torea como los ángeles este chaval de pueblo, con la cara
curtida por el sol del campo, pero con el más puro clasicismo taurino
en la cabeza.
Allá que se lo llevaron en volandas por la orilla del Guadalquivir
después de haber dibujado una página gloriosa de la tauromaquia
sevillana y llevar el delirio a quienes tuvieron la fortuna de ver
torear.
Porque ése el único misterio de El Cid: que torea como hay que
torear. Ejecuta el toreo eterno, con naturalidad, con hondura, con
personalidad, y vuelve locos a los espectadores, muchos de los cuales no
han visto nada igual en su vida.
Y torea, además, con la izquierda; es decir, por naturales. Y
resulta que cita de largo, como en su primero -él en el centro y el
toro en tablas-, y le presenta la muleta, adelanta la pierna contraria,
carga la suerte, embarca la embestida con largura, suavidad y lentitud,
y queda en posición para repetir. Y liga los naturales y los abrocha,
como ayer, con un inconmensurable pase de pecho. ¡Ahí queda eso...!
Vuelve a retar a su oponente, y repite en cámara lenta otra tanda, y
una tercera, más corta, pero no menos profunda. Dominador y artista el
torero, embebido el toro. Un circular y unos bellísimos ayudados con la
rodilla flexionada que supieron a gloria.
Parte del público pidió a gritos la devolución del sexto por
considerarlo flojo de remos. La verdad es que no desentonó del resto,
blando y sin fuelle y, además, incómodo. Pero había un torero en
actitud de triunfo, dispuesto a explotar para abrir la ansiada Puerta
del Príncipe. Surgió, entonces, el torero técnico, sereno y seguro.
El animal se resistía a embestir, y El Cid lo convenció poco a poco,
con mimo, pero con mando. Y el toro obedeció, primero, por el lado
derecho, corto y a regañadientes; después, largo y suave por la
izquierda. Surgieron cuatro naturales largos, dos más en la tanda
siguiente, un pase de la firma de auténtico cartel y un recorte final.
El Cid cumplió su sueño. Los demás, también, porque el toreo
excelso y solemne como el de ayer es una chispa que permanecerá para
siempre en el recuerdo.
Ante el triunfo incontestable del torero de Salteras quedaron en
segundo plano las dos figuras del cartel.
Claro que es verdad que sus toros -sus exigidos toros artistas del no
menos afamado ganadero Juan Pedro Domecq- no tenían dentro más que
invalidez y sosería. Pero tampoco ellos demostraron actitud de figura.
Maduro, Ponce, muy maduro, pero frío y pulcro ante su noble primero,
que parecía un juguete de peluche. Muy buenos los naturales de frente y
el de pecho con los que homenajeó a Manolo Vázquez, a quien le había
brindado el toro. Se empleó más a fondo en el cuarto, y consiguió
mementos de interés.
De todos modos, tanto él como El Juli son toreros ventajistas,
torean al hilo del pitón y no se cruzan. Por tanto, emocionan poco.
Poco material tuvo El Juli, pero menos recursos mostró el torero,
despegado, mal colocado y aburrido. Escuchó el silencio de La
Maestranza, que ayer sólo tuvo ojos para quien hizo el toreo.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. El Cid se
consagra en Sevilla
Al comienzo del festejo había quien se preguntaba quién era este
Cid, que hacía el paseíllo entre Enrique Ponce y El Juli. El Cid no es
un torero mediático; y, por tanto, su buen toreo –última bocanada de
aire fresco que ha recibido el aficionado– es deconocido para los
espectadores ocasionales. Pero El Cid ya tiene en su haber la conquista
de muchas plazas importantes. Este Cid de Salteras ha crecido como
profesional en ese pequeño infierno que los taurinos denominan valle
del terror, en límites de las sierras de Ávila y Madrid, en
pueblos donde el novillo es un toro con toda la barba. Así es que este
Cid de Salteras, sin que le hayan montado ningún circo ajeno a su
profesión, ha ido ascendiendo puestos en el escalafón desde que tomara
la alternativa hace un lustro. Curiosamente frenado por su debilidad con
la espada, que no ha sido precisamente la tizona del otro Cid, el de
Castilla. Así es que este Cid de Salteras, desconocido para algunos del
clavel, con una mano izquierda de ensueño, se abrió paso ayer con
decisión y se consagró en la Maestranza, abriendo la Puerta del Príncipe
nada menos que en un Domingo de Resurrección. Hace ya tantos, tantos años
que no asistíamos a un éxito de esta envergadura en la fecha más
taurina del año, que a bote pronto no situamos una Puerta del Príncipe
en esta fecha tradicional.
El triunfo de El Cid tuvo como dos pilares fundamentales la decisión
con la que abrió su faena ante su primero, al que dejó prácticamente
crudo, y la capacidad para sacar provecho del mansote sexto, muy
protestado de salida. Al tercero, de escaso trapío y manejable, lo
lanceó de manera airosa. Emotivo brindis al público de Sevilla, golpeándose
el corazón; como diciendo "aquí estoy yo; os debo una Puerta del
Príncipe". Y tras la dedicatoria se marchó al mismísimo
platillo. Y con la muleta desplegada, sin prueba alguna, citó desde los
medios con la mano izquierda. El toro acudió con celo desde tablas. El
de Salteras, sin inmutarse, hilvanó una tanda de naturales vibrantes.
El público saltó como un resorte. La siguiente, también con la
izquierda, salió más pausada. Y en la tercera los naturales fueron de
categoría, con el toro ya dominado y la plaza totalmente rendida. Con
la diestra, tampoco decreció la intensidad de su toreo, que rubricó
con unos hermosos pases por bajo. El epílogo, con una capeína ligada a
un mazizo redondo, también fue de nota. Mató de estocada y desorejó
al toro.
El sexto fue un animal mansote, que se refugió en tablas y buscó el
engaño con la cara alta. Aquí, la firmeza y el oficio del torero
fueron claves para el triunfo. Fue sobando al astado hasta que, muy
confiado, bordó una serie con la diestra en muletazos ligados y ceñidos.
Arriesgó mucho en otra serie al natural. El epílogo fue sensacional,
con dos trincherillas deslumbrantes. En la estocada, con el animal
remiso, tuvo que hacer todo el torero en la suerte. Ganó otro apéndice
y la salida por la Puerta del Príncipe.
Enrique Ponce recogió con mimo, con suaves verónicas, al jabonero
que abrió plaza, que brindó a Manolo Vázquez. Excelentes, dos
naturales abrochados con un gran pase de pecho; o ese guiño al maestro
de San Bernardo, toreando de frente, con la izquierda. Pero el
valenciano falló con los aceros.
El cuarto toro, flojito y probón, puso a prueba el talante de Ponce
en una faena larguísima, en la que consiguió un par de tandas de
calidad por cada pitón. Lo más importante fue su entrega. En este
caso, hábil con la espada, ganó un trofeo.
El Juli no tuvo su día. Se esforzó ante el segundo, incierto y a la
defensiva, y no pasó de voluntarioso ante el áspero quinto.
Quizás para muchos El Cid sea un torero sin glamour y lejano
a leyendas; un torero prosaico. No importa. Es un torero con valor, que
torea muy bien. Un torero que rompió el maleficio del Domingo de
Resurrección de los últimos años, en los que los resultados han sido
más bien pobres. Un torero de verdad y con la verdad, que ayer se erigió
en triunfador indiscutible y se consagró en la Maestranza.
ABC.
ZABALA DE LA
SERNA. El Cid se hace sevillano por la Puerta del Príncipe
El Cid era un apátrida. Ser de Salteras es ser de ninguna parte. Uno va por el toreo con un DNI que diga «domicilio: Salteras» y no te abren los carteles ni de las que no quiere ni Bombita. Y en Sevilla le pasaba un poco eso, aunque el pueblo se encuentre a tiro de piedra y sea Sevilla, pero otra forma de Sevilla. Ser de Sevilla o, mejor dicho, para ser torero de Sevilla hace falta que la Maestranza te selle el certificado de garantía. La Puerta del Príncipe de ayer convierte a El Cid definitivamente en sevillano o en torero de Sevilla, lo adopta y le otorga una patria taurina.
Lo de El Cid es un golpe cantado después de su última temporada, la del ascenso a la división de honor, la que da acceso a fechas como Resurrección. Ha demostrado todo para estar ahí, pero faltaba demostrar que puede permanecer. Y ayer lo hizo público al hacerse vencedor de un duelo a tres bandas con Enrique Ponce y El Juli de compañeros, ni más ni menos.
El aldabonazo surgió con el colorao tercero, muy bajo de agujas, recortado y apretado de carnes, que sumaba tercero en la corrida de Juan Pedro Domecq aunque llevase hierro de
Parladé. Como todo los juampedros careció de poder en los tercios previos, y Manuel Jesús, listo él, comprobando el son en las verónicas de recibo, muy buenas a izquierdas, se lo dejó entero en el caballo. Pronto se fue a los medios, con la muleta en la mano de los billetes, ofrecida la distancia larga con generosidad. Y en menos que canta un gallo le enjaretó en un palmo de terreno naturales que crecieron entre las yemas de sus dedos conforme se hacía con la, en principio, trepidante embestida del encastado toro. Menos metros, y otra vez la tela por delante en una tanda que contuvo el defecto que se apreció en toda la faena: El Cid al querer ligar se quedaba muy descolocado o abierto. En esta ocasión, buscó de nuevo el sitio; en la siguiente serie hilvanó los naturales de seda, cuatro y el de pecho, con esa muñeca tocada por el don de lo divino. En redondo, la mano abajo y el muletazo hacia adentro, que fue la constante para salvar el descuadre en los cites. Así que El Cid se traía las embestidas. El ritmo del
juampedro, gran ritmo, se apaciguó un tanto en el tramo final, más calmada también la intensidad de la faena en los derechazos últimos. La dobladas de despedida, cumbres de torería, y a cruzar los dedos para el momento terrible de El Cid: la suerte suprema. Cuando se hundió por arriba, atravesada, respiró la Maestranza entera, que contuvo de nuevo el aire porque la trayectoria del acero retrasó la muerte. Dos orejas, bien.
Como menda es don contreras, diré que a mí me gustó más Manuel Jesús Cid con el sexto. La gente protestó a grito pelado su flojedad, ni mayor ni menor que la de otros, pero es que estaba en juego la Puerta del Príncipe. El presidente aguantó el tipo y luego aguantó el toro en una obra medida de El Cid, de torero maduro. Porque lo afianzó primero y le ligó los muletazos después, sobre ambas manos, soberbios y sentidos. Rugían los tendidos. El toro tenía un punto de importancia que, en el fondo, fue lo que movió a ir a más, ese mismo punto que transmitía cuando el torero de Sevilla le dejó la muleta en la cara cuando entendió el momento. Valiente y seguro, la faena acabó en un torerísimo epílogo, con una trincherilla por bajo, un pase a dos manos y un algo más que se perdió entre las cabezas de los aficionados que se elevaron como electrificados por un resorte mágico. Se oyeron por última vez los vencejos de la anochecida antes de que la espada buscase la tercera llave de la Puerta del Príncipe.
Enrique Ponce dictó dos lecciones técnicas y de valor sereno como corresponden a su apodo de Sabio de Chiva. Tapó todo y más al jabonero sucio que rompió plaza y que nunca humilló, con sosería supina. Brindó por dos veces a Manolo Vázquez, que lidia el toro más duro de su vida: una con la montera en la mano; otra de frente y con la muleta en la izquierda. La faena se recibió con frialdad, la misma tal vez con la que embestía el de Juan Pedro. Metida la plaza en la tarde, se valoró con justicia la faena al cuarto, un morlaco que sólo podía funcionar en las manos expertas de Ponce. Lo fue haciendo con un ritmo paciente, apretando de vez en cuando el acelerador, dejándose ver, encumbrándose en dos series de naturales inverosímiles a principio de la lidia. La estocada y la oreja fueron de ley.
La cara más tristona de la moneda cayó del lado de El Juli con un lote imposible. Para colmo, las escasas fuerzas del segundo no tradujeron la retranca que portaba dentro y que el respetable únicamente apreció en un arreón traicionero al ir a rematar un pase de pecho. El flojo y descastado quinto completó su gafado sorteo, que no excusa su desnortamiento con la espada.
Un solo toro salvó la desigual y descastada corrida de Juan Pedro. Un toro y Ponce. Dos notas más, de plata en la dorada fecha de El Cid: Carretero con los palos y Saavedra con la vara.