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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 15 de abril de 2005
Corrida de toros


FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Torrestrella. De diferente presentación y juego. El 2º, anovillado y sin fuerzas. El 3º, difícil y con peligro, bueno. El 5º, de nombre Ojos Negros, dio la vuelta lenta al ruedo con música tras amplia petición de indulto.

Diestros: 

  • El Cid. Dos pinchazos sin soltar, estocada desprendida, atravesada y caída (saludos); estocada entera (silencio).
  • César Jiménez. Estocada caída (silencio); pinchazo sin soltar, estocada entera en su sitio (dos orejas).
  • Salvador Vega. Pinchazo que escupe, estocada entera, trasera y tendida (vuelta al ruedo); media estocada caída, descabello (silencio)
Banderilleros que saludaron:  Francisco Raúl Núñez, de la cuadrilla de Salvador Vega, en el 3º; José M. Fernández "Alcalareño", de la cuadrilla de El Cid, en el 4º. Juan José Trujillo y Francisco Raúl Núñez, de la cuadrilla de Salvador Vega, en el 6º.
 
PresidenteAntonio Pulido.

Tiempo: soleado, con algo de viento.

Entrada: hasta la bandera.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Mundo, La Razón.


Las imágenes del festejo

LOS PROTAGONISTAS

El Cid
"La corrida ha sido muy deslucida. No me ha gustado nada. Con mucho peligro sordo y metiéndose mucho los toros por dentro. Además,  no han humillado y, hombre, así es muy difícil, imposible triunfar. Salvador, en cuanto se ha descuidado un poco, le ha echado mano el toro. Mi segundo ha sido muy malo igual que toda la corrida. Excepto el segundo de César Jiménez, que ese ha sido un gran toro, en general ha sido muy complicada. Los toros han mirado y han medido mucho."
César Jiménez
"Un triunfo así en la Maestranza es un sueño. La espinita es que el sueño no ha sido completo por culpa del otro toro, pero bueno estoy francamente contento. He visto al toro desde el principio y de salida apunto buenas cosas. Galopó mucho y embistió bien, lo que pasa es que con el capote hacía mucho aire y era complicado. El toro estaba lastimado de la mano derecha desde que salió de banderillas, pero afortunadamente se ha mantenido y quizás le ha podido esa lesión venirse algo abajo o meterse un poquito por dentro. Realmente no sé si era de indulto. Ahora en caliente no me atrevo a dar un veredicto, el presidente me lo ordenó un par de veces y era peor seguir toreando para luego matarlo. Estoy muy contento por este importarte triunfo."
Torrestrella
"La corrida estaba un poco descompuesta por los toros pero el quinto es hijo del número 14, Merengue, un gran semental que siempre nos ha dado muy buenos resultados. Hoy hemos podido ver uno de sus frutos. Gracias a Dios hemos salido bien de este importante compromiso. El sexto también ha sido notable aunque le ha faltado un poquito de distancia. En general estamos contentos. Construir un toro de indulto es muy difícil, tiene que hacer muchas cosas y muy buenas. Creo que ha estado bien así. Con la vuelta al ruedo nos vamos muy satisfechos aunque hoy en día, que estamos con la polémica de que no se mueven lo toros, a los que se mueven quizás haya que salvarlos. Para nosotros es una satisfacción que una plaza como ésta nos pida el indulto y en ese momento me estaba acordando mucho de mi padre." (Álvaro Domecq).
Realiza: Emilio Trigo



Orden de lidia del festejo

Crónicas del Festejo

 

PortalTaurinoMANUEL VIERA¿Pero, esto es Sevilla? 

Curioso fenómeno -ayer y hoy- el de La Maestraza en feria. Pero, ¿esto es Sevilla?. Sirva, pues, lo escrito ayer para definir también lo sucedido hoy. Y además añado: con esta segunda entrega televisada de euforia colectiva y de un palco sin criterio, se le ha dado nueva vuelta de tuerca al descrédito de Sevilla. Los cánones del toreo lo están derrumbando. Nada es lo que debiera ser, y ello hace inútil la defensa a ultranza de las corridas de toros. Con esta manera de actuar de los que tienen la responsabilidad de velar por la seriedad y autenticidad de la Fiesta, difícil es ilusionar al aficionado y convencer a los que de ella reniegan. 

¿Toreo real, auténtico y mágico esto?. Ya será algo menos. Las comparaciones son odiosas, pero comparar lo hecho por Cesar Jiménez al bravo torrestrella con la profundidad y pureza de las más ortodoxas formas, me parece una barbaridad incalificable. La banalidad de muchos de los pases del madrileño al quinto toro de Don Álvaro eclipsaron más de la cuenta al público feriante, que en su derecho está de divertirse en la plaza con toreo o sin toreo, pero no debe hacerlo al que se supone sabe distinguir la verdad de la mentira, y tiene la responsabilidad y la obligación de defenderla en tan prestigioso escenario e importante ciclo de corridas de toros. 

Ya digo, el mayor interés lo concentró Cesar Jiménez en unos naturales muy al final de faena. Fue, entonces, cuando con la mano izquierda hubo mando, ritmo, remate atrás, verdad. Lo demás fue aprovechar con su peculiar y lánguido estilo desmayado la brava y boyante embestida del toro. Intermitencia en una faena que no llegó, ni mucho menos, a la calidad del bravo y noble bruto. Jiménez gustó con sus variados y llamativos quites, pero toreó sólo a ratos con la tela roja. Momentos excelsos muy pocos. De diseño efectista, empalagosa y cuidada puesta en escena, los más. Y el final de película. 

Leve petición de indulto -más euforia y desconcierto en los tendidos- pinchazo, estocada y… dos orejas. ¡joder!

Antes, tampoco César Jiménez se empleó con el noble aunque soso segundo, que no quiso andar a mitad del trasteo.

El Cid se desanimó tras el buen inicio de faena al noble primero. El toro, muy fijo en el engaño, se desfondó antes de que los ligados muletazos del sevillano remontaran el vuelo. Después pinchó. Con el chico, soso y complicado cuarto, tras breves y desconfiados intentos con la derecha y con la izquierda, lo mandó al desolladero de una estocada.

Al complicado tercero, un torrestrella muy cambiante en su comportamiento que empitonó de mala manera al malagueño en los inicios de faena, sin más consecuencias que la rotura de la taleguilla, intentó, Salvador Vega, poderle con la diestra. Los ligados muletazos de trazo largo y de muleta baja tuvieron verdad. Vega toreó muy despacio con la derecha y dibujó templados, aunque escasos, naturales. Las manoletinas, muy ajustadas, y el empaque de los cambios de mano pusieron el fin a un interesante trasteo rematado de estocada precedida de pinchazo. Con el encastado novillote sexto no se entendió. Inicio faena en el tercio con muletazos aislados sin confianza. La espada le cayó baja y atravesada.

Vuelvo a lo mismo. No. No hay nada de bueno en las decisiones del palco en estos dos últimos días de corridas televisadas. Aunque algunos digan lo contrario.


El País. ANTONIO LORCASe afianza el desprestigio

Todo es susceptible de empeorar. Decididamente, el triunfalismo se ha apoderado de La Maestranza; y la incompetencia, del palco. Conclusión: esto parece que no tiene arreglo.

El prestigio de plaza de tanta raigambre está por los suelos a causa de un público sin idea, poco exigente y ávido de orejas, y de una autoridad sin criterio ni personalidad que actúa como si presidiera un festival en una portátil.

Pero también lo ocurrido ayer es fruto de la decadencia; porque es evidente que, sin un mínimo de exigencia, esta fiesta corre el peligro de la vulgaridad.

César Jiménez cortó las dos orejas al quinto de la tarde, un nobilísimo toro al que le dieron la vuelta al ruedo. Pues ni el torero ni el toro merecieron un premio tan abultado. Pero lo más grave es que parte de ese público triunfalista solicitó con insistencia el indulto del animal, y el torero miraba con insistencia al palco a la espera de instrucciones al respecto. Ante la negativa del presidente, pinchó el torero, y sabe Dios lo que hubiera ocurrido si acierta a la primera.

El problema de Jiménez es que acusa un defecto capital: no manda en el toro, sino que acompaña la embestida con la figura muy compuesta. El toro va a su aire, largo en su recorrido, al margen de su matador. Así ocurrió en las dos primeras tandas de redondos, ejecutadas en el centro del ruedo. Mejoró Jiménez por naturales, más ajustados y ligados, en otras dos tandas meritorias, pero carentes de la profundidad que requería tan noble animal. Muy soso fue su primero, al que toreó en línea recta, y su porfía resultó insulsa.

Y el toro quinto, muy noble, dulce, dócil, que hizo una pelea desigual en varas, acudió presto en banderillas y fue un buen colaborador en la muleta, pero le faltó la codicia de los toros bravos y encastados. Aún así, muchos llegaron a pedir el indulto y, claro, el presidente no dudó en concederle la vuelta al ruedo.

Antes de que ocurrieran los referidos hechos, había matado El Cid su lote y no había pasado nada de interés.

Alguien lo acusó de no jugársela en su segundo toro, deslucido, y de conformarse con los dos clamorosos triunfos conseguidos en esta plaza. Puede que tenga razón el aficionado. Hubo una cierta decepción en La Maestranza cuando el torero se retiró en silencio tras una faena plagada de altibajos ante un animal soso, que amagaba sin claridad en cada cite y que no le permitió estar a gusto en ningún momento. Además, El Cid es como el algodón: no engaña, porque pretende hacer el toreo puro y se siente incapaz de taparse ante las dificultades.

Es deseable que tenga ya muchos contratos firmados, pero también es lógica la ilusión del aficionado por comprobar la gallardía y los arrestos de una figura que supera adversidades, se la juega de verdad y remata la feria con un triunfo de época.

Pero El Cid, además de un buen torero, es humano. Estuvo mejor, sin duda, en el primero, al que toreó muy bien a la verónica. Muleta en mano se lució en redondos perfectos, bien ligados y en el sitio justo. Faltó la casta del toro, lo que impidió la calidad del toreo con la zurda.

Y Salvador Vega lo intentó infructuosamente. Tiene hechuras de torero, pero se empeña en ser representante conspicuo de la modernidad. Garboso con el capote y muy vulgar con la muleta en ambos, voltereta sin consecuencias, incluida, en su primero. Sólo entonces toreó mejor.


ABC ZABALA DE LA SERNALa Feria de Abril supera las mejores expectativas y las ediciones de los últimos años

Dicen que la historia se escribe con renglones torcidos. Y la verdad es que en los últimos dos días no hay dios que escriba recto. No soy partidario de la crónica del yoísmo, del mí, me, conmigo. Pero yo tengo otro concepto del toreo. Simplemente. Abierto, plural, diverso. Cuantos más toreros te quepan en la cabeza, mejor aficionado serás, escuchaba desde chico. Y lo intento, de veras. Mas hay toreros que no me caben en la cabeza, y bien grande que la tengo. No me entra César Jiménez, y supongo que debo ser muy mal aficionado cuando una plaza entera le corea y le alaba y le canta y le adora y le da dos orejas con un toro pajuno, de vacas. El problema lo asumo como mío. Por haber visto al Viti con toros así, por haber admirado a Chenel, con toros así; por haberme deleitado con José Tomás, con toros así. La culpa, sin duda, es mía y sólo mía, que un día me fundí con Emilio Muñoz y su cintura rota y su mano izquierda trianera y el toreo hecho Dios, que no se me olvida con «Jarabito», que él elevó a los altares.

Nadie se acordará de la faena de César Jiménez mañana. Yo, puestos al yoísmo, ya no me acuerdo más que de un relajo fingido, una naturalidad artificial, unos naturales de corto vuelo y unos derechazos muy malos. En todo caso mejores, los naturales, que los de Rivera Ordóñez. Y no sé por qué tengo la sensación de que la presidencia se empeñó en tapar el desmán de la presidencia de la tarde anterior. Otra vuelta al ruedo a un buen toro; otras dos orejas a un mal torero. Pinchazo y estocada baja, ¡hala!, al cielo con ella.

La Feria de Abril está siendo excelente, pero acabarán por menoscabar su gloria con tanta manga ancha retransmitida además por televisión.

Todo blanco y plata Jiménez se había estrellado con solemnidad con un segundo que no colaboró ni humilló nunca. Estrellarse con solemnidad es cosa a tener en cuenta.

Salvador Vega, por su parte, casi corta la oreja al tercero. Por deseos no quedó, incluso faltos de luces en momentos con un torrestrella que necesitaba a voces los medios, donde después de una voltereta de atropello novilleril en el tercio, se centró y despabiló en una labor creciente que debió terminar en una oreja que ratificase la buena impresión causada en esta feria. Un pinchazo frenó su actuación para disminuirla a una vuelta al ruedo. El sexto ofreció pocas posibilidades, con la cara a media altura por el pitón derecho y un escaso y pegajoso viaje por el izquierdo.

A El Cid se le esperaba con sones de triunfo. Una tercera Puerta del Príncipe hubiera sido un récord. Pero el toreo no es de marcas, sino del día a día. Y Manuel estuvo pluscuamperfecto con un noble primer toro, que no humilló, como casi toda la corrida. O sea que se calentó poco y se arrebató menos toreando bien, como sabe. Al cuarto, sin fijeza y de embestida al cuerpo, le tuvo que echar lo que esperaba España entera por televisión.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETOJiménez se mira en Joselito

Ya lo decía en la crónica anterior. A mí no me sacan de la Maestranza por nada del mundo. Que no, que no voy a divertirme a la feria ¿Para qué...? Ayer seguimos por alegrías en el templo del toreo. Sin ir más lejos, parte del personal se puso en pie pidiendo a voz en grito el indulto de un toro de bondad infinita, pero al que le faltaron algunos matices para ello. Menos mal que la presidencia, de nuevo generosa, no lo indultó. Al toro, claro, franco y de embestidas muy suaves, le cortó dos orejas César Jiménez, por una faena preciosa, en la que por momentos se relajó y abandonó y tras la que mató al toro por arriba. Los torrestrellas dejaron mucho que desear, tanto en presentación como en su juego, a excepción del quinto.

Dentro del guirigay en el que se ha convertido la plaza –hace escasos días tan seria en preferia, con toros de verdad y toreros a los que se les medía– destacó César Jiménez en el quinto toro. Cuando debutó Jiménez en la Maestranza apasionó. Todavía recuerdo que, ante un novillo que no le embestía, tras ofrecerle las femorales sin respuesta alguna, se hincó de rodillas y avanzando de esta guisa llegó a meterle miedo al novillo –por cierto, más grande que el toro de ayer de Torrestrella–. Lo aculó en tablas. Una imagen que me recordaba una fotografía de Belmonte en una tarde en la que, desesperado, hizo lo mismo. Jiménez, en esa etapa, no tenía sólo valor. Toreaba con sobriedad y buscaba la profundidad. Luego, de matador, se fue desviando de ese camino. Líder en cantidad; pero abandonando la calidad. Hasta el punto de que el año pasado fue premiado con una oreja en la Feria de Abril por una faena de cara a la galería. César Jiménez gustó ayer, independientemente de si se pasó el presidente en la concesión de la segunda oreja. Y está claro que Joselito, al alimón en el apoderamiento con Martín Arranz, le ha influenciado de manera descomunal. Ayer, en la Maestranza, César Jiménez era la continuación de Joselito en muchísimos aspectos de su tauromaquia. Por ejemplo, cuando con el compás abierto, se relajó en los muletazos; cuando recogió al toro a pies juntos; cuando, muy asentado, jugó los brazos de manera precisa para llevar al toro, metiendo los riñones; cuando remataba muy atrás los pases, o bien cuando salía de la cara del toro.

Vayamos con el gran pasaje de la tarde. Sucedió en el quinto acto. El toro, feote, montado, cornidelantero, persiguió bien los vuelos de la capa de César Jiménez, a la verónica y en el quite de oro, y tras el capote de Salvador Vega, en un quite en el que el malagueño dibujó las mejores verónicas del festejo. El animal se empleó en un primer puyazo y cumplió en otro. En banderillas, protestó. Cuando César Jiménez le citó de largo, el torero tuvo que ir acortando la distancia. Pero tuvo como virtud esencial una bondad infinita y casta para continuar en la pelea, tras una inoportuna lesión en la mano derecha. Jiménez, desde el platillo lo citó repetidamente. Tardeó el toro. Y cuando galopó, el diestro, con la derecha, lo recogió en cinco muletazos ligados y el de pecho. De nuevo, cite desde muy largo, en el que tardeó el animal. Jiménez lo embarcó por el mismo pitón, embarcado en la muleta y bajando al final de cada pase la muleta. Otra tercera tanda, más relajado, tuvo cadencia. El madrileño toreó a lo grande por el izquierdo, en una serie en la que los naturales fueron muy largos, rematando con un precioso pase de pecho de costadillo. De nuevo, con la zurda, remató muy atrás y se marcó un sui generis pase de pecho a pies juntos de perfil. Luego, con el compás abierto, jugó los brazos con soltura y destacó en un pase de pecho en vertical. Precioso el epílogo, en el que intercaló una trincherilla con un pase del desprecio. Pareció precipitarse al entrar a matar en los medios. Tras un pinchazo y una estocada llegaron las dos orejas para el torero y la vuelta al ruedo póstuma al toro.

Salvador Vega se jugó la vida sin cuentos con un manso con guasa, que estuvo a punto de enviarle al quirófano, cuando, en un derrote por el pitón derecho, le rasgó la taleguilla. Con agallas le robó pases meritorios. Hubo valor y buenos toques. Tras unas manoletinas abrochó con mucho gusto, en un cambio de mano, una capeína y una trincherilla. Tras un pinchazo y una estocada, todo quedó en una vuelta al ruedo, más que merecida. En el deslucido sexto no se acopló.

El Cid, que acudía tras su conquista de la Maestranza con la oportunidad de superar las dos Puertas del Príncipe de José Tomás en una misma feria, se fue como llegó, con las manos vacías. Su primero se quedó muy corto. Su segundo, con retranca, le sorprendió en numerosas ocasiones. Y el de Salteras, la verdad, tampoco estuvo muy fino.

La generosidad, la alegría y la manga ancha se repiten. Los aficionados exigentes caben en un autobús ¡Quien te ha visto, Maestanza, y quién te ve...!


El Mundo. JAVIER VILLÁNEl mejor Jiménez de los últimos años

Ayer a punto estuvo de consumarse en La Maestranza un desaguisado mayor que el de anteayer: un indulto, pero lo impidió la sensatez del señor Pulido, el presidente. César Jiménez había estado muy bien con el noble torrestrella; el torrestrella había sido un toro generoso, y de suave embestida, un toro boyante y un poco de carril. De ahí a pedir su indulto como se pidió, va un abismo. Claro que, después de la vuelta al ruedo al jandilla de anteayer y darle dos orejas a Rivera Ordóñez, todo es posible en Sevilla.

Gracias, pues, a la Presidencia que se mantuvo en su sitio, no se perpetró otro atentado que hubiera supuesto otro resbalón irreversible de todo punto. Valoró el señor Pulido las virtudes del torrestrella y cambió el indulto por una vuelta al ruedo. Y, tras la demora improcedente de César Jiménez para matar al toro, y el pinchazo, acaso sobrevaloró el premio al torero. Claro que, en términos comparativos, estas orejas tienen mucho más peso específico que las de anteayer. Jiménez expresó su toreo más puro como quizá hacía tiempo que no expresaba.

Tras pasar inadvertido en su primero, se irguió en el segundo con decisión y con espléndido sentido estético; toreó hacia adentro, es decir, para sí mismo que es la mejor manera de torear para los demás: acaso la única. Empezó galleando garbosamente por rogerinas y después diseñó una faena de muleta con reposada pasión y evidente inteligencia. Además, lució generosamente al torrestrella, un buen toro de los que han salido en esta Feria, aunque puede que la vuelta al ruedo se la hayan merecido otros más que él. César Jiménez toreó muy ceñido y muy puro por la izquierda, tras haber sentado las bases de la faena, por la derecha. Remató con ayudados por alto, por bajo y con armónicos y largos pases de pecho.

El Cid, sin suerte

A El Cid le tocó un lote infumable; pero reconozcamos también que El Cid tampoco estuvo en estado de gracia. Tuvo un toro regular y otro rematadamente malo. En aquél trazó los mejores muletazos, los que le hacían reconocible, por colocación y distancia. Al otro, al rematadamente malo, no lo quiso ni ver y cortó por lo sano. Fue una decisión sensata, aunque decepcionara a quienes esperaban que el torero de Salteras rompiese una barrera histórica de hace años y abriese la Puerta del Príncipe por tercera vez consecutiva. Con todo ha sido su feria: la feria de El Cid. Ayer ni siquiera la banda se puso de parte de él. Llevaba El Cid dos tandas de derechazos como mandan los cánones y a alguien se le ocurrió pedir música; vana pretensión e irresponsable exigencia.Yo no digo que esos derechazos y los siguientes naturales, cortos como corta era la embestida del animal, fueran la más alta ocasión que vieron los siglos. Mas, por menos, la banda derrama aquí sus acordes triunfales.

La banda da y quita honores a su libre albedrío. Dicen que es la mejor banda del mundo; eso no lo sé, pero en cuestiones de arbitrariedad y parcialidad, está en cabeza y a muchos kilómetros de diferencia. Hay toreros que son solfeados y floreados con sólo respirar. Y hay otros que no arrancan un pasodoble ni pagado con oro; o, precisamente por eso, por no estar envuelto o recamado en oro.

Y si esta Feria de abril ha sido el despegue definitivo de El Cid, no lo ha sido el de Salvador Vega; apuntes, a lo sumo, de su toreo de alta escuela, de su solera y clasicismo. Apenas nada más. Naufragó en el manejable sexto y no rompió del todo en el tercero. No había bordado la verónica como suele hacerlo, ni en natural, ni en redondo. Y encima, el toro, encastadito y codicioso, lo estaba llevando como puta por rastrojo hasta que le echó mano, y lo tuvo a su merced. Sólo le destrozó la taleguilla cuando pudo haberle roto la madre.

A partir de aquí, del tremebundo revolcón, Salvador Vega se creció y el toro de Torrestrella, muy castigado en dos varas asesinas, perdió empuje. Pero ahí quedaban dos tandas de derecha y una de izquierda todas ellas rematadas con el obligado de pecho. Abrochó con manoletinas y un torero trincherazo, insuficiente para la oreja. Las orejas parecían haberse agotado anteayer y ya no había lugar al despilfarro; aunque sí había lugar. Cierto y compensatorio derroche hubo en la segunda oreja a César Jiménez.


La Razón. JUAN POSADA. ¡Ese milagroso quinto de Torrestrella!

Está visto que cuando un toro embiste con bravura, nobleza y alegría, la plaza se estremece y los toreros se crecen: es un milagro de la naturaleza. Ayer, visto el comportamiento del quinto, «Ojos Negros», en el primer tercio: bravo y codicioso; en el segundo: pronto y noble; y en la muleta, galopón, templado y humillado, parte del público comenzó a solicitar el perdón. Mediada la faena, cuando el torero lo gozaba a placer, las reclamaciones se hicieron más intensas y al perfilarse César Jiménez para matarlo la protesta se hizo general. El diestro miró a la presidencia, que no dijo ni palabra. Volvió a recrearse con él en pases templados y mimados. Antes de montar el acero, volvió a mirar al presidente. Éste cual emperador romano indicó con el pulgar hacia bajo que lo sacrificara. Error, craso error; cuando aparece una maravilla así es cuasi obligatorio conservarla para el futuro, sea en La Maestranza de Sevilla, en Las Ventas de Madrid o en cualquier otro ruedo. En todos se rinde culto al toro bravo y perdonar la vida a uno de ellos no es desdoro. Todo lo contrario, una satisfacción que cubre de gloria al que lo decida. Pero los convencionalismos siempre frustran los deseos del corazón.


Desde largo. El primer toro de la tarde salió noble, lo que aprovechó El Cid con el capote y en el quite, al igual que César Jiménez en el suyo por chicuelinas. Inició el trasteo en el centro, desde largo, con la mano derecha y acoplado a la velocidad del toro, muy suave. Con la izquierda, bien, templado, pero un tanto en línea. Al citar con el engaño muy atrás, sufrió un achuchón y a partir de entonces el toro ya no fue de manera espontánea al engaño, sólo si se cruzaban con él. No lo hizo así El Cid y aunque dio muletazos buenos, el entusiasmo del público, muy a su favor, se enfrió. Faena de más a menos. Con la espada, mal.

Con el cuarto, un toro con el que había que estar muy firme y muy tapado, no acabó de encontrarle la aguja de marear. Al primer susto, cuando tenía la muleta retrasada, rectificó y se cruzó, aunque no se cubrió demasiado con la muleta y el toro, que se reponía mucho, le hizo pasar un mal rato. Faena en la que se dejó ver mucho y permitió que dominara el toro, que, por otra parte, sabía para qué tenía los pitones. Necesitó más dominio, y él pretendió el lucimiento desde el principio; no resultó.

César Jiménez no estuvo en son. Desganado y triste, mostró un talante desconocido en él, que ha sido un torero que ha sido siempre tan bullidor y ha tenido mucha capacidad de conexión con el público. Ayer en el primer toro, todo lo contrario. No se cruzó nunca y vació los muletazos diestros y siniestros hacia fuera, sin embraguetarse. Cuando esto sucede el torero, y más éste, que ha dado muestra de ello, debe intentar animar la acción para estar siempre por encima.

Con el bravo y noble quinto se desmelenó. Inició desde el centro del ruedo con la derecha y el toro se arrancó con un galope acompasado y derecho como una vela. El torero, despacioso, aunque en estos primeros muletazos, rematando hacia fuera. También ocurrió igual en los primeros naturales, que remató con un excelente pase de pecho. A partir de entonces se ajustó mucho más con el toro y, por consiguiente, lo pasó mucho más ceñido. Los derechazos que siguieron y el circular, ya metido al completo en la faena, fueron mucho más reunidos con el toro, es decir, formando una sola imagen animal y diestro. Lo mató de un pinchazo en el centro del ruedo y estocada fulminante. Tardó un poco en hacerlo, ya que el público solicitaba el indulto del animal, que el presidente denegó.

Valiente. Salvador Vega comenzó la faena del tercero, que repitió sólo seis u ocho veces, con pases por bajo ya que el toro entraba un tanto rebrincado. Se situó en unos derechazos demasiado cerca y tuvo que aguantar las primeras tarascadas llevándolo largo. El toro embestía con rabia y el torero le echaba más. Sólo un defecto, que no le ganaba la acción tras cada muletazo y la res, un tanto avisada, lo medía porque no se tapaba con el engaño. Por ello, en un descuido la voltereta fue peligrosa. Se levantó sin mirarse y con mucho sentido, señal de que pensaba y tenía valor, rectificó, dio el paso adelante, a la vez que le ponía la muleta al final de cada pase y fue cuando aquello comenzó a hervir. Los adornos finales y manoletinas, seguidos de una preciosa trinchera, dejaron el ambiente para más vuelos pero la espada lo estropeó.

Pero no entendió al sexto, que entraba un tanto rebrincado y precisaba la media larga distancia para obviar el defecto y facilitarle la embestida. Citó desde demasiado cerca, lo que acentuó el vicio de entrar saltando. Se empeñó en dejar la muleta en distancia inadecuada, atrás, por lo que no embarcaba al animal desde el principio. Faena sin llegar a entender el camino a seguir, por lo que tiró por la vía rápida y optó por confeccionar pases y pases. Lo peor: unos salieron regulares y otros peor.

 

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