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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del martes, 12 de abril de 2005
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Samuel
Flores. De diferente presentación, algunos fuera de tipo.
Descastados, mansos y sosos. El 6º fue devuelto a corrales por debilidad
manifiesta. 6º bis, de Parladé,
descastado y con peligro. Diestros:
- Fernando
Cepeda. Estocada baja (vuelta al ruedo); pinchazo que escupe
y media estocada caída (silencio).
- Enrique
Ponce. Tres
pinchazos, media estocada (silencio); tres pinchazos, aviso, más de
media estocada en su sitio (saludos desde el tercio).
- Dávila
Miura. Más de media tenida y trasera (silencio); dos
pinchazos, goyetazo (silencio).
Incidencias:
Banderillero que saludó: Vicente Yangüe El Chano,
de la cuadrilla de Fernando Cepeda, en el 4º.
Presidente: Juan
Murillo. Tiempo: soleado, fresco al final.
Entrada:
hasta la bandera.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, El Mundo, Diario
de Sevilla, ABC, Siglo XXI.
  
Las
imágenes del festejo
Crónicas de Festejo
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Una mansada sin
paliativos
Y, sin embargo, y a pesar de la infumable tarde que han propiciado los toros de Samuel Flores, se ha podido disfrutar del toreo que recreó con acierto el abanico expresivo –del detalle y la chispa a lo clásico y auténtico- de este sevillano de difícil naturalidad y, a veces, emocionante. En las formas de Fernando Cepeda no hay secretos, el toreo es toreo, real y de ligero trazo sin el menor esfuerzo aparente.
Con una insistencia admirable, Cepeda, consiguió meter en la muleta al noble, aunque parado primero. Poco a poco el temple del sevillano se impuso a la sosa embestida del samuel. En todo momento se mostró como un artista lleno de imaginación realizando un toreo interiorizado, nacido desde dentro y transmisor de contenidos auténticos. Los primeros detalles con la zurda. Después, de su mano diestra surgió el circular lento e interminable, los de pechos, los de trinchera… con una técnica admirable y una pureza envidiable. La mala colocación de la espada le privó del premio de la oreja. Pero Cepeda, ya se sabe, es un torero en que las medias tintas y la rutina no le son válidas, y al cuarto, de Manuela Agustina López Flores, un inválido que el presidente y, quizás, él quisieron mantener en el ruedo, lo toreó a la verónica con majestuosidad y elegancia. A destacar dos verónicas de exquisito y lento trazo. Nada más. Los breves intentos por conseguir hacer pasar por la muleta al manso e inútil toro le resultaron vanos.
El caso de Enrique Ponce es particularmente sorprendente. Su trayectoria como torero es modélica. Todo lo ha conseguido. Pues a pesar de esto sus convicciones siguen intactas. Su capacidad de agradar aumenta de forma brutal cada tarde. Tenga los que tenga delante. Bueno o malo. Fácil o complicado. Lo que nos cuenta con los engaños siempre quiere hacerlo inolvidable. Ponce, siempre es Ponce. Esta tarde lo volvió a demostrar, y con su enorme poderío técnico e indiscutible maestría quiso torear al quinto, una mole que se frenaba en la muleta y se defendía de mala manera topando después la tela sin humillar. Pues hasta templó con la derecha las pocas y claras arrancadas, le estiró la embestida en jaleados naturales, y hasta aguantó parones con los pitones rozándoles los muslos. Para agradecer. La espada, otra tarde más, no fue su fuerte. Con el descastado y complicado segundo los muchos intentos le resultaron nulos.
No hubo toros tampoco para el toreo largo y poderoso de Dávila Miura. Al tercero, manso como todos, los escasos muletazos que pudo conseguir no tuvieron ni una pizca de emoción. Con el parado y también descastado sexto, sobrero de Parladé, esta vez, no tuvo la suerte del pasado domingo.
La esperada corrida de Samuel Flores, defraudó sin paliativos. Una mansada seria y bien presentada, pero inservible a todas luces para realizar el toreo.
El
País. ANTONIO
LORCA. Aroma de
torero caro
Fernando Cepeda es un torero que no arrebata, pero seduce, porque su
toreo despide un aroma de arte excelso. No es un torero vulgar, tampoco
una figura de masas, pero sí un lujo para la torería andante. Es hombre
y torero maduro, ha conocido la gloria y el silencio y, al cabo de los años,
aflora en él su más íntimo sentido del arte, su elegancia, su empaque,
su naturalidad...
Porque Cepeda torea como si ensayara de salón; se gusta en cada
detalle, en cada lance, y emociona su temple y la suavidad con la que
maneja los engaños.
Ayer no triunfó a lo grande, pero dejó sobre el albero de la
Maestranza pinceladas de toreo hondo, de arte para paladares exigentes. Lo
intentó en ambos toros a la verónica; la esbozó en su primero, trazó
tres templadas y lentas en el otro y realizó un quite de una y media en
el tercero que supieron a gloria.
Lo mejor fue su faena al primero. Con humildad y timidez, Cepeda dijo
lo que puede ser el toreo. Dibujó dos redondos de enorme grandeza, tres
bellos naturales, después; de nuevo, derechazos profundos, un trincherazo
de categoría y el convencimiento de que es un torero en sazón, nada
pasional, pero artista por nacimiento, al que sólo le ha fallado el ánimo
para ser reconocido como figura. Su segundo, asfixiado y moribundo, no le
permitió redondear la tarde.
Tampoco tuvieron opciones sus compañeros. Ponce lo intentó con toda
su alma en el quinto y demostró su poderío y depurada técnica con un
toro imposible, no mejor que su primero, soso hasta decir basta. Tampoco
tuvo suerte Dávila Miura ni en su primero ni en el sobrero de Parladé,
descastado y parado, que decepcionó a todos. Muy decidido en todo
momento, sólo pudo mostrar voluntad.
Y un apunte final: lo de Samuel Flores, para el matadero. Fachada, sí,
pero toros enfermos o borrachos. ¡Ojo al parche...!

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Cepeda,
entre El Greco y Goya
Estaba escrito, no sé si en los astros o en la libreta de notas del señor
presidente: el sobrero de Parladé, para Dávila Miura. No hablo de sus
condiciones de torero, sino de sus privilegios en Sevilla. Varios de los
samueles tendrían que haber vuelto al corral. Y sólo se fue el de Dávila.
Por desgracia, el Parladé no salió ni tan fino ni tan bravo como el del
otro día.
Por la cosa catalana estamos en época de prueba; y aunque el vasco de
la milicia de Dios, Ignacio de Loyola, dijera «en tiempos de aflicción
no hacer mudanza», sí es necesario mudar. Por ejemplo, que Samuel Flores
se replantee su idea de la ganadería brava o que Enrique Ponce no vuelva
a matar samueles inválidos y descastados; siempre habrá un Parladé de
sobrero, pero Dávila también debiera evitar el trago de los samueles.
Sin toro que se le venga galopando, Dávila Miura es menos Dávila y menos
Miura. Eso no es demérito, pues a muchos toreros les aflige el toro
encastado. Dentro del desastre ganadero, a Cepeda le tocó lo menos malo
de la procesión de inválidos; y lo peor: noble el primero y cadáver el
segundo.
Pese a todo, Fernando Cepeda dejó sello de grandísimo torero.Y, sin
embargo, el entusiasmo de La Maestranza fue muy relativo y cicatero. Después
de esto, el diestro de Gines es ya, por los siglos de los siglos, torero
de Las Ventas, con perdón. Pega en Madrid Fernando Cepeda la docena y
media de muletazos, plenos de majestad, que dio ayer en Sevilla, dibuja el
trincherazo como lo hizo, y en Madrid todavía lo estamos paseando en
andas por la calle de Alcalá, con banda de música, aunque no sea la de
aquí.
Fernando Cepeda, torero especial y con una extraña ley de la gravedad
perfilando su figura; erguido, alargándose hacia los cielos como una
pintura de El Greco; quebrada la muñeca, y vencido por el peso de la
muleta hacia abajo, como un aguafuerte de Goya.¿Un milagro? Pues sí, un
milagro. Aunque el descastamiento y la invalidez absolutos del cuarto
samuel impidiera que el milagro fuese absoluto.
Esfuerzo de Ponce
Trataba de explicarme yo en la crónica de ayer ese hermetismo
inquietante con el que Morante, chispazos de torería aparte, respondió
al cariño de La Maestranza: ni una sonrisa, ni un brindis.Esa actitud
puede ser la expresión de la desconfianza. Lo manifiesta Ponce también
en Sevilla; aunque la desconfianza fuera ayer, más bien, cosa de los
toros de Samuel. Con un alto precio de esfuerzo y de riesgo, Ponce recuperó
la fe en sí mismo en la lidia del quinto. Su labor, porque laboriosa fue,
fueron los Siete trabajos de Hércules; fue la obsesión por sacarle pases
a un toro de media arrancada y con peligro, de tal manera que los medios
muletazos parecieron pases enteros.
También Cepeda había recuperado la fe en su primero. Cepeda es torero
necesario en estos tiempos de aflicción en que se intenta abolir nuestra
memoria histórica; hacerlo sería un suicidio.Y las corridas de toros son
la memoria de nuestra estirpe cainita.Desterrarlas no limpiará nuestro
historial de crueldades.
Un día, en el aeropuerto de Fiumicino, el que suscribe, Mari Paz
Ballesteros y otras gentes de la farándula acabamos hablando de los
lances a la verónica de Fernando Cepeda. Aquí los quiero ver ahora,
dando el paso, cruzándose al pitón contrario. Aquí, los Caco Senante,
los Sabina, las Conchita Velasco, Esperanza Roy, Javier Aguirre, Díaz
Yanes, Enrique Cornejo, Chatono Contreras, Gutiérrez Aragón, Távora y
su iconografía barroca, Boadella y su risa sarcástica de bufón, Juan
Diego y toda la turba maldita de los cómicos que tenían vedado el reposo
en sagrado.
Las mismas castas que nos dejaban extramuros de las ciudades, son las
que ahora quieren prohibir las corridas de toros. Un paso al frente, que
se mojen, que vayan a Barcelona a manifestarse el próximo domingo. Las
corridas de toros son la memoria de nuestras grandezas y nuestras
miserias; también de nuestras atrocidades y nuestras hogueras. Esas
atrocidades y esas hogueras que las guerras fratricidas y partidistas y
los políticos infames nunca han sido capaces de evitar y que, por ciclos
de nuestra historia, encienden insensatamente. ¡Todos con la plataforma a
Barcelona! Y a la cabeza con una pancarta que proclame su gloria de
banderillero, El Chano.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Cepeda
se queda a medio camino y Ponce demuestra su capacidad
Los toros que envió Samuel Flores –se considera hoy en día a esta
ganadería como un encaste propio, con procedencia Gamero Cívico–
fueron un fiasco. Únicamente se salvó, en parte, el primero. A la
corrida se apuntó Enrique Ponce, figura que podía haber elegido
cualquier otro hierro. Desde que comenzó su carrera, el valenciano apostó
por el hierro del ganadero albacetense, que le ha ofrecido grandes
triunfos en ocasiones anteriores. Lo de ayer fue un encierro desastroso.
Únicamente fachada. Volumen. Pero dentro de esos edificios enormes
no había nada. Por sus cañerías no corría sangre brava alguna.
Si acaso, el primero, por su bondad, podría haber tenido algo de toro de
lidia. Lo demás, hubiera servido muy bien para las carretas en El Rocío.
Bellotito fue el único que dio algo de frutos. De sus bellotas,
destacó la nobleza, pero le faltó más motor y fuerza al toro. Lechuguito
era hortaliza podrida. Jilguerito no trinó. A Desconocido
le pusieron un nombre muy propio. Escritón, también otro borrón.
Como culminación del infame encierro, al personal le cayó un Chaparrón
en sexto lugar, que protestó en cuanto perdió las manos y al que
devolvieron. Y por si no fuera bastante con el chaparrón de mansedumbre,
el sobrero de Parladé se sumó a la fiesta.
Dicho esto, en cuanto a los toreros, destacaron las bellas pinceladas
con la muleta de Fernando Cepeda en el primero y el esfuerzo y la cabeza
despejada y vergüenza torera de Enrique Ponce para sacar partido del
manso que hizo cuarto.
El astado que abrió plaza salió con trote cochinero. Fue mal picado.
Y muy justo de fuerzas, desarrolló nobleza. Fernando Cepeda lo sobó en
tres tandas, antes de sacar un par de naturales templados y el de pecho.
Consiguió un par de series, con templados naturales, con el animal a su
aire. Y con la diestra ya ligó sin enmendarse. Con esa mano, en una serie
muy corta, con sabor, el toro se rajó totalmente. Los remates, como
trincherillas, fueron muy toreros. También algún pase de pecho rotundo.
La faena se quedó a medio camino y en una vuelta al ruedo tras una
estocada caída. Con el cuarto, que hizo en su lidia un máster para buey
de carreta, el torero de Gines no tuvo opción a nada. Su banderillero El
Chano prendió dos de los mejores pares de toda la feria.
Enrique Ponce, que continúa sin tocarle un toro franco en Sevilla, se
mostró muy voluntarioso ante el segundo, un hueso duro de roer, que
embestía con la cara por las nubes. Muy concentrado y sabiendo jugar con
oficio los resortes de las querencias, sacó partido al quinto, que se
quedaba cortísimo, a base de tesón y lucidez . El público lo valoró
enormemente, como también el epílogo, un arrimón que culminó en un
desplante tocándole los pitones al samuel, con algunos
espectadores puestos en pie. El espectáculo dio poco más de sí.
Dávila Miura tampoco pudo disfrutar con su lote. Despachó sin más a
su difícil primero. Y se vio obligado a un trasteo de trámite con el
mulo que cerró plaza.
Este año, acostumbrados casi todos los días a buenos menús, lo de
ayer supo a poco. Junto a las pinceladas de Cepeda y la capacidad de
Ponce, hubo un postre de lujo: dos grandes pares de banderillas de El
Chano.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Ponce, la raza de una figura
incombustible
La raza de figura de Enrique Ponce volvió a asombrar, si es que a
estas alturas se puede hablar de sorpresas. No se cansa, no se rinde, no
se aburre en su afición, que en el fondo se sustenta en un valor
incombustible. Otra lección más y van... Otra lección con un manso
armado en su testa con unas guadañas que rebañaban el aire en busca del
oro de su taleguilla a la salida de cada pase, haciéndose el tonto sin
olvidarse del genio, que es la impotencia de los que no alcanzan la
bravura y la nobleza de embestir por derecho: las cornadas de los
tontimalos suelen ser las peores. Ponce se metió con él entre las rayas,
y de uno en uno le sacaba lo que no había, con un mérito terrible. Uno
mira a la cuenta corriente nada corriente del Sabio de Chiva y no se
explica cómo sigue tragando ricino, el ricino que ayer le daba a
cucharadas la enorme cuna astifina del buey de Samuel. El arrimón alcanzó
tintes épicos cuando le ofrecía los muslos con la muleta en la
izquierda, y todavía le hacía seguir la roja tela. Eso es lo que marca a
las figuras, esa raza distinta y especial de no conformarse nunca, ni
venirse abajo cuando las cañas de los algodones de azúcar de otras
tardes se convierten en lanzas movidas por una bestia de casi 600 kilos.
La cosa de la épica se debía de percibir más en los cercanos tendidos,
que se erizaron a una en el remate de la última serie, como expulsando el
oxígeno contenido; la Maestranza entera respiró. No supone un drama
menor que estas batallas de sabia ciencia y valor las siga interpretando
un matador de toros con quince años de alternativa, dueño de un mar de
olivos en las costas de Jaén. Aunque si Ponce hubiese tenido ayer el
carnet por puntos de matador, lo pierde de un tirón. A la última entró
el acero, que desperdició una oreja de sudor y fuego. La ovación,
abrazada desde el tercio, es de las que saben a agradecimiento del bueno y
gloria.
No menor fracaso obtuvo con la espada ante el segundo, otro manso, de
testuz rizada e imponente altura de agujas, que nunca humilló ni dejó de
mirar al pecho de Enrique Ponce en cada cite. Ni siquiera con esa técnica
que tapa tantísimos defectos impidió que la gente percibiese la avisada
condición del morlaco.
El polo opuesto, en el que se disfruta el toreo, lo protagonizó Fernando
Cepeda con el mejor samuel de la mansada. Cepeda apuntó verónicas sin
rematar con el capote y plasmó su clase con la muleta, una solera que se
leyó con frialdad. Frialdad que vaya usted a saber si pertenecía al
torero de Gines -de por sí un punto friote- o al público -que aún no se
había centrado en la corrida-. El caso es que los oles que corearon los
buenos naturales, los derechazos largos, alguno de pecho ligado en la
misma cara, los adornos de trincherazos y trincheras de empaque, no se
condensaron en una pañolada suficiente para alcanzar la oreja que merecía
caer de la nobleza del animal.
Las verónicas del saludo a la mole del cuarto brillaron con calidad, con
ce de Cepeda. Pero el bruto, desde entonces, todo lo que hizo fue
sostenerse a duras penas, ahogado en una respiración como la de una
ballena varada y enferma, defendiéndose, jadeante en una agonía que al
final buscaba tablas y la paz de una muerte sin lucha.
A Dávila Miura la suerte ayer le esquivó. Cambió a peor el tercero, que
volteó a Muriel con los palos, y le cambiaron a un renqueante sexto que
no se movió con mal aire. Esta vez el sobrero de Parladé se le cruzó
atravesado en el camino como una espina en la garganta. Hasta última hora
Ponce destacó, concretamente en dos oportunísimos quites a los peones de
Dávila. En ese orden de detalles, los pares de banderillas de El Chano y
los puyazos de Saavedra adquirieron entidad propia.
Siglo XXI.
IGNACIO
DE COSSIO. Mala tarde para Ponce, Cepeda y Dávila Miura
Fernando Cepeda, con su clase, empaque y elegancia, realizó lo más artístico de la tarde. Al primero le enseñó a embestir, a colocarse y hasta humillar. Una de las mejores y más construidas faenas que recuerdo en lo que llevamos de Feria. Las dos cadenciosas series con la diestra todavía siguen siendo junto a las suaves verónicas del quinto, los mejores destellos y pasajes del anodino día de ayer.
Fernando se alza sobre las vanguardias aleccionándonos que la magia de lo clásico prevalece frente a las modas y estilos en el arte de torear. Todo lo suyo perdura en el tiempo, pese a su nefasta tizona.
Ponce no pudo hacerle nada al paradísimo samuel que tuvo la mala suerte de matar. Frente al quinto se jugó materialmente la vida y pocos supimos entonces que había que rendirse a lo evidente. Nadie es capaz de arriesgar su vida como Ponce ante semejante y peligroso burel. El público sevillano, un tanto frío, como la banda, hizo oídos sordos ante el riesgo y la verdad del valenciano. Dávila Miura no se acopló a su primero que exigía toreo a media altura y otra velocidad. Con el barrabás disfrazado de Parladé que cerró plaza sólo tuvo que lamentar, el samuel devuelto. Un apunte más la soberbia actuación de Vicente Yagüe El Chano con un magistral y valeroso par de banderillas recetado ante el cuarto de la tarde, bautizado por muchos el mejor de la Feria hasta el momento.
Mañana volverá otro tipo de elegancia con Finito, la oportunidad de rematar con El Juli una Feria gris y un Jesuli de Torrecera situado en medio de una encrucijada entre el pundonor y el logro de alcanzar la gloria de máxima figura.
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