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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del  domingo, 10 de abril de 2005
Corrida de toros


FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Montalvo. Mansos, descastados, algunos con peligro. El 4º fue devuelto a corrales por inutilidad. 4º bis, de Parladé, bravo y noble, aplaudido en el arrastre.

Diestros: 

  • Dávila Miura. Siete pinchazos, aviso, descabello (silencio); más de media trasera y caída (oreja).
  • El Fandi. Estocada entera (vuelta al ruedo); estocada delantera, descabello (saludos desde el tercio).
  • César Jiménez. Estocada caída y desprendida (silencio); tres pinchazos sin soltar, estocada tendida, dos descabellos (silencio).
PresidenteGabriel Fernández Rey.

Tiempo: soleado y fresco.

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, ABC, Siglo XXI.


Las imágenes del festejo




Orden de lidia de la corrida

Crónicas del Festejo

PortalTaurinoMANUEL VIERAUna tarde espesa

Como sucede tantas veces en esta Fiesta nuestra, el toro, el primer protagonista del espectáculo, puso en picado la interminable tarde en La Maestranza. Resulta tópico referirse otra vez a la escasez de casta y a la invalidez del que sale por chiqueros, pero no por ello deja de ser cierto. La corrida de Montalvo, seria y bien presentada, se ha comportado en el ruedo como auténticos bueyes. Como mansos de solemnidad. Como animalitos más propios de matadero que de ser lidiados en tan prestigioso escenario. 

La tarde ha sido espesa, aburrida, larga, monótona, sólo aderezada por el gran juego de un sobrero de Parladé. Tal y como iban sucediendo los hechos, la devolución del cuarto, por su manifiesta invalidez, supuso para el paciente espectador una ilusionante esperanza. Algo es algo cuando el bostezo prima en los tendidos y gradas.

Dávila Miura, se percató enseguida de las excelencias del sobrero. Toreó de capa muy templado con su peculiar estilo, ordenó que casi no lo picaran, y allí que se fue, a los medios, para citar desde la larga distancia y provocar el alegre galope del parladé. Ya se sabe que Eduardo posee un toreo largo y poderoso que se recrea en subrayar la calidad de las embestidas. Luce al toro. Y quizá esto le perjudique. No obstante el trasteo del sevillano volvió a gustar por la claridad del planteamiento y la autenticidad de las formas. Es cierto que la tauromaquia de Dávila Miura carece de duende, de chispa… pero siempre deja el regusto de las cosas bien hechas y la impresión de un toreo gratificante y, a veces, de gran fuerza emocional. Fue una faena templada, hilvanada, de largos y despaciosos muletazos con la derecha y con la izquierda, bien rematados, y hasta con detalles muy toreros, como los cambios de manos y los completos y eternos circulares. La estocada casi entera, le aseguró el trofeo. Con el manso primero de Montalvo, muy poco o nada pudo hacer, y hasta se le puso imposible a la hora de matar.

Todo lo demás sucedido tiene muy poco que contar. El Fandi basó su tarde en el tercio de banderillas. Su fortaleza física y su valor le facilitan el espectáculo. Clavó con su demostrada verdad. Aunque tanto con el segundo toro como con el quinto no completó una suerte que domina a la perfección. El Fandi exprimió al máximo, muy dispuesto, al descastado y soso segundo, pero ni los bien dibujados muletazos con la diestra, ni el lento natural trasmitieron emoción a los tendidos. Peor le fue con el quinto, todo un buey. Nada. Pese a las muchas ganas del granadino. 

El descastado tercero iba y venia como alma en pena. César Jiménez le dio pases y pases hasta cansar. Tampoco había emoción. Al moribundo sexto hasta el picador le repitió castigo sin necesitarlo, y le bajaban el capote en la brega para provocar la devolución y así probar la suerte con otro parladé. No hubo forma. Cesar Jiménez se lo “tragó”. Ya se llevaban casi tres horas de corrida. Demasiado tarde para seguir, debió pensar el usía. 


El País. ANTONIO LORCAUn bravo sobrero

Faltaban minutos para las ocho y media de la tarde -casi dos horas de sufrido aburrimiento-, cuando salió al ruedo un sobrero de Parladé, en sustitución de uno de los mansos y descastados que envió Montalvo. Y cuando el público estaba a punto del desmayo, surgió la emoción del toro bravo y noble junto a un torero -Dávila Miura- que labró una faena de alta calidad.

Comenzó el sevillano citando desde el centro del anillo, y el animal, que reposaba pegado a tablas, acudió veloz en cuanto vio el trapo rojo. Corta fue la primera tanda con la derecha, pero intensa y ligada, y mejoró en la segunda, con el toro ya encelado en la muleta.

Fue ganando el torero en seguridad y confianza, mientras el toro acrecentaba su codicia y su acometividad en repetidas embestidas largas y emocionantísimas.

Las dos tandas con la zurda estuvieron cimentadas en el toreo clásico, macizo, templado y auténtico. Aún se gustó Dávila por redondos finales sin que el animal diera muestras de cansancio. Se perfiló para matar, la plaza en completo silencio, pero llegó la decepción porque la estocada cayó baja y atravesada, que redujo el premio a una sola oreja, mientras el sobrero era despedido con honores de figura.

El mismo torero que había brillado a tan gran altura estuvo a punto de hacer el ridículo en su primero, un animal muy deslucido y dificultoso ante el que se mostró torpe, inseguro, sin recursos y a merced de su incompetencia como matador de toros. El animal era un marrajo, es verdad, pero Dávila no estuvo a la altura de las circunstancias. El resto de la corrida fue una tomadura de pelo en toda regla a causa de unos toros que fueron el máximo exponente de la decadencia de la fiesta. ¡Hay que ver lo que soporta esta Sevilla tan silenciosa...!

A pesar de todo, volvió a brillar, una vez más, El Fandi en banderillas, aunque con menos espectacularidad que en ocasiones precedentes. Estuvo variado con el capote, y tocó todos los palos: lances a la verónica, galleo con chicuelinas y gaoneras, un quite por navarras y, especialmente, otro por chicuelinas con las manos bajas, que remató con una media belmontina con las rodillas en tierra.

Se esforzó, ciertamente, en la muleta, y toda su labor en ambos toros fue de entrega y decisión para torear de acuerdo con las normas clásicas. Así, surgieron algunos momentos de aceptable ejecución, pero de nula emoción por la sosería de sus oponentes.

Eran ya las nueve y cuarto de la noche, ya cerrada, cuando César Jiménez acabó con el sexto. Tuvo muy mala suerte el torero madrileño; tanta, que pasó inédito en su primera comparecencia en esta feria. El peor lote, lo que ya es decir, le tocó a él. Dos mulos, con los que sólo pudo mostrar voluntad y ponerse bonito, que parece que le gusta mucho. Pero, nada más. La corrida, a excepción del sobrero, fue una nueva decepción de un hierro también apetecido por las figuras.



El Mundo.
JAVIER VILLÁNCon la Plataforma, Amorós y Bradomín

Mal los toros de Montalvo y excelente el sobrero de Parladé, un ejemplo de nobleza encastada con la que todos los toreros sueñan; y la honradez profesional de Dávila Miura, por supuesto que también. Aprovechó los claros viajes del astado con el simple, y meritorio, esfuerzo de ponerle la muleta en el sitio y no cortar los viajes. Confiado, acompañando la templanza del toro con firmeza y entregándose a la causa sin ningún tipo de recelo.

Con toros así, con ánimos tan dispuestos, la verdad es que no necesitaríamos de movimientos reivindicativos ni Plataformas de defensa de la Fiesta; con buenos toros y con buenos toreros, la Fiesta se defiende a sí misma. Pese a todo, estoy con vosotros, Andrés Amorós y compañeros mártires; aunque sigo pensando que el principal enemigo de la Fiesta es la degradación interna y mercantilista de la misma. Dávila Miura se redimió en el cuarto de su oscurantismo en el primero; El Fandi, con clara voluntad de triunfo, bulló toda la tarde, especialmente en banderillas y en el capote; y César Jiménez, ni voluntarioso ni atleta: simplemente pesado y fantasmal.

Estoy pues con la Plataforma, pese a todo, aunque con condiciones.A la vez que dais la vara a políticos y fuerzas sociales y culturales, metedles caña a toreros, ganaderos y empresas. Y no digo a los críticos porque luego dicen que malmeto. Lo que quiero decir, y digo, es que aquí hay una responsabilidad colectiva aunque unos sean más responsables que otros.

Así, con los toros que han salido en los últimos días, tras el zambombazo irrecusable e incuestionable de Victorino Martín, no vamos a ninguna parte: los montalvo, correctos de facha y sin fondo ni casta; así, ni plataformas ni leches. Aviso, pues, para navegantes junteros, plataformistas, intelectuales, jóvenes, personas y militares: primero, limpiar la casa por dentro y luego buscar culpabilidades y enemigos externos. Y ya que he citado a Andrés Amorós, una explicación a propósito de las preferencias de mi amigo y mías sobre cronistas; ayer no fui sincero del todo: ni José de la Loma, ni Mariano de Cavia, ni Corrochano. A mí, el que de verdad me gusta es López Barbadillo. Hay, sin embargo, muchas tardes como la de ayer, en que pese al derroche de nobleza del sobrero de Parladé y su aprovechamiento por Dávila Miura, todos los cronistas son buenos y la crítica está chupada: El Fandi, olímpico y atlético; Dávila Miura, seguro y honrado a carta cabal; y César Jiménez, a pesar de haber perdido afectación, previsible.

Alzo, pues, la bandera por López Barbadillo y por la Plataforma, y no la alzaré por los toros de Montalvo. Respecto de si me gusto o no me gusto a mí mismo -reproche o cuestión que me plantean algunos colegas con frecuencia- creo que un caballero no debe hablar nunca de dinero, ni de mujeres, ni de hipotéticas y cuestionables virtudes personales. Me bastaría con exhumar un artículo no muy lejano en el tiempo, de Haro Tecglen, en la que, sin duda con generosidad exagerada, me comparaba con Corrochano, Clarito y Joaquín Vidal; aquello me abrumó tanto que aún no me he repuesto del ataque de vanidad. De todas formas, sigo agradeciendo el cumplido.

Igual que habrá de agradecer el ganadero que elogiemos la bella estampa de su primer toro; hermosa cabeza, pero sin seso (con ese), que ya sabemos que el sexo (con equis) los toros ni lo catan; se mueren vírgenes y ése debe de ser el primero y principal castigo y servidumbre del toro de lidia; lo demás, la muerte, es lo de menos porque a todos, de una forma o de otra, nos espera el mismo fin.

Después de reseñar las carreras espectaculares de El Fandi en banderillas, y los dos desarmes también espectaculares que sufrió en el primero con la capa; después de enaltecer cumplidamente las virtudes del sobrero de Parladé, me permito, pues, seguir afirmando que Joaquín López Barbadillo fue un genio de la crítica taurina y que, además, creó una Biblioteca del erotismo y tradujo la obra incandescente de Pedro Aretino. A lo mejor, me gusta por esto tanto como por su prosa torera. Los sonetos de Aretino eran la liturgia pagana del Marqués de Bradomín, «feo, católico y sentimental» para sus sacrificios amatorios en el altar de Venus, o sea, el catre y la coyunda; un soneto por cada sacrificio, vulgarmente llamado polvo, y hasta siete llegó a recitar al oído de su amante el fogoso marqués en una noche. Siete o más pinchazos dio en el primero Dávila Miura y algo parecido Jiménez en el sexto; pero eso ya no eran sacrificios. Eran gatillazos en toda regla. Como los toros de Montalvo.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO. Dávila Miura, en su línea, triunfa con un gran 'parladé'

El espectáculo, larguísimo –a punto de cumplirse las tres horas– fue como una travesía en el desierto. Los toros de Montalvo fueron género inservible, en distinto grado, para el lucimiento artístico. Pero llegó la sorpresa después del ecuador de la corrida que iba camino del desastre total. El voluminoso cuarto, tras romanear en el primer puyazo, perdió las manos; y tras el segundo, se derrumbó. La parada de cabestros, ineficaz, dilató el espectáculo en un cuarto de hora. En su lugar saltó al ruedo la salvación: un sobrero de Parladé, bajito, recortado, en el tipo de la casa –Juan Pedro Domeq– fue a más en la lidia. Si en la capa acudió con la cara por abajo, pero sin pasar, en varas cumplió. Y en la muleta, con nobleza y humillando, fue pura alegría: galope, recorrido y repetición. El afortunado diestro fue Dávila Miura, que de inmediato vio las excelentes condiciones y apostó fuerte. Su faena, bajo los sones pegadizos que el maestro Abel Moreno ha creado en su honor, tuvo como virtudes esenciales la ligazón, el temple y la armonía. Siempre con un toreo puro, con la muleta barriendo la arena. Desde los medios, el torero sevillano, citó a Alicate, negro, mulato, salpicado, que galopó desde tablas cuando divisó la tela encarnada que el torero le presentó en la diestra. Dos tandas muy emotivas con cuatro pases sensacionales, rematadas con los de pecho. Y con la izquierda, con la misma intensidad, dibujó otras dos series en las que los naturales, luminosos, afloraron con la misma fluidez. El público se rompía las manos de aplaudir. Dávila Miura, medido como siempre en sus faenas y generoso como siempre con el toro, abrochó su preciosa labor con otra tanda por el pitón derecho, cambiándose la tela a la izquierda para un bello muletazo, empalmando el de pecho. Era faena de dos orejas, pero el diestro, que atacó en la suerte natural, dejó un espadazo caído. El toro se resistió a morir con el acero dentro, tragándose la sangre. Todo quedó en una merecidísima oreja.

Con anterioridad, no tuvo opción al lucimiento con el berrendo que abrió plaza, de bonita lámina, pero de pésima condición, el peor del encierro, que buscó descaradamente el cuerpo al torero en cada pase de muleta.

El Fandi volvió a deleitar al público sevillano en el tercio de banderillas, donde es el campeón, como lo fue en su día de esquí. Su primero, manso, estuvo a punto de herirle en un primer par cuando saltaba en el embroque. Le sobró un salto enorme en su segundo par, certero. Y puso la plaza bocabajo cuando clavó al violín, corrió hacia atrás, dando el pecho al toro, para aminorar su velocidad hasta pararlo, tocándole la testuz. El público saltó como un resorte en una ovación estruendosa. El Fandi realizó un buen comienzo de faena. En los medios, con la planta erguida y las zapatillas asentadas, desgranó dos tandas interesantes con la diestra, en las que dio sitio al manso, al que le costaba tragarse más de un muletazo de continuo. Eso sí, sin malas intenciones. Por la izquierda, el torero estuvo desigual. Mató de un estoconazo y, tras petición minoritaria, dio una vuelta al ruedo que mereció con toda justicia.

Con el quinto toro, noble, pero que no humilló, El Fandi estuvo variado con el capote. Volvió a prender tres grandes pares, destacando en el segundo, de dentro afuera y un tercero por los adentros, muy arriesgado. Con la muleta faltó emoción, ante un toro noblón, pero que no humillaba.

César Jiménez tuvo un lote imposible para lucirse. Ante el tercero, sin clase, pases sin color. Con el sexto, un mulo con cuernos, que tenía horchata en lugar de sangre brava, tampoco pudo lograr fruto alguno. El madrileño queda abocado a darlo todo en su segunda y última comparecencia, el próximo viernes, en la corrida de Torrestrella.

Dávila Miura, fiel a su línea, de generosidad con el toro y de enorme decisión, consiguió cortar una merecidísima oreja. Entre ambos, torero y toro, nació la conjunción. Y estalló el resplandor del toreo y de la casta. Nada más y nada menos.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Dávila Miura y un toro de ensueño

La sensación, camino de la plaza, era la de ir a revisar una película ya programada y vista. Y se cumplió el pronóstico. A Dávila Miura le embistió un sobrero de ensueño de Parladé,un dije, un tacazo, precioso. La buena mano de Eduardo, hasta para los sobreros, se confirmó una vez más, quizá por compensar el infumable, peligroso y manso primero, un buey de hechuras, pinta y comportamiento. El cuarto se rompió en el caballo, se cayó con estrépito, lesionado, y fue devuelto. Y aquí saltó el de Juan Pedro. Yo a Dávila Miura ya lo he admirado toreando así de largo, así de asentado, así de poderoso. Lo suyo es como un noviazgo eterno con Sevilla. La joya de Domecq galopaba en la distancia larga -la generosidad de este torero no se paga con nada, aunque luego la pague él- y perseguía la muleta con el hocico arando el albero. Dávila dio el máximo, su tope; el juampedro también, enorme. O sea que uno estuvo muy bien y el otro, mejor. Una oreja de dos. La tarda muerte también influyó.

El Fandi fue el segundo en puntuar con un toro de Montalvo de nota, aun suelto en el caballo. Metió la cara con aires caros, y Fandila, que no lo midió en banderillas en dos moviolas de ay y ejecución caída, sólo se resarció con un violinazo en lo alto y, en parte, con un muleteo en línea, a la pala y de trabajador incansable. Final de película sabido, sin que fuese aquello «Casablanca», que aunque sabes que el avión despega siempre crees que Ingrid Bergman se queda con Bogart. Es lo que es El Fandi, que interpretó uno de los tres quites de la tarde por chicuelinas, todos tan lejos de las de José María Manzanares que no hay lugar ni a la comparación. La vuelta al ruedo tampoco admite el contraste con la de anteayer del maestro, muy de pueblo y dominguera ésta.

Se justificó El Fandi con el quinto, que no humilló, con sones noblotes y aburridos. Mejores días ha tenido con las banderillas. La exposición por los adentros revolucionó el cotarro pese a su colocación trasera. El espectáculo de sus facultades físicas cautiva, clave donde clave.

César Jiménez ha sumado a su toreo, de por sí envarado, la solemnidad de Joselito, ahora su asesor artístico. Total, un rollo patatero con un toro que se dejó con sosería. Jiménez ahora ni es Jiménez ni, por supuesto, Joselito, sino un híbrido rarísimo al que la Maestranza castigó con tremenda y merecida frialdad.

En el sexto la gente ya se encontraba incómoda después de casi tres horas de festejo, y encima nada apuntaba en el toro posibilidades de remontada. César Jiménez, de principio místico y serio, abrevió ante el manso, afortunadamente. Antes del «the end» el personal se precipitó por las escaleras, contagiado del frío ambiental y del metraje de una película con desenlace cantado, por muy bien que hubieran estado los protagonistas con la amplia corrida de Montalvo, que tampoco fue la mala del filme.


Siglo XXI. IGNACIO DE COSSIO. El regusto del temple

No hace falta saber de toros para paladear y regodearse en el regusto que deja el temple. El torero sevillano Eduardo Dávila Miura toreó, al excepcional cuarto, con ésa maestría y sentimiento del que les hablo.

Tras la devolución del inválido cinqueño de Montalvo saltó al ruedo un toro de nombre “Alicates”, ideal para el toreo del bueno. Eduardo no lo duda y pide cuidarlo en el caballo. Rápido pasan las chicuelinas del quite de 'El Fandi' y Eduardo ya cita bajo un solo de trompeta desde el centro del ruedo. Las series largas y templadas comienzan a brotar con el agua de una fuente. ¡Es el mejor y más templado Dávila Miura que he visto en mi vida! De izquierda a derecha y de derecha a izquierda Dávila muestra lo mejor de él, en tres series con la zurda y dos con la diestra maestras, sublimes, que incluso hasta pudieron ser más. Como era el sobrero, vaya bomba de embestir, los tendidos crujían exhaustos por la magia y el regusto del temple de Dávila Miura. Cuatro ayudados por alto, cartel de toros, anunciaron la llegada del triunfo grande. Desgraciadamente no fue del todo así, y una estocada casi entera y trasera arrebató a Dávila Miura, la otra oreja ganada a ley y embriagada ya como el toro, de ése su mejor temple macareno derramado ayer tarde en la Maestranza.

El Fandi, pese a estoquear bien sus toros y banderillear con decoro, se le fue el noble primero especialmente por su pitón izquierdo y corrigió defectos en el mediocre segundo a base de darle más distancia, temple y altura en los engaños. Al nuevo César Jiménez le sucedió algo por el estilo y si al primero le faltó temple, cadencia y ligazón en una faena que podría haber sido cortita pero buena, estuvo más templado y decidido con un toro inválido que cerró plaza.

 

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