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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del sábado, 9 de abril de 2005
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Alcurrucén. Aceptables
de presentación. Mansos, descastados y sosos. El 3º fue devuelto a
corrales por resultar burriciego y manso de solemnidad. El 3º bis, de Fermín
Bohórquez, también fue devuelto por debilidad manifiesta. 3º bis-bis,
de Fermín Bohórquez,
también manso. El 6º, con peligro.
Diestros:
- Manzanares
padre. Pinchazo sin soltar, municipal, seis descabellos
(silencio); pinchazo, media estocada atravesada, descabello (vuelta al
ruedo).
- Salvador
Vega. Estocada tendida a paso de banderillas (saludos);
estocada caída (oreja).
- Manzanares
hijo. Estocada en su sitio (palmas leves); dos pinchazos que
escupe, estocada delantera (silencio).
 
Las imágenes del festejo
Crónicas de la prensa:
PortalTaurino, ABC,
El País, El Mundo, Diario
de Sevilla.
Crónicas de Festejo
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. El manso, porque sí, no se devuelve.Es cierto. No resulta plausible la decisión tomada por el palco. En el ruedo sólo había un toro manso –esa era la sensación que por su comportamiento daba el tercero de Alcurrucén - y el manso, porque sí, no se devuelve a los corrales. Lo que vieron unos, en el comportamiento del animal, y lo que pudieron opinar otros, los interesados que abajo estaban, no debe cambiar la justa y reglamentada postura del presidente. Mal, muy mal lo sucedido hoy. Mañana van ha exigir los mismo, cuando el interés de alguien así lo requiera. Cuando otro, distinto al que esta tarde presidía arriba, no crea lo mismo. ¿Qué pasará?
La mansedumbre de la chica corrida de Alcurrucén ha marcado la tarde. Toros anovillados que sólo se tapaban, algunos, por la seriedad de los cuernos. Descastados, complicados, y con las fuerzas justas para llegar a la muleta no han propiciado el triunfo para los que lo buscaron.
A Manzanares –el maestro- no le ha faltado palmas entusiastas para premiar sus peculiares formas. Siempre había alguien dispuesto a presentárselas tras el trazo a medio camino entre lo imaginario y lo real. El toreo del alicantino, muy personal, de gran calidad, y de una encomiable elegancia, lució con intermitencia en el cuarto de la tarde. Muy manso, el alcurrucén, en su comportamiento de salida, llegó después a la muleta con el son ideal para que Manzanares trazara su toreo ilusionante con la zurda. Uno a uno dibujó naturales a media altura con un temple exquisito. Después, un circular duró una de eternidad. Y los derechazos con una despaciosidad sin límite encandilaron. Fueron detalles de un encomiable toreo, que aunque desajustado en la mayoría de las ocasiones, fueron jaleados con pasión. Otra cosa fue la espada. Y es que los años no perdonan. Con el primero, chico, noble y justo de fuerzas, dibujó el trazo con la derecha con la lentitud de su admirado toreo de siempre. Con la espada mal. Para no contar.
Salvador Vega posee unas formas muy bellas, hondas y profundas para ejecutarlas con descastados y parados animales. Con simulacro de toro bravo. De ahí que su comunicativo toreo no provocara esta tarde toda la enorme fuerza emocional que merecía. Si lo hecho por el malagueño al manso, aunque noble quinto, se lo hace al bravo deseado, estaríamos escribiendo de un auténtico triunfo. Pero no. Vega toreo muy despacio, muy largo, con innegable encanto, aunque con el engaño a media altura, y el toro a su aire, distraído, sin molestar, y con la cara a la altura del estaquillador. Los cites a pies juntos, rematados atrás, la trincherilla de ensueño, supieron a poco. El toreo de Salvador Vega merece más premio que la oreja ganada hoy tras la contundente estocada.
De parecidas características fue el comportamiento del segundo. El malagueño lo saludó con tres medias muy aplaudidas. Con el natural de impecable trazo inició faena. Le sucedieron otros, largos y muy templados, pero sin provocar, por la cansina embestida del toro, la deseable emoción en los tendidos. Pudo ligar con la diestra algún que otro muletazo que provocaron algo más de palpitación por la verdad y la estética del trazo. Lastima, no tenía toro.
A Manzanares –hijo- le hicieron un feo favor con la devolución del manso tercero. Lo desconcertaron. Lo que le salió después por chiqueros, otro manso, y a la vez inválido, de Fermín Bohórquez, también devuelto, y el lidiado como tercero tris de igual hierro ganadero y de igual comportamiento, no le sirvió más que para matarlo de estocada algo desprendida. Con el peligroso sexto se la jugó con la derecha en desmedido afán por no dejar pasar la tarde en blanco.
El País. ANTONIO
LORCA. Inválidos o borrachos
Inválidos o borrachos. Ésta es la cuestión. Pero el secreto se lo llevaron los toros al desolladero y nunca se descubrirá el misterio, asunto que hace tiempo importa poco a la autoridad, y, quizá, alguien cuando consuma la carne sea capaz de distinguir si el solomillo está fofo y tiene un ligero sabor a whisky.
El problema no es que fueran bravos o mansos, blandos o poderosos; es que los toros, especialmente los cuatro primeros, estaban noqueados, amuermados, sin hálito de vida.
La gente pidió silencio para ver torear a Manzanares, pero tenía delante un moribundo. Le arrancó dos chicuelinas de las suyas y se acabó. En el inválido cuarto hizo un esfuerzo supremo, y trazó algunos muletazos superficiales y dos naturales muy largos y templados, por lo que fue obligado a dar la vuelta al ruedo.
Aromas estéticos despide Salvador Vega, quiere torear despacio y se gusta, a veces más de la cuenta. Maneja el capote con soltura, pero, muleta en mano, es moderno y vulgar porque torea al hilo del pitón y no se cruza. Le dieron un oreja lo que, posiblemente, le permita ahondar en su error. Dio muchos pases, algunos estimables, pero no toreó.
A Manzanares le devolvieron el tercero en un decisión insólita del presidente y se las vió con un feo manso con el que sólo pudo demostrar voluntad y algo de pesadez. Muy dificultoso fue el sexto, sin recorrido, le puso los pitones en el pecho y no le permitió confianza alguna. Porfió, se jugó la cornada y se le agradeció el valor.

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Una dinastía a merced del toro
La Maestranza obligó a José María Manzanares a dar una vuelta al ruedo que, seguramente, le valió más que una
oreja. Manzanares dio en su segundo una lección de pundonor y, en cierta medida, de maestro; aunque el magisterio, a sus 50 años, sea una aventura incierta. Al pinchar, salió rodando por el albero, ignoro si por accidente o por agotamiento.
Antes de llegar a esa circunstancia, Manzanares había arrancado al de Alcurrucén unos cuantos naturales que el toro no tenía; le había hallado los mejores terrenos cuando, probablemente, el animal carecía de terrenos. Un esfuerzo sobrehumano que había comenzado una hora antes. El primer toro estaba más próximo a entregar el alma que a embestir por derecho; y vino Manzanares, se fue a los medios, ofreció el capote con la solicitud piadosa de la compasiva verónica y dibujó un quite por chicuelinas de las suyas y a la vieja usanza; o sea, el capote ni alto ni bajo y envolviéndose en él a modo de sudario. Del capote de brega de El Boni, el Alcurrucén pasó directamente a la muleta del maestro: en bandeja, a tres metros escasos. Rafael Perea, modelo de perfección en la brega en los dos toros. Manzanares padre dibujó algún que otro muletazo sublime, uno aquí y otro allá, un pase de pecho, un natural largo; toreo de salón para un toro de salón.
Pensábamos que íbamos a asistir a una guerra de familia, leal aunque dura. Y algo de eso, aunque poco, parecía expresar Manzanares padre en el cuarto ya reseñado. Y si no hubo esa competencia presentida, o no la hubo en plenitud, fue porque, mayormente, no hubo toros; hubo un magisterio intermitente del padre y un arrimón persistente del hijo. El sexto llevaba un cargamento de cornadas por uno y otro pitón. Momentos de angustia y un respiro cuando logró meterle la espada.
Esto de las dinastías y de los apellidos suele dar mucho juego, tanto en toreros como en cronistas. Puede que Amorós no esté de acuerdo, pero antes que Corrochano estuvo José de la Loma, don Modesto, hijo de Eduardo de la Loma, don Exito. Quizá Corrochano alcanzara la excelencia, pero primero fue don Modesto y puede que también Mariano de Cavia. Casos más recientes y notables de estirpe son el del sevillano José María del Rey, Selipe, que heredó de su padre aficiones y apodo; y el de Sáiz de Valdivieso en cuyas manos dejó su padre, Sáiz Navas, que firmaba Claridades, la espléndida revista Clarín taurino.
Ciego, burriciego, tuerto del ojo derecho o acaso tuerto de los dos, era el tercer Alcurrucén; pero más ciego o burriciego, tuerto o, simplemente reacio a cumplir con su deber, era el señor Teja.Todos lo vieron menos el señor Teja que tardó 15 minutos en darse cuenta; y sorprende que eso no se viera en el
reconocimiento. En fin, más vale tarde que nunca. La plaza se amotinó, y con razón, aunque no mucho. Rectificó el señor Teja mas, para entonces, en el ruedo pudo haber ocurrido un percance o una tragedia; el Alcurrucén embestía, cuando embestía, a oleadas, al bulto, atropellando todo lo que se pusiera a su paso. El sobrero de Bohórquez salió dando traspiés, un inválido total y aquí el señor Teja no se hizo de rogar y tiró raudo de pañuelo verde. La verdad es que la invalidez absoluta del Bohórquez era tan clara que la veía un ciego; hasta el señor Teja.
En el torero y leal litigio entre padre e hijo medió Salvador Vega y se llevó una oreja de circunstancias y de escaso
peso. Como Manzanares, dio los muletazos de uno en uno, sin ligar y rectificando con demasiada frecuencia; o sea que, si bien se mira, también estuvo en maestro aunque con menos solera; y por debajo del toro. Sin embargo, resolvió con torería y con verónicas resolutivas y perfectas las imprevisiones de un toro codicioso, en principio, como fue su primero.
Luego los lances fueron más reposados, aunque no más profundos ni más bellos. Se apagó el toro enseguida y sólo unos cuantos muletazos aislados, algún pase de pecho, dejaron constancia de la clase de este torero malagueño: gusto y plasticidad vieja con la capa; empezando por el quite por gaoneras, creo recordar, en el primero de Manzanares. Tarde, pues, de malos toros , de riesgo y destellos de torería. Tarde en la que hasta los clarines desafinaron.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Vega puntúa con solidez y Manzanares 'derrama' solera
La tarde iba en picado cuando Manzanares, al pasar el ecuador, con destellos con solera, despertó al personal, que había perdido las ilusiones. Luego, Salvador Vega, con solidez, puntuó en el quinto. Poco más. La corrida de Alcurrucén, de los hermanos Lozano, con el añadido de un bohórquez, se cargó en gran medida la expectación. Pero, en el fondo y como fondo, dejaron huella esos chispazos artísticos de un Manzanares, con solera, que se encuentra ya por encima del bien y del mal; y la disposición de Vega, que se consolida. Tampoco faltaron momentos de sumo peligro, como el que vivió El Boni en el primer toro cuando, bregando, perdió pie y desde el suelo, con el toro a punto de cornearlo, se hizo un autoquite milagroso. En un festejo que casi alcanzó las tres horas también vivimos un error mayúsculo del presidente de la corrida, Francisco Teja, que mantuvo en el ruedo a un toro que parecía reparado de la vista, el tercero, hasta después de ser picado, con protestas clamorosas de los espectadores. Cuando por fin se picó al animal y metió la cara por primera vez en un capote, lo mandó a los corrales ¡Ole!
Manzanares no defraudó a sus fieles, que le apoyaron de manera fabulosa. Abrió boca con un llavero, medio moribundo, que como única virtud tenía nobleza. Lo único destacable del veterano diestro fueron unas chicuelinas de manos bajas, luminosas, a las que replicó Salvador Vega con unas ceñidas gaoneras. Con los aceros, de pena.
Al cuarto toro, manso, lo toreó en tablas y cerca de chiqueros, jugando con las querencias. El comienzo de faena junto al portón de caballos fue muy torero. Luego, en las rayas, dejó retazos de su solera en chispazos sueltos, como un par de naturales, uno de ellos interminable, o como tres macizos pases de pecho. En la primera entrada al matar pinchó y perdió pie para quedarse vendido delante de la cara del toro. Fueron momentos angustiosos porque el diestro no acertó a levantarse de inmediato. Entró de nuevo y dejó media defectuosa. Remató con un descabello. El público, muy cariñoso con el veterano torero, le hizo dar una vuelta al ruedo. De no fallar con la espada le hubieran solicitado como premio una oreja.
Salvador Vega tuvo el mejor lote. Su primero, noble, tuvo como defectos la flojedad y carencia de clase. Perdía las manos si se le obligaba. Vega destacó en un par de medias verónicas. Con la muleta, poca cosa: algún derechazo, uno de pecho y el toreo por bajo con el que cerró una labor que no caló totalmente. El malagueño dio imagen de solidez con el manso y deslucido quinto, que solía pararse a mitad de cada tanda con la cara alta. El diestro de Manilva se empleó a fondo y en la tercera tanda de su labor, cuando dio con la distancia exacta, dibujó una buena serie al natural, rematada con un inspirado cambio de mano. Con la derecha, lo más interesante afloró casi en el epílogo, con un pase de frente a pies juntos, engarzado con uno de pecho y un improvisado pase del desprecio. El cierre lo puso con unas ajustadas manoletinas. Mató de estocada para conseguir el único premio de la tarde.
A José María Manzanares hijo, con un pésimo lote, se le vio muy tenso y con pocos recursos. Con el tercero tris, un toro de Bohórquez que acabó siendo un marmolillo, hizo el esfuerzo para sacar algunos muletazos con sacacorchos. Con el peligroso que cerró plaza, que lanzaba gañafones por doquier, sufrió lo suyo. Arriesgó mucho y el regalito, en un par de hachazos, estuvo a punto de quitarle la cabeza.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. José María Manzanares, de tabaco y oro
José María Manzanares se vistió de tabaco y oro, de hombre y oro, de torero y oro. A José María Manzanares le supura por los poros de la piel la casta de figura del toreo. Se es o no se es. Se siente o no se siente. En el paseíllo, en la forma de entrar y salir de la cara del toro, en la cintura, en el empaque. A punto de cumplir los 52, quiso demostrar con el cuarto toro que la edad es la del alma, que los toreritos de pin y pon deben jugar a las casitas y las muñecas en casa, que no importa el enemigo cuando hay que decirle al mundo, a los incrédulos, a los devotos, a los discrepantes y a los paganos: «Yo soy José María Manzanares, y voy de tabaco y oro». Color de torero macho, porque de tabaco se visten los toreros por los pies. El esfuerzo en el que se metió con ese cuarto, armado como toda la corrida de Alcurrucén, manso como todos, al que había que llegarle al hocico con la tela, fue de órdago; naturales más que de seda, de poder, de sabiduría, de maestro, de tocarle al pitón contario, al ojo exterior, y prolongar la embestida donde no había embestida, sólo abismo, lejos, enorme en la armonía, porque lo vende, porque lo siente. ¡Qué grande! ¡Qué raza!
Si no lo pincha casi desvanecido de la lucha, rodando en la cara del toro, le corta la oreja con fuerza; la gente le obligó a dar la vuelta al ruedo, y él, torero, no quería, pero valía la pena: no ha habido un torero más de Sevilla, de fuera de Sevilla, que Manzanares, del barrio de Santa Cruz de Alicante. Manzanares, se dice pronto.
Los espacios medidos ante el tardo primero, sin humillar, la forma de ir y salir, uno de la firma de primor, ensalzan a Manzanares, que con la espada hizo guardia y en la suerte de los matarifes se eternizó.
Bien Salvador Vega, intermedio en esa especie de duelo entre Manzanares padre e hijo que se presentía. Bien de verdad con el ofensivo quinto, con dos leños de impresión, cornidelantero, en el tercio con él, siempre sobre la derecha, buscándole la embestida remisa que en el fondo, muy en el fondo, tenía. A pies juntos, siempre sobre la derecha, frontal, se amorantó todavía más en ese marfil y azabache que en la lejanía recordaba a la Puebla del Río, como una trincherilla. Oreja de ley tras la estocada. El anterior no rompió, con la cara por encima del palillo; Vega quiso más de lo que merecía el núñez de los Lozano.
A José María Manzanares hijo le envolvió la presidencia en una espiral de devoluciones que desconciertan al más concentrado. Si el tercero tenía un pajazo o era cegato del izquierdo había que haberlo visto en los corrales. O ya puestos en la tardanza hay que sacar el pañuelo verde antes. No se entendió el rechazo del sobrero de Bohórquez, que perdió una sola vez las manos, con hechuras, mansurrón; otro de don Fermín no dio nota, ni siquiera para el aprobado, aun sin las intenciones perversas que derrochó a diestro y siniestro el sexto, un cabrón con pintas negro zaino. Coladas y más coladas, infame. No hubo opción para el júnior. Imposible.
A la maestría de Manzanares padre se le sumó la de Rafael Perea «El Boni», que bregó su primer toro sin un solo capotazo en banderillas. Un lujo. Y los lujos hay que saborearlos. Tabaco y oro, albero, Sevilla, la luz, la luz que no cesa en Manzanares.
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